Revista de Letras

Dazai, el maldito

Osamu Dazai | Foto: Sajalín Editores

“Es probable que consigas ganarte el respeto de los demás con tu vida libertina y tus ansias de autodestrucción más que con tu brillante carrera.”

En el año 2017 se han publicado dos libros del japonés Osamu Dazai (Kanagi, 1909 – Tokio, 1948): El declive (Sajalín Editores) y La felicidad de la familia (Candaya). Perteneciente al grupo burai-ha, decadentista e imbuido del movimiento existencialista francés, Dazai llevó una vida atormentada, marcada por la miseria económica y por la adicción al alcohol y la morfina, así como por una dependencia indeseada de las mujeres y una fama bifronte. Este escritor con predilección por las formas breves practicó la literatura del yo —watakushi-shōsetsu—, proyectándose biográficamente, por aproximación, honestamente y no sin impudicia, en sus personajes desnortados, antihéroes trágicos entre el dandi y el paria. En Indigno de ser humano (Sajalín Editores, 2010), su última novela y la más directamente autorreferencial, se describía a sí mismo como un ser lúgubre y espeluznante, y declaraba:

“Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad es que no tengo la menor idea de lo que es vivir como un ser humano”.

Décimo hijo de una familia de terratenientes, Dazai llegó a ser, a causa de su vida disoluta y nada convencional, un desheredado, un maldito:

“Siempre me persigue un aura de oscura turbiedad, de marginado sospechoso”.

Sajalín Editores

En Tokio, donde vivía bajo el pretexto de cursar estudios de literatura francesa, frecuentó a gente a la que despreciaba casi tanto como a sí mismo: “adquirí, sin advertirlo, un cierto aspecto repugnante […], y desprendía un olor de seductor”, un “aire obsceno y poco honorable”. Hipersensible y torturado, en 1930 decidió matarse arrojándose al mar de Kamamura, en un pacto de doble suicido —shinjū— con Shimeko Tanabe, una camarera a la que apenas conocía; pero solo murió ella, y a él lo persiguió la mala reputación. Puso término a su vida dieciocho años más tarde, en 1948, cuando se lanzó con su amante, una joven viuda de guerra —de nuevo estamos ante un pacto de doble suicidio, pero esta vez enteramente cumplido—, a un canal del río Tama. Aun hoy Dazai es objeto de un culto entusiasta, hasta el punto de que cada 19 de junio, fecha de su aniversario, es homenajeado en el templo de Zenrin-ji, en el barrio tokiota de Mitaka, por jóvenes inconformistas venidos de todas partes del Japón.

El declive (1947), novela conocida por traducciones anteriores como El ocaso, ha sido publicada en 2017 por la editorial Sajalín, en traducción de Marina Bornas. Trata de la decadencia de una familia aristocrática venida a menos después de la Segunda Guerra Mundial, y empieza precisamente con el punto de inflexión que ocasiona esta caída: el traslado de Kazuko y su madre al campo. Las dos mujeres tuvieron que abandonar su mansión de Tokio, en el barrio de Nishikata, para irse a un pueblo de la península de Izu, en una villa de estilo chino, a principios de diciembre de 1945, año en que Japón firmó la rendición incondicional. Ambas se resignan a su nueva existencia, pero la llegada de Naoji, el hermano de Kazuko, que regresa del frente con numerosas deudas y las adicciones intactas, trastornará sus vidas.

La narración se construye a partir de modelos europeos sobre temas y motivos japoneses, como la rigidez de las costumbres y los roles de género en una sociedad anquilosada y a la deriva. Resulta paradigmático de las supersticiones procedentes de la tradición el motivo de la serpiente, auténtico leitmotiv vinculado a la muerte. En este sentido, el episodio en que Kazuko entierra al pie de un ciruelo los huevos de una víbora vertebra simbólicamente toda la historia. Su madre siente un miedo atroz por los ofidios, una especie de temor reverencial, desde que vio, inmediatamente después de la muerte de su marido, “un fino cordón negro que había caído junto a la cama” y que “resultó ser una serpiente”. También Kazuko recuerda haber visto, el día de la muerte de su padre, varias culebras enroscadas en los árboles del jardín, y ahora no puede quitarse de encima “la funesta sensación de que la pequeña serpiente siniestra que acortaría la vida de mamá había anidado en mi pecho”. Esta ominosidad aparece en otros momentos de la novela y marca el ritmo de la narración, que se articula en torno a varias idas y venidas temporales, con recurso a la anticipación y también al flashback.

“No me gusta contar ni escuchar historias de la guerra. Murió mucha gente, es cierto, pero aun así me parece repetitivo y aburrido hablar de ella. Supongo que es porque tengo una perspectiva egocéntrica de la guerra. Solo salí de la monotonía cuando me reclutaron y me obligaron a calzarme aquellos zapatos y cargar fardos.”

La guerra es algo que Kazuko ha querido olvidar, y está ahí como un telón de fondo, un tabú o un trauma silenciado. También Naoji, que luchó en el Pacífico Sur, pretende percibir el conflicto como algo remoto y ajeno: “No hay nada que contar. Nada. Lo he olvidado. Cuando llegué a Japón, los arrozales me parecieron preciosos desde la ventanilla del tren. Eso es todo”. Sumergido en una cosmovisión nihilista, el joven afirma que aquello que denominamos humanidad no consiste sino en aplastar a los demás para obtener la propia felicidad —“En nuestra clase social tampoco hay nadie que valga la pena. Idiotas, espectros, usureros, perros rabiosos, charlatanes, pura palabrería, orina que cae de las nubes”—, y que prefiere morir por su propia mano antes que involucrado en la desesperación colectiva. Si Dazai tiende a ficcionalizar, en todas sus obras de narrativa, episodios y anécdotas de su biografía, en El declive juega al espejo con Naoji, su alter ego, cuyos diarios, lúcidos y deslavazados, podría haber firmado él mismo.

“Para mí, que soy como una planta, es difícil vivir expuesto al aire y la luz de este mundo. Me falta algo para seguir vivo. Carezco de algo. He hecho lo que he podido para mantenerme con vida hasta ahora […]. Ni siquiera tengo la capacidad de preocuparme por nadie. Solo puedo ruborizarme como un ladrón que se preocupa por el bienestar de su víctima.”

Kazuko, dotada de una sutileza que se plasma en la prosa sensorial que se le atribuye en primera persona, no confía en la sociedad ni en la gente respetable —la más hipócrita—: “Me gusta la gente inmoral. Sobre todo los que tienen fama de serlo. Yo también quiero que me tachen de inmoral, pues tengo la sensación de que no me queda otra forma de vivir”. Tras la muerte de su madre, ya solo deseará ser la amante de un escritor alcohólico llamado Uehara y tener un hijo suyo. Son los esfuerzos —afirma— de una mujer por seguir adelante: “Si es cierto que las personas venimos a este mundo con el deber de sobrevivir, no deberíamos juzgar lo que hagan los demás para alcanzar ese fin”. Resulta admirable este personaje femenino de gran tenacidad y clarividencia que, a diferencia de su hermano, tiene arrestos para aferrarse a un futuro que subvierta los valores establecidos.

“Víctimas de este período de transición moral. Esto es lo que somos tú y yo. La revolución estará ocurriendo en algún lugar, pero a nuestro alrededor la vieja moral persiste inmutable y nos cierra el paso. Aunque las olas rujan en la superficie del mar, el agua del fondo está inmóvil, muy lejos de la revolución, fingiendo que duerme.”

La felicidad de la familia constituye la antología más reciente de relatos de Dazai en español. La publica Candaya en traducción de Isami Romero Hoshino y Ednodio Quintero. El primer relato, escrito a inicios de la posguerra, tiene un título irónico —el del volumen— y constituye una crítica a los burócratas, tachados de arrogantes y avariciosos: “Memorizan como locos los seis códigos legales, son recatados y ahorrativos, y no les importa que los traten de tacaños”. En la radio, aparato “estúpidamente fanfarrón” que hace que el mundo parezca alegre y ruidoso, los políticos y funcionarios se expresan en un tono despreocupado y ligero, exhibiendo una risa que les sirve “para preservar su propia integridad y su posición social”. Los esfuerzos que este tipo de gente empeña en la felicidad de la familia son directamente proporcionales a la mezquindad con que actúa fuera de ese núcleo cerrado.

“Al tratar de analizar el asunto, me he topado con un concepto deprimente: el egoísmo del hogar. Y he llegado, finalmente, a una terrible conclusión: la felicidad de la familia es el origen de todo mal.”

Editorial Candaya

Acaso los dos relatos menos conseguidos sean los que tienen como protagonista al grotesco Sensei ōson, por no aspirar, en realidad, más que a constituir meros divertimentos que ironizan sobre el país y sus costumbres más arraigadas: Fushin’an —El profesor ōson y la ceremonia del té— incide en el malentendido cultural que equipara la civilización con el mantenimiento de absurdos e inanes rituales, mientras que El profesor ōson y la salamandra se ríe de la obsesión por la permanencia y el inmovilismo en Japón.

La mujer de Villon relata la huida hacia delante de una mujer que se dispone a saldar la ingente deuda de su marido, un escritor alcohólico y fracasado, trabajando en el bar que él frecuenta, y alcanza así el embrutecimiento definitivo. Por otra parte, Hablemos de mujeres consiste en un diálogo entre dos amigos sobre la naturaleza de las mujeres, en busca del ideal femenino; la conversación desemboca en la historia de un matrimonio que quiere suicidarse. Hay un claro guiño a la peripecia biográfica del autor.

“La conjetura de mi invitado había sido acertada. Al atardecer del día siguiente, intentamos suicidarnos. No era una geisha ni una pintora. Era una mujer de origen humilde que había trabajado en mi casa […]. La mujer murió mientras permanecía acostada. Yo no pude quitarme la vida. Han pasado siete años desde entonces y todavía sigo vivo.”

Toka-ton-ton habla de las sucesivas e inopinadas conversiones que sufre un ex soldado, sin duda a causa de los traumas que le ha dejado la contienda. La primera vez que lo oye —el día de la rendición del Japón—, ese tenue y lejano sonido, el tintineo cifrado onomatopéyicamente como Toka-ton-ton, lo libera del “fantasma del militarismo”. El mismo martilleo o timbre interior liquida su fe en la literatura —“Tanto Pushkin como Gógol me parecieron nombres de cepillos importados”— y, más tarde, lo priva del único asidero que le queda, el amor por el trabajo, postrándolo en la cama, víctima de la apatía y la pereza. El último gong, el de la incredulidad, el desamor y el escepticismo, acaba con el sentimiento amoroso y evidencia con crudeza los “desencantos de nuestra vida cotidiana.”

La estudiante constituye el relato más extenso y acaso el más logrado de la antología. Fechado en 1939, este monólogo interior se adentra por los vericuetos de la conciencia femenina, realizando una hábil disección de las paradojas que anidan en una adolescente japonesa de la época, atrapada entre su rol tradicional y unas aspiraciones venidas de la cultura invasora, occidental y moderna. Asistimos a los pensamientos de esta estudiante desde que se levanta hasta que se acuesta; a las sensaciones que la asaltan al despertar —“la mañana es algo que pertenece al pasado, las personas con las que he soñado tienen ya un olor a arroz cocido, los recuerdos se impregnan con ese aroma”—, al mirarse en el espejo o al recibir los piropos soeces de unos obreros. Sabe que se enfrenta a un mundo patriarcal e inhóspito que exige de ella feminidad y abnegación: “Amo en secreto mi individualidad, sé que debo amarla, pero me da miedo expresarlo abiertamente. Debo ser una chica que actúe con corrección para que la gente esté satisfecha”. Registra la incongruencia entre los valores que les inculcan en la escuela y la crudeza de la vida real. La han educado para sentirse violenta ante la vejez o la fealdad de las demás mujeres, pero se siente humillada en un salón de belleza —“me siento como una sucia gallina. Pienso que la decisión de venir fue una manera de menospreciarnos”—. Quiere vivir bellamente y le aterroriza la vulgaridad.

“A las mujeres de antaño las llamaban sumisas, esclavas, muñecas, pobres infelices que no pensaban en ellas mismas, que no se apreciaban como personas, toda una sarta de cosas horribles. En comparación con ellas, soy, en el más amplio sentido de la palabra, más femenina, mi espíritu está en mejores condiciones, el conocimiento me permite librarme de la sumisión, sé de la belleza del autosacrificio, soy feliz sin tener que dar nada a cambio.”

Con todo, la estudiante, como tantos otros personajes, hace en algunos momentos gala de una misoginia que parece muy interiorizada y acaso no sea más que una proyección o reflejo de la del autor. Dazai es famoso por haber reconocido cuán hostiles e incomprensibles le han resultado siempre las mujeres; en Indigno de ser humano afirma que se relaciona con ellas “con la cautela de quien anda sobre una fina capa de hielo […]. Andaba totalmente a oscuras en lo que a ellas se refería y, a veces, como si hubiera pisado la cola de un tigre, terminaba con penosas heridas”.

Los relatos rozan lo confesional y desafían la convención, a partir de sucesos cotidianos y personajes anodinos a cuya subjetividad se asoma el lector. La narrativa de Osamu Dazai da cuenta de las convulsiones sociales y psicológicas del Japón de la posguerra, pero también vehicula una crisis personal, de signo existencialista. A través de estos tipos y peripecias, el autor se mira y se relata con objetividad e inclemencia, en una autointerrogación perpetua. Marcado por la impotencia y la debilidad, siempre experimentó pánico ante la crueldad innata del ser humano. En Indigno de ser humano se quejaba de que lo tratasen como a un deshonrado que había escapado a la muerte; como a un cadáver viviente. Solo le quedó, pues, aferrarse a la literatura para protegerse de la vida o desquitarse de ella.

Etiquetas: El declive, existencialista, Gógol, Japón, Osamu Dazai, Pushkin, Segunda Guerra Mundial, Tokio

Sobre el autor

Ana Prieto Nadal

Ana Prieto Nadal es licenciada en Filología Clásica (UB) y Doctora en Filología Hispánica (UNED), y está especializada en el estudio del teatro contemporáneo. Como escritora, obtuvo el premio Ojo Crítico por su novela 'La matriz y la sombra' (Acantilado, 2002) y tiene relatos publicados en la revista 'Granta en español', 'El silencio en boca de todos' (Emecé Editores, 2004) y en la antología 'Todo un placer' (Berenice, 2005); también participó en el proyecto europeo Scritture Giovani 2006. En la actualidad, es miembro del Grupo de Investigación del SELITEN@T y compagina la investigación literaria y teatral con la docencia de lenguas clásicas. Ha colaborado en revistas especializadas como 'Acotaciones', 'Anagnórisis', 'Don Galán', 'Pasavento', 'Signa' y 'Tropelías', entre otras, y ejerce la crítica literaria en 'Quimera' y 'Revista de Letras'.

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