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Louis-Ferdinand Céline y un viaje de ida

Louis-Ferdinand Céline | Foto: Bibliothèque Nationale de France | WikiMedia Commons

La cosa empezó así. Yo nunca había escuchado nada de Louis-Ferdinand Céline. Nada. Y de repente, me encontraba viajando en la oscuridad junto con Ferdinand Bardamu, el protagonista de su primera novela Viaje al fin de la noche. Los libros, como las vivencias, dejan marcas indelebles. Es fácil olvidar una trama, un personaje, un desenlace final…pero es imposible librarse de las impresiones y sensaciones que la literatura nos deja en forma de huellas y tatuajes vitales. Cuando eso ocurre, solo se puede seguir adelante con el equipaje acumulado y las herramientas aprehendidas, seamos o no conscientes de las señales que nos han dejado.

Leí Viaje al fin de la Noche hace justo nueve años. Es curioso cómo se elaboran los recuerdos, las imágenes que los componen. Porque me veo como desde una cámara situada justo encima de mí, solo en el salón de mi casa, con el libro abierto, sentado en una silla en la mesa del salón y una tenue luz a mi alrededor. Como si estuviera estudiando más que disfrutando de un rato de lectura. En disposición de defensa, rígido, con el cuerpo en tensión, como leyendo desde una trinchera corporal y emocional. Quizá no hubiera otra forma de terminar esta novela que fue para mí, la revelación de que un libro puede dejarte exhausto física y anímicamente. A través de su lenguaje voraz y el pesimismo radical que lo barniza consiguió impregnarme por completo. El impacto fue tan duro como sorprendente. Supongo que parecido al que produjo cuando se publicó en 1932: perplejidad, consternación, escándalo, atracción, admiración… todo cupo tras la aparición de esta novela que deslumbró a personalidades como Sartre, Trotski o Louis Aragon.

Céline llegaba al mundo literario y cultural dando un estruendoso golpe sobre la mesa y crujiendo los cimientos de la literatura occidental. Cuando esta obra salió a la luz Céline pretendía atentar contra la realidad desde un realismo sórdido, agónico, desesperado. Manuel Vicent compara esta novela con El grito de Edvard Munch y le sobra razón. El grito de una civilización en la que Céline no solo no creía sino que detestaba y a la que odió hasta el final de sus días. Mario Vargas Llosa afirma que:

“Las dos primeras novelas de Céline, más que para ser leídas, parecen escritas para ser oídas”.

Para que ese grito llegara lo más lejos posible, Céline llevó la oralidad  donde no se había llevado hasta ese momento, para lo que rescató el lenguaje más visceral y real que le rodeaba. “Un lenguaje directo, popular, moviéndose entre el sarcasmo y la piedad ante la tragicomedia de lo cotidiano”, como dice Vila-Matas. Profundizó en el camino que había trabajado su admirado Émile Zola para llevar ese cotidiano hasta los confines de la oscuridad de una noche cerrada. “Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres”, afirma Ferdinand Bardamu en la novela. Una historia trágica y absurda en la que la estupidez humana agoniza y cuyos grandes temas son la guerra, el colonialismo, el trabajo, la patria, la familia o el dinero. Contra todos ellos se arremete sin piedad, pero sobre todo sin esperanza ninguna. El libro arrasa con lo que encuentra y solo deja detrás de sí tierra quemada. Un paraje baldío donde el estilo formal de Céline te golpea sin contemplación a través de páginas escritas desde el ruido, la furia y la violencia. En una creación vertiginosa donde Céline dilapida cualquier atisbo de redención existencial y construye un hombre condenado a la monstruosidad que vive en un mundo canallesco repleto de maldad y sordidez.

Céline buscaba una revolución en el estilo literario. Consideraba que las novelas de su tiempo eran inútiles  porque no profundizaban en la forma. Pero por mucho que pretendiera Céline,  este libro es algo más que estilo y narración. Porque exprimiendo el lenguaje de la calle y traduciéndolo a gran literatura, no solo ahondó en la expresión formal sino que con ese artefacto creó un mensaje brutal del hombre y su tiempo: anticapitalista, antinacionalista, anticomunista, anarquista…Nada merece la salvación en las páginas del Viaje, en ese universo patológico que dibuja Céline, como ha dicho Rafael Argullol.

“El hombre está desnudo, despojado de todo, aun de la fe en sí mismo. Mi libro es eso.”

Es difícil definir mejor que el propio autor su creación. El mismo Céline ensombreció su novela debido a su ideología filonazi, colaboracionismo y sus soflamas antisemitas que durante mucho tiempo impidieron poner en verdadero valor la calidad literaria y la trascendencia de esta y otras de sus obras. Bertrand Delanoë, exalcalde de París, declaró que:

“Céline fue un excelente escritor y un perfecto cabrón”.

Esta frase puede resumir el sentir generalizado del pueblo francés sobre uno de sus mejores escritores. El debate entre la influencia de la vida de un autor en su obra y viceversa llegan en Céline hasta sus límites más extremos y aún hoy día, está lejos de estar completamente resuelto. Tengo la intuición (y siendo consciente de la ventaja de no haber sido diana de sus invectivas) de que una novela de semejante ascendencia y que no dudaría en calificar como una obra maestra, debe y tiene que estar por encima de cualquier debate político e ideológico. Disfrutar y admirar la obra de Céline no implica estar de acuerdo con su pensamiento y sí situarse enfrente del genio que fue. Y su genialidad pasa, entre otras cosas, por conseguir que el lector soporte el espectáculo pesimista e irredento que propone a través de una fuerza cautivadora que te atrapa y devora. Mediante “un lenguaje virulento, pirotécnico y sabroso y un humor truculento e intranscendente”, como afirma Vargas Llosa.

Desde que leí Viaje al fin de la noche tuve el presentimiento que había encontrado una visión del mundo y de la literatura que me acompañarían para siempre. No es que no estuvieran previamente presentes en mi vida, pero esta obra cristalizó de manera explícita esa mirada que de repente tenía un nombre propio y un referente. No somos conscientes de lo que nos influyen determinados hitos hasta que conseguimos crear una distancia y observarlos con cierta perspectiva. Pasado el tiempo, puedo identificar las marcas que ese libro ha dejado grabadas en algún punto de mi historia personal e intelectual, a una altura en la que me parece inevitable continuar el viaje con Céline, para esperar sin remedio la llegada de los últimos destellos vitales…porque “la vida es eso, un cabo de luz que acaba en la noche”.

Etiquetas: Céline, filonazi, París, Vargas Llosa, Viaje al fin de la noche, Vila-Matas

Sobre el autor

Rosauro Varo Cobos

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982. Es pediatra y cooperante. Ha ejercido en países como Costa Rica, Perú, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. Actualmente vive en Barcelona donde cursa el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Es cofundador de la revista 'Café con Letras' y de las tertulias literarias del mismo nombre. Ha publicado artículos de opinión en diferentes medios, un cuaderno de crónicas de viaje y un libro de cuentos titulado 'El embudo' (Andrómina, 2014). Recientemente, ha publicado su primera novela: 'Plagio' (Ediciones en Huida, 2018).

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1 Comentario

  1. Luciano Tanto 10 marzo 2019 at 0:07

    ¿Ópera prima? Error. Lo primero que publicó, en 1924, con su nombre real y en calidad de médico recién recibido, fue "Semmelweiss 1818 - 1865). Extraordinaria historia de uno de los escasamente conocidos héroes de la historia de la medicina. (Avísenle a Vargas Llosa).

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