Revista de Letras

A pie por el litoral

Las profundidades del Cosmos pueden ser tan magníficas como aterradoras. Fue Pascal quien verbalizó el miedo hacia los espacios infinitos, pero Blake apuntó en ellos la maravilla que corre paralela al pánico. Ambos hicieron eco de sentimientos contradictorios que hombres y mujeres ya habían experimentado siglos antes. Las profundidades del espacio y el tiempo nos dan una idea de nuestro lugar en el todo, en especial con los avances de la astrofísica en los últimos cincuenta o sesenta años. Es posible que esta fascinación/terror por lo profundo haya sido uno de los factores tras el desarrollo del sentir religioso.

Pero no es necesario viajar a las estrellas para rozar las profundidades. Nuestro planeta está colmado de cavernas inmensas y sistemas subterráneos aún por explorar, de selvas y desiertos que han sepultado civilizaciones enteras y fondos submarinos de los que se sabe solo la más rudimentario. Muchos son los que gustan decir que se conoce más sobre el espacio exterior que de los vastos cuerpos de agua que rodean los continentes, una afirmación escandalosa si se considera lo importante que han sido para el desarrollo de nuestra especie, de la cultura y el comercio. A inicios del Génesis se dice que polvo somos y al polvo volveremos, pero un adulto promedio se compone de un 60% de agua, la misma agua que emanó de la misteriosa fuente primordial de la que surgieron los océanos y mares de la Tierra en épocas tan lejanas que imaginarlas causa vértigo. Es difícil que no sintamos una atracción atávica por las costas y las playas. Tal vez está en nuestras células.

María Belmonte ha hecho un viaje a pie desde Bayona, en el sur de Francia, hasta Playa de la Arena, en Vizcaya, una ruta que le llevó a pensar desde los orígenes y evolución del planeta, observados en los estratos geológicos en la playa de Itzurun, hasta el desarrollo de la cultura playera y del surf, pasando por las sensibilidades de pintores y poetas románticos a las proezas de científicos y piratas. Los senderos del mar (Acantilado) no es un libro de divulgación; es una bitácora en la que se mezclan la nostalgia, las ideas y el senderismo, tanto físico como existencial, con la historia, la literatura y la ciencia.

Es así como ella muestra su pertenencia a ese grupo de autores, como Rebecca Solnit y Annie Dillard, Robert McFarlane y Philip Hoare, que escriben sobre un contenido muy personal, casi como memorias, en los que la vida propia se mezcla con la historia natural del objeto estudiado; el vagabundeo o un arroyo para Solnit y Dillard, el paisaje británico o un cachalote para McFarlane y Hoare. La costa vasca para María Belmonte.

Acantilado

Lo más aparente en un libro como este es la erudición de quien lo escribe. La investigación que hay por detrás de cualquier proyecto se encuentra ahí, pero la manera de hilar datos científicos, anécdotas literarias y detalles minúsculos, casi desconocidos, de otras disciplinas insinúan una dedicación más que académica a lecturas y experiencias, en apariencia dispares, que con el tiempo se revelan entrelazadas. Cuando un texto fluye de tal forma que no permite detenerte a estudiar sus costuras y te hace sentir más inteligente y sabio de lo que en verdad eres, es ahí cuando se aprecia el nivel de trabajo y los talentos de su autor.

María Belmonte escribe sobre su adolescencia, sus andanzas por playas griegas y pueblos alemanes, y la vida de su abuela durante los bombardeos sobre Guernica, como si fueran paréntesis a sus observaciones de la historia geológica de la Tierra, la botánica y fauna vascas, y las costumbres de pescadores y demás habitantes de la costa. Visita castillos y ermitas, faros y un tramo del Camino de Santiago. Pasa la noche en distintos pueblos, algunos propios de una postal, otros asediados por el turismo. Si hay algo criticable aquí es la falta de más fotografías, pues, aunque las hay, y magníficas, la narrativa puede beneficiarse al menos de unas cuantas más. Sobre todo, en las secciones que se enfocan más al arte y la geología, aunque no es nada que una búsqueda de treinta segundos en Internet no pueda solucionar.

Este es el segundo libro de María Belmonte que publica Acantilado, congruente a la estética y elegancia de sus ediciones. Siempre es agradable encontrarse con sorpresas como esta; pequeños libros que hacen más amplios nuestros horizontes.

Etiquetas: Annie Dillard, Francia, investigación, Los senderos junto al mar, María Belmonte, Pascal, Philip Hoare, Planeta, Rebecca Solnit, senderismo

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Actualmente vive en Barcelona y está trabajando en su primera novela.

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