Revista de Letras

“Los juegos del hambre”, de Suzane Collins

6 febrero 2010 Reseñas

Los juegos del hambre. Suzane Collins
Traducción de Pilar Ramírez Tello
Editorial Molino (Barcelona, 2009)

No son pocos los prejuicios que pululan en torno a la mal llamada “literatura comercial”. Escritores pretenciosos y críticos de fruncido ceño suelen advertirnos respecto de esos libros multivendidos que, según su autorizada opinión, no se plantean ningún reto ni llegan a rozar el alma humana; más bien son ideados por las grandes editoriales para forrarse de dinero a costa de embrutecer la sensibilidad de los lectores, ya muy mellada por los medios audiovisuales. Parecería que estos amigos nuestros, censores de nuestro buen gusto literario, consideran o desean a la “gran literatura” confinada a unos cuantos iniciados.

Una mirada menos resentida, mínimamente atenta, nos revela que en la categoría  “best-seller” caben libros de todo tipo, desde los de Murakami hasta los de Dan Brown, pasando por García Márquez y Stephanie Meyer, Vargas Llosa y Pérez Reverte, Stieg Larsson y Paulo Coelho, Cornelia Funke y Javier Marías. Todos estos autores tienen en común que venden muchos libros, lo cual no es un nexo significativo.

Parece claro que entre los libros que causan furor en las apetencias lectoras hay desde obras geniales hasta pésimas, del mismo modo que las hay entre esos libros olvidados en las bodegas o polvorientos en las mesas de saldos, muchos de los cuales son objeto de estudio de tesis arrumbadas en bibliotecas.

La novela que hoy me ocupa, Los juegos del hambre de Suzanne Collins, es uno de esos libros que merece el gran éxito que tiene. Primera parte de una trilogía, esta obra combina de forma feliz trepidante ritmo narrativo, personajes complejos y una reflexión en clave de distopía sobre el poder totalitario y el afán de supervivencia.

Katniss, la narradora y protagonista, sobrevive como cazadora furtiva en el Distrito 12 de Panem, un país que surgió de las ruinas de Estados Unidos y que es dominado por el Capitolio, centro de la nación que usufructúa los recursos de sus doce distritos y ejerce un dominio castrense sobre sus habitantes. A raíz de que los distritos se rebelaron y fueron aplastados por el Capitolio, éste instauró los llamados “juegos del hambre” para reafirmar su control: cada año se selecciona un joven y una joven de cada distrito a través de un sorteo; los 24 elegidos viajan al Capitolio, donde se enfrentan en una contienda a muerte, transmitida por televisión a todo el país, bajo rudas condiciones. Sólo uno, el último que quede con vida, será declarado ganador y colmado de honores.

Al realizarse el sorteo de cara a los septuagésimo cuartos juegos, resulta elegida la hermana pequeña de Katniss. Ante el gran amor que siente por su frágil hermana, la protagonista toma su lugar en los juegos, lo cual equivale de cierto modo a firmar su sentencia de muerte. Katniss deberá utilizar toda su astucia, su larga experiencia como cazadora y su coraje ante la adversidad para tratar de mantenerse con vida.

Uno de los grandes aciertos del libro es que, a pesar de la aparente sencillez de su estructura, no opta por una linealidad que, en este caso, podría no resultar muy atractiva para el lector: en cambio, la acción arranca poco antes de los juegos y en primer lugar nos introduce al modo de vida de Katniss, quien se ve obligada a salir de su distrito (lo cual está prohibido) e internarse en un bosque cercano donde caza animales que vende para alimentar a su madre, a su hermana y a ella misma. Es difícil no sentir simpatía hacia la protagonista. El conflicto empieza poco después, con el sorteo. Los antecedentes –la conformación de Panem, la rebelión de los distritos, las distintas ediciones de los juegos- sólo se nos revelarán de forma gradual, en dosis breves, ya que el lector esté tomado por las vicisitudes de la trama.

Si las dosis de tensión son altas apenas iniciado el libro, ellas se acrecientan al iniciar los juegos. En ellos descenderemos a los abismos del ser humano cuando ve su vida amenazada: no habrá prevención moral que valga, lo único importante será no convertirse en la próxima víctima. Los juegos pondrán a prueba simpatías, sentimientos y alianzas. Constituyen el máximo grado de crueldad al que llega el Capitolio al mantener enfrentados a los habitantes de los distintos distritos a punta de violencia, de modo que no puedan aliarse contra el poder que los oprime.

Los juegos del hambre puede inscribirse en la llamada novela distópica al presentarnos un mundo que se asemeja al de 1984 de George Orwell, en el cual el poder ha decidido eliminar todo reducto de libre albedrío, aun a costa de encender las llamas del infierno terrenal entre sus gobernados. Así, la obra estimula nuestra conciencia crítica ante las pantomimas de muchos gobiernos de clara cepa autoritaria que se ponen el disfraz de democráticos.

Suzanne Collins ha creado un libro que está en las antípodas de la frivolidad que a veces se atribuye a los libros exitosos y, por tanto, “comerciales”. Los juegos del hambre perdurará, con probabilidad, como un consumado ejemplo del arte de contar historias hipnóticas y deslumbrantes, y también como una advertencia contra la tentación autoritaria, que no se ha mitigado con el correr de los siglos.

Javier Munguía
http://javiermunguia.blogspot.com

Etiquetas: Editorial Molino, Los juegos del hambre, Suzane Collins

Sobre el autor

Javier Munguía

Javier Munguía (México, 1983) es papá de Marcela y Marisol, y amante de los libros. Ha publicado los libros de cuentos "Gentario" (Unison, 2006), "Mascarada" (ISC, 2007) y "Modales de mi piel" (Jus, 2011). También escribe novela y teatro. Es licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora y tiene estudios de maestría en Literatura Hispanoamericana por esa misma institución. Edita la revista "Letrarte".

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1 Comentario

  1. sinsajo 4 marzo 2012 at 22:12

    me he leido la triloggia y es fascinantemente alucinante

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