Revista de Letras

El muladar del mundo

Mohamed Chukri | Foto: Cabaret Voltaire

Mohamed Chukri | Foto: Cabaret Voltaire

“Es una ciudad prostituta, según lo que he oído y leído sobre ella. Es idéntica a Kenitra. Tras instalar en ella su base militar y dejarla preñada, los americanos la abandonaron. Una leyenda cuenta que un soldado americano había fornicado con una burra en un campo, colocándole, a cambio, un billete de cien dólares en la oreja.”

Mohamed Chukri (1935-2003) dejó escrito que tenía dos memorias: la memoria analfabeta y la memoria de un hombre que aprendió a leer y escribir pasados los veinte años, edad en que se planteó la disyuntiva de convertirse en contrabandista o estudiar árabe y español. Cuando se vio pertrechado de armas literarias, comprendió que a través de la escritura podría ejercer simultáneamente las funciones de denuncia y sublimación de la propia experiencia.

En su primera obra, traducida al español como El pan desnudo —y, más recientemente, como El pan a secas—, armó un relato descarnado sobre la violencia y la miseria en la que vivía Marruecos bajo el colonialismo, y narró su propia peripecia autobiográfica, desde la huida, con once años, de la violencia paterna hasta la supervivencia en las calles, tugurios y cementerios de Tánger, entre contrabandistas de tabaco, vendedores de kif, ladrones y prostitutas, mostrando la cara más sombría de una ciudad que, por otra parte, con su leyenda de cosmopolitismo, ha sido pasto de orientalistas, escritores y estetas —véanse Jean Genet en Tánger y Paul Bowles, el recluso de Tánger, obras de Chukri por cuyas páginas desfilan, además de Bowles y Genet, William Burroughs, Allen Ginsberg y Truman Capote, entre otros—. Tras El pan a secas (1973), vinieron Tiempo de errores (1992), sobre los años de formación, y Rostros, amores, maldiciones (1996), en que el escritor siguió narrando su vida de nocturnidad y excesos, y presentaba una galería de tipos marginales y conmovedores.

Cabaret Voltaire

Cabaret Voltaire

Zoco Chico, escrita en 1976 y publicada ahora por Cabaret Voltaire —con traducción de Karima Hajjaj y Malika Embarek López—, recrea las impresiones y vivencias de un recién llegado a Tánger. El Zoco Chico se halla en la parte antigua de la medina, donde se encuentran asimismo algunos de los cafés —el Central, el Tingis, el Menara— más célebres de la ciudad. En la época del Tánger internacional “algunos extranjeros creían que Tánger no estaba en Marruecos […]. Hoy es la ciudad de los viejos recuerdos, los del Hong Kong del norte de África. Así la llamaban en su época de gloria”. En Rostros, amores, maldiciones, obra crepuscular que recreaba las idas y venidas de la memoria, Chukri calificaba Tánger de una ciudad embalsamada, “una vieja decrépita, obesa, repugnante y cubierta de mierda”. En Zoco Chico, Alí, álter ego del autor, dice:

“Empiezo a sentir la misma soledad que el primer día que llegué a esta puta ciudad. Tánger es como un gran hotel: completo en verano y desierto en invierno. Es lo que dicen sus habitantes. Antes pensaba: ya soy un funcionario. Y ahora: ya soy un parado. Me recuerda las sumas y las restas de los niños pequeños […]: ¿cuántas manzanas me quedan?”

La primera persona narrativa corresponde a la voz de Alí, un joven que, tras renunciar a su puesto de profesor en Kenitra, deambula por Tánger sin llegar jamás a acompasarse con el ritmo de la ciudad ni con las intenciones de sus gentes. Va a la busca de una pensión donde alojarse, y por el camino se deja enredar por tipos avispados que tratan de sacarle dinero. Asistimos al relato deslavazado —y agujereado, por elíptico— de algunos hechos y situaciones que se producen durante el paseo desnortado de Alí, un sospechoso habitual al que la policía exhorta más de una vez a subir al furgón de la seguridad nacional.

La escritura casi automática que practica Chukri plasma de modo muy vívido el caos de las multitudes que se agolpan ante incidentes y personajes que trastornan la rutina —vagabundos y enajenados desfilan olvidados de sí mismos en las plazas más concurridas—, y también la vida ociosa y desmadejada de los jóvenes y desprejuiciados hippies. En el Café Central hay más de doscientas personas —“Veo a otros clientes como yo buscando un sitio con la mirada. Parece que se agotan las cosas. Quizá no haya más bebidas, ni dulces ni pan en este café y en toda la ciudad”— cuando un hombre atraviesa la plaza desnudo, sin mirar a nadie. La vida se arremolina excesiva y caótica. La ciudad, calificada de “muladar del mundo”, se perpetúa en su inmundicia. Y ello es, acaso, lo que la hace más adictiva.

Alí abraza la bohemia siendo pobre de solemnidad, y no puede evitar comparar la penuria y los escrúpulos morales de su familia en Kenitra con la vida libertina y holgada que llevan los hippies en Tánger; pero no los juzga por su opulencia disfrazada de vagabundeo, sino que simpatiza con ellos por cuanto desafían las consignas de la gente decente. Huyendo de los moldes familiares y las hormas socializadoras, fuertemente moralizantes, denuncia la uniformización e higienización de la sociedad: “Los rostros escasean. Aún se ven algunos de vez en cuando. Pero por poco tiempo. Todas las caras peligrosas van a desaparecer”. Sometido al acoso de la vigilancia estatal y sus interrogatorios cotidianos; agobiado, a la par que sorprendido, por la frivolidad y el desprecio de la gente, Alí se reafirma como un desheredado del mundo, y deambula con el orgullo de quien está dispuesto a pagar un alto precio por su libertad.

El vacío existencial y el tedio vital son descritos, como es habitual en Chukri, con extrema honestidad y crudeza; también la incapacidad para comprender los móviles de los hombres en sociedad. Alí experimenta y acusa la cruel paradoja de saberse solo y no dejar, al mismo tiempo, de ser importunado por desconocidos; siente, por otra parte, que se ha “contagiado del hambriento desenfreno de los demás”:

“Me imagino devorando esa desnudez como un niño que muerde caramelos. Pero la falsa masticación potencia el cansancio de mis sentidos. Mis ojos acechan y mi mente mordisquea con una monotonía agotadora.”

La novela avanza a fogonazos, en virtud de una libérrima asociación de ideas que no mira atrás ni busca la corrección. Atraviesan esta narración itinerante recuerdos de infancia, distorsiones perceptivas y estados alucinatorios producidos por las drogas, correspondencias y sinestesias, ensoñaciones y fantasías sexuales. Una feroz sensualidad lo penetra todo: jóvenes hippies desnudas se tumban  sobre la alfombra como gatas persas, y poetas extranjeros escriben versos impregnados de incienso oriental, con huríes y música hindú. Su nueva vida —afirma Alí, transportado por las emanaciones del opio— excluye las relaciones ficticias y le permite renacer como un árbol.

“Tatiana ríe. Karine bosteza. Quizá su vagina también bostece. Banki Pachá está tranquilo como las aguas estancadas. Valérie sueña como una prostituta que espera a ese cliente fiel que liquide sus pequeñas deudas. Yo penetro en las visiones de la noche intemporal. Veo a una mujer cuya mitad superior es una serpiente que rompe el huevo en el que yo yacía.”

Hay un ansia por poseer el cuerpo ajeno con una suavidad que se vuelve violencia —o a la inversa—; un ardor sexual consagrado a mujeres y efebos por igual. Ráfagas de luz percuten los cuerpos en danza, en bares oscuros donde hay “una sucesión vertiginosa de abrazos humanos”. El tiempo, discontinuo y licuescente, los atraviesa y absorbe: “Las experiencias de ayer no son válidas hoy. Las de hoy no serán válidas mañana.”  El futuro está desprovisto de sentido, como si se tratara de una mera alucinación.

Etiquetas: Allen Ginsberg, Cabaret Voltaire, futuro, Mohamed Chukri, Tánger, Truman Capote, William Burroughs, Zoco Chico

Sobre el autor

Ana Prieto Nadal

Ana Prieto Nadal es licenciada en Filología Clásica (UB) y Doctora en Filología Hispánica (UNED), y está especializada en el estudio del teatro contemporáneo. Como escritora, obtuvo el premio Ojo Crítico por su novela 'La matriz y la sombra' (Acantilado, 2002) y tiene relatos publicados en la revista 'Granta en español', 'El silencio en boca de todos' (Emecé Editores, 2004) y en la antología 'Todo un placer' (Berenice, 2005); también participó en el proyecto europeo Scritture Giovani 2006. En la actualidad, es miembro del Grupo de Investigación del SELITEN@T y compagina la investigación literaria y teatral con la docencia de lenguas clásicas. Ha colaborado en revistas especializadas como 'Acotaciones', 'Anagnórisis', 'Don Galán', 'Pasavento', 'Signa' y 'Tropelías', entre otras, y ejerce la crítica literaria en 'Quimera' y 'Revista de Letras'.

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