Revista de Letras

Las hormigas y sus inframundos

Black ants | Foto: Syed Rajeeb | Pexels Commons

Una ventaja de quienes se dedican sin ataduras a la literatura, de quienes hacen música y arte sin la dependencia a mecenas e instituciones, es que no deben responder a ninguna autoridad académica o burocrática. Un artista podría decir, por ejemplo, que en sus ratos libres le gusta investigar la física detrás de las apariciones fantasmales, o la psicología tras los raptos extraterrestres, y no correr el riesgo de perder su reputación entre colegas e instituciones académicas, como ha ocurrido con algunos científicos, Premios Nobel incluso, que han mostrado curiosidad por asuntos sobrenaturales. Un escritor se puede dar el lujo de interesarse, documentar y teorizar todo lo que quiera sobre cualquier tema, incluso tomarse algunas licencias poéticas, y mantener su reputación íntegra. Incluso si sus conclusiones son tan solo aproximadas, vagas o erróneas.

Ariel

Maurice Maeterlinck, que obtuvo el Nobel en 1911 por su obra dedicada a la poesía y la dramaturgia, consagró también parte de sus esfuerzos al ensayo, algunos enfocados a un tema en el que fue un gran aficionado; la entomología. Las abejas, las termitas y las hormigas le fascinaron sobre los demás vasallos del reino de los insectos, y es a cada una de ellas a quien dedicó un volumen de observaciones y especulaciones. Su trilogía de la vida de estas grandes familias tiene más en común con la escritura poetico-naturalista de Annie Dillard y Robert McFarlane, que con la de divulgadores más interesados en presentar una serie de hechos respaldados con referencias técnicas y una prosa competente. Pero es el último volumen de este tríptico, La vida de las hormigas (Ariel 2018), el que llama en especial la atención por su manera de observar el comportamiento y costumbres de estas como si de emisarios de otros mundos se trataran.

No son un conjunto de insectos miserables, asegura Maeterlinck, subyugados a los caprichos de una monarquía desinteresada. Reprueba los estereotipos que de ellas hemos hecho y la manera tan inconsciente como las equiparamos con los semblantes más bajos de nuestra humanidad: la monotonía, la servidumbre, la esclavitud, las ansias de hacer la guerra. Antes, al contrario, son de los organismos más altruistas que existen y son contadas la especies que se conocen con inclinaciones bélicas. Anteriores al hombre, viejas como los dinosaurios, las hay incluso quienes cuidan y miman a las enemigas que invaden sus hormigueros. Muchas veces en detrimento de la propia colonia.

Pero en lo que Maeterlinck destaca, aún más que en sus conocimientos de mirmecología, es en sus observaciones filosóficas. Fascinado por el comunismo perfecto de las hormigas, el cual tiene base en su propia fisiología, se pregunta si la humanidad alguna vez será capaz de alcanzar tal hermandad. ¿Es la empatía por los demás ese órgano que necesitamos para sobrepasar nuestra codicia personal? Y si no lo es, ¿habrá que crearlo? ¿Cómo es posible que las necesidades de una de las reinas se sepan al mismo tiempo, instantáneamente, por cada uno de sus súbditos, incluso de quienes están fuera del hormiguero? ¿Existe entre las hormigas una forma de comunicación por feromonas, o se trata de una telepatía rudimentaria o consciencia colectiva menor? Apunta que las hormigas modernas son igual de especializadas que las más antiguas, encontradas en el ámbar prehistórico y los registros fósiles y reflexiona que, tal vez, la evolución de las especies es mucho más lenta de lo que se piensa. Tan lenta que, es posible, la Tierra quedará totalmente deshabitada antes de que la esta logre su cometido último. Si es que tiene alguno, refiriéndose con esto a la ortogénesis, la hipótesis de que la evolución se encamina hacia un fin determinado, y haciendo también un eco precedente de treinta años a la idea del Punto Omega, sugerida en 1955 por Pierre Teilhard de Chardin en El fenómeno humano.

En ocasiones, La vida de las hormigas se lee como una precuela a Tainaron, de Leena Krohn, con sus descripciones fantásticas de vuelos nupciales, festines sociales y ciudades subterráneas; complejos oscuros y enormes que, de escalarlos a los niveles de la experiencia humana, harían ver a Londres o Nueva York como barrios de extrarradio. Para Maeterlinck, la entomología, y todos los estudios de las cosas diminutas y huidizas de este planeta, es tan importante como la neurología o la física de las estrellas. Pues el misterio, el gran misterio, lo mismo si se oculta en lo muy grande que en lo muy pequeño, es exactamente igual.

Junto con este ensayo, Ariel ha publicado también La vida de las abejas, y es un enigma por qué nadie se ha atrevido de nuevo con La vida de las termitas, ya que este tríptico ha visto antes la luz. Esta edición de La vida de las hormigas está basada en la traducción de J. Campo Moreno, de 1946, y aunque es seguro decir que se trata de uno de los libros más hermosos que se han escrito sobre las costumbres y maneras de unos insectos, sería perfecto si, de aquí en adelante, pudiéramos ver algunas fotografías. Una nota para futuras ediciones.

Etiquetas: Entomología, insectos, La vida de las hormigas, Leena Krohn, Maurice Maeterlinck, Monarquía, Nobel, Tainaron

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Actualmente vive en Barcelona y está trabajando en su primera novela.

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