Revista de Letras

Maruja Torres: “Soy una mosquetera”

Maruja Torres | Foto: Quim Roser

Maruja Torres | Foto: Quim Roser

Todo intento por describir a Maruja Torres resultaría injustamente reductivo. Periodista y escritora serían, con la mayor probabilidad, los dos sustantivos que mejor podrían definirla profesionalmente y, sin embargo, siguen siendo limitados: a través de sus reportajes, de sus textos periodísticos y literarios, ha sido una de las testigos más lúcidas, más honestas y más críticas de la reciente historia de este país. En su batalla diaria, nunca ha alzado la bandera blanca de la rendición y, ahora, con Diez veces siete (Planeta) vuelve a demostrar que la derrota y el avasallamiento no le pertenecen. El libro es una narración a pelo de su vida: “Nunca fue fácil, pero salimos adelante”, asegura mientras hablamos en el bar del Hotel Astoria, en Barcelona. “Los jóvenes tenéis que saber que ahora hay dificultades, pero que también las tuvimos antes. Hay que pelear”, advierte. Y, así, erguida, la autora continúa haciendo de la palabra la respuesta insumisa y rebelde ante el poder y sus vasallos.

Los versos de Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo: “Nunca te entregues ni te apartes/ junto al camino/nunca digas no puedo más y aquí me quedo” resumen el sentido que impregna las páginas de Diez veces siete.
No sabes cómo te lo agradezco, cómo me gustaría que fuera así. Realmente Palabras para Julia es una canción que da mucho ánimo y hablo de canción porque, en un primer momento, yo conocí estos versos en forma de canción, como letras de canción [los versos de Agustín Goytisolo fueron musicalizados por Paco Ibáñez]. Fue sólo después, al conocer a Agustín, cuando descubrí el poema y desde entonces Palabras para Julia forma ya parte de mi vida. Todavía hoy, leo y releo los versos de Agustín, conozco a su hija Julia a quien van dirigidas esas palabras.

Planeta de Libros

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En Diez veces siete, usted dice que escribe para comprender; en la biografía de su blog, dice: “siempre escribo para arreglar lo que no fue como me habría gustado que fuera”, ¿qué es, qué significa, para usted la escritura?
Para mí la escritura significa muchas cosas. “Escribir ayuda a comprender”, me dijo Doris Lessing cuando tuve la ocasión de entrevistarla y tiene razón; como han dicho muchos otros escritores, creo que la escritura sirve también para ordenar el caos, para dar forma, para poder componer lo que yo llamo deseobiografías.

Ficcionalizar la realidad es, al fin y al cabo, una manera de darle sentido
Al inventar cosas, realidades, es posible dar forma y sentido a tu propia vida, darle el sentido que tú misma quisiste que tuviera; con los años, y este libro es la prueba de ello, las cosas cambian, en esta ocasión, ya no quería inventar: Diez veces siete es un retrato muy crudo, es un retrato que escribo para decirme que valió la pena y para aceptar las cosas más duras de mi vida. Anteriormente, en obras precedentes, he novelado parte de mi vida, pero en esta ocasión no: Diez veces siete no es una novela, es un texto escrito a pelo en el que cabalgo sin silla por encima de mi vida y en el que se cuenta todo, en el que sale todo, incluso los aspectos que no siempre dicen algo bueno de mí.

Podemos decir que ha abandonado el género de la deseobiografía para escribir una biografía pura.
Sí, este libro es una biografía pura, una biografía escrita a borbotones que, sin embargo, mientras rebullen aquí dentro, dentro de mí, y salen, disfrutan de un proceso –la escritura- que los enfría, les da sentido, es decir, las palabras, la escritura les da el sentido que antes no tenían. La literatura coge el potro del cabreo y lo doma.

La escritura aleja, pone distancia entre uno mismo y las vivencias que relata.
La literatura permite un alejamiento, es como coger arcilla y darle forma para luego poderla cocer.

En La amante en guerra se refiere a la novela como una obra con “personajes reales que podrían ser ficticios y otros de ficción que considero reales, incluido yo”. ¿En Diez veces siete, ha desaparecido ese yo ficticio, pero real?
Aquí, no he novelado, no he ficcionalizado nada. A diferencia de La amante en guerra, en Diez veces siete la escritura fue dolorosamente a pelo, no hay en absoluto ficción, como mucho, lo único que hago es esconder algunos nombres porque soy un caballero. Y digo caballero, porque el concepto de dama evoca una actitud más pasiva, tiene una connotación más lánguida, así pues son una caballera, una mosquetera.

En Diez veces siete, así como en sus anteriores libros y en muchos de sus trabajos periodísticos, hay una constante y clara reivindicación de la mujer y de su papel libre y autónomo en la sociedad.
El libro tiene tres vertientes: en primer lugar, está el cabreo con El País y la explicación de dicho cabreo que, en cierta manera, es el motor que estructura todo el libro. En segundo lugar, está la narración de cómo he llegado hasta aquí y de las cosas que he pasado, el relato de cómo los tiburones nunca han conseguido morderme, puesto que nunca les enseñé mis heridas; y, en tercer lugar, tras Diez veces siete está la intención de dejar un panfleto, pero en el sentido de un texto puramente panfletario, sino más bien quería dejar por escrito una declaración de principios: “Chicas esto fue espantoso y salimos y ahora volveremos a salir una vez más, pero hay que estar atentas”. Quería enviar un mensaje a los jóvenes, a los trabajadores de hoy día; el libro es el mensaje, el testimonio, de una mujer de mi edad que cuenta cómo era España, cómo era la España de los años cincuenta y de los años siguientes, de una mujer que describe cuán espantoso era y cómo se pudo salir de esa situación.

Y ahora, desde otro tiempo y en otras circunstancias, hay que volver a salir.
Exacto, ahora toca salir, escapar, una vez más y afortunadamente se está empezando. Ahora los jóvenes estáis mucho más preparados de cuanto lo estuvimos nosotros y empiezan a verse proyectos nuevos y diferentes que buscan una alternativa, que buscan salir y escapar de la situación presente.

Independientemente de las decisiones que está tomando el gobierno, como por ejemplo la propuesta de modificación de la ley del aborto, hay una sensación de retroceso en la conciencia de la mujer y del feminismo entre las más jóvenes. Aquel sentimiento de orgullo de la mujer parece ir desapareciendo.
Yo tengo amigos que son profesores de instituto y hay algo de lo que me cuentan que me asusta mucho: me explican que la relación entre los dos sexos son extremadamente machistas, pues se trata de relaciones muy sumisas por parte de ellas: más allá de toda la coquetería estética de ellas, al final si él las insulta no pasa nada, ellas no le dan importancia. Y esto me horroriza porque me hace pensar en que algo ha fallado en la educación, puede que las educaran mal, que las madres se equivocaran o que ellas mismas recibieran una educación no adecuada.

Algo ha fallado y falla en la educación, somos conscientes de ello pero parece ser que no conseguimos individuar el error.
Yo no sé exactamente qué es lo que falla; yo no he tenido hijos y no sé de haberlos tenido, cómo hubieran sido, pues también es verdad que en no pocas ocasiones los hijos terminan siendo lo contrario de los padres; sin embargo, también es cierto, que tengo muchos amigos cuyas hijas, pero también hijos varones, no tienen estáa mentalidad machista de la que hablamos.

En Diez veces siete usted comenta el papel nefasto de “la televisión, los talks-shows, los reality” en la construcción de “una imagen vejadora de la mujer”, imagen que, como usted dice, “los adolescentes absorben sin contrapartida”.
Hoy en día, la nueva generación protesta justamente cuando para dirigirse o definir a alguien se utiliza el término de maricón: los jóvenes, la gran mayoría de ellos, tienen asumido que este término es despectivo, insultante; han asumido muy bien que no son modos de tratar a las personas, que estos calificativos homófobos así como los insultos racistas no son admisibles.

De hecho las reivindicaciones por los derechos de la comunidad homosexual han tomado ejemplo del movimiento feminista.
Considero que es algo estupendo las conquistas alcanzadas es este ámbito, me parece fantástico que los jóvenes de hoy tengan tanta conciencia de los derechos de los homosexuales, pero también una mayor conciencia en relación a la ecología o al medio ambiente, antes muy escasa. Esta conciencia es la más clara manifestación de unas conquistas en derechos y en tolerancia que ya no podrán perderse, los jóvenes tienen tan asumidos unos principios que, afortunadamente, es imposible volver atrás. Sin embargo, resulta curioso y a la vez espantoso que paralelamente a esto, entre los adolescentes esté creciendo una actitud machista que creíamos haber derrotado. A todo ello, la televisión y los modelos que impone no ayudan en absoluto.

Contrapone la cultura televisiva de hoy a las lecturas y menciona a aquellas que marcaron su formación: Carson MacCullers, Fraçoise Sagan, Hannah Arendt o Rosa Chacel. ¿La ausencia de esta cultura es uno de los motivos de este retroceso del que hablamos?
Se combina seguramente la falta de cultura y, sobre todo, la falta de algunas lecturas junto a la cultura de la imagen y del entretenimiento, una cultura en la que la pantalla lo domina todo: basta ver cómo hoy en día las relaciones se instauran directamente a través de las pantallas de los móviles, a los que los adolescentes están enganchados, ellos viven pendiente de la pantalla. Tu imagínate a Ingrid Bergman y a Humphrey Bogart, en la escena final de Casablanca, mirando constantemente la pantalla del móvil: “Siempre nos quedará París”, dirían e, inmediatamente después, añadirían, “pero espera que tengo un mensaje en el móvil”.

La pantalla ha terminado por sustituir la formación cultural pero también la formación social de los más jóvenes.
Mi generación –puede que afortunadamente- tuvo una educación sentimental distinta y, aunque fuera adversa la situación en la que vivimos y la propia educación que nos daban, fue una educación que nos enseñó a luchar y a pelear, y no a caer en la sumisión en la que hoy muchos adolescentes se acomodan.

Puede que sea aquella adversidad de entonces la que motivara y favoreciera ese sentimiento de protesta y reivindicación, aunque también es cierto que hoy, la adversidad está más presente que nunca.
Puede que fuera precisamente aquella adversidad más explícita, como lo era la dictadura, quién hizo que no nos acomodáramos y que peleáramos. Hoy, la situación es muy distinta y, aunque, el gobierno de Rajoy o la pantomima de la abdicación también son adversidad, a diferencia de lo que vivimos nosotros años atrás, lo de hoy en día es una adversidad mediocre, una adversidad que, en gran parte, es el resultado de la abdicación de las izquierdas. En los últimos años, y no sólo tan recientemente, este país ha sufrido la completa abdicación de las izquierdas, que han hecho una política de lo más parecida a la política de la derecha. Esta abdicación es, al menos para mí, el gran reproche a hacer a la izquierda, que con su política ha ayudado a que hoy nos encontremos en esta situación.

Con otro disfraz y con otro rostro –el de la derecha llamada democrática o el de una izquierda abdicada- la adversidad sigue presente, todavía hoy hay mucho que combatir, mucho por lo que pelear.
El enemigo ya no es la dictadura, ahora el enemigo es el mercado, incluso en el periodismo. El enemigo de hoy es heredero de un pasado en el que, en verdad, España nunca terminó de levantarse del todo tras la dictadura. Decía Alfonso Guerra que “España la ha levantado la izquierda” y es falso; lo que hizo España, cuando los socialistas ganaron por primera vez las elecciones, fue votar por un cambio motivado por un susto, por el miedo suscitado tras el intento de Golpe de Estado de Tejero. Y si te fijas, años después, Zapatero ganó las elecciones también tras el impacto del atentado y el rechazo de la guerra; en las dos ocasiones, la victoria de la izquierda no supuso un cambio radical, fue sólo una sustitución.

En su momento los socialistas crearon unas expectativas que posteriormente, y hoy sobre todo, se revelaron falsas.
En efecto y, si lo piensas bien, la izquierda no ha conseguido cambiar nada del sistema, al contrario, se ha amoldado a él. En verdad, ante la victoria de la izquierda, en concreto ante la primera victoria socialista, fue el propio sistema que permitió a la izquierda adaptarse a él, abriendo una pequeña brecha para que esta izquierda que acababa de ganar las elecciones entrara en el sistema y se acostumbrara al canapé. Fijémonos en quiénes participaron en el besamanos ante el nuevo rey y la cara que tenían todos.

Está todo dicho cuando los representantes de los dos grandes sindicatos participan en el show de vasallaje montado para la abdicación.
Cuando la Asociación de Periodistas Extranjeros me otorgó un premio, ya hace algunos años, me lo entregó el Príncipe, pero fue una entrega muy problemática, durante meses estuvieron en la Zarzuela meditando si era adecuado que el Príncipe me concediera personalmente el galardón. El premio lo había recibido anteriormente Raul Cancio, que en aquella época era considerado un rojo, luego lo recibí yo… desde Zarzuela estaban aterrados, ¿quién iba a ser la siguiente? ¡¿La pasionaria?! Mientras esperaba -y fueron muchos meses de espera- a que se decidieran, hablaba con Miguel Ángel Aguilar para decirle que a mí no me importaba si el Príncipe me entregaba o no el premio, pero que necesitaba el dinero. Al final, se decidió que fuera el Príncipe quien me lo entregara e, incluso, estuvo como veinte minutos hablando bien de mí, pero a mí todo esto no me importa nada, no me importa nada lo que haya dicho el Príncipe en aquella ocasión.

Es decir, o uno se amolda al sistema o el sistema trata de excluirte.
Con esta anécdota, lo que quiero decir, es que una cosa es tener que ir a una recepción y tener que saludar a los representantes de la institución monárquica y otra cosa, y muy distinta, es formar parte de este paripé, creado y organizado para que los dos partidos, tras haber perdido muchos votos en las elecciones europeas, sigan manteniendo el cotarro. Se escenifica un cambio para que al final, en verdad, nada, absolutamente nada, cambie.

En Y entonces… ¿Para qué nos habíamos hecho periodistas?, Olga Rodríguez se pregunta retóricamente: “¿Se imaginan que el periodismo dejara de provocarse tortícolis de tanto mirar hacia arriba…?”.
Muy ciertas las palabras de Olga. Yo no he sido ni periodista de corte ni tampoco periodista política, yo he tenido la suerte de estar camuflada de toda etiqueta a través de los reportajes que publicaba principalmente los domingos, en aquellos domingos en los que era posible publicar reportajes largos de investigación. Tuve la suerte de poder disfrutar de aquellos años, antes de que en la prensa entrara la moda, el estilo, el mobiliario… todos estos temas que jodieron la prensa y los suplementos de los domingos. El cambio a peor sucedió en los años noventa, de hecho todavía recuerdo una reunión en la que alguien, justificando y explicando la nueva deriva de la prensa y de los suplementos, dijo que el estilo no podían morir: hoy, los periódicos pueden estar tranquilos, el estilo no sólo no ha muerto, al contrario, todo se ha convertido en estilo.

Usted siempre ha mirado hacia abajo, como dice Rodríguez, hacia “los barrios humildes de las ciudades”, hacia la gente anónima.
Yo tuve la suerte de vivir en una época en la que, como periodista tenías una gran libertad, podías hacer el reportaje y la investigación que querías. Es verdad que, si pasaba algo importante y de gran calado mediático, el reportaje pasaba a un segundo plano, pero por lo general tuve la suerte de poder trabajar haciendo reportajes en los que se daba voz a la gente más humilde, a la gente de la calle. Nunca tuve en mi agenda a ministros ni a grandes personalidades políticas. Recuerdo haber entrevistado disfrazada a la mujer de un alto representante de la junta de Pinochet: me disfrazaba para poder describirla en el reportaje tal y como era, para que ella no fingiera ante mí al saber que yo era periodista. Era otra forma de hacer periodismo, ahora se ha vuelto todo muy oficialista.

El oficialismo termina por dar pie a una actitud pasiva, acrítica, y, en algunos caso, incluso de completo servilismo.
Yo viví duran durante cinco años en Beirut, pagándome yo personalmente todos los gastos –nunca lo contaré lo suficiente- para poder trabajar con completa libertad, sin que a nadie le importara un carajo, pero viviendo mi propia aventura personal y periodística. Al volver a España, me encontré con un país en el que en las ruedas de prensa no sólo no se hacían preguntas, sino que nadie se levantaba y se iba. Esta es la deriva que ha tomado este país y el periodismo en los últimos años, esta es la deriva con la que me encontré al volver de Beirut.

La justificación que se da es que los periodistas, muchos de ellos en situación de precariedad laboral, no pueden abandonar, como forma de protesta, la rueda de prensa sin preguntas, porque la empresa les obliga a permanecer allí.
Antes la empresa periodística tenía muy claro cuáles eran los derechos del periodista, los derechos del periodista se imponían a los intereses del político, pero ya no. Ahora las empresas periodísticas están empeñadas hasta el cuello y viven gracias a que los políticos les den avales ante los bancos a los que deben dinero y que les faciliten las relaciones con las empresas del IBEX.

Sin embargo, más allá de la actitud de las empresas periodísticas, viendo la fotografía de los invitados por Iberdrola al mundial, se tiene la sensación de que también muchos periodistas han pasado por el aro y están cómodos en esta posición de servilismo.
Muchos y, lo peor, es que en la foto de los invitados por Iberdrola, se ven periodistas a los que nunca pensábamos poder ver allí. Yo creo que se ha corrompido todo y que el periodismo refleja la corrupción de la sociedad, es decir, la grasa ha arrollado a la profesión del periodismo, una profesión que ha perdido músculo, una profesión en la que muchos se conforman ante esta situación.

Como dice usted en el libro: “Ningún jefe renuncia a sus emolumentos, aunque se hayan autoinfligido bajadas simbólicas de salarios. Junto con el talento de los que se esfuerzan a diario, queda el esqueleto, el nombre, la marca”.
Los que se han asentado dentro de la profesión se han conformado y se ha perdido mucho, entre otras cosas esos grandes reportajes de los que antes hablábamos. Yo echo de menos aquellas lecturas, aquellos textos periodísticos; me habría encantado poder leer un amplio reportaje sobre el crimen de Isabel Carrasco, por ejemplo; no pido ya reportajes políticos, sino de sucesos, como aquellos que se publicaban en El Caso, los que realizaba Julio César Iglesias en los primeros años de El País. Pero todo esto ha desaparecido y nos hemos acostumbrado a su desaparición, porque el ejercicio crea músculo y el des-función crea grasa y ahora estamos llenos de grasa.

Y lo peor es que es muy difícil dar la vuelta a esta situación, sobre todo si eres un joven periodista: no quieres cometer los mismos errores pero el sistema te atrapa en forma de precariedad.
Los jóvenes y buenos periodistas de hoy están completamente puteados; los mandan a Ucrania o donde fuera a cubrir hechos importantes de información internacional, pero luego sale la noticia del principito y su trabajo, su gran trabajo, viene apartado a una esquina, o aparece solo en el digital, al fondo de todo.

La información internacional está infravalorada, no interesa contar –y contar bien- lo que sucede más allá de nuestras fronteras o, en todo caso, más allá de Europa y USA.
Actualmente, el mecanismo que gestiona la información internacional es completamente perverso, preguntémonos sobre cómo se da la información internacional y qué información internacional interesa, y nos daremos cuenta de su perversión. Ahora en El País se da mucha importancia a Hispanoamérica porque se cree que hay un mercado allí y esto se traduce en una edición Mexicana apoyada por el propio Peña Nieto y en un ataque frontal a los gobiernos legítimos de Ecuador, Venezuela, Bolivia; es un periodismo hecho en favor de los empresarios.

Como decía Kapuscinski, “cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”.
Exacto, es precisamente esto.

En 2012, en la entrevista que le hicieron en Jot down afirmaba: “Los medios se parecen cada vez más a los políticos, que están siendo desechados por la sociedad”.
Esto es el resultado de todo aquel tiempo –demasiado tiempo- durante el cual los periodistas estuvieron yendo a cócteles y tomando canapés con políticos, creyéndose intocables. Yo, entré a colaborar en El País a finales del 1981, tenía casi treinta y ocho años, venía de partirme literalmente el culo trabajando, y me sorprendió mucho lo afines que eran todos, los periodistas y los cargos del periódico, con el socialismo: había una complicidad generacional, Felipe González y El País fueron, juntos, a cuero contra Suárez y ya luego, con los socialistas en el gobierno, El País comenzó a gozar de todas las exclusivas, era el periódico de los socialistas, comienzan a recibir pre-vendas, hasta que todo se acaba y, como cuento en el libro, cuando sale a la luz el escándalo de Blesa, ya no es el partido ni el gobierno quien se lo cuenta a la dirección de El País.

Los socialistas pueden ser acusados de haber vendido una imagen sin contenido; usted habla, por ejemplo, de pose del PSOE.
Se trataba de una cultura de gestos y es precisamente por esto que el PSOE no cambió, cuando pudo, la educación en este país: los socialistas no apostaron nunca por hacer una profunda reforma del sistema educativo, no intentaron recuperar, ni siquiera un poco, el sistema educativo del que se gozaba en la República. Los socialistas españoles siempre se han acojonado, nunca se han atrevido con grandes reformas, y la cultura y la educación son prueba de ello.

Esto me hace pensar en una frase de su gran amiga Ana Maria Moix: “Andando el tiempo se verán las caras, esos que gritan por las esquinas viva la revolución. Degeneramos, compañero”.
Está muy bien esta frase y, de hecho, esta frase es una de las que leí en el homenaje que le rendimos a Ana Maria Moix en el mes de mayo en el Ateneo; “andando el tiempo se verán las caras” y se vieron, no sólo, se las vieron ellos mismos y se gustaron, y esto es lo peor. Cuando la Casa Real y Rajoy se dan cuenta que deben hacer algo contra el desprestigio cada vez mayor de la Transición, el primero que se suma es Rubalcaba.

A la cultura de gestos del PSOE se suma también una pérdida de referentes culturales.
Han desparecido completamente y la televisión ha sido una de las grandes responsables. La televisión privada ha hecho lo que ha querido y la televisión pública ha ido detrás, hasta la CNN se ha convertido en una especie de gran hermano, perdiendo hasta la camisa haciendo tonterías. Nadie se ha propuesto hacer una televisión pública como la de Estados Unidos, ni tampoco una buena radio pública, medios públicos puramente culturales y de formación.

Mientras la televisión padece de inmovilismo, la prensa parece haber reaccionado: eldiario.es –donde usted colabora-, Mongolia, JotDown y tantos otros escenifican la búsqueda de una alternativa.
Con estos proyectos, no se saca apenas dinero, pero se mejora el panorama que teníamos hasta ahora: estos nuevos medios están recorriendo un camino que, al menos para mí, es muy honesto. Son proyectos abiertos a la participación, proyectos que dejan participar al socio, al lector, y, lo que es más importante, proyectos que rinden cuentas a sus lectores, cosa imprescindible en un tiempo de intercomunicación como el actual. Al salir de El País, entré el eldiario.es y me decidí precisamente por el diario de Ignacio Escolar porque me gustó la idea de que en un primer momento haya un adelanto informativo para socios, para luego abrirlo a todos, permitir la lectura también a quienes no son socios.

La gratuidad y el acceso libro a la información es un gran debate.
Sí, sobre todo en un país como el nuestro en el que nos hemos acostumbrado a no pagar nada de lo que sea cultural e informativo, cosa que es la hostia.

En Diez veces siete describe el Raval de su infancia a la vez que menciona el Raval de hoy, un barrio que parece haberse cerrado y, a la vez,  víctima de esta Barcelona convertida en marca.
Ahora los nuevos vecinos del Raval se integran mucho menos por cuestiones religiosas. Dicho esto, Barcelona se ha convertido en una marca y, precisamente por ello, estoy muy entusiasmada con la plataforma de Ada Colau, Guanyem Barcelona. Lo que han hecho los hasta ahora los distintos alcaldes ha sido follarse esta ciudad: Pasqual Maragall hizo mucho por la ciudad, pero los que le siguieron, en primer lugar Joan Clos, pecaron de grandiosidad: comenzaron con la construcción de los grandes hoteles, a priorizar el diseño por encima del tejido urbano que valía la pena conservar, que debía ser conservado.

Remodelaron la ciudad, pero no para sus ciudadanos, sino para convertirla en un museo para turistas.
Creyeron que por construir grandes infraestructuras modernas se iba a crear un mundo nuevo, renovado a su alrededor y no es verdad: comenzaron con la reforma de la Plaza Real, donde los pijos socialistas quisieron comprarse sus casas y, sin embargo, no consiguieron nada de lo que pretendían, la Plaza Real volvió a estar ocupada por la misma gente de siempre. Los arquitectos inteligentes saben que los ciudadanos van donde sus pies les llevan y mis pies nunca me llevarán al Forum, porque no me interesa, ni siquiera me llevarán a la Torre Agbar. Todas estas reformas se cargaron el verdadero tejido de la ciudad, se apostó por estas infraestructuras antes que dar vida a las tiendas, a los barrios.

Diez veces siete es un recorrido a lo largo de su vida, pero también a lo largo de la historia reciente de España, es un recorrido vital, temporal y geográfico. Por ello, y parafraseando a Gabriel García Márquez, ¿vivir para contarla o contarla para vivirla?
Las dos y por este mismo orden. Me alegro mucho de haber vivido tanto y me alegro tanto de tener todavía la lucidez para disfrutar contando cómo he vivido. Y, sobre todo, me alegro que el relato de mi vida sea útil a los demás. Así que, a “vivir para contarla” y “contarla para vivirla”, le sumaría “contarla para que se aproveche”.

Etiquetas: abdicación, Ada Colau, Agustín Goytisolo, Alfonso Guerra, Carson MacCullers, Centro Cultural de España, Diez veces siete, Doris Lessing, Fraçoise Sagan, Guanyem Barcelona, Hannah Arendt, Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, La amante en guerra, machista, Maruja Torres, Palabras para Julia, Príncipe, Rajoy, reality, Rosa Chacel, televisión, Zarzuela

Sobre el autor

Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la UB. Es colaboradora habitaual de Panfleto Calidoscopio, ha publicado breves ensayos en la Revista Forma de la UPF y reseñas en 452f. También ha publicado artículos en El núvol o Barcelona Review.

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