Revista de Letras

Occidentalizados

—Si un kogui toma trago o fuma cigarrillos lo flagelan, lo flagela el Mamo, el líder de su comunidad —dice Ángel, el guía turístico que nos lleva por los intrincados senderos del Parque Nacional Tayrona en Santa Marta—. Los Kogui se llaman a sí mismos los “hermanos mayores” de la humanidad, los que nacieron en los picos de la Sierra Nevada y los encargados de proteger todo esto, el centro del universo.

Quizás el Tayrona no es el centro del universo —ni siquiera es el centro de Colombia—, pero si hay un lugar que valga la pena ver en el mundo antes de despedirse de él es este: el mar que arrecia con fuerza contra la arena de color hueso, la bruma de la madrugada sobre los pantanos, la vegetación selvática y la magnificencia de las nieves perpetuas en las cumbres. Los turistas nos internamos en este abigarrado ecosistema para ver un vestigio de lo que fue Colombia hace siglos, sortear mosquitos y caminar durante horas entre matorrales, monos y bolitas de algodón untadas de semen que los indígenas entregan a la Madre Universal —la tierra— como ofrenda en sus rituales.

Ángel señala a un Kogui de alrededor de veinte años que tararea un vallenato mientras sube perezosamente la montaña.

—A ese que está ahí lo llamamos Pedro. Ellos se ponen nombres normales para poder hablar con la gente —dice—. Ya lo castigaron esta semana… Es un borracho.

Pedro es uno de los nueve mil indígenas Kogui que quedan en el país —en el mundo, de hecho, según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados—. Tienen su propia lengua y son una de las tribus más apartadas de lo que el resto del planeta llama “la civilización”. Para visitar uno de sus asentamientos es necesario internarse en la espesura de la Sierra, emprender viajes como el de Ciudad Perdida —un conjunto de ruinas arqueológicas de un poblado— que implica entre siete y diez horas de caminata diaria durante cuatro días.

Los bohíos de los Kogui tienen paredes de bareque —palos, caña y barro—, techo de paja y un solo recinto donde duermen, cocinan y oran. Porque eso es lo que más hacen: orar a la naturaleza y conectar con el universo que está representado en la variedad climática y silvestre de la Sierra, el ombligo del mundo.

—La mayoría de los Kogui están allá, escondidos —dice Adrián, un Kogui que trabaja como representante de su comunidad en la oficina de Parques Nacionales de Colombia— pero algunos hemos decidido integrarnos al resto de los mortales.

En las zonas turísticas se ven grupos de hombres que engalanados con sus túnicas y sombreritos blancos venden mochilas tejidas a mano, pulseritas de la buena suerte que se pudren al cabo de una semana y té de coca. Son renuentes a recibir pesos colombianos y manejan los mismos precios que los almacenes de la Zona Rosa de Bogotá.

Durante el recorrido de ocho horas que guía Ángel se pueden llegar a ver un par de bohíos. Bohíos con un humo denso que se escapa por las ventanas. Ollas de barro que se secan en las puertas. Niños de pelo sucio y reseco escondidos tras sus madres que, en cuanto se sienten observadas, bajan la mirada y regresan con paso rápido a la seguridad de su hogar.

—Es que son tímidas —dice Adrián. Frunce el ceño y levanta el dedo índice señalando al cielo—. Para nosotros las mujeres son sagradas, como la tierra. Ellas son las que cultivan y recolectan el ayu, nuestra identidad.

Ayu es como le dicen a la hoja de coca. Los Kogui mastican coca mientras trabajan, cuando están despiertos, si van a orar… Todo el día.

—Mambear —dice Adrián—, no masticar. Mam-be-ar —dice con una sonrisa un tanto verdosa. Abre la boca y nos muestra una masa del tamaño de un huevo de codorniz que ha masticado todo el día y que almacena en la mejilla mientras nos habla.

Para mambear se necesita un recipiente hecho de calabazo llamado poporo, conchas de mar trituradas que son la cal que “despierta” el poder del ayu y una bola de hojas de coca que se mastica y se agranda. Los indígenas maceran las conchas con un palo que luego se llevan a la boca y mojan con saliva, una y otra vez. Así se mambea.

El mundo conoce una cara de la relación entre Colombia y la coca, la versión que ahora explotan todas las cadenas televisivas, pero para los Kogui el mambeo es espiritualidad, salud y entendimiento y energía para soportar largas jornadas de trabajo. En la Convención Única de Estupefacientes, en 1961, la ONU intentó prohibir la práctica, pero los pueblos indígenas de los Andes se negaron a dejar esta tradición milenaria.

Al ser una comunidad diezmada, los Kogui intentan proteger lo que les queda: se resguardan bien adentro de la Sierra y solo dejan su territorio para vender artesanías, aunque eso está mal visto. Condenan untarse de capitalismo y de los “occidentalizados”.

—El problema es que ustedes no saben cómo se consume la coca —dice Adrián con los ojos entrecerrados y la voz pastosa— Vean, mastiquen hoja, pero sin conchitas… Ustedes no están listos para las conchitas.

Diría que los Kogui desprecian lo que somos los demás colombianos, dudo que se llamen a sí mismos colombianos.

El día que volvemos a Bogotá bajamos la montaña caminando y no en los caballos raquíticos con los cascos abiertos que se tambalean bajo el peso de maletas llenas ropa sucia y arenosa. Después de cinco minutos con las mochilas a cuestas ya sudamos, estamos rojos por el esfuerzo y tenemos tierra hasta las rodillas. Paramos a descansar y vemos que Pedro nos saluda con la mano unos metros más abajo. Tiene el poporo en la mano y una botella de Aguardiente Antioqueño se asoma casi con timidez de su mochila.

—¡Oh! ¡Turistas! —grita desde la piedra en la que está sentado— ¿Ya se van? ¿Quieren una foto conmigo? —dice y sonríe con picardía—. Son solo diez dólares, pero a ustedes se las dejo a nueve.

Etiquetas: Bogotá, coca, Colombia, indígenas, Kogui, Naciones Unidas, ONU, refugiados, turistas

Sobre el autor

Gabriela Gutiérrez Almanzar

Gabriela Gutiérrez Almanzar nació en 1991 en Argentina, al pie del Aconcagua, pero creció en Colombia, en un pueblo entre montañas. Es economista y magíster en economía de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Actualmente vive en Barcelona y cursa el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra.

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