Ojos verdes y negros prejuicios

Cartel: Manolo Trullas
Cartel: Manolo Trullas

OJOS VERDES
Miguel de Molina in memoriam

Espai Brossa, Barcelona
Hasta el 26 de julio

Dramaturgia y dirección:
Marc Vilavella

Intérpretes:
Gracia Fernández
Xavi Melero
Manoli Nieto
Marc Vilavella

Dirección musical:
Marc Sambola

Decía Manuel Vázquez Montalbán, en Crónica sentimental de España, que «recordar, poner en orden las voces y los ecos de nuestra educación sentimental puede ser la búsqueda de un punto de referencia para poder empezar a comprender el por qué no comprendemos nada o casi nada de la espléndida confusión que nos envuelve». Y eso es lo que hace el Espai Brossa con este homenaje a Miguel de Molina que, tras el éxito que obtuvo en el mismo teatro el año pasado – con dos nominaciones a los Premios Butaca, en las categorías de mejor musical y mejor actor de musical -, ha vuelto a programar un espectáculo que quiere hacer justicia a una figura demasiado olvidada, demasiado silenciada y que tuvo que sufrir en carne propia la falta absoluta de libertad y la represión más absurda.

Foto: Sergi P. F.
Foto: Sergi P. F.

Ojos verdes, Miguel de Molina in memoriam es el trabajo de final de carrera, para el Institut del Teatre, de Marc Vilavella que, con los riesgos que esto conlleva, no duda en dirigir y protagonizar un espectáculo con buen gusto, inteligencia y con un tono reivindicativo en el que se reflejan las lecturas en positivo hechas por Haro Tecglen y Montalbán de una forma poética, la copla, que se ha intentado borrar del imaginario colectivo por culpa de unos prejuicios que arraigaron durante la transición entre la gente supuestamente progresista. Si se leen con atención canciones como La bien paga, Ojos verdes, ¡Ay, Carmela! o El día que nací yo, veremos que las metáforas tienen más potencia que mucha de la música actual, supuestamente «avanzada». Quizás somos nosotros, los hijos del baby boom, los que hemos arrinconado un tipo de folklore con el miedo a ser vistos como casposos y, para ser «modernos», no hemos hecho más que acudir a los productos empaquetados.

Después del centenario del nacimiento de Miguel Frías de Molina (Málaga, 10 de abril de 1908 – Buenos Aires, 4 de marzo de 1993), era necesario reivindicar la figura del primer cantante masculino de copla, que se expresó desde la libertad del creador, y que lo pagó con el exilio forzado a Buenos Aires, viendo cómo aquí, con las canciones que él había popularizado durante la República, Concha Piquer se hacía cada vez más famosa. Marc Vilavella lo consigue a través de textos de la autobiografía de Molina y recuperando, con su acento pero sin caricaturas, los temas más famosos del artista malagueño.

La obra comienza, precisamente, con dos chicas (una vestida de monja) tejiendo la bandera republicana. Y así va evolucionando el espectáculo, como un tejido de vivencias, frustraciones y recuerdos. Una voz en off recuerda cuando, en 1992, un embajador le otorga la medalla de la Orden de Isabel la Católica en nombre del Rey. España, en este caso como en tantos otros, no estuvo a la altura. Miguel de Molina sabe que es tarde para reconocimientos, demasiado tarde, y ya no volverá a su tierra. El cantante creció entre mujeres (su madre, su hermana y cuatro tías) y esto marcó su personalidad. Para ayudar económicamente a su madre decide ir a Algeciras donde trabajará limpiando un burdel. Allí descubre su homosexualidad que, en los primeros meses del Régimen, le causará tantos problemas. En poco tiempo, pasa de llevar turistas por varios tablaos flamencos de Sevilla a triunfar en Madrid y Valencia. Cuando es reconocido por la crítica y el público, estalla la Guerra Civil y se dedica, a cambio de no dar servicio al ejército, a actuar para las tropas republicanas. Una vez llegado Franco al poder, un empresario le hace chantaje y acaba torturado. En 1942 llega a Buenos Aires desde donde la España fascista le sigue persiguiendo, teniendo que exiliarse de nuevo, ahora a México. Finalmente, y gracias a la simpatía que sentía por él Eva Perón, vuelve a la capital argentina para hacer cine y actuar en los mejores teatros.

Foto: Sergi P. F.
Foto: Sergi P. F.

La propuesta de Vilavella es atractiva, incluso para quien no sea consumidor habitual de musicales. Él está insuperable, mezclando comicidad y drama, y con una voz prodigiosa. La dirección musical, de Marc Sambola, ayuda a que el espectador entienda mejor las letras, «limpiando» la sonoridad que nos ha llegado a través de malas reproducciones. Las dos actrices que acompañan al protagonista, Gracia Fernández y Manoli Nieto, no sólo acompañan bien a Vilavella, sino que enamoran al público cuando son ellas las que están solas encima del escenario. Quizás el compañero masculino es quien no entra del todo en el personaje y se le nota distante, poco convincente y raramente creíble.

Hay dos momentos en los que, aunque el espectáculo es más que recomendable, te puedes llegar a sentir decepcionado. En primer lugar, cuando nos quieren explicar la tragedia de la persecución que sufrió Molina con un juego de títeres que pretende funcionar como catarsis, como punto de (des-)tensión dramática, y que no cuaja precisamente porque es el momento de más angustia. El policía franquista que nos explica los «males de la homosexualidad», caracterizado con un bigote falso, no hace gracia, pisa la narratividad conseguida hasta entonces, y no va más allá de una imitación mal construida. En segundo lugar, si se plantea el espectáculo como un paseo por la biografía de Miguel de Molina, la importancia que se le da a sus años el exilio es minúscula. Da la sensación que se quiere concluir una historia vital, que hasta entonces se había explicado magistralmente, en pocos minutos. Y Molina trabajó 20 años en Argentina sin parar.

Durante el espectáculo se dejan ver los paralelismos entre la biografía de Lorca y la de Molina (que se conocieron personalmente), uno muerto y el otro exiliado, por vivir como ellos querían, por ser consecuentes con su forma de sentir, de amar y crear. Hay varios fragmentos en los que se concentra la  intensidad. Seguramente, uno de ellos es cuando todos los actores interpretan ¡Anda, jaleo, jaleo! o cuando se puede disfrutar del Emigrante. Pero no todo son lágrimas. Vilavella y Nieto interpretan una canción muy divertida, El Gazpacho, que muestra muy bien el ambiente de fiesta que se vivía en la España de varietés que pudo disfrutar de Miguel de Molina, justo antes de que llegara la barbarie, la sangre y el odio.

Ojos Verdes, Miguel de Molina in memoriam emociona, nos hace reflexionar sobre cómo construimos nuestra memoria colectiva y – lo más importante – cómo todos, absolutamente todos, estamos expuestos a los propios prejuicios. Ir al Espai Brossa puede ser un buen antídoto.

Albert Lladó
www.albertllado.com

Espai Brossa

Espai Brossa

El Brossa Espai Escènic es un pequeño local para 60 espectadores situado en el corazón de Ciutat Vella. Dirigido por Hermann Bonnín y el mago Hausson, lleva desde 1997 trabajando para dar a conocer las obras de las vanguardias históricas y de la creación contemporánea que no han tenido el espacio merecido en otros teatros más comerciales. Entre otras, se han estrenado obras de Palau i Fabre – que en otros lugares se ha silenciado impúdicamente – o muchas propuestas de Joan Brossa nunca vistas antes. Comprometidos con en el barrio, cada año organizan el BARRIBROSSA, un conjunto de ofertas que intentan que no se olvide lo importante que, aún, nos puede decir el teatro y la poesía. Justo delante de la sala, en la calle Allada Vermell, hay instalado permanentemente un escenario al aire libre donde se puede leer una cita del mismo Brossa: «Cuando un país no va a la hora, lo primero que se resiente es el teatro». Tan contundente como cierto.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'Malpaís' y 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2022 y 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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