Revista de Letras

Necesitamos a Flora Poste. “La hija de Robert Poste” y “Flora Poste y los artistas”, de Stella Gibbons

17 septiembre 2011 Reseñas

La hija de Robert Poste /
Flora Poste y los artistas.
Stella Gibbons
Traducción de José C. Vales
Impedimenta (Madrid, 2010 / 2011)

Tanto la hija de Robert Poste como su creadora vivieron con ironía sus mayores aventuras en un Reino Unido de entreguerras, un ambiente estupendo para la locura, el almíbar y el punto de cruz. Audaces, inflexibles y metódicas, ambas damas irrumpieron en ambientes cerrados e inundados de malas hierbas, dejando pronto su sello. Ambas fueron blanco de los comentarios más misóginos: “todas las mujeres sois iguales… —dice Seth, primo de Flora —siempre andáis por ahí enredando con vuestras artimañas y poniéndoles ojitos a los hombres, cuando en realidad lo único que queréis es chuparnos la sangre y sacarnos las entrañas, y el alma, y el orgullo”, este párrafo lo escuchó Gibbons durante años de su progenitor, un médico de los suburbios adicto al láudano con unos accesos de ira espectaculares.

Stella Gibbons (foto: Impedimenta)

Una y otra abandonaron un ambiente cómodo y sin conflictos para emprender profesiones complejas y típicas de hombres (periodista en el caso de Gibbons, vividora en el de la hija de Robert Poste). Y las dos mujeres vieron cómo sus empresas tuvieron éxito: Flora puso remedio a la locura reinante en la finca de los Starkadder en el primer libro y librando a la familia después de las aviesas intenciones de los artistas reunidos allí; Stella vendió libros hasta hartarse, estuvo casada con un actor muy guapo y acabó enterrada en un cementerio precioso donde florecía la parravirgen, esa planta que indicaba problemas en la primera entrega de su personaje más conocido, y en el segundo volumen representaba el resurgir de una vida opaca y blanqueada, como los muros de esas artificiales granjas que se adecentaron en Sussex en la posguerra, como el acento incomprensible de Brighton o Hastings que se ha ido adaptando normalizando a medida que españolitos o italianos bien formados en filología inglesa acuden allí para enseñarles a hablar correctamente su propio idioma.

Mientras que en el primer libro la dispersión de los familiares y la salida de la rutina peligrosa en la finca parece la solución frente a la presión de la tía y propietaria Ada Doom, en el segundo la reunión de los varones tras un demencial viaje a África es el elemento que devuelve a su origen humilde a Cold Comfort (“flaco consuelo” en inglés) y rescata al lugar de ese raro encuentro de los artistas más modernos y celebrados, entre los que se infiltra el señor Mybug, un escritor obsesionado con el sexo, y uno de los personajes más entrañables de estas novelas, que sobrepasan el nivel de la crítica de costumbres propia de las novelas que Gibbons salpica como referencia a lo largo de sus páginas. Las mayores críticas e ironías van dedicadas a esos increíbles artistas al inicio de su segunda aventura que tanto horrorizan a Flora, y le hacen abandonar durante una semana, después de dieciséis años de fidelidad, a su familia de cinco hijos formada con un pastor protestante para acudir en ayuda de la parte surrealista de su familia:

“¡Por supuesto! —gritó la señora Ernestine Thump—. ¡No debería perdérselo usted por nada del mundo! ¡Qué fantástica oportunidad! (…) ¡Personajes internacionalmente famosos! ¡Un festival de la cultura! —añadió—. ¡Por supuesto: confiamos en nuestros artistas y en nuestros intelectuales! No sirven prácticamente para nada, ¡pero resultan tan decorativos…! ¡Siempre que se dediquen a elevar el nivel general de la cultura y que su tono sea democrático, al menos en apariencia, no tenemos nada en contra de ellos! ¿Quién más va a asistir? (…) Claudie Hubris, ¡vaya! ¡Es un gran amigo mío! ¡Lo hace todo muy bien! (…) ¡Es muy trabajador y, para colmo, una gran persona! (…) ¡Y Peccavi! Es el pintor portugués, ¿no es así? ¿Conoce usted lo que hace? ¡Yo fui a un pase privado de su última exposición, aquí en Londres! ¡Una cosas muy rara, muy rara, pero tenía su aquel! ¡Desde luego, pasó un infierno con los problemas que tuvo!
«Me imagino que igual que la gente que tuvo que tragarse la exposición», pensó Flora.
(…)
—¡Escultura, pintura, lectura de obras inéditas y, por si fuera poco, una exposición monográfica de Arte Perecedero!”.

Y acto seguido, las damas se animan a un tronchante debate sobre el existencialismo que conducen a Flora, la hija de Robert Poste, a una empresa en la cual, con su asombrosa determinación, siempre obtiene lo que se propone: que el mundo cambie, por muy peculiar que este sea. Con la ingenua gracia del primer libro, y también con la amarga tenacidad posterior a la Segunda Guerra Mundial en el siguiente, Gibbons nos muestra que siempre podemos aprender de Flora para resolver nuestros asuntos… especialmente en aquellos momentos en que sentimos que el mundo cultural es demasiado complaciente, o sencillamente se nos está yendo de las manos.

Daniel Jándula
www.nedham.blogspot.com

Cold Comfort Farm – John Schlesinger (1995)

Etiquetas: Flora Poste y los artistas, Impedimenta, La hija de Robert Poste, Stella Gibbons

Sobre el autor

Daniel Jándula

aniel Jándula (Málaga, 1980) es autor de “El Reo” y la obra conjunta, “Pistolas al amanecer” (ambas en Ediciones Noufront, 2009). Colabora con Ruta 66 y Calidoscopio. Traduce bestsellers y manuales que ayudan a mejorar nuestras técnicas de venta, además de corregir y volcar al castellano libros de todos los temas que puedan imaginarse.

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario