Revista de Letras

Lucas: “Toda rebeldía estética es una forma de desacato”

Antonio Lucas | Foto: Begoña Rivas

Antonio Lucas | Foto: Begoña Rivas

Periodista y poeta. Así podemos definir Antonio Lucas, ganador del XXXVI Premio  Fundación Loewe con su poemario Los desengaños (Visor) y que tiene a sus espaldas otros tres poemarios Antes del mundo, Lucernario, Las máscaras y el aclamado por la crítica Los mundos paralelos. Desde hace casi veinte años escribe en El Mundo, donde se ha convertido no sólo en uno de los periodistas culturales de referencia, sino en símbolo de un nuevo columnismo en lengua castellana que remite a la más privilegiada historia de la prosa periodística, una historia que abraza desde Larra hasta Francisco Umbral, de quien Lucas es un más que reconocido discípulo, estilísticamente hablando. Su último título, Vida de Santos, (Círculo de Tiza) es una selección de sus perfiles periodísticos, publicados a lo largo de su carrera en El Mundo.

Antonio Lucas, ¿poeta o periodista?
Van las dos juntas, pero vamos a hablar primero de poesía, que genera mejor clima.

El otro día, en un artículo sobre Chesterton, citabas una frase del autor inglés, que decía que la poesía hace sentir más sabio y yo te pregunto, ¿la poesía también te hace más sabio?
Creo que la poesía te hace sentir más hondo, que no significa exactamente ser más sabio entendiendo la sabiduría como acumulación del dato. La poesía genera una pequeña hondura que propicia que el lector a la vez que va entendiendo el poema o se va implicando en él descubre más cosas de sí mismo, del mundo y del tiempo en el que vive. En este sentido, la poesía tiene una función muy reveladora: pisar en espacios que uno no creía poder pisar y hacer palanca no sólo en la emoción, sino en un modo de pensamiento mucho más amplio, mucho más libre del habitual. Por ello, no sé si la poesía genera una sabiduría, pero sí genera una capacidad de percepción más plural y mejor enclavijada con las cosas.

En Los desengaños, se percibe un sentimiento de desengaño  y de desconfianza ante el lenguaje. La pregunta  acerca de por qué escribir gravita a lo largo de todo el poemario.
El mayor conflicto con las palabras lo tenemos quienes escribimos porque las palabras, que aparentemente lo pueden todo, en ocasiones se quedan cortas provocando en quien escribe un sentimiento de ansiedad. Para mí el lenguaje es ilimitado; la capacidad matemática del lenguaje para alcanzar ciertos infinitos es extraordinaria, pero también es cierto que en ocasiones intentas explicar y decir algo que sabes lo que es pero que no consigues materializar en verbo. Como contrapartida a este desengaño respecto del lenguaje, ante esta sensación de agonía respecto del poema y de la incapacidad de encontrar, como diría Juan Ramón Jiménez, la palabra justa,  hay un verso bastante salvífico que dice: todo estaba pactado menos la poesía.

Visor

Visor

¿Qué significa para ti que en poesía nada está pactado?
Creo que la poesía, a la vez que te genera un conflicto con los límites del idioma y con su capacidad de convertirse en pértiga para ir más allá de la realidad, se convierte en el único lugar verdadero del lenguaje: la poesía es el único sitio donde nada está calculado, donde todo puede ser posible. Al respecto, algo muy interesante que he comentado con diversos amigos poetas es el estatuto de verdad de la poesía: el poema no tiene que ser ni verdad ni mentira, esta discusión es una idiotez. El poema tiene que ser auténtico.

En cierta manera es la misma árida discusión sobre el estatuto de ficción de la novela que, como el poema, es una elaboración del lenguaje.
El poema, efectivamente, es un artefacto verbal, sólo que en cuanto artefacto tiene una forma de dirigir una determinada óptica, que no es lo mismo que la mirada, hacia determinadas cosas y se trata de una óptica mucho más precisa con respecto a la óptica de la narrativa, primero de todo porque es más exigente. En un poema todo es más preciso, concreto, dos versos extra estropean completamente la composición poética.

En cierta manera la precisión de la poesía remite a la precisión que requiere el relato.
La poesía está efectivamente más cerca del género del relato y seguramente por esto hay muchos lectores a los que les gusta que el poema cuente cosas, contenga un relato, cosa que a mí personalmente no me gusta particularmente, pues tengo una especial manía a la poesía narrativa, a la poesía que cuenta cosas.

Sin embargo, en Los desengaños introduces textos en prosa que bien podrían definirse como poemas en prosa.
El poema en prosa es una cosa y la prosa poética es otra bien distinta. La prosa poética está bien en Umbral, que es magistral al respecto, o en Cortázar, que tiene unos quilates de poeta implicados en su propia escritura narrativa. La prosa poética implica una serie de ejercicios de lenguaje que seducen mucho, pero el poema en prosa es otra cosa: el poema en prosa no pretende contar nada, sino que es un texto que adquiere la libertad formal de la prosa a la vez que conserva el absoluto despeinarse de la poesía. Podemos decir que el poema en prosa es una bastardía muy interesante.

En una entrevista que le realizaste a Manuel Alcántara, ante la pregunta de si en la poesía cabe todo, él te respondía que sí. Te planteo esa misma pregunta: ¿Cabe todo en poesía?
En la poesía cabe absolutamente todo, desde lo más antipoético, y ahí tienes a Nicanor Parra con su antipoesía, desde el máximo desacato hacia lo formalmente poético hasta lo más lírico. La poesía tiene una capacidad abrazadora, es una plaza pública abierta a todo, una plaza en la que puedes introducir, como hizo Ángel González, términos como ‘urbanismo’ o palabras malsonantes y agresivas, porque el poema, si tiene verdad y tiene calambre, lo admite. En este sentido estoy completamente de acuerdo con Manuel Alcántara, que es la última figura totémica del articulismo de una generación que comienza a la sombra González Ruano y termina precisamente con Manuel. La poesía está concebida para que entre todo, es un cofre infinito, es el gran baúl de Pessoa lleno de gentes, de cosas, de entusiasmos y de desengaños, de pasiones y afectos.

Hablas de una poesía que no cuente, que no narre y, en efecto, Los desengaños es una obra impregnada de filosofía. ¿Podemos hablar de tu poesía como de una poesía filosófica?
He leído filosofía y sobre todo soy un gran lector de ensayo, que es un género que cada día me fascina más; dicho esto, no definiría mi poesía como una poesía filosófica, sino como una poesía que tiene una voluntad de pensamiento. No tiene la voluntad de la filosofía de generar un corpus de ideas, más bien Los desengaños son un pequeño atlas de reflexiones y de pensamientos, conformado por versos que, en algunos casos, funcionan como aforismos.

De Los mundos contrarios a Los desengaños se observa un salto, un desliz hacia el nihilismo y al descreimiento hacia el lenguaje, el individuo y la sociedad.
En el momento de escribir Los desengaños era plenamente consciente del salto que suponía respecto a Los mundos contrarios y creo que este salto se explica, aunque de forma muy grosera, por “la puta vida”. El motivo de este desliz es la vida en sí misma, la vida que a veces te pega cornadas, latigazos de azufre y te daña. A esto hay que sumarle una condición que estaba en el ambiente: en la España del año 2009-2010, había una sensación de hartazgo, de asfixia cínica-social y cuando uno se empapa de la calle y comparte con amigos y con gente que está siendo víctima de un atropello extraordinario de la democracia, irremediablemente su poesía se ve afectada y uno se ve obligado a implicarse en su faceta como poeta como sujeto político.

Planteas por tanto un inevitable compromiso cívico y/o político por parte del poeta.
Uno no puede rechazar su condición de sujeto político, no puede pasar de puntillas por la vida, porque creo que la poesía no es el espacio donde encontrar mundos paralelos, la poesía, por el contrario, es el espacio en el que bucear en este mundo. Incluso la poesía más hermética, sirve para estar aquí, para tener toma de tierra. Y en estos poemas de Los desengaños confluyeron, de forma natural, todos estos elementos: una determinada situación personal y la situación cívico-social hicieron de bujía empujando los poemas hacia un lado nihilista y desengañado. Y esto a nivel poético genera una voz más severa, sobre todo en comparación con los anteriores poemarios, una voz poética más consciente de su severidad.

Sin embargo en Los mundos contrarios ya se percibe algo de este desliz que comentamos: en tu poema Ezra Pound, dices: “Todo empieza por la letra, con qué fuerza, y sin embargo…” Este  sin embargo se postula como nexo entre un poemario y el otro, aquí parece comenzar el salto.
Sí es cierto que este sin embargo podría apuntar a ese desliz desengañado que luego de materializa en Los desengaños. En Los mundos contrarios hay un atisbo tímido al hecho de sentirse ajeno a muchas cosas de este presente, que me parece detestable en muchas de sus expresiones y en muchos de sus conceptos. En Los desengaños se afianza una especie de yo colectivo: se trata de poemas donde el yo ya tiene un contorno de identidad bien definido, poemas en los que me atreví a hablar de mí mismo, posicionándome casi como un Cristo en vertical, asumiéndome en toda la complejidad. Y los poemas que vienen ahora son, en parte, una ruptura con Los desengaños en cuanto regresa a la escritura un cierto ciclo entusiasta que había perdido

Si bien la teoría literaria enseña a no hacer una lectura biografista de las obras literarias, es imposible escucharte y no observar cómo tu poesía está arraigada en tu propia experiencia vital.
Está completamente arraigada. La mejor biografía de un poeta son sus poemas: no hay poema que soporte el diván de un psicoanalista. Yo sí que creo que la biografía está muy dentro de los poemas de casi todo poeta, desde la tradición más arcaica de los griegos y los palatinos hasta el poeta más postcontemporáneo. Es muy difícil quitarte de encima la propia experiencia y el hecho de quitársela de encima en el momento de escribir me parece, además, una gran pérdida puesto que conduce a la intervención de la fantasía. Yo no creo en la fantasía, no me interesa en absoluto. Me interesa la imaginación, pero no la fantasía porque fantasear tiene como correlato la esperanza, que es algo muy perverso; la fantasía es una especie de alpiste que no termina nunca. No me gustan las utopías, no me gustan las esperanzas y, por tanto, no me gusta fantasear

En este sentido te inscribes en la tradición romántica que asocia la imaginación a la melancolía.
Sí, mi postura poética es expresión de melancolía: no tener esperanzas implica aceptar la derrota. Por lecturas y por filiación, tengo una fuerte raíz romántica, provengo de ese romanticismo que tiene un punto de cinismo y de escepticismo. Yo estoy enclavado más en esta tradición poética y no en la tradición lúdica de otro tipo de poesía, ante la cual que me siento más ajeno

Y ¿cómo te posicionas ante la experimentación formal, normalmente asociada a lo lúdico?
Yo disfruto mucho de la poesía irónica, de esa poesía con humor ácido o de esa poesía que te lleva a experimentar, pero a nivel de creación poética me cuesta mucho. Le tengo mucho respeto y me veo completamente incapacitado para hacer juegos malabares como los que hacía Jules Laforgue, para jugar como lo hacía extraordinariamente bien Tristan Corbière o incluso como Rimbaud, que para mí es el único dios verdadero. Me gusta, como puedes ver, la experimentación poética y el carácter lúdico como lector, pero no en mi ejercicio poético.

¿Te resultaría una impostura adentrarte creativamente en este tipo de poesía?
Para mí escribir una poesía de este tipo sería una completa impostura, pero repito que como lector me interesa muchísimo la poesía experimental y, en concreto, el diálogo que se establece en algunos casos entre el poema y el artefacto visual. Me fascina Joan Brossa, su obra es un auténtico prodigio, o Fernando Millán; son dos poetas con una extraordinaria carga de sarcasmo a la vez que una impresionante carga de profundidad.

Hablando de Joan Brossa, ¡hay que ver qué poco se lo lee todavía!
Se ha considerado a Brossa como alguien simplemente ingenioso, cuando en verdad Brossa era un poeta de una extraordinaria profundidad, como lo era Cirlot: un poeta extraño, extravagante, laberíntico, pétreo en algunos momentos, pero un poeta extraordinario.

Lo sucedido con Brossa es similar a lo sucedido con Josep Pla o con Julio Camba: nos hemos quedado en la superficie irónica.
Y Josep Pla es mucho más profundo que Julio Camba; Pla es un autor mucho más elástico y mucho más amplio que Camba, que, en cierta medida, es un invento de Manuel Jabois. Pla es mucho más profundo que Camba, muchísimo más amplio de mirada, mucho más ambicioso de obra. Josep Pla es un microscopio de un telescopio: es un telescopio en su capacidad de mirar hacia afuera y es microscopio para mirar desde el Empordà.

Es difícil encontrar autores cuyas prosas puedan competir con la excelencia prosística de Josep Pla.
En esa capacidad de moldeador del lenguaje, en esa voluntad de orfebre del lenguaje, pondría junto a Josep Pla a Azorín. Siendo un escritor menos excitante que Pla, Azorín es un escritor, sobre todo en Castilla o Las nubes, extraordinariamente delicado, es una porcelana exquisita, tiene esa cadencia de la literatura que muchos rechazan por preciosista, aunque yo, debajo de este preciosismo, siempre encuentro una rebeldía. Al fin y al cabo, toda rebeldía estética llevada a un extremo es una forma de desacato.

Resulta curioso que tú, considerado por muchos el fiel heredero de Umbral, aplaudas a Azorín, un autor cuyo estilo preciosista era criticado por Umbral, como se ve en La noche en que llegué al Gijón.
Somos muchos los hijos bastardos de Umbral y, evidentemente, yo a Umbral lo he mamado, lo he copiado a destajo, cosa que le confesé en su día. Lo que sucede con Umbral es lo que sucede en general con los autores muy totémicos en literatura, como puede ser Pla o Gómez de la Serna: los hijos que van dejando suelen ser más hijos sentimentales o conceptuales que de ejercicio de palabra. A mi Umbral me parece el articulista total; incluso si no estabas de acuerdo con él, cosa que a mí me sucedía con frecuencia, la forma con la que dibujaba el mapa de la idea que planteaba no podía sino resultarte extraordinaria: Umbral es tan prodigioso, tan pirotécnico, que consigue convencerte por el idioma, una arma de seducción muy peligrosa.

El joven articulismo de hoy parece rescatar la atención por el estilo a través de la obra de Francisco Umbral.
Hay actualmente un articulismo joven donde Umbral sí que está. Hoy hay un revival, mientras que para los de su generación, Umbral no fue un articulista de especial referencia, seguramente porque jugó el papel de lobo feroz, a veces muy feroz, injusto y algo caprichoso. Los que venimos después, lejos de aquellos guerracivilismos de articulistas, hemos aceptado a Umbral por encima de toda aquella voluntad generacional de convertirse en faro de costa: a nosotros nos interesa Umbral porque llegamos limpios a la aventura, nos gusta porque era un tipo incisivo, alguien que hacia alarde de estilo en el periódico, porque los periódicos deben ser literatura. El periódico ha sido siempre una extraordinaria madriguera de escritores.

Sin embargo, ¿no crees que hoy día se está recuperando la figura del columnista como autor literario?
Yo creo que el columnismo siempre ha ido de la mano de la literatura; si desde Larra, que es el articulista más articulista, realizamos un pequeño mapeo, nos daremos cuenta de que los grandes articulistas han sido siempre escritores, así como también los mejores reporteros, pensemos en Chaves Nogales o Gaziel. Uno de los articulistas más importante durante los años veinte fue Ortega y Gasset, filósofo y ensayista; en esos mismo años tenemos a Azorín, quien confeccionó en cuatro artículos el canon de la generación del ’98; tenemos también a Gómez de la Serna, articulista y autor literario, y algunos años más tarde encontramos a González Ruano. Ya en la actualidad, pensemos en Manuel Vicent o el Raúl del Pozo.

Pensando también en la labor editorial de Jorge Carrión, insisto que creo que actualmente la literatura y el carácter literario de la prosa periodística es reivindicado con mayor énfasis respecto a hace un par de décadas.
Eso sí es verdad. Durante unos años la literatura fue mal vista dentro del periodismo y hoy día, afortunadamente, ha vuelto a ser una especie de aval que tiene tanto el periódico como el periodista. Y en esto de incrustar la literatura en el ámbito del periodismo, en la manera de dar la información, El Mundo ha jugado un papel extraordinario, especialmente en los últimos quince años, mientras que El País ha sido más rígido en su modelo de articulismo. Lo que sí es paradójico, retomando al mapeo literario-periodístico de antes, es que los columnistas y reporteros que hemos mencionado son principalmente narradores, no hay columnistas que se dediquen a la poesía.

Puede que el hecho de que seas una figura de excepción se debe al carácter narrativo de la columna periodística.
Sí, seguramente esto explica la preponderancia de narradores dentro del ámbito periodístico. Además, si bien es cierto que la poesía es mi vida,  yo no me acerco al periodismo por la poesía, sino que me dedico al periodismo porque me gusta por sí mismo: me encanta el periodismo y disfruto dedicándome al columnismo político, disfruto afianzando mis ideas a través de cada artículo, defendiendo determinadas cuestiones políticas y argumentarlas.

Esto me hace retroceder al tema antes tratado del compromiso del poeta con el presenta, un compromiso que, salvo excepciones, no se explicita en la poesía actual.
Antes los grandes poetas estaban mucho más implicados políticamente, especialmente en la generación de los cincuenta. Aunque también es cierto que las coordenadas de entonces requerían tomar una posición de forma particularmente explícita. Sin embargo, sin buscar una perspectiva histórica y planteando la idea del compromiso de formas más general, creo que el poeta es alguien completamente comprometido con el idioma y, a partir del idioma, comprometido siempre con lo que le rodea. Personalmente creo que un buen poeta está atento a las cosas que suceden, otra cosa es que luego esta atención por el entorno se revierta explícitamente en el poema. Por otro lado, bien es cierto que muchos poetas viven un ambiente principalmente poético y no están atentos a cuanto sucede en la calle de forma tan militante como un periodista.

Por tanto, tu mirada periodística ha impregnado tu poesía.
Y al revés. La mirada del periodista y sobre todo del periodista político indudablemente ha condicionado mi obra poética; yo paso los días en la redacción de un periódico en el que el tema principal es la política. Además, desde muy joven siempre he estado ocupado en la militancia política, sin embargo creo que mi poesía más que ser militante, es una poesía que bebe de mi necesidad de estar enterado de todo cuanto acontece en ámbito político

Te muestras tan entusiasta de la escritura periodística como de la escritura poética, ¿no hay para ti jerarquías?
Para mí el escribir en el periódico, el escribir un buen artículo, es tan importante como escribir un buen poema: evidentemente no todos los temas sobres los que debo escribir en el periódico son de mi interés, pero cuando lo son, puedo decirte que su escritura es tan reveladora como la de cualquier poema. Y si bien no todos los artículos pueden tener la misma calidad, no me es en absoluto indiferente su escritura, y me regodeo en el momento de escribir, de cuidad su estilo y sus palabras.

El respeto por el lenguaje nunca lo pierdes.
Respeto por el lenguaje y, sobre todo, respeto por el lector. En la poesía, se puede escribir para un lector que puede existir o no, pero en el periódico la presencia del lector es indudable y obliga a un respeto continuo que genera en ti, como periodista, un sentimiento de responsabilidad muy alta. Yo no puedo esquivar la realidad de que hay mucha gente que va a comprar el periódico en el que escribo y ante toda esa gente uno debe ser extremadamente responsable. Además, hay que tener en cuenta que los periódicos han perdido todo y actualmente la única manera que tienen de salvarse es siendo rigurosos, veraces y estando bien escritos. El gran cáncer del periodismo de hoy es la posible pérdida de la buena escritura. Hoy no queda hoy, el periódico debe convertirse en la columna de un estilista.

De hecho, al menos si pienso en mi caso, yo ya no tengo un periódico de referencia, sino que leo firmas y columnas que me parecen de interés, independientemente del medio de publicación.
Por esto comento lo importante que es que los periódicos estén cada vez mejor escritos y que sigan siendo espacios en los que la escritura tenga su importancia. El lector ya tiene la información, cuando la noticia llega al papel, a menos que no sea una exclusiva, la noticia está muerta, y por esto el único estímulo que puede encontrar el lector para seguir leyendo el periódico es encontrando ahí algunas firmas de interés. Personalmente, creo que el periodismo de papel sólo tiene tres vías complementarias y a la vez necesarias para vivir: el periodismo de investigación, el reporterismo social y el articulismo de opinión. En otras palabras, análisis, investigación y reporterismo.

Dentro de estas tres ramas periodísticas, tú has trabajado mucho el género del perfil. Pienso, por ejemplo, en tu serie Heterodoxas o Pioneras.
El perfil me parece un género extraordinario, primero, porque te permite el juego de la literatura; segundo, porque tienes que establecer con todo riesgo un perfil psicológico de la persona que retratas, y esto es algo muy complicado cuando no se conoce a la persona retratada y se tiene que recurrir a interpretar el legado de esta persona, y tercero, porque supone enfrentarse al reto de trazar un retrato lo más perfecto posible de tal manera que el lector, tras leer el texto, tenga claro quién es la persona que tú has retratado. El gran maestro y de quien más he aprendido del género de perfil es Indro Montanelli, que tiene un libro de retratos que es uno de los prodigios más grandes del periodismo y de la literatura. Junto a Montanelli, están Gay Talese o Tom Wolfe, cuyos retratos son brutales, como extraordinarios son también los retratos de Manuel Vicent.

En estas series de perfiles proponías a los lectores una serie de mujeres imprescindibles en la historia cultural que, sin embargo, han siempre permanecido en un segundo plano.
La historia de la cultura europea es terriblemente escrotal, es puramente testicular, está hecha por hombres, ellos han dictaminado el canon y han modulado la lectura de muchas generaciones. Sin embargo, si empiezas a investigar te das cuenta de que hay muchas mujeres que han hecho la historia, con una rebeldía mucho mayor que los hombres. A lo largo de la historia, encontramos una cantidad de mujeres con una capacidad de aventura, con una carga a sus espaldas, con una extraordinaria cualidad proteica como la de Camille Claudel, que era mejor escultora que Rodin, porque era menos formal, menos académica, era más salvaje e instintiva. Yo no quiero ser el adalid de ningún feminismo porque ni me corresponde y porque sería algo trasnochado, pero sí quería ofrecer una baraja de mujeres que han sido capitales a la hora de entender la cultura en Europa.

A raíz de tu interés por recuperar una serie de mujeres olvidadas por la historia, no puedo no preguntarte acerca de las polémicas declaraciones de Chus Visor durante la entrevista que le realizó Nuria Azancot con respecto de las poetas.
Yo no sé el contexto en el cual se hizo la entrevista, pero sin duda las declaraciones fueron inadecuadas. No tanto por lo políticamente incorrecto, sino porque creo que Chus no reflexionó sobre  las consecuencias que podían tener sus palabras y tampoco tuvo en cuenta que como editor ha publicado muchas mujeres, que con sus palabras quedaban desprestigiadas. Creo que fueron palabras mal calculadas, Chus ya tiene una edad y dispara con bala; de esa entrevista creo que una de las cosas más graves que dijo fue cerrar la poesía española de los últimos treinta años en Habitaciones separadas de Luis García Montero. Esta creo que es la verdadera grieta de la entrevista puesto que, en relación al tema de las mujeres, como creo que no es verdad lo que comenta en esas declaraciones, no le doy mayor importancia.

Pero más allá de la importancia y/o su veracidad, sus palabras con respecto a la poesía escrita por mujeres bastante inapropiadas.
Creo que es importante que uno pueda decir lo que piensa, aunque luego no se esté de acuerdo, sin darle mayor importancia, sobre todo teniendo en cuenta que  hay articulistas que dicen verdaderas barbaridades que son insolventes. Creo que es un buen ejercicio de democracia el que uno pueda expresar su opinión, si luego uno está de acuerdo o no es otra cosa. Dicho esto, cifrar la historia de la poesía contemporánea en un solo libro y decir que a partir de este libro ya nada ha sido tan poderoso y tan remarcable, me parece un grave error. Puede que sea un error debido a la hermandad que Chus tiene con Luis García Montero, una hermandad que es fantástica, pero que lo lleva a fallar con esa afirmación.

Personalmente, encuentro más indignante, por su desprecio y su falsedad, las palabras que dirigió a Elena Medel, al afirmar que por una Elena Medel hay cinco poetas hombres.
Eso es una grosería y yo creo que Chus lo sabe. Elena es una poeta estupenda, como poeta a la que no se le puede poner ningún pero.

Y hablando de Medel y para terminar, ¿cómo vives este momento de auge de la poesía entre las generaciones más jóvenes de la mano de la propia Medel con La bella Varsovia y de la mano de Luna Miguel y su trabajo en El Gaviero?
Vivo todo esto con entusiasmo absoluto, cuanto más espacio tenga la poesía mejor, pues facilitará que un mayor número de lectores encuentren la puerta de acceso a la poesía. Además, hay que decir que el trabajo de Elena Medel es un trabajo ímprobo, de una constancia y de una visión extraordinaria, gracias a ella he descubierto poetas como Berta García Faet, por ejemplo. Es importante también el trabajo que realiza Luna Miguel, un trabajo que nace de la necesidad de encontrar nuevos filones y nuevas voces en poesía. Ambas están haciendo una labor de descubrimiento y de hallazgo imprescindible, sobre todo para aquellos que como yo hemos perdido la comba de los jóvenes de veinte y pico; estas editoriales son nuestra estafeta para descubrir los poetas que vienen ahora, para descubrir qué escriben y qué proponen.

Etiquetas: Antonio Lucas, Chus Visor, El Mundo, El País, Elena Medel, Los desengaños, Visor

Sobre el autor

Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la UB. Es colaboradora habitaual de Panfleto Calidoscopio, ha publicado breves ensayos en la Revista Forma de la UPF y reseñas en 452f. También ha publicado artículos en El núvol o Barcelona Review.

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario