Revista de Letras

Laura Castañón: “El olvido nos borra”

Laura Castañón | Foto: Alejandro Nafría

Cuatro años después de publicar su debut literario, Dejar las cosas en sus días (Alfaguara, 2013), Laura Castañón regresa al panorama narrativo con La noche que no paró de llover (Destino, 2017), obra introspectiva con la que su autora consolida sus obsesiones narrativas –la memoria, un estilo exuberante, Gijón, la identidad contemporánea-, al tiempo que incorpora nuevos elementos y planteamientos narrativos que hacen de su última entrega una novela atractiva que pone en valor el ejercicio de la literatura.

Destino

¿Cómo aparece La noche que no paró de llover en tu vida literaria?
Acababa de terminar Dejar las cosas en sus días y me apetecía seguir explorando en todo lo que tiene que ver con la memoria. Tenía un montón de historias relacionadas con los personajes de esa primera novela, pero una de mis (muchas) noches de insomnio, a eso de las cuatro de la madrugada, de pronto se presentó Valeria Santaclara en mi cabeza. Era un hilo que había quedado en la primera novela, porque hay un momento en que Paloma Montañés, la tía abuela de la protagonista, que vive en una residencia, comenta que ha llegado como residente una mujer a la que conoció en sus años de París, y cita su nombre. Supongo que ahí quedó ese personaje, dormido en mi cabeza y aprovechando mi insomnio también se despertó aquella noche y me contó su historia. Toda su historia, de modo que en aquel momento sentí que si me sentaba a escribir iría de tirón (luego, obviamente, no fue así, claro). Era de noche, en Gijón y no paraba de llover…

¿Por qué te inclinas por una estructura como la que planteas, una arquitectura consistente en alternar perspectivas narrativas?
Supongo que tiene que ver con el concepto que tengo de “contar”, de presentar las historias. Siempre me gusta que las novelas tengan algo de puzle y que el lector haga la tarea de completar lo que sucede con las visiones unas veces de los propios personajes, otras de los narradores oportunos y su focalización. Tiene que ver también con lo que a mí me gusta como lectora.

En relación con las protagonistas, las tres mujeres pertenecen a generaciones distintas, son tres puntos de vista totalmente diferentes. Comparten, sin embargo, cierto desarraigo… ¿Es eso lo que hace que luchen por querer encontrar su lugar en el mundo?
Me estoy encontrando con algo que resulta muy grato cuando hablo con los lectores, y es que se producen muchos procesos de identificación con los personajes, con unas o con otras, y a veces con todas ellas. En el fondo creo que tienes mucha razón ninguna de ellas termina de encontrar su lugar en el mundo. Y parece que esa sensación es muy común entre los propios lectores.

En realidad, ahora que lo pienso, el personaje de Laia casi va cosido al de Emma, es como si ellas fueran un personaje, con su relación y afectos e incertidumbres…
La relación entre Emma y Laia se sugiere más que se explica. Mientras que Emma se vuelca con toda la intensidad con la que ella vive las cosas, incluyendo un puntito de chifladura, y se muestra en toda su generosidad en su amor desmedido, Laia permanece en una zona de claroscuro. Los lectores perciben la relación como algo incierto, parecería que la fuerza del amor de Emma podría bastar para soportar cualquier huracán. Pero igual no.

Valeria Santaclara, una octogenaraia, se somete a terapia. ¿Desafío, juego o reto al lector?
Seguramente ella jamás lo habría imaginado, pero el hecho de que al pasar por delante del portal del edificio donde vivió, vea que en lo que era su casa hay una consulta de una psicóloga lo vive como una señal. Por otro lado, en cuanto empieza descubre lo mucho que le gusta hablar de sí misma. No lo ha hecho nunca y es un auténtico hallazgo. Hay que tener en cuenta la dosis tan enorme de soledad que trae consigo.

Gijón irrumpe como un protagonista más. Aparece como un lugar propio que imprime a la historia un cariz concreto y, por ende, a sus personajes.
Es el Gijón que vivo a diario. Mi barrio, mis calles, mis cafés, mis librerías. La ventana de Emma y Laia podría ser mi ventana. Me gustaba contar una historia que se vinculara a la ciudad, porque los personajes, entre otras cosas son (a excepción de Laia) muy gijoneses. Y sucedió que al situarlos aquí, en estas calles y en esta playa, y en los escenarios que de algún modo me pertenecen (o a los que pertenezco) se produjo esa especie de milagro. A veces me preguntan si esta historia podría haber sucedido en cualquier otra ciudad, y a mí se me hace imposible. Hay una atmósfera que transita las conciencias y me gusta pensar que es específica. Y no solo por la lluvia…

En La noche que no paró de llover apoyas la poética sobre una red caleidoscópica de elementos. Conforme la lectura acontece, esos elementos se van destilando y nos quedamos con algunos como la compasión, la memoria, la capacidad de decisión, la experiencia de la maldad. La soledad. ¿Cómo has medido o calibrado este conjunto de elementos sobre el que se sustenta la novela?
Me parece muy acertado eso que dices. Creo que se trata de un proceso en el que se destilan los elementos. Las conductas, las visiones de los personajes se encargan de establecer esa jerarquía, que por otra parte no responde tanto a una decisión previa por mi parte como a la obediencia a los personajes, a sus impulsos, a la psicología que obviamente he diseñado para ellos. La historia es la que es, y los personajes se encargan de hacer que todo encaje. Igual resulta un poco arriesgado decir que yo solo me encargo de vigilar la coherencia. Creo que en este caso la potencia de la historia y la solvencia de los personajes juegan un papel fundamental en esa destilación.

El ejercicio de la memoria es un asunto transversal en la novela. Está presente, explícita e implícitamente. ¿Por qué recuperar la memoria? ¿Qué otorga y qué quita?
La memoria no debe perderse jamás. Somos memoria, y el olvido, en cualquiera de sus variedades, nos borra, nos desdibuja. Esa dicotomía entre memoria y olvido era en realidad el tema central de mi anterior novela, que planteaba aquello de dejar las cosas en sus días más que como pregunta a los lectores que como respuesta. Explorar el pasado solo puede conducirnos a la verdad por inexacta que esta pueda ser, el problema está en saber cuánto peligro se oculta en ese pasado, qué sorpresas y qué disgustos aguardan cuando empezamos a indagar. Nos da lo que somos, nos quita, muchas veces, la inocencia.

Otro elemento sobre el que pivota parte de la poética es el ejercicio de la palabra.  ¿Es la palabra lo que las salva, aquello que las hace perseverar?
Sí, claro. La palabra. Contar, contarnos. Traducir los miedos en palabras, curarnos a través de ellas. Es otra de mis obsesiones, claro, y se nota.

En esta novela hay mucho de novela realista, no he podido dejar de pensar en Ana Mª Matute, por aquello del peso de la memoria, del perdón y la culpa en sus personajes. ¿Qué otras lecturas se encuentran en tu novela?
Uf. No sabría decirlo. Supongo que es muchísimo más fácil verlo para los lectores que para mí misma. Soy absolutamente consciente de que el equipaje que llevamos, la mochila de lecturas, películas, historias, todo lo que nos cuentan,  lo que leemos, lo que vemos… Todo se acumula y a lo mejor aparece un reflejo en el momento menos pensado y desde luego con una absoluta inconsciencia. De esta novela, salvo esta observación tuya, que me gusta mucho, no he leído que se hayan detectado influencias. En la anterior los críticos encontraron ecos de la novela latinoamericana, y también una querencia sintáctica, en la construcción de la frase a lo Muñoz Molina. Yo feliz, imagínate, con lo que a mí me gusta tanto la novela latinoamericana, como Muñoz Molina.

A modo de colofón. Uno de los asuntos que más me ha fascinado de la novela, es la explosión de personajes femeninos… ¿el cambio de paradigma social pasa por nosotras?
Por supuesto. Creo que sobre eso no hay muchas dudas. La prueba es que si lo pienso (que lo he pensado, porque me lo preguntan muchas veces) no creo que la elección de cuatro mujeres como personajes protagonistas obedezca a una decisión muy pensada y mucho menos que haya detrás una intención militante. No.  No tuve que rebuscar ni hacer una construcción  de personajes  de esas en las que, por obedecer a una voluntad, se ven las costuras. Son personajes que seguramente dan la medida de ese cambio de paradigma. Son ellas, y son así.

Etiquetas: Gijón, La noche que no paró de llover, Laura Castañón, Mujeres, terapia

Sobre el autor

Cristina Consuegra

Cristina Consuegra es programadora del Málaga de Festival; coordinadora del Ciclo ‘Anverso/Reverso’, del Festival de Teatro de Málaga; coordinadora de las jornadas #TRENDS dependientes del Screen TV; programadora de Mujer(Es), ciclo de práctica literaria con perspectiva de género del Área de Igualdad del Ayto. de Málaga; programadora de los Ciclos de Encuentros con Autores en las Bibliotecas del Área de Cultura del Ayto. de Málaga (2013-actualidad); monitora de los talleres de capacitación literaria con perspectiva de género del Área de Igualdad del Ayto. de Málaga; responsable de la Olimpiada Lectora en3libros y monitora del taller municipal de práctica literaria de Antequera. Colabora con entrevistas y críticas en las revistas electrónicas 'Microrevista', 'El Secreto del Olivo' y 'Culturamas'; es responsable de la sección de ensayo 'Otro Lunes'.

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