Revista de Letras

Los días de la piel

Dejé escrito en alguna ocasión algo que puede resultar una obviedad: un libro comienza desde su título, pero el tono que adopta lo descubrimos en sus citas iniciales. La de Herido mármol, de Ernesto Frattarola, contiene sólo una, de Ángel González: “esto que veis aquí,/ tan sólo esto:/ un escombro tenaz”. He dicho el tono y debería decir también la actitud, la forma de proceder del sujeto poético que nos encontraremos en el libro. Es decir: un hombre desnudo, desprovisto, quizás insuficiente, y sin embargo un ser que resiste. Cautivo, pero no del todo desarmado. Un escombro, en suma, tenaz.

Si hacemos caso a la nota final del libro, Herido mármol es, según su autor, un poemario sobre la piel. Desde el punto de vista del lector, tal vez sea una definición acertada. Lo comprobamos, sobre todo, en los títulos que elige para dar inicio a sus poemas. El que abre el libro, por ejemplo, titulado Corteza, al que le seguirán otros no menos significativos, como Sudor, Costra, Hiedra o Escamas. Todo un campo semántico o simbólico ligado a la piel, a su tacto, y una aproximación a ese territorio que nos recubre y nos sirve como soporte de la huella y del tiempo. El reflejo exterior de un estado íntimo o, en fin, la constatación de una existencia, con sus marcas y sus señales. Como nos explica Dylan Thomas, toda idea se puede imaginar y traducir en términos corporales, explicar a través de la carne, la piel, los tendones, las venas, las glándulas, los órganos, las células y los sentidos. Ahí se sitúa también esta poesía al traer de vuelta aquello que nos roza y, sin darnos cuenta apenas, permanece ya en nosotros. Una cartografía física de nuestro paso por el mundo.

Herido mármol es, por eso, una inspección de ciertos vestigios vitales que se nos han adherido con fuerza. Aunque hayan sucedido en una mínima fracción temporal: “no entendemos/ que un minuto es demasiado tiempo”, Hierro; o pasen inadvertidos: “te llevas el polvo de la casa”, Clavos. Nuestra actitud, parece decirnos, se despliega en pequeñas acciones. Es ahí donde uno pone en juego toda su vida. Sucedemos en esos pequeños intervalos que nos llevan, en ocasiones, a tener “miedo de cruzar la calle”, como nos explica en su poema Siniestro. Hay casualidades, dijo alguien, con las que te mueres de risa y hay casualidades con las que simplemente te mueres.

Repasar una vida y analizar introspectivamente lo que somos es, qué duda cabe, una tarea ardua. Quizás una de las tareas más dolorosas y confusas que existan. De ahí que, a menudo, surjan contradicciones. La paradoja en Herido mármol es un recurso frecuente, diría esencial. Citaré algunas:

Suburbia Ediciones

Suburbia Ediciones

“No eres humilde cuando te humillas” Hágase

“Nadie puede hacerte daño./ Te protegen las cadenas” Porcelana

“El que obedece nunca se equivoca,/ nunca acierta” Clavos

“sólo quien vuela se arrastra” Penitencia

“Ya no las temo./ Pero tengo miedo” Eva, II

“Necesitas morir para estar vivo” Abril.

Esta confusión lejos de limitar la mirada, la amplía, la multiplica. Al fin y al cabo la literatura no está para dar respuestas, sino para generar preguntas.

El sujeto poético de Herido mármol es, como dijimos, un ser extraviado, descompuesto, fracturado, huido. Un futuro “túnel de gusanos”, por emplear una imagen del libro. Un ser débil, cuyas pupilas sólo “atraen espejos rotos” (Porcelana), que es “moneda de cambio” en un “mercado triste” y que sufre diversas trasformaciones. Un ser que arrastra su culpa y se dirige al mundo con un tono cercano a la oración, a la letanía. Que busca en el lenguaje una posible vía de salvación. Un ser, en realidad, que representa o simboliza, más que actúa, porque Frattarola se detiene en el nombre, no en el verbo, lo que provoca un aluvión de imágenes y metáforas. Tal vez sea esta una de las conquistas mayores de la poesía, al menos en comparación con otros géneros: la de mostrar en toda su plenitud las extrañas posibilidades que surgen a partir del nombre. De un sustantivo que contenga en sí mismo las mayores connotaciones posibles. Piel, por ejemplo.

En la nota que cierra Herido mármol, Frattarola nos dice lo siguiente:

“Alguien me dijo una vez, hace muchos años, que cuando uno escribe, se escribe”.

Ignoro de quién se trata, pero es inevitable que me venga a la memoria aquella frase de Juan Ramón Jiménez: “escribirnos no es más que recrearnos”. Como bien dice, siguiendo esa nota final, Herido mármol es un ajuste de cuentas. Tengo la sensación de que este libro le ha servido para decir lo que no supo o no pudo o no quiso explicar en su momento, buscando un equilibrio entre el fondo de garganta y el fondo de la mente, por emplear palabras de Seamus Heaney. Por eso este es, me temo, un inicio, porque cuando uno decide romper la capa que le recubre es muy difícil volver a cerrarla. “Hoy debo contarlo todo”, escribe en el poema Poso. Para eso sirve, si es que sirve para algo, la literatura: para recomponer o para dar sentido a las piezas que previamente hemos roto.

Etiquetas: Dylan Thomas, Ernesto Frattarola, Herido mármol, Juan Ramón Jiménez, Literatura, oración, piel, poemario, Seamus Heaney, Suburbia Ediciones

Sobre el autor

Álex Chico

Álex Chico (Plasencia, 1980). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Autor del poemario 'La tristeza del eco' (Editora Regional de Extremadura, 2008), y de las plaquettes 'Nuevo alzado de la ruina' (Vebo Blues Ediciones, 2005) y 'Las esquinas del mar' (Vitolas del Anaïs, 2004). Crítico literario en 'Ínsula', 'Falsirena' y 'La prensa de Zamora', sus relatos y poemas han aparecido en 'Papers de Versàlia', 'Letra Clara', 'Contra Tiempo', 'Papel Salmón', 'La plaza humana' o 'Nadadora'. Codirige la revista de Humanidades 'Kafka'.

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