Revista de Letras

Madeira, notas de viaje

2 agosto 2017 Viajes

Carreiros | Foto: Meritxell Gutiérrez

Eso de que viajar es abrirse al asombro, bailar junto a la incertidumbre, no hay que tomárselo siempre de forma tan literal. Después de algo más de tres horas desde Barcelona, el avión rodea Funchal, la capital de Madeira. El aeropuerto, con cara de Cristiano Ronaldo, descansa en un acantilado. El viento sopla con fuerza desde ambos lados, y, por eso, el piloto no consigue permiso para aterrizar. El viento es una espiral que nos secuestra durante cuatro horas más. Hasta que nos quedemos sin combustible, dice, con una sonrisa eléctrica, la azafata.

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Nunca mejor que ahora, que damos vueltas a las vueltas, para leer Los pasos en torno, de Herberto Helder, nacido en la misma isla que nos aguarda. En ese libro, Os Passos em Volta, nos explica el poeta que el estilo es “una forma sutil de transferir la confusión y violencia de la vida hacia el plano mental de una unidad de significado”. Para encontrar el estilo propio, afirma, hay que vaciar las palabras. Para encontrar el viaje, le podríamos responder nosotros, aquí colgados, hay que vaciar los destinos y los calendarios.

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Otro de los libros que llevamos en la bolsa es El viaje vertical, novela que Enrique Vila-Matas sitúa en Madeira. También el escritor catalán nos advierte: “El violento –siempre lo es en Madeira– aterrizaje le devolvió a la realidad”. Pero la realidad aún no tiene tiempo para nosotros. Las azafatas, ayudadas por una pasajera que traduce al castellano, nos anuncian (la misma sonrisa eléctrica) que se acabó el fuel. Y que el viento no cesa. Que, para que el viaje no sea vertical del todo, nos desplazamos de urgencia a Gran Canaria.

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Aterrizamos en Las Palmas. En los diversos rostros de un grupo de pasajeros descubrimos todos los estilos. En silencio, sin negociación previa, cada uno asume disciplinadamente su rol. El recién estrenado padre, cariñoso en el primer aeropuerto, ahora maldice la compañía (de un nombre que parece inventado), las vacaciones, y la madre de toda la tripulación. Hay también, claro, el apuesto asambleario, que ya está recabando información sobre qué y cómo reclamar. El viejo, cojo, que asegura que todo se arreglará. Y la mujer rubia, de ese color amarillo Van Gogh, que es capaz de perdonarlo todo en la vida si le garantizan un buffet libre para cenar. Pero también está la niña-bailarina, la niña Billy Elliot, que combate el aburrimiento, y la estúpida desesperación de los adultos, con un croisé, seguido del aleteo de sus pies que juegan, en el aire, a juntar los talones una y otra vez. Vila-Matas apunta en la novela que existe un vínculo entre vuelo e infancia, y que por eso, a veces, no podemos contener durante el viaje una extraña risa. Conscientes de ello, de la necesidad del niño y del juego, vamos al baño y frente al espejo, cuando nadie nos ve, realizamos algo parecido a un demi-plié. También allí el aterrizaje parece imposible.

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Este ejército que constituimos la congregación de turistas sin destino acaba por resignarse cuando nos llevan del aeropuerto a un hotel más o menos cercano. El equipaje de 20 kilos es, sin lugar a dudas, la roca del Sísifo en el que nos hemos convertido. Lo que no saben los que intentan derrotarnos es que, aún, creemos en el azar. Sólo hay que mirar con atención, entrar en el estado de disponibilidad del que alertan los surrealistas.

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La señal estará en un cartel. En uno de los trayectos de autobús y piedra negra (cada vez parece más lejano volar a Madeira) nos dejan en la playa de Las Canteras. Recordamos entonces que ahí crece Manolo Millares, uno de los integrantes de El Paso. Nos ha venido como un fogonazo, al pisar tierra canaria, ese cuadro que descubrimos de adolescente en el MACBA. Otro demi-plié del destino.

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Obra de Chirino

El cartel nos anuncia una exposición en la Fundación Martín Chirino, Una mirada insular, en la que, además de piezas del escultor, encontraremos pinturas de Millares y de Óscar Domínguez, autor surrealista (de estados de disponibilidad, por lo tanto)  que firma, entre otras pinturas emblemáticas, El drago. Millares nos mete de lleno en las Canarias cuando utiliza en sus obras las arpilleras, esa especie de saco o de tela con las que se envolvían las momias guanches. El informalismo de Millares, entonces, viaja en el tiempo. Si Tàpies se desplaza a Oriente, el canario transita hacia el lenguaje primitivo que ha intuido en su niñez frente al mar. Lo mismo hace el propio Chirino, que declara que su patria es una roca (guiño al verso de Nicolás Estévanez), y trabaja la forja como un punto de encuentro entre lo poético y lo artesanal. Todo ello pasa en el Castillo de la Luz, lugar privilegiado lleno de almenas interiores, dientes de la fortificación que serpentea como lo hacen las espirales de hierro. Precisamente a la colección de grabados del escultor, Espiral de la Rosa, Jorge Semprún le dedica un hermoso texto, en el que dialogan naturaleza, simbología y cosmos. Allí transcribe una carta en la que Chirino explica que la espiral hace referencia “a los aborígenes de mi tierra canaria, que lo ofrecían como elemento mágico en el ritual del ascenso a las cumbres más altas de las islas para observar y adorar las estrellas y acercarse al conocimiento de los movimientos estelares”. Cuando acabamos de leer, nos topamos con una de las esculturas más enigmáticas. El Viento, así se llama la obra, nos avisa de que hemos de volver a intentar encontrar nuestra propia isla.

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Así lo hacemos. Por fin Funchal. El narrador de Vila-Matas, de nuevo, nos hace el trabajo: “La soledad inmensa del azul atlántico del océano pasó a convertirse en un paraje de una belleza insospechada, de una belleza tal que hasta la encontró abrumadora, sobre todo cuando vio el norte de la isla de Madeira, donde se afilaba una delicada, casi increíble, escritura de espuma alrededor de asombrosos acantilados”. Acantilados, pues, que tiemblan con el viento.

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Funchal es una vieja ciudad, elegante y superviviente, llena de lagartijas que cantan sus particulares himnos de la tarde. Pero el turismo es una nueva guerra que llena de grúas las avenidas. La jacaranda se pelea a puñetazos con el todopoderoso cemento, que esconde los gemidos del Atlántico. Mi patria es una roca (pero no está hecha de hormigón).

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En cada esquina venden fruta. Los ancianos, al lado de la calle de los Profetas, juegan a las cartas. Mientras unos las echan con fuerza, los otros observan la jugada, en perspectiva, desde lo alto de la barandilla. Nadie sabe quién lo tiene más difícil, si quien arriesga a ciegas, o quien conoce de antemano todas las alternativas.

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Cerca de la rua de Santa María, una especie de galería de grafitis al aire libre, se toma el teleférico que nos subirá a Monte. Desde lo alto se aprecian los estragos del último incendio, el azul con su escritura de espuma, y cómo las tejas hilvanan las urbanizaciones. Ya en tierra, dos gondoleros portugueses, carreiros vestidos de blanco, conducen una suerte de trineo urbano, en forma de cesta de mimbre, que baja a los turistas. El servicio arranca, desde hace más de un siglo, en la puerta del hotel Belmonte. Así la aristocracia se trasladaba, durante dos kilómetros de pendiente, hacia los quehaceres de la urbe.

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Nosotros bajamos a pie por Santa Luzia. Y, oh, sorpresa, sin buscarlo, vamos a parar a la rua Bom Jesus. Exactamente la misma calle a la que llega el protagonista de El viaje vertical, y en la que se hospeda. Una fría cerveza Coral, que se produce en Madeira desde 1872, nos espera justo en el mismo lugar. Keats, vía Vila-Matas, nos invita a “ser visitante enamorado de innumerables islas”.

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El siguiente día tomamos un ferry que, en poco más de dos horas, nos traslada a Porto Santo, una isla cercana habitada por menos de 6.000 personas. Caminamos por una playa de casi 10 kilómetros (en Madeira poca arena verán) y saboreamos el bolo de caco, el pan tradicional. Los niños, junto al agua, ensayan todo tipo de driblings con el balón. En su juego de piernas hay todas las trampas y los trucos, un ilusionismo que nos recuerda a aquella niña del aeropuerto, tan capaces todos de construir sus propias reglas.

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Cámara de Lobos | Meritxell Gutiérrez

De vuelta a Madeira visitamos Cámara de Lobos, un pueblo de pescadores que en los años 50 pintó Winston Churchill. Se conserva el pequeño mirador desde donde colocaba su caballete e intentaba traducir esas barcas que son pinceladas de óleo antes, incluso, de que exista la tela en blanco. Aún algunos marineros secan en sus botes el bacalao, protegidos por una colina de plataneros.

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De vuelta a Funchal, el azar nos lleva ahora a la rua de Carreira número 284. Vemos una placa y nos acercamos. Se trata de la casa donde nació en noviembre de 1930 el poeta Herberto Helder. En el último texto del libro que llevamos a cuestas, habla de cómo el hijo vuelve a la casa materna, en la que ha crecido. Y dice cómo se siente “difusamente fraterno con esa gente que viaja hacia el mismo destino”.

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Al otro lado de la isla se puede visitar Porto Moniz, conocido, sobre todo, porque te puedes bañar en unas espectaculares piscinas naturales. Hay una autopista que conecta rápidamente, pero, en estos pasos en torno, hemos preferido un autobús de línea (el 139) que para en todos los pueblos. En poco más de tres horas pasamos por Ribeira Brava, Sao Vicente o Cabo Girao. Jan Van Eyck parece haber teñido el marrón de esta tierra y el verde de su vegetación. Magritte, sin embargo, es el encargado de dibujar esas nubes que hemos dejado abajo, cuando la isla de origen volcánico no parecía un iceberg.

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Los gatos de Porto Moniz examinan cómo, en la tarde que cae, nos lanzamos al agua. Y nadamos en espiral. Esos felinos tímidos y soberanos se parecen cada vez más a esos viejos que, asomados a la barandilla, conocen todas las cartas. Como el narrador de Vila-Matas, que, en su viaje vertical, surge de lo que ha escrito “como una serpiente surge de su piel, aquí en esta isla de palmeras y eternidad”.

Funchal | Albert Lladó

Etiquetas: Canarias, Chirino, El viaje vertical, Funchal, Herberto Helder, Madeira, Millares, Vila-Matas

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

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