Revista de Letras

María Zaragoza: “La Historia se repite porque el ser humano tiene mala memoria”

29 abril 2012 Entrevistas

Esta novelista nacida en Campo de Criptana hace sólo 29 años y dueña de dos de los “Ateneos” más importantes de España (el de Sevilla por la novela Dicen que estás muerta y el de Valladolid por Los alemanes se vuelan la cabeza por amor, ambas publicadas por Algaida) se revela en las distancias cortas como la dueña de una carcajada limpia y contagiosa que salpica el aguacero de sus palabras: precisas, justas, tan poéticas como las que inundan su libro.

María Zaragoza (foto: MariTere Ucendo)

Ella, que escribe a través de las imágenes que disecciona o de los sueños que atesora en su moleskine, recorre Madrid como su ágora perfecta, ésa que ha reinventado en la Plaza, protagonista de una novela de personajes ricos e intensos, guerreros de un mundo donde la táctica de las batallas podría estar diseñada por Clausewitz, gentes cosmopolitas que vuelven una y otra vez a reunirse lejos de pasados y obsesiones que les acechan. Inolvidables los protagonistas (Antonio, Basil, Violet, Agneta, Pelayo, Claire, Israel, Takeshi) e inolvidable la presencia silenciosa, fantasmal, a lo largo de las páginas del libro de dos grandes damas, dos grandes amazonas: la periodista rusa Anna Politkovskaya y la líder de la oposición birmana, Aung San Suu Kyi. María me habla de esta última con pasión, con respeto, casi reproduciendo esa habitación en que estuvo retenida quince años. Dibuja con las manos las orquídeas que adornan el pelo de la “mujer del piano” y piensa en cómo tocaría a Pachelbel. Efluvios de Myanmar que llegan hasta la tarde de un domingo en el Café Comercial de Madrid, por supuesto. La hora en que la grulla de la noche se abate sobre la ciudad.

En su novela los personajes que acuden a la Plaza para desnudar su alma son extremadamente complejos e intensos, “redondos” como aseguraba Ricardo Piglia que un protagónico debía serlo a fin de encandilar al lector. Gentes curtidas por la vida, obsesionadas con su pasado o con sus pesadillas. ¿Es posible que a esa Plaza acudieran gentes con preocupaciones más banales, gentes más grises?

En la Plaza cabe cualquiera porque no creo que existan personas grises, más bien existen las personas que intentan decantarse por el gris. Realmente, todo ser humano tiene algo que quiere ocultar, algo que le quita el sueño, que le obsesiona, incluso alguna perversión. Lo que le ocurre a mis personajes es que a través de sus reuniones en esa Plaza, que tiene espacio físico pero no temporal, y a través de una Droga que toman para revisitar la Historia y conocer sus entresijos, se sienten con más libertad para exponer cosas que en su vida diaria ocultan o tratan de sobrellevar como pueden. Lo que ocurre en la Plaza, esa desinhibición al hablar de los sentimientos, es un reflejo de lo que ocurre en internet. No creo en esa premisa de que en las redes sociales se mienta más. Uno puede mentir sobre el aspecto físico, pero, en el fondo, dejas ver más tu personalidad, protegido por una pantalla, que con la gente con la que hablas a diario. Cuando no te ven, albergas sentimientos de protección. Con la pantalla delante, puedes decir cualquier cosa sin tener consecuencias. Lo mismo ocurre en la Plaza. Los que acuden a ella piensan que sus acciones allí no van a tener consecuencias ya que se reúnen con gente a la que no van a ver en el mundo real.

Es cierto que en internet, en las redes sociales podemos decir lo que queramos. Pero a diferencia de que en las conversaciones de la Plaza no brota la mentira, en Facebook, Twitter o los chats aparece una especie de polarización de posturas, de extremismos: gentes que sólo muestran felicidad y egolatría y gentes que son deudas de la tristeza continua.

Creo que eso ocurre porque hay gente que decide mostrarse como le gustaría ser y gente que decide mostrar su lado más victimista con el exclusivo fin de ser querido y de que los demás se vuelquen con él. Estas situaciones tienen un paralelismo con esa escena de El club de la lucha en la que Brad Pitt le dice a Edward Norton: “Yo soy lo que te gustaría ser, cómo te gustaría comer, cómo te gustaría vivir… Incluso follo como te gustaría follar”. El mundo virtual potencia que tengamos la oportunidad de ser quienes queremos ser o sacar justamente lo que más nos escuece. Decantarnos por una cosa o por la otra o incluso por las dos, depende del estado de ánimo con el que te levantes.

Pero exponer de esa manera los sentimientos… ¿No es una forma impúdica de desnudar tu intimidad, de quedarse sin secretos, casi desnudos?

No, porque la cantidad de secretos que puede guardar una persona es infinita. No creo que se pueda exponer algo tanto y tan extensamente en el tiempo que te deje vacío y sin intimidad. En el fondo, cada persona es tan rica que, aunque se esforzara y escribiera segundo a segundo, como se puede hacer en Twitter, todo lo que siente y piensa, aún le quedarían secretos dentro. Me parece que las RRSS no suponen ningún tipo de peligro e incluso te ayudan a ver facetas de los demás que, en ningún caso, verías de cerca con la gente con la que te comunicas a diario.

Precisamente son esas redes sociales las que han narrado muchos de los conflictos más recientes, como ocurre ahora mismo con el sitio de Homs, en Siria. De hecho, guerras o enfrentamientos civiles encubiertos, que ocurren en lugares que no están continuamente en el “centro de la noticia” como Chechenia, Camboya, Birmania o Palestina, aparecen en su libro. ¿Son el reflejo de una inquietud particular que brota espontáneamente a raíz del hilo de la novela o se vio en la necesidad de incluirlos por una cuestión de ética o de pura justicia?

Una de los pilares fundamentales de esta novela es la memoria. En ella hablo de la memoria propia y de cómo “nos tocan” esa memoria. Y es que la Historia la van configurando unos señores historiadores que en un momento determinado, bebiendo de las crónicas o de la información existente en una determinada época, sacan sus propias conclusiones y nos las transmiten. ¿Por qué esas conclusiones tienen que ser las reales? Hay una tendencia entre los historiadores a ver inmediatez entre la causa y el efecto y pasan por alto la espontaneidad de los sucesos. Ahora, en esta era de la comunicación total, son los mismos medios los que hacen de historiadores en cadena. Por ejemplo, un conflicto o un hecho que aparece en todas las portadas durante una determinada semana, después se desvanece como si nunca hubiera ocurrido. Otro ejemplo que se narra en Los alemanes. Me sorprendió muchísimo el que los monjes budistas de Birmania salieran a la calle a protestar de forma pacífica, hombres santos que son budistas, partidarios de que todo fluya, de que nada debe alterarte, de que nada debe encadenarte. Esos hombres santos se saturaron tanto que salieron a la calle a protestar contra la Junta Militar. Su protesta salió en los telediarios durante una semana. Luego se olvidó. Y me parece que el hecho de que la Premio Nobel Aung San Suu Kyi esté ahora fuera del arresto domiciliario y se haya podido presentar a unas elecciones y ganarlas, tiene mucho que ver con que en su momento aquellos monjes budistas salieran a la calle. Pero no se hace esa extrapolación y tan sólo se destaca el hecho de que su formación política haya ganado escaños en las elecciones.

Los personajes de la Plaza son asiduos visitantes a distintas épocas de la Historia y descubren que es una sucesión de hechos repetidos. ¿Cree como ellos que la Historia la siguen escribiendo los vencedores?

Absolutamente. O bien la escriben los vencedores o bien aquéllos que finalmente obtienen más poder. El caso de la guerra de Vietnam, por ejemplo, que no la ganó Estados Unidos, conocemos los entresijos del conflicto por cómo se nos ha contado desde Washington ya que, y aunque los americanos no salieron victoriosos, siguen teniendo el poder. Ellos son los que difunden la información de cómo fue en realidad, casi emitiendo una disculpa, pero en el fondo proclamando que querían salvar a los vietnamitas del “diablo comunista”. Estoy convencida de que en todos los conflictos y en todas las guerras los que realmente padecen son las gentes inocentes, todos los que entran en lo que Bush denominó “daños colaterales”. En el caso de Vietnam, ni los vietnamitas pidieron ser salvados ni los americanos perdieron tan dignamente la guerra como nos lo quieren vender.

De todos los “mass media” actuales, incluidos las RRSS y los blogs, ¿cuáles sigue la novelista María Zaragoza a fin de configurar una memoria propia?

Soy partidaria de mirarlo todo. Los que creen que se puede calificar a una persona por llevar bajo el brazo El Mundo, El País o el ABC están muy equivocados, son muy reduccionistas. Cuando tienes unas ideas no sólo hay que leer a los que tienen tu mismo criterio, sino también a los “enemigos”. Yo procuro formarme una idea propia desde todas las visiones posibles. Si veo una noticia que me interesa, leo lo que dicen sobre ella en los periódicos, en las redes sociales, incluso miro qué opinan en Facebook. No leo los periódicos enteros, nunca lo he hecho, excepto cuando estaba rastreando detalles para la novela. Esta forma de no restringirse a un medio en concreto es algo aprendido de mi madre, que ve las noticias en dos o tres canales a fin de comparar cómo se hacen eco del mismo hecho. Y como soy muy curiosa, no me limito a mirar noticias actuales, también indago entre las antiguas. Me interesa el fenómeno de las noticias porque no deberían desaparecer cuando parece que ya no interesan, deberían tener un continuum en el tiempo. Por ejemplo, hoy he colgado en mi muro de Facebook una noticia del periódico 20 minutos de hace unos diez días. En ella se recogía un artículo del The New York Times en el que se explicaba que, probablemente, España vaya a necesitar un rescate financiero por culpa de la mala gestión de Alemania. Me pareció una información muy interesante y no miré la fecha de publicación. Alguien me dijo que era de hacía más de una semana… ¡Pero es que eso da igual! Creo que el hecho de que nos estén avisando de que vamos a necesitar un rescate por culpa de Merkel es algo que se tiene que saber hace diez días y también a fecha de hoy. No sólo hablaba de lo que estamos haciendo mal, sino también de lo que deberíamos hacer para parar esta sangría. Nos están intentando vender que la deuda es en lo social pero, en realidad, la deuda española es privada. En vez de fomentar que la economía crezca están parando el dinero, por lo que es imposible que el país vaya hacia delante. Hay que obligar a los bancos a que den crédito para que la gente se vuelva más emprendedora. Y ante esta situación, además, nos prohíben protestar pacíficamente, nos prohíben la “resistencia pacífica” que preconizaba Gandhi. Por lo tanto, si una noticia nos avisa sobre lo que viene o sobre los entresijos de lo que ocurre, aparezca en la fecha en que aparezca, ya sea portada del periódico u ocupe un breve, hay que mostrarla.

Además de esas dos presencias fuertes, la de San Suu Kyi y la de Politkovskaya, los dos personajes femeninos principales representan dos tipos de mujeres muy opuestos. Agneta, es fuerte, decidida, ama a pesar de que no la correspondan, no evita su pasado aunque lo rememore una y otra vez. Incluso llega a perdonar a quien le hizo mal. En cambio,  Violet, es delicada, frágil, casi intocable. Su figura me ha recordado a personajes trágicos de  la Literatura que poseen rasgos parecidos: Emma Bovary, Ana Ozores, Anna Karenina, Marguerite Gautier, Katerina Maslova… ¿Era su propósito reflejar esos dos tipos concretos de personalidades?

Sí. Los personajes femeninos son dos personajes trágicos por diferentes circunstancias. Violet no puede evitar ser una víctima y Agneta, en cambio, elige siempre ser parte integrante de la tragedia. Me da la sensación de que hay muy pocos personajes femeninos bien construidos en la Literatura. Supongo que es simplemente porque antes escribían más los hombres que las mujeres, aunque no creo que un hombre no pueda escribir personajes femeninos redondos y una mujer pergeñar excelentes caracteres masculinos. Lo cierto es que la figura femenina siempre había estado a la sombra de la masculina y personajes como Madame Bovary o La Regenta, que se salían de lo establecido, tenían vidas que acababan en tragedia, lo que venían siendo como un final “aleccionado”r para las “descarriadas”. Respecto a Violet y Agneta, de la primera me interesaba que fuera el contrapunto masoquista a ese proyecto de sádico que es Antonio. En cambio, para con la segunda, quería que todas sus decisiones fueran conscientes. Agneta siempre decide continuar adelante con sus pasiones aunque la lleven a la destrucción. Mientras ella nunca se reprocha sus decisiones, Violet se tortura por todo. Creo que el poder atenerte a las consecuencias de lo elegido, quita muchas penas. Pienso que las personas deberíamos ser consecuentes, llevando una decisión tomada hasta el final, luchando por salir del miedo o de la parálisis. La gente que se resigna acaba muriendo de tedio.

La felicidad que anhelan todos sus personajes que, al final, no es más que un estado de calma, ¿la conseguiría antes un valiente o un resignado?

Un valiente. La felicidad no es una cuestión de conseguir objetivos, sino de superar miedos. El miedo es lo que impide a la gente ser feliz, te paraliza, el no movimiento es la no-vida.Y cuanto más tiempo pase uno sin moverse, más cuesta arrancar. Tiene que haber un momento de lucidez y de ruptura con esa situación pasiva. La gente es feliz no por los objetivos cumplidos sino intentando cumplirlos.

Dentro de la Plaza, precisamente, un personaje pasivo, dotado de un “buenismo” por Naturaleza, dócil, comprensivo y que vive en el tedio es Basil. Y frente a él se crece Antonio, el hombre obsesionado con Politkovskaya y con Violet, el destructor, el inestable. ¿Qué personaje le atrae más?

Como escritora me atrae más el sádico Antonio; como persona, Basil. Los malos son mucho más interesantes a la hora de escribirlos y de leerlos. Estoy convencida de que todos los superhéroes que nos atraen lo hacen porque tienen buenos villanos. Batman, por ejemplo. Porque frente a él hay personajes magníficos. No sólo Joker… sino el Pingüino, Catwoman… Son todos excelentes ya que representan conductas muy concretas. Me parece más atractivo un villano con matices que un bueno con matices. Un bueno con matices es aburrido. Basil es una roca por todo lo que tiene de firme y de seguro pero, en el fondo, también lo es porque está muerto por dentro. Y esa muerte psicológica es más amenazante que un sádico. Éste, hablo de Antonio, es peligroso para un masoquista como Violet pero Agneta no corre peligro con él porque sabe llevarlo, sabe imponerse porque lo conoce, le lee el pensamiento, le desafía. Para una persona que no es frágil es mucho menos peligroso un sádico que una persona que es como una roca.

Frente a la supuesta dureza de personajes como Antonio, obsesionado con la muerte, o Pelayo, obsesionado con la falta de empatía y la promiscuidad, construye arquetipos como Agneta o Claire, mujeres maternales.

Sí, realmente son madres. Lo que ocurre es que Claire es simplemente madre y Agneta guarda en sí un abanico de cosas: es decidida, fuerte, tiene miedos a los que se enfrenta, tiene pesadillas, es protectora. Agneta es una persona que tiene de todo. Antonio comienza su historia con ella por puro deseo y acaba con ella por necesidad. Ella tiene el papel de la prostituta clásica, esa mujer que te va a escuchar y comprender sin ponerte un pero. Esto me sirve para criticar a muchas personas que quieren ese tipo de relación tormentosa y tórrida en la que todo se echa en cara pero que necesitan, en realidad, una persona que les ayude y que se siente con ellos para saber cómo están. Hay que aprender a sincronizar lo que nos enseñan a querer con lo que realmente necesitamos ya que no siempre coinciden.

La mujer aparece en estas páginas como una salvadora para el hombre.

Sí… ¡Pero es que instintiva y biológicamente estamos más preparadas para ser salvadoras que ellos! Simplemente es biológico. El instinto de protección, de comprensión, de proporcionar tranquilidad y estabilidad están dentro de nuestro código genético, con el objetivo de ser madres, claro, pero el hecho de albergarlo facilita mucho el terreno para poder hacer de colchón, de madriguera hacia otro ser humano. Es mucho más sencillo que una mujer ejerza de colchón de un hombre que al revés. Una anécdota que pongo en el libro: Si una mujer se cae por una escalera con una docena de huevos, siempre subirá la mano en la caída para salvarlos. Instintivamente. Por ello, me parece absurdo que los hombres y las mujeres tengamos que ser iguales. Somos distintos porque biológicamente estamos preparados para cosas distintas. Por supuesto, como seres humanos, tenemos los mismos derechos y oportunidades, pero nuestro ADN es distinto. De igual manera que estamos mucho mejor preparadas para soportar el sufrimiento físico y el psicológico. Cuando sucede algo trágico, una mujer puede asumirlo rápidamente para luego preocuparse de cómo lo sobrelleva el hombre. Tenemos más capacidad de asimilación y por tanto de ser refugio.

¿En qué tipo de arquitectura se basó para desarrollar ese espacio físico tan complejo que es la Plaza?

Me imaginaba la Plaza como un espacio hecho de trozos de todas las civilizaciones. Y es que me fascinan las ruinas. No sólo las antiguas sino también las modernas: una fábrica abandonada, un hórreo en medio del campo… ¿Por qué cuando derrumban un edificio siempre queda esa icónica pared de un baño con baldosas blancas y agujeros por donde han pasado los grifos? ¡Me encantan esas imágenes! Aparte del componente de las ruinas, soy muy observadora de todo aquello que sueño y me di cuenta de que cada vez que soñaba lo hacía con la misma ciudad. Todos mis sueños ocupan el mismo espacio: una gran ciudad en la que hay de todo. De pronto, fui consciente de que me la sabía de memoria y, aunque no exactamente, la ciudad onírica es la base de la Plaza. Pero en el libro todos los restos de civilizaciones están revueltos. En ella es posible que de una columna jónica salga un neón.

¿Cómo un cuadro de Escher?

Sí, así lo han imaginado algunos pero ¿sabes quién me ha hecho un favor? Christopher Nolan y su película Origen. Tenía la sensación de que esta arquitectura loca no se iba a entender. Pero como todo el mundo ha visto la película y ésta trabaja un tema tan similar había varias escenas –una de ellas la de las calles de París virando hacia abajo- que hace que los lectores asimilen muy bien lo que propongo. También tiene trozos de la mítica “Casa Cambiante” de La historia interminable.

Me pareció muy inteligente la resolución del conflicto en la novela, esa manera en que los personajes logran introducirse en la Historia a través de la Droga que les proporciona el científico Israel. Ellos son capaces de comprobar que la Historia se repite. ¿Opina usted lo mismo? ¿Hay un retorno de hechos históricos porque el ser humano es siempre igual y no evoluciona, no repara en sus errores?

Sí, la Historia se repite pero no porque el ser humano sea igual sino porque tiene mala memoria. Se pone tanto empeño en borrar los errores cometidos que, al final, éstos se acaban reproduciendo. Como hemos olvidado el error hemos olvidado las consecuencias. Podemos permitirnos el lujo de tropezar con la misma piedra una y otra vez porque si eliminamos los errores, hemos eliminado las consecuencias. La Historia se repite y tengo la sensación de que todos los grandes desastres y genocidios tienen un esquema tan similar que incluso quien vence siempre es el mismo y las consecuencias para los vencidos también son iguales. Un ejemplo dramático es el de los genocidios del siglo XX. Es como si los ciclos entre ellos se hubieran acortado, hay genocidios en distintas partes del mundo con muy poca diferencia de tiempo. Y habría que plantearse el porqué a unos genocidios se les da más importancia que a otros. Porqué es más importante el genocidio nazi que el gulag, el de Yugoslavia o el de Camboya.

Muchas de las frases de su libro son pura poesía. “Cuando llueven los besos ajenos siempre parecen cálidos”, “sus cuerpos dibujan un ojo vertical sobre el enorme colchón”, “la humedad en contacto con su cuerpo se transformaba en hoja, en verde asfixiante”, “en todo entierro hay un paraguas, aunque no llueva”. Y en medio de esas frases, hay dos elementos deliciosos que se repiten: el mezcal, que sirven en las terrazas de la Plaza y el olor a tarta de lima en la persona de Violet. ¿Por qué el mezcal y la lima?

Lo cierto es que no puedo beber mezcal, me sienta mal, y pensé que si estuviéramos en un lugar que no tiene espacio físico y en el que nada nos perjudicara, bebería algo que no puedo tomar en el mundo real… ¡Así no bebería sólo Coca-Cola! Para construir el personaje de Violet utilicé cosas de gente real y de gente del cine… Violet tiene un aire a Juliette Lewis. La primera vez que vi a Lewis fue en Asesinos natos. En la primera escena de la película, cuando ella baila en el bar, Micky, su novio (Woody Harrelson) se pide un trozo de tarta de lima. Stone intercala la imagen de ella bailando con otros primeros planos de la tarta, verde vibrante. Me pareció muy bonito el hecho de que cada vez que Antonio habla con Violet le llegue ese olor a lima, ya que siendo ella tan dulce, su perfume sea fuerte y amargo.

Usted es ya una escritora reconocida, a pesar de ser tan joven. Mirando ahora hacia atrás, ¿cuándo ha disfrutado más María Zaragoza: en el momento en que la llaman para comunicarle que ha ganado un premio, algo de carácter público o cuando está delante del ordenador, en la intimidad de la novelista y los personajes?

Cuando más disfruto es cuando escribo. Pongo tanto cuando “confecciono” una novela que, al acabarla, me quedo vacía meses, siendo incapaz de escribir una línea. El día en que noto que me debo poner vuelvo otra vez al trabajo y el texto sale de corrido, pero, mientras tanto, tengo que hacer un impasse. Esta novela me llevó escribirla seis años. El original llegó a tener… ¡1.200 páginas! Y tuve que desbrozarla hasta las 270, que es la médula de la novela, lo que ves aquí. No tiro lo no publicado, así no siento pena y, de camino, lo archivado puede servir para otras historias, novelas, relatos. Ahora mismo estoy en el momento de tránsito, de no hacer nada… Ni siquiera tengo pensado qué hacer con una novela que he escrito durante los seis años que he tardado en concretar ésta. Una novela acabada y corregida. Lo que de verdad me gusta es ese momento en que paso de la página 70, ese límite en el que sé si la novela va a seguir. Ése es el mejor momento: cuando veo que el texto avanza por sí solo y los personajes comienzan a interactuar.

¿Qué ha significado este premio para usted?

¡Un descanso! Porque aquel libro original de 1.200 páginas tenía demasiadas ideas, demasiados personajes y había perdido ya la perspectiva de ellos. Así que me obligué a dejar el tronco central de ese “tocho” primitivo, extrayendo lo más esencial. Por tanto, al desbrozar el borrador primigenio no sabía si se iba a entender la “médula” que presentaba a concurso. El hecho de que gustara tanto y de que los miembros del jurado entendieran tan bien la esencia de la novela, captando hasta los pequeños detalles que dejo para releerla fue muy tranquilizador. Y, aparte de la cuestión económica, está también la cuestión de la exposición. Tener un premio cuando eres un escritor joven supone estar expuesto, estar en la mesa de las librerías, que la gente tenga la oportunidad de ver lo escrito ya que, desgraciadamente, hay libros maravillosos en las estanterías que nadie tocará jamás. Puede que haya gente que hurgue en los anaqueles, pero eso no es lo común. Normalmente se mira la mesa principal o se pregunta al librero qué te recomienda, lo cual te brinda una excelente oportunidad. Los libros de los grandes autores –me viene a la cabeza Almudena Grandes o Antonio Gala- entran a mesa directamente porque ya están consolidados, porque son conocidos, tienen una trayectoria y grandes tiradas en las editoriales. Yo no he llegado hasta ahí, pero es mi intención hacerlo. Por lo tanto, para que los que estamos empezando es fundamental que la gente tenga la oportunidad de ver lo que publicamos. Por eso defiendo la permanencia de los premios, a pesar de los recortes que se están llevando a cabo. Prefiero que se baje la dotación del premio pero que sigan existiendo. No entiendo a la gente que dice que quiere publicar pero le da igual que lo lean o no. La vida de un libro termina en la imaginación del lector. Si no consigues que nadie te lea porque nadie ha visto tu libro, entonces para qué quieres que esté publicado. También los premios son una manera de profesionalizar este trabajo, mi oficio es el de novelista, yo no escribo para desahogarme o para mí misma. Puedo intentar arreglar un grifo, pero eso no me convierte en fontanera. Muchos piensan que cualquiera puede escribir y en absoluto eso es así. Es un pensamiento ofensivo porque entonces te cuestionas: ¿para qué me he estado preparando, para qué leo, para qué investigo tanto? Yo estudié Psicología sabiendo que no iba a ejercer, simplemente para poder construir personajes creíbles. ¿Eso no sirve para nada? Detrás de una publicación hay muchas horas de lágrimas, de documentación, de esfuerzo y de trabajo profesional. Y también hay risas, claro.

Son las once de la noche y llevo dos horas charlando con María. Me gusta este alegato final en defensa de los que trabajamos en el mismo oficio, ése que ella ejerce durante la noche, rodeada de la sensación de magia de la madrugada y del silencio de ciudades que nos unen como la Córdoba en la que pasó un curso en la Fundación Gala o este Madrid que es para ambas el centro de la creación. Antes, le dejo un Cuestionario Proust para Novelistas. María ríe, como tantas veces a lo largo de la entrevista, y responde con rapidez, segura de lo que dice.

Estado ideal en que escribe una novelista.

Con una botella de Coca-Cola de dos litros, que sea fácil de rellenar. Con música y el ordenador, de noche. Soy más eficaz trabajando a partir de las seis y media de la tarde.

Una canción para escuchar a la vez que se lee Los alemanes se vuelan la cabeza por amor.

So broken de Björk y Raimundo Amador.

Un poeta para este libro.

Ángel González. Quizá porque en la época en la que más imbuida estaba en la novela trabajaba a la vez como librera y en aquella Feria del Libro ponían al poeta recitando todo el tiempo por los altavoces… Supongo que de alguna manera, inconscientemente, me ha influido.

Un novelista para acompañar.

Nabokov. Concretamente, El ojo y Ada o el ardor.

Un personaje del libro con el que trabaría amistad.

¡Agneta!

Un personaje del que se podría enamorar.

Basil.

Un personaje al que cambiaría el rumbo vital.

Antonio. ¡Me empeño en salvar Antonios!

Una bebida para acompañarla.

Mezcal.

El olor de esta novela.

El del jazmín de la India.

El momento ideal para leerla.

Cuando cae el sol.

Una obra de arte.

Un retrato ecuestre.

Un color para sus páginas.

El verde.

Un look para leerla.

(Ríe) ¡El flapper!

Un defecto de un personaje con el que transija y uno con el que no.

En el caso de Antonio, transijo con que sea caprichoso. No transijo con que sea egoísta.

Una cualidad que admire de uno de sus personajes.

La paciencia de Agneta.

Lugar ideal para ser novelista.

Madrid, sin lugar a dudas.

Máxima de María Zaragoza a la hora de escribir.

Hacer cosas que me resulten muy complicadas pero que lleguen de forma muy inmediata.

Una heroína o un héroe.

Aung San Suu Kyi porque me parece que lo reúne todo: la resistencia pasiva, la tranquilidad, la paciencia. Es delicioso que su forma de protestar fuera el piano, que no se moviera de ese encierro atroz a pesar de que le propusieron el exilio, por sus ideales. Es una cuestión de dar ejemplo y me llama la atención qué puede hacer que una persona sea capaz de olvidarse absolutamente de sí misma con tal de darlo.

No me resisto a hacerle la última pregunta a raíz de su admiración por la líder birmana. ¿Le gustaría conocerla?

Me daría miedo, pero no porque crea que el mito pueda caerse. Ella es exactamente lo que parece porque, si no, no tendría sentido su cabezonería al quedarse protestando. Debe ser una mujer muy equilibrada para aguantar la cárcel de esa forma tan particular, siempre elegante y adornada con flores frescas. Me impresionaría demasiado, no sabría qué decirle. Quizá… la vería desde la distancia y la escucharía en silencio.

Cuando María se aleja camino de casa no sabe que Aung San Suu Kyi, que ganó 43 escaños en las pasadas elecciones del 1 de abril, ha renunciado a ocupar el suyo en el Parlamento ya que no está dispuesta a jurar la Constitución impuesta por la Junta Militar. Un motivo más para que esta prometedora novelista admire aún más a “La Dama” de Myanmar.

Carmen Garrido
www.ladamadeverde.blogspot.com

Etiquetas: Algaida, Los alemanes se vuelan la cabeza por amor, María Zaragoza

Sobre el autor

Carmen Garrido

Carmen Garrido (Fernán Núñez, Córdoba, 1978) es poeta y periodista especializada en Relaciones Internacionales. Premio Andalucía Joven 2008 con "La hijastra de Job" (Editorial Renacimiento), en 2011 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Fundación Cultural Miguel Hernández por su poemario "Garum" (Editorial Devenir), y fue designada autora 2011 de la Diputación de Cádiz con "El parteluz" (Proyecto Alumbre). Administra el blog La Dama de Verde (finalista a Mejor blog Nacional de Creación Literaria 2009 en Revista de Letras) y es crítica de Teatro y Poesía en la revista Culturamas. Apasionada del mundo árabe, la poesía de Anna Ajmátova y la novela negra anglosajona.

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