Revista de Letras

Los cisnes venideros

7 diciembre 2018 Portada

Foto: Pxhere Commons | Dominio público

En el discurso de recibimiento del Nobel de Literatura, Patrick Modiano decía sentir curiosidad por saber cómo “las generaciones que nacieron con Internet, móvil, correos electrónicos y tuits, expresarán mediante la literatura el mundo al que todos están permanentemente conectados”. Tenemos a un gran escritor —a un gran lector— que da por sentado que la literatura se transformará con el impacto de las nuevas tecnologías. ¿Y por qué no sería así cuando otras grandes revoluciones técnicas y sociales como la imprenta o la prensa cambiaron la manera de escribir?

Esto me hizo pensar en una entrevista que le hicieron a David Foster Wallace en la que explicaba cómo los profesores de su postgrado de escritura creativa desdeñaban aquellos alumnos que escribían sobre publicidad, televisión y marketing por ser “algo banal e insípido, y carente de una especie de eternidad platónica”.

“Recuerdo que aquello era nuestro mundo y nuestra realidad, del mismo modo que el mundo de los románticos lo constituían árboles y murmullos en los arroyos y montañas y cielos azules. Por lo que, sí, tengo cuarenta y dos años, y si hay algo distintivo en nuestra generación es que hemos sido macerados en medios de comunicación y marketing desde que éramos muy, muy pequeños.”

Hoy en día, estos profesores nos parecen viejos carcamales, pero lo más seguro es que no lo parecieran a la mayoría de lectores -¡y escritores!- en la época en que Foster Wallace era estudiante. Lo que reclamaba aquí Foster Wallace era algo tan básico como la libertad a la hora de escoger los temas, la libertad de poder escribir sobre lo que les diera la gana.

A la inversa, algunos escritores se han esforzado en escribir sobre temas aparentemente contemporáneos para ganarse la etiqueta de “modernos”, una actitud que Borges aborrecía particularmente. “Somos modernos por el simple hecho de que vivimos en el presente”. Borges recordaba que muchos grandes escritores escribieron sobre épocas pasadas sin perder un ápice de modernidad.

“Si consideramos Ivanhoe de Sir Walter Scott, o Salammbô de Flaubert, podríamos decir la fecha en que esos libros fueron escritos. Aunque Flaubert llamó a Salammbô un roman cartaginois (“novela cartaginesa”), cualquier lector que se precie sabrá después de leer la primera página que el libro no fue escrito en Cartago, sino que lo escribió un francés muy inteligente del siglo XIX.”

Hasta el escritor más solitario está marcado por su tiempo. Todos somos prisioneros y tributarios de la fecha en que nacimos. Es imposible renunciar a algo tan inevitable.

Ya decía Patrick Modiano que los cisnes de la poesía de Yeats no se parecían a los cisnes de los poemas de Baudelaire y Mallarmé por el simple hecho de que éstos pertenecían al siglo XIX y aquéllos al siglo XX, por mucho que ambos fueran cisnes.

Los escritores jóvenes no deberían por lo tanto incurrir en el error de forzarse a ser modernos, porque ya lo son de facto y, si se esfuerzan demasiado en serlo, caerán irremediablemente en la artificialidad, y sus obras nacerán ya muertas.

Por su parte, los críticos de la generación consolidada no deberían obligar a las nuevas generaciones a escribir como lo hicieron ellos, si no quieren acabar convirtiéndose en el establishment que tanto criticaron en su juventud, si no quieren parecerse a los profesores de Foster Wallace que se irritaban cuando leían textos sobre publicidad y televisión.

De hecho, en la actitud de unos y otros, se vislumbra el eterno debate de los antiguos y los modernos, la lucha entre generaciones que se ha ido repitiendo a lo largo de toda la historia. Unos ansían independizarse, hacerse hueco a toda costa llegando a despreciar la labor de sus mayores; los otros no acaban de aceptar que el tiempo pasa — ¿miedo a envejecer?— y que la literatura está predestinada a mudar de piel.

Esta última actitud es de las más habituales. Suele ocurrir que una generación no reconoce sus cisnes en los cisnes de la generación posterior. Nos cuesta admitir que nuestros cisnes han alzado el vuelo y ya no regresarán igual que antes.

La experiencia es un grado, asevera el dicho, pero cuando la experiencia se convierte en costumbre y se la deja de cuestionar, puede convertirse, sin que nos demos cuenta, en nuestros “zancos y muletas”, para retomar la ocurrente expresión de Julien Gracq.

“También nosotros tenemos nuestros zancos y muletas, que nos parecen botas de siete leguas y que los lectores de pasado mañana, si quedan, sabrán poner en su sitio como nosotros hemos hecho con nuestros antepasados, y sin reprochárnoslo mucho más, en la tienda ortopédica de la literatura.”

A veces se nos olvida de que vivimos en la historia y de que, desgraciadamente, no hay lago de Lamartine que valga: vendrán nuevas generaciones con maneras distintas de expresar sus experiencias y sentimientos. Los sentimientos no cambian, por eso seguimos leyendo libros de hace siglos, pero sí la manera de expresarlos.

Herman Melville bromeaba diciendo que la mayoría de sus contemporáneos se imaginaban que el nuevo genio literario aparecería entre ellos “con ropas de la época isabelina” (¡no se enteró de que el nuevo genio literario era él mismo!):

“Tampoco debemos olvidar que, en vida, Shakespeare no era Shakespeare, sino simplemente don William Shakespeare, de la astuta y próspera firma de Condell, Shakespeare y Cia.”

De hecho, los contemporáneos de Shakespeare consideraban que lo que éste escribía no era buena literatura y su obra nunca fue editada seriamente en vida.

Por lo que no tenemos que adoptar en la actualidad la misma actitud que los contemporáneos de Melville. No tenemos que imaginar, por ejemplo, que el nuevo Tolstoi aparecerá entre nosotros llevando una barba hirsuta y un traje de campesino ruso. Basta con pensar en que el propio Tolstoi estaba muy interesado por los avances técnicos de su época y que fue uno de los primeros rusos en escribir a máquina, grabar su voz con un fonógrafo y subirse a una bicicleta para que toda su obra tome una perspectiva de futuro y novedad. Hoy lo veríamos, tal vez, transitando en patinete eléctrico, equipado con unas gafas 3D. Asimismo es útil recordar que Conan Doyle fue uno de los pioneros del esquí alpino y Stevenson de la canoa. Algunos amigos de Georges Perec están convencidos de que Internet y sus infinitas posibilidades le hubieran encantado.

Obviamente, sería un disparate forzarse a ser tecnológicos. Pero es un hecho que las personas que han nacido en el siglo XXI han crecido en un mundo en el que todos estamos “permanentemente conectados”. Y la literatura ha demostrado repetidas veces ser la mejor de las esponjas. Por lo que podemos prever que este cambio de nuestras sociedades empapará, sí o sí, la literatura de las próximas décadas. Si ya no lo ha hecho.

¿Cómo serán los cisnes venideros? Es una pregunta muy complicada. Es la pregunta más complicada, más que nada, porque la literatura se mueve siempre por donde nadie se la espera. Refiriéndose al Quijote, Javier Cercas escribe:

“Siempre o casi siempre ha sido así: la mejor literatura no es la que suena a literatura, sino la que no suena a literatura; es decir: la que suena a verdad. Toda literatura genuina es antiliteratura.”

Que se lo pregunten al propio Cervantes, quien soñaba pasar a la posteridad por La Galatea y no por las descabelladas aventuras de don Quijote y su escudero Sancho Panza.

Etiquetas: 3D, Borges, Foster Wallace, móvil, Nobel de Literatura, Patrick Modiano, publicidad, televisión, Tolstoi

Sobre el autor

Kim Nguyen Baraldi

Kim Nguyen Baraldi (Bruselas, 1985) es licenciado en Letras Modernas y tiene un máster en Literatura Comparada por la Sorbona (París IV). Edita el blog de literatura Calle del Orco desde 2011.

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