Revista de Letras

Fruta subversiva

1 Septiembre 2016 Críticas, Portada
Lina Meruane | Foto: Javier Narváez

Lina Meruane | Foto: Javier Narváez

Michel Foucault, en El nacimiento de la clínica (1963), señala que la enfermedad halla en el cuerpo un espacio de volúmenes y masas del todo opuesto a las tablas médicas y los gráficos que tratan de capturar su secreto. Por otra parte, Susan Sontag analiza, en La enfermedad y sus metáforas (1978), los mitos modernos que conciben la enfermedad -el lado nocturno de la vida- como justo castigo al carácter moral del paciente, que es responsabilizado de su dolencia e incluso de su curación.

De toda la literatura que han generado las figuras del médico y del paciente, y también el creciente monopolio de la administración clínica sobre los cuerpos enfermos -en este sentido, Mi cuerpo también (2015), de la española Raquel Taranilla, constituye un lúcido análisis, de corte nítidamente autobiográfico, que se quiere réplica al relato oficial de la historia clínica, basado en el prestigio del discurso científico-, queremos destacar la obra de Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970), quien en los últimos años ha compuesto una suerte de trilogía involuntaria -las novelas Fruta podrida (2007) y Sangre en el ojo (2012), y el ensayo Viajes virales (2012)- sobre la relación entre los cuerpos enfermos y la institución médica.

En Fruta podrida (Eterna Cadencia, 2016), Lina Meruane, partiendo de su propia experiencia como diabética y haciendo uso del carácter heterogéneo y abierto de la escritura contemporánea, levanta un constructo ficcional en que combina distintas instancias y personas narrativas. Su audacia estilística la acerca a narradoras como Selva Almada, que en Chicas muertas (2015) explora los derroteros de la no ficción para abordar la cuestión del feminicidio, y Ariana HarwiczMatate, amor (2012), La débil mental (2014)-, que extrema hasta lo inimaginable la capacidad expresiva y metafórica del lenguaje. Distancia de rescate (2015) de Samantha Schweblin, argentina como Almada y Harwicz, presenta algunas concomitancias temáticas -el paisaje de la explotación agrícola y los pesticidas como amenaza para la vida humana- con la novela de Meruane.

“Y atrás quedará solo la fruta caída, la fruta picada por los pájaros o mordida hasta el hueso por implacables gusanos”.

Meruane les da un vuelo imprevisto a las disquisiciones y peripecias de una joven que se resiste a delegar su enfermedad en los médicos -los expertos de la salud- y sus intereses. Paradójicamente, dejarse morir es para la protagonista adueñarse de su cuerpo, hacerse cargo de él. Este posicionamiento parece remitir a las ideas de Ivan Illich, que en Némesis médica (1975) definía la medicalización de la vida como un subproducto de una sociedad hiperindustrializada. Fruta podrida busca poner de manifiesto, con un lirismo salvaje y un avance silogístico demoledor, que el poder de la institución médica, como todo poder, incurre a menudo en el abuso. La narración se escora progresiva y deliberadamente hacia el terreno de lo simbólico, centrada sobre todo en la fábula política y sin preocuparse en exceso por la verosimilitud.

Eterna Cadencia

Eterna Cadencia

En el capítulo introductorio, “Plan fruta”, que hace las veces de prólogo, la instancia narrativa, en tercera persona, focaliza mayormente en la mirada de María del Campo, experta en pesticidas y producción agrícola, que un día halla a Zoila, su hermana pequeña, despatarrada en el suelo, y no puede sino contemplarla como un “un bicho recién fumigado […], el puro armazón de un insecto recién vaciado”. La Menor es diagnosticada de diabetes, y a la Mayor le irrita tener que convivir con un mal -“la enfermedad se le había colado y no había modo de erradicarla”- que no se soluciona con fungicidas.

El lenguaje se complace en explotar las imágenes del agostamiento y la putrefacción – el sol está “reventado”, y la ventana “alfombrada de moscas”-, de una sensorialidad exacerbada en el dibujo de una naturaleza que en vano se trata de domesticar con productos químicos. Esta poética revela un cierto gusto por la enumeración y también por la metonimia, en razón de la visión fragmentaria que ofrece de objetos y personas:

“Un hombro desnudo, un antebrazo, un codo rugoso y la mano enroscada en una cuchara de palo, dibujando círculos en la olla”.

En la segunda parte, “Moscas de la fruta”, la salvaje e indómita Zoila narra en primera persona cómo se resiste a los dictados de la salud y se revuelve contra los cuidados de su hermana: “Mientras ella produce fruta perfecta en el campo yo produzco azúcar en mi cuerpo […]. Mi empresa es la del descuido y la mentira”; en lugar de hacer lo posible por curarse, ingiere el azúcar que sus neuronas le piden desesperadamente -“Las hélices torcidas de mi cerebro empiezan a quedarse sin electricidad”-. La industriosa María se emplea a fondo contra la enfermedad de su hermana, con la misma eficiencia, rigor y laboriosidad con que en el galpón se aplica a combatir la mosca africana que amenaza con inocular sus larvas en la fruta. La Mayor, que representa la lógica capitalista y su compulsión productiva, le reprocha a la Menor el “ocio improductivo de los indolentes”.

“Mi hermana y yo vivimos en trincheras opuestas de este campo de infinita producción y reproducción. Ella concentra sus esfuerzos en el plan aéreo contra la peste; yo intento boicotearla. Industriosamente ella siembra, fertiliza, cosecha, pare y negocia; yo me planteo cómo desarticular su proyecto. Se ha empeñado en mandar fruta sana a la empresa importadora dirigida en el Norte por mi Padre, y yo imagino que me infiltro, gangrenada, en esa tierra suya siempre prometida.”

En el galpón, además de vencer a la mosca de la fruta, María disuelve la huelga de las temporeras, que deponen por unos días su “épica hormiguera” para rebelarse contra la explotación a que se ven sometidas; lo consigue aprovechándose de la indefensión y extrema fragilidad de las trabajadoras, y comprándolas con ofertas individuales a las que llamará medidas estratégicas. En casa, la Mayor le impone a su hermana un Enfermero, que trata de encauzar a Zoila hacia el tratamiento y el protocolo clínico, asediándola con historias de diabéticos que se han quedado ciegos o que han sufrido amputaciones.

De pronto se produce un giro, un inesperado quiebre del personaje de María, cuando esta, en un ataque de clarividencia, siente y acusa que ha trabajado demasiado por beneficios ajenos, y que tanto la empresa como los médicos se han aprovechado de su obediencia y disponibilidad; así pues, depone sus pautas disciplinarias, como también “sus disquisiciones sobre la eficiencia productiva de la empresa, la obsesión con la perfecta esterilidad de la fruta, con la sanidad del cuerpo propio y ajeno”, y trama una terrible y “empalagosa” venganza contra la sociedad que la ha esclavizado. Poco después los oficiales de sanidad hallarán miles de cajas con manzanas envenenadas -“toneladas de fruta con la piel magullada que pronto comenzarán a desintegrarse”- y la fruta de exportación será embargada. Por su parte, Zoila está dispuesta a irse del país; a exportarse, como la fruta. Como una fruta podrida.

En “Fruta de exportación”, Zoila llega, con el pie enyesado y pertrechada de una maleta -en su interior, unos cuantos dólares, un viejo abrigo y unas tijeras podadoras-, a un lugar innominado que es designado como el Norte pero que identificamos como Nueva York, esa Gran Manzana que alberga el Gran Hospital del Trasplante. El relato, en segunda persona, tiene el dinamismo y la urgencia de una (auto)interpelación, como si Zoila tratara de corroborar desde el desdoblamiento una versión de los hechos que se nos antoja incierta, producto del delirio. Sentada en un banco de la plaza, frente al hospital, se arma de valor y aguarda el momento oportuno para “obstaculizar el progreso de una maquinaria perversa… interrumpirla…, atacarla… poner en jaque el sistema productivo”.

“El filo de tu podadora va separando el pasado del presente y del futuro inmediato, va haciendo jirones las historias que te contaron para obligarte a obedecer y todas las prohibiciones. Hay tanto que cortar, Zoila, en ese hospital donde genetistas y cirujanos trabajan sin descanso días enteros con sus noches, feriados y vacaciones, donde todos ellos se afanan por una cura mientras mantienen a los pacientes enchufados, pinchados, drenados, engordados, deteriorados, sentenciados a vivir así y sin derecho a discrepar.”

Tanto en esta parte como la anterior se intercalan algunos versos del “cuaderno de deScomposición” de Zoila. Este cuaderno, que más que datos contiene poemas -también mapas y recortes sobre hospitales, síntomas y diagnósticos que la han convertido en una “especialista en células, en complejos sistemas defensivos, en mutaciones virales y en la resistencia de las bacterias”-, funciona como contrapunto contestatario al imperativo, que pesa sobre todo enfermo de diabetes, de llevar un control de los autoanálisis y las dosis de insulina. Los poemas destilan rencor e ira, y la obstinada determinación de no acatar el discurso de la salud.

La última parte se llama “Pies en la tierra” y supone un giro narrativo y un cambio de voz. Quien habla es la enfermera “toda rubia, toda teñida, con horquillas y el rictus alterado de la responsabilidad” con la que Zoila se topó en el hospital en el capítulo anterior. Este monólogo final es muy teatral o teatralizable, como si la potencialidad escénica se hubiera filtrado en la novela, y lo es hasta el punto de que la propia Meruane lo adaptó para la escena, en la pieza Un lugar donde caerse muerta, que dirigió Martín Balmaceda en 2008.

“La enfermera de nieve que soy atraviesa la explanada a campo traviesa. El sol perfora una nube y repentinamente la plaza glaseada resplandece […]. Lo que desde lejos creí una mendiga ahora me parece más bien una estatua a la que alguien le ha dejado un diario entre los dedos […]. Hay por todas partes desperdigadas noticias en blanco y negro, hojas movidas por el viento.”

La enfermera -“la voz, la mordaza y el placebo del hospital, y a veces también el respirador artificial y el suero”- no puede evitar abordar a una joven que parece enferma y persevera en la quietud y en la lectura, sentada en un banco como una mendiga. Su ojo clínico trata de leer en ella síntomas de hipotermia y otras dolencias. Esta enfermera, una esclava del sistema de producción, higiene y salud -no puede permitirse el lujo de enfermar porque en el hospital no se admiten enfermeras enfermas, “trabajadores de la salud no saludables”-, defiende a toda costa que el cuerpo puede reciclarse y que el futuro está en la posibilidad de repetición y reparación: “Ya no tendremos cadáveres sino materiales de repuesto, recauchaje de carne y hueso […]. Más temprano que tarde seremos inmortales”. La muerte es para ella un anacronismo, enterrada en el diccionario junto con las palabras eutanasia y suicidio: “amamos la vida cada vez más, las guaguas de probeta más, la inmortalidad de los trasplantes, la clonación terapéutica y también regenerativa con células madre”. Es un gran golpe de efecto incluir en el tramo final de la novela el punto de vista de una enfermera norteamericana que, desde una obsesión higienista cuasi religiosa, asiste con estupor al espectáculo de degradación de una joven que afirma que “es necesario acabar con la urgencia de la salud.”

Fruta podrida se refiere a la práctica hospitalaria como industria de los cuerpos: “El mundo es un enorme galpón de gente […], la gran fábrica de cuerpos exportables”, y el hospital es el almacén de repuestos, “un gran mercado humano abierto las veinticuatro horas”. El cuerpo, donde la enfermedad -esa posibilidad del yo que no parece admisible desde la salud- se expande y manifiesta, alterando los sólidos y las funciones, tiene su correlación metafórica en la fruta, y esta equivalencia vertebra simbólicamente la novela. Zoila compara su cuerpo a una fruta dulce y estropeada, en acelerado proceso de putrefacción y por lo mismo no exportable; es una “manzana inmigrante”, una “fruta subversiva que se cuela por las aduanas”, y también el manjar predilecto de las moscas: “Se desviven por la fruta fermentada / moscas de vocación alcohólica / moscas vampiras y cardíacas / enamoradas de mi sangre / dulce, moscas mercenarias”. Los órganos y los cuerpos se trasplantan y se exportan como la fruta, que deviene aquí el símbolo de la producción capitalista porque su cultivo -basado en la explotación de las temporeras- y exportación se hallan en la cúspide de los factores que propiciaron el mito del milagro económico chileno durante la dictadura de Pinochet.

La palabra “fármaco”, etimológicamente, admite la doble acepción de veneno y antídoto. En este sentido, el mismo componente que en dosis controladas contribuye a proteger la fruta de las plagas, o a retrasar su proceso de putrefacción, puede ocasionar asimismo su adulteración, con consecuencias terribles. El envenenamiento de la fruta por parte de María parece una consecuencia -una contaminación- de la decisión de Zoila de abandonarse a la enfermedad. Es esta imaginería reiterada y llevada al extremo la que permite dar un salto simbólico y generar una situación inverosímil pero enormemente efectiva que dispara el sentido político. También el tiempo es fabulado a través de sugestivas imágenes, como la de los relojes que suenan desacompasados y que las hermanas descuelgan y dejan caer, para contemplar cómo revientan.

Las instancias narrativas se suceden pero el mensaje de denuncia persiste, en virtud de paralelismos conceptuales llevados a sus últimas consecuencias. La percepción deformante y obcecada de Zoila ofrece una realidad alterada; su subjetividad lo tiñe todo y confunde los discursos de sus antagonistas, pues hasta María acaba contaminada por sus efluvios subversivos, y el monólogo de la enfermera roza por momentos lo esquizofrénico, porque compagina el discurso fanático de la salud y la utopía de la inmortalidad con la extrema conciencia de las deficiencias del sistema hospitalario. Ello demuestra que, de igual modo que salud y enfermedad forman un continuo, también hay apenas un paso, una iluminación o un desajuste celular, entre la obediencia y la rebelión.

Etiquetas: Fruta podrida, Ivan Illich, Lina Meruane, Michel Foucault, Pinochet, Samantha Schweblin, Santiago de Chile

Sobre el autor

Ana Prieto Nadal

Ana Prieto Nadal es licenciada en Filología Clásica (UB) y Doctora en Filología Hispánica (UNED), y está especializada en el estudio del teatro contemporáneo. Como escritora, obtuvo el premio Ojo Crítico por su novela 'La matriz y la sombra' (Acantilado, 2002) y tiene relatos publicados en la revista 'Granta en español', 'El silencio en boca de todos' (Emecé Editores, 2004) y en la antología 'Todo un placer' (Berenice, 2005); también participó en el proyecto europeo Scritture Giovani 2006. En la actualidad, es miembro del Grupo de Investigación del SELITEN@T y compagina la investigación literaria y teatral con la docencia de lenguas clásicas. Ha colaborado en revistas especializadas como 'Acotaciones', 'Anagnórisis', 'Don Galán', 'Pasavento', 'Signa' y 'Tropelías', entre otras, y ejerce la crítica literaria en 'Quimera' y 'Revista de Letras'.

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