Revista de Letras

Negro, silencio y calor

10 junio 2009 Teatro

La casa de Bernarda Alba
TNC. Sala Petita. Hasta el 28 de junio
AUTOR: Federico García Lorca
DIRECCIÓN: Lluís Pasqual

Fotos: David Ruano | TNC

Fotos: David Ruano | TNC

REPARTO:
Nuria Espert (Bernarda)
Tilda Espluga (Criada)
Almudena Lomba (Adela)
Teresa Lozano (María Josefa)
Marta Marco (Magdalena)
Marta Martorell (Prudencia)
Bárbara Mestanza (Muchacha)
Montse Morillo (Mendiga)
Nora Navas (Amelia)
Rosa Maria Sardà (Poncia)
Rebeca Valls (Martirio)
Rosa Vila (Angustias)

Albert Lladó | www.albertllado.com
Fotos: David Ruano | TNC

Atreverse con un montaje como La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca es, sin duda, un difícil reto incluso para directores con tanto talento y experiencia como Lluís Pasqual. Escrita en 1936, parece anunciar la España negra, la más negra, que acabó con la vida del poeta andaluz y con la de miles y miles de personas inocentes. Es una obra que habla de los silencios, del fuego de las pasiones reprimidas, de la intolerancia y, evidentemente, de la muerte.

Fotos: David Ruano | TNC

Fotos: David Ruano | TNC

Muchos se pueden preguntar, después de tantas relecturas que se han hecho de la obra, por qué hay que ir una vez más a conocer en directo el “drama de mujeres en los pueblos de España”. Hay muchos motivos. En primer lugar, porque ahora que se habla tanto de la “memoria historia” – como si pudiera haber una memoria que no fuese historia – habría que revisar el mensaje de algunos artistas que, justo antes del miedo y la desgracia en forma de dictadura, ya supieron detectar y reflejar las tragedias más humanas, más íntimas, como símbolo de una época de dolor y lágrimas. Y los símbolos son tan potentes por eso mismo: porque se actualizan siempre, dándonos lecciones sobre el pasado, pero también alertando sobre el presente y la posibilidad de cambiar nuestro futuro. El destino está escrito, pero por nosotros mismos.

La casa de Bernarda Alba explica la tragedia de cinco mujeres, más o menos jóvenes, que quedan atrapadas en su propia casa cuando Bernarda, la madre autoritaria y sin compasión, decide llevar el luto más riguroso después de haber enviudado por segunda vez. La rigidez materna sólo puede acabar mal, cuando insiste en que “en ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle”. Pero el viento entra, en forma de hombre, y las tensiones van aumentando hasta llegar al peor de los finales posibles. Pepe el Romano, interesado por el dinero de Angustias – que es la única que tiene, porque es hija de otro padre – le pide matrimonio. Es la más grande, cerca de los cuarenta años, y las hermanas saben que no hay ningún tipo de enamoramiento detrás de la propuesta del futuro esposo, que no tiene más de veinticinco años. Adela, la más joven, empieza a interesarse por él y, pese a las amenazas de delatarle a la madre por parte de su otra hermana Martirio, no renuncia a la pasión. Pepe el Romano cada noche visita la ventana de Angustias pero, sin que ésta lo sepa, después pasa por la de Adela. Martirio, que también se siente atraída por el joven, es el testigo pasivo que se ahoga por culpa de la indiferencia a la que está sometida.

Fotos: David Ruano | TNC

Fotos: David Ruano | TNC

Uno de los reclamos más evidentes de la propuesta es la pareja formada por Nuria Espert (Bernarda) y Rosa Maria Sardà (Poncia). Espert, con setenta y cuatro años, se mueve con agilidad interpretativa por el escenario. Da vida a una Bernarda que, aunque mantiene la crudeza de alguien que ha petrificado su corazón con hormigón, se le intuye una chispa de humanidad. Es más frágil que en otros montajes y, mientras exige a las hijas que “no quiere llantos”, rompe a llorar. Es un monstruo, pero con una historia detrás – con una educación basada en los prejuicios – que la hace más cercana, no tan inverosímil. El contrapunto es un personaje delicioso, la Poncia de Sardà, que le aconseja y le advierte, aunque se siente humillada por una vida dedicada a servir a alguien que no sabe ver más allá del qué dirán. Sardà está espléndida y es la única que, sin forzar, ofrece el acento rural necesario para contextualizar la acción dramática.

Fotos: David Ruano | TNC

Fotos: David Ruano | TNC

El resto de actrices entienden su personaje y lo defienden con dignidad. Cabe destacar la Criada, interpretada con fuerza y sin exageraciones por Tilda Espluga. Pero también el trabajo de contención de Rosa Vila (Angustias), la dramatización de Marta Marco (Magdalena), la explosión sin histrionismos de Rebeca Valls (Martirio), la discreción exigida por su personaje de Nora Navas (Amelia) o la potente y divertida Teresa Lozano (con el papel de abuela). De todos modos, la gran sorpresa es Almudena Lomba, joven actriz prácticamente sin experiencia profesional, que da vida a Adela. De una belleza adictiva, utiliza los ojos llenos de rabia y lágrimas para reclamar la atención del espectador, que queda atrapado por una interpretación que va mucho más allá de la rebeldía de la hija pequeña, y que sabe transmitir la alegría del verde entre tanto negro, de la vida que revienta los muros de la represión, que se afirma irremediablemente contra toda negación y que protagoniza el momento más intenso de toda la representación, cuando Bernarda la ve con Pepe el Romano y dispara, haciendo ver que mata el amante que ha manchado el nombre familiar, y ella decide huir hacia una muerte rápida, preferible a una vida llena de luto y de silencio.

El texto de la obra es excelente. No sólo ofrece un ritmo in crescendo que te mantiene en tensión durante toda la función, sino que está lleno de símbolos, de pistas, de anticipos que, si se está atento, sirven para hacer sentir aún más la inquietud y la falta de aire. La muerte está presente siempre, cuando desde la calle escuchan como una mujer ha abandonado a su bebé para esconder su “indecencia” y ahora el pueblo la quiere matar a ella, o cuando en la mesa la sal se derrama, en forma de mal augurio. Las perlas son lágrimas y el caballo desbocado, que da golpes contra la pared, parece que empieza a hacer temblar unos cimientos que no pueden mantenerse eternamente.

Es verdad que Lorca mezcla la intensidad del drama con instantes intencionadamente cómicos. Es una cuestión de tensar y destensar y el poeta, a estas alturas de su obra, domina la técnica a la perfección. Pero el ambiente, según la obra original, debería ser de ahogo constante, del calor del sur que consume poco a poco la paciencia de las mujeres solas y cerradas, y no siempre se tiene esta sensación durante el espectáculo. La escenografía de Paco Azorín, que opta por un pasillo central lleno de baldosas blancas, no parece transmitir esta falta de aire. Es cierto que es de una estética bastante intensa, que hace pensar en un manicomio donde las mujeres desesperadas no pueden salir y en el que el juego con el blanco del suelo y de las paredes crea un atractivo contraste con el negro del vestuario, pero no ayuda a que al espectador le cueste respirar. Aún así, hay que reconocer que Azorín acierta cuando coloca una especie de malla alrededor del escenario, en los momentos en los que las chicas no están solas en la casa, para que el público experimente esa intimidad forzada y hermética. Y es que en La casa de Bernarda Alba se trata de eso, de ahogarse cuando alguien pretende encerrar la explosión de la vida, la libertad y la pasión, entre cuatro paredes.

Etiquetas: Almudena Lomba (Adela), Bárbara Mestanza (Muchacha), Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba, Lluís Pasqual, Marta Marco (Magdalena), Marta Martorell (Prudencia), Montse Morillo (Mendiga), Nora Navas (Amelia), Nuria Espert (Bernarda), Rebeca Valls (Martirio), Rosa Maria Sardà (Poncia), Rosa Vila (Angustias), Teresa Lozano (María Josefa), Tilda Espluga (Criada), TNC

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

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