Revista de Letras

Nostalgia y otros mundos

El mundo de mañana | Collage de Antonio Támez

El mundo de mañana | Collage de Antonio Támez

El cielo sobre el puerto era del color de un televisor sintonizado en un canal muerto, o al menos así era a inicios de los ochentas, cuando William Gibson no solo puso en papel una de las mejores primeras líneas en una novela, ese cielo porteño color televisión, sino también logró con Neuromancer lo que muchos en secreto han deseado hacer con el grueso de su obra: la invención, o al menos el apadrinamiento, de un movimiento. El cyberpunk creció, mutó y finalmente fue absorbido por el mainstream hasta volverse otro sabor entre todos los demás, filtrando su estética al cine, la literatura y los juegos de video. La novela fue el producto de una comisión para primeros autores y escrita, en palabras de Gibson, bajo el efecto de puro miedo animal. Se volvió un fenómeno, la cumbre con la que se miden otras tantas que vinieron después y su visión del futuro sigue fresca y amenazadora, a pesar del tiempo que ha pasado desde su publicación en 1984. Solo hay un problema: ¿dónde están los teléfonos móviles?

En un mundo dónde la tecnología se ha vuelto ubicua, las élites viven en estaciones espaciales y la conciencia puede ser replicada en ambientes electrónicos, la telefonía móvil brilla por su ausencia. Hay una escena hermosa en Estambul; Case camina por un corredor tapizado en teléfonos de moneda, intentando no hablar con la inteligencia artificial Wintermute, quién hace sonar cada uno conforme el hacker pasa. De haber sido escrita el día de hoy, Case tendría que apagar el móvil y el cielo sobre el puerto sería un simple azul cobalto.

Este desliz predictivo ha sido notado por muchos y comentado por Gibson al preguntarse si sus lectores más jóvenes creerán que la falta de teléfonos móviles es parte de la trama o solo uno de los detalles que dan textura al mundo, como los Estados Unidos siendo una colección de feudos o la Unión Soviética moribunda y conectada al soporte vital.

El anacronismo que ocurre en el momento en que el escritor de ciencia ficción deja la pluma o apaga la computadora es el pretexto para todas nuestras quejas, ¿a quién le importa que máquinas no tripuladas vuelen sobre Kabul? Como en Blade Runner, nadie se detiene un momento a maravillarse por lo futurista que parece el mundo. ¿Dónde están los autos voladores? ¿O las ciudades en la luna? Kubrick y Clarke me prometieron que podríamos viajar a Júpiter en los primeros años del siglo XXI. El problema de dar fechas concretas en una ficción que pretende ver el futuro es que, al igual que los productos y las ideas científicas, se gastan y pierden filo. ¿Cuándo fue la última vez que ingeniería genética, CD-ROM o año 2001 sonaron futuristas y de vanguardia?

Para algunas personas, en parte por el cinismo pragmático de hoy, es complicado relajarse y disfrutar de alguna novela o cuento escrito antes de que Internet explotara y todos nos volviéramos supuestos expertos que en secreto abusamos de Wikipedia. Los eventos de Ubik, publicada en 1969 y una de las mejores novelas de Philip K. Dick, ocurren en 1992, cuando el mejor telépata del Sistema Solar desaparece sin dejar rastro. Se trata de un futuro en el que los viajes lunares son comunes y la presencia humana está en todos los planetas del barrio de Sol. Hoy día lo mejor que podemos hacer es aterrizar una sonda en un cometa y dejarla enfriar.

El enfoque místico de Dick aún no sienta bien en la opinión de algunos lectores, y aunque sus novelas son ligeras en ciencia (Ubik es una pesadilla gnóstica y mejor no hablemos de VALIS) el consenso ha acordado que sus libros se encuentren en la misma estantería dónde están otros luminarios, más científicos pero de lectura futura igual de errónea y nostálgica: Clarke, Asimov, Heinlein, Bester, etc.

Una manera de conservar la suspensión de la incredulidad al leer una historia que nos jura que una supercomputadora de tarjetas perforadas destruirá a la humanidad durante la Guerra Fría sería imaginar a la máquina bajo las proyecciones de la futurología contemporánea y agregarle años al contador. ¿Qué son diez, cien, mil, tres mil años para el futuro? Eso fue lo que ocurrió en 1997 con una reedición de Las crónicas marcianas, de Ray Bradbury, al agregarle treinta y un años a la trama de forma que la colonización de Marte comienza en el 2030, un gesto bien intencionado que no volvió a verse en futuras ediciones. Esta forma de modernización de los clásicos es algo más visto en cine y no se limita solo a Shakespeare. Dick de nuevo.

Pero hablar en imágenes es diferente. Las palabras tienen peso; algunas veces el autor se esmera en recordarnos lo avanzada que es la tecnología espacial en el año 2005, con naves que doblan el espacio-tiempo y sistemas que almacenan información en casetes de cinta magnética. Si uno es exigente en esos detalles y sufre de cierta sensibilidad, estos errores de cálculo futuro pueden privarle de una excelente historia. Recordemos que a Blade Runner le quedan solo cuatro años para ocurrir.

Desde nuestra perspectiva es fácil apuntar en dónde se desviaron los caminos del porvenir y considerar la obra de estos y otros escritores como ingenua, artefactos de un tiempo nostálgico por el futuro en el que la imaginación podía más que el rigor científico. Incluso esto dio vida hace once años a un subgénero, la ciencia ficción mundana, que se ha impuesto todo tipo de límites (no extraterrestres, no viajes interestelares, no viajes en el tiempo, solo tecnología presente y de punta, etc.) para dar más veracidad a sus tramas, pero matando un poco el espíritu imaginativo en el proceso. Desde la publicación de su manifiesto en 2004, el movimiento mundano ha recibido críticas de varios autores, como Rudy Rucker y M. John Harrison, que lo acusan de imponerse límites.

¿Se trata solo de nostalgia por autos voladores y cerebros positrónicos? Hay formas de vitalizar la vieja guardia de la ciencia ficción. Todo este cuerpo de novelas y cuentos adquiere otro significado si se le ve no como literatura de anticipación caducada que no describe el presente, sino como literatura que imagina al pasado desde el lenguaje del futuro (pensemos en Twitter y Facebook durante la rebelión anabaptista de Münster en 1534) o incluso como documentación que describe otras realidades. (Una Tierra alterna dónde en los noventa hay presencia humana en todo el Sistema Solar)

Hablemos de astrofísica: solo conocemos la existencia de objetos en el universo por la influencia gravitatoria que ejercen sobre otros y por la luz y demás emisiones electromagnéticas que producen o reflejan. Hablemos del Volumen de Hubble: el universo visible a ojo, telescopio y radiación, una esfera de espacio y tiempo en crecimiento con un diámetro estimado de noventa mil millones de años luz que contiene todo lo que podremos conocer de la realidad. Estas fronteras, que se alejan de nosotros a velocidades superiores a la luz, son lo más distante que podremos observar, pues al haber objetos más lejanos aún, su luz no nos ha llegado y nunca lo hará, siendo ese espacio desconocido para siempre. Ya lo había intuido Edgar Allan Poe al menos ciento cuarenta años antes que los mejores astrónomos del siglo XX con la publicación en 1848 de Eureka.

Ovejas eléctricas | Collage de Antonio Támez

Ovejas eléctricas | Collage de Antonio Támez

Hablemos de metafísica: se sabe que detrás de esta frontera hay más espacio, aunque nadie sabe si es o no infinito. Supongamos que lo es; lo que encontraríamos en esta región, si pudiéramos recorrerla, no solamente sería más de lo mismo, más planetas, estrellas y galaxias, sino cualquier otra cosa. Sería la Biblioteca de Babel. En una eternidad todo eventualmente ocurre. Eso significa que en algún punto de esa región existe un Sistema Solar idéntico al nuestro, con un planeta que refleja a este, con su historia, geografía y gente, en la que otro yo escribe este texto variando una sola palabra o en la que tú quisiste dejar su lectura para mañana. Tal vez más lejos encontremos otra Tierra en la que la carrera espacial comenzó en 1865 y aún más lejos otra en la que los androides sueñan con ovejas eléctricas en 1992.

Vista desde este juego mental, la ciencia ficción que no acertó en sus predicciones deja de ser solo un testimonio del pensamiento de su tiempo y se vuelve la descripción de otro mundo posible que está allá afuera, detrás de lo visible, en un universo en paralelo al nuestro o en la maraña de ideas vivas sobre el futuro que se han ido acumulando en el record fósil de la mente.

En El continuo de Gernsback, uno de los primeros cuentos de Gibson, el narrador, un fotógrafo al que se le encarga un proyecto sobre arquitectura americana futurista de los años veinte, comienza a ver manifestaciones de la utopía científica que por aquellos tiempos se vendía como certera e inevitable; aquí algún zepelín gigante en cromo, allá miles de autos plateados en forma de aguacate, del otro lado una metrópolis de cristal que se extiende hasta las nubes, habitada por familias nucleares rubias de ojos azules. Un amigo se lo explica en términos más propios de Carl Jung o Jacques Vallée; lo que ve es una manifestación del inconsciente, un fantasma semiótico, y la única manera que conoce para que el fenómeno lo deje en paz es sumergirse en entretenimiento barato, pornografía y una dosis de la distopía que encuentra en la prensa.

O solo tal vez el narrador tuvo acceso, no sabemos cómo, a regiones lejanas de la realidad dónde la historia ocurrió de otra forma, algo así como una visión religiosa. El propio cuento, sin intensión de Gibson, se vuelve a la vez parte de ese futuro que nunca fue pero que puede serlo en otro mundo, otra Tierra, dónde las cámaras del futuro son aún análogas y requieren de revelación en cuarto oscuro.

Más interesante aún; tal vez incluso este mundo, con sus móviles, asesinatos por drones y armas impresas en 3D, es solo la ficción abortiva y anacrónica de otro, más allá del volumen de Hubble.

Etiquetas: Blade Runner, Edgar Allan Poe, Philip K. Dick, Ray Bradbury, William Gibson

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Actualmente vive en Barcelona y está trabajando en su primera novela.

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3 Comentarios

  1. Natalia 23 Marzo 2015 at 15:52

    Ya lo creo. Hoy en dia, nuestro mundo, no es algo que una realidad de nuestros ojos, y nuestro cerebro interpreta. Por lo que hay tantos mundos como mentes existen y aun así, es meramente percepcion. Fuera de esa percepción, puede como bien comentas existir el infinito. Ocurre lo mismo con los planetas. Esto pudiera ser siemplemente una ilusión. No por que estemos dormidos, es un nivel de conciencia diferente que hasta la misma cultura hindu ha comentado miles de años atras, solo que poniendole chakras, dioses, avatares, y lo que ellos llaman “Maya”, “Brahma”, “Jivamukti”.

  2. Cristina Tamez 3 Abril 2015 at 23:52

    Me parecen muy interesantes tus escritos y opiniones Juan, y que bonito también que te atraiga tanto la Ciencia Ficción. Y como tú dices, hay muchas predicciones que no se realizan, pero te voy a dar una humilde opinión: ni en mi adolescencia y aún menos en mi edad adulta, me pasó alguna vez por la mente, que íbamos a tener en un futuro cercano, la gran facilidad y comodidad de tener en nuestra mano un teléfono celular; y mucho menos iba yo a imaginarme a mí misma, frente a una computadora, enviando saludos a mis seres queridos y amistades, aparte de obtener en ella cualquier tipo de información que yo necesite. Me siento muy satisfecha, de que a mis 63 años de edad, esté disfrutando de estos admirables inventos. Y no dudes Juan, que de repente viajemos en autos voladores.
    Un abrazo.

  3. Antonio 22 Abril 2015 at 13:22

    He disfrutado mucho de tu artículo!. Gracias.

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