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Pajares: «El libre mercado es el fundamentalismo de hoy día»

Miguel Pajares | Foto cedida por el autor

Confiesa Miguel Pajares, escritor y presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado, que en alguna ocasión le han preguntado si las cosas que suceden en sus novelas pasan de verdad. Y su respuesta es un sí rotundo. Esas cosas pasan de verdad. La trama de Crímenes de hambre (Alrevés, 2018) arranca en Barcelona con el asesinato de una activista por los derechos humanos y el medio ambiente. Samuel Montcada, el inspector de los Mossos que protagoniza habitualmente las novelas de Pajares, era el encargado de protegerla durante su estancia en la capital condal. Unido a otros personajes interesados en esclarecer las causas de la muerte de la activista, Montcada inicia un periplo que lo llevará por Bélgica, Somalia, Níger, Guatemala y París descubriendo un complejo laberinto de instituciones y gobiernos que están detrás de crímenes en masa. Si bien la trama en la que se ven urdidos los personajes es pura ficción, la realidad que se nos muestra a través de sus peripecias no lo es tanto. Porque Pajares, que se documenta mucho antes de escribir, acostumbra a “trasladar a la novela la realidad tal como es, o al menos tal como yo he llegado a saber que es, a partir de un estudio riguroso”.

¿Cuál es la diferencia o dónde está el límite entre la novela negra y la novela policíaca?
Antes de la novela negra existía la novela de enigma, que se caracterizaba básicamente porque presentaba un asesinato y toda la novela se centraba en saber quién era el asesino. Fueron precursores de este tipo de obras Agatha Christie y otros autores por el estilo. Por otra parte, la novela negra sigue siendo en cierto modo novela de enigma, pero con la diferencia de que analiza el crimen en el contexto social en que se produce. La novela negra surgió en los años 1930 en Estado Unidos, y a partir de ahí, para ser negras y no ser solo policíacas, este tipo de obras tienen que tener este componente de saber en qué mundo se produce el crimen, en qué tipo de sociedad. Mis novelas tienen una carga muy fuerte de esta parte, por ello la editorial Alrevés las llama “novela negra de denuncia social”.

En determinadas obras la sociedad prácticamente no aparece.
Ahora hay, por ejemplo, mucha novela nórdica que se está desviando del análisis del contexto social y que se centra básicamente en resolver el crimen, de manera que vuelve a ser un poco la novela de enigma de la que hablábamos antes. En cualquier caso, mis novelas, a pesar de que hay como es lógico componentes de ficción, están muy cargadas de crítica social, de análisis social, de denuncia social ya que desde el principio he querido que así fuera. Antes de escribir novela había escrito mucho ensayo, llevaba muchos años escribiendo libros, artículos académicos.

Ha trasladado al libro cosas que conoce tanto de su trayectoria académica como de su actividad social.
Y en esta vertiente de la denuncia social de mis novelas, soy muy riguroso, casi como si escribiera un ensayo. Porque cuando escribes un ensayo debes ser riguroso, comprobar lo que dices, citar las fuentes y que al mismo tiempo estas sean fiables. En el ensayo no se puede hacer una afirmación sin probarla y sin decir de dónde viene. En una novela, por otra parte, no puedes citar fuentes, obviamente; en todo caso las citas al final, en una nota de autor, tal y como he hecho en Crímenes de hambre, donde cito brevemente las obras que más me han inspirado y servido para construir la novela.

Editorial Alrevés

¿Por qué ha elegido en esta ocasión el tema del hambre?
Yo quería escribir una novela sobre la desigualdad social y sobre la crisis. Y realmente había empezado esta última obra de otra manera. Había empezado con un desahucio que sucedía en Barcelona, de hecho aún conservo algunos capítulos. Pero en ese momento me estaba documentando sobre la crisis, sobre el sistema capitalista, sobre por qué pasan las cosas, y a medida que iba leyendo más y más se fue poco a poco generando un enfoque distinto. En este aspecto, me influenció mucho un libro de Jean Ziegler titulado Destrucción masiva. Ziegler fue durante ocho años alto comisionado de las Naciones Unidas para la alimentación. Cuando Ziegler sale de Naciones Unidas, lo hace denunciando los crímenes que han cometido porque ya no puede más. Destrucción masiva me impactó mucho. Y a partir de esta y otras lecturas, en la medida en que iba indagando más en el tema, llegué a la conclusión de que tenía que hacer algo un poco más amplio de lo que me había propuesto en un principio, que era profundizar en el tema de la desigualdad pero de una manera más local.

En la novela hay un personaje muy simpático y pedagógico, un economista llamado Mario. Él es quien aporta el análisis social desde el punto de vista de la economía. Sostiene Mario que en países como Somalia o Níger, por los cuales discurre parte de la novela, no se pasaba hambre antes de la llegada del FMI y el Banco Mundial. Desde aquí hay la tendencia a creer que la miseria y pobreza les ha caído del cielo a estos países y en realidad es algo totalmente intencionado.
Hay la tendencia a ver el hambre como un fenómeno natural. A veces se cree que la gente pasa hambre porque hay sequías o porque no se producen los suficientes alimentos. Y ciertamente, en África, como en otras partes del mundo, ha habido hambrunas y momentos en los que se han producido grandes sequías y otras situaciones complicadas. Pero han sido momentos concretos en la historia. En Níger, donde ahora se pasa mucha hambre, en Somalia, en todo el cuerno de África en general, no se pasaba hambre de manera continuada. África empezó a tener problemas con la colonización en el siglo XIX y toda la primera mitad del siglo XX y los sigue teniendo después con la post-colonización, que es una colonización aún peor. Para la novela necesitaba a alguien que supiera mucho sobre este tema y por esa razón usé a Mario, el economista, que es un tipo bastante entrañable y va aportando explicaciones a medida que avanza la trama.

Cuando se sale de la colonización, se sale con deuda.
Los nuevos gobiernos de la descolonización, de la liberación, tienen que asumir la deuda de los gobiernos anteriores. Y resulta además que la generosidad del FMI y el Banco Mundial es muy amplia, por lo que algunos gobiernos aumentan la deuda. Inicialmente, esto no tendría que haber un grave problema. Pero la deuda es aprovechada inmediatamente para imponer las políticas neoliberales de esto del FMI y el Banco Mundial. ¿Cómo hacen esto? Por un lado, consiguen que la deuda sea impagable. De ello se asegura la Reserva Federal de EEUU, que sube los tipos de interés por encima del 20 por ciento. Con ese tipo de interés, las deudas son impagables. Porque los gobiernos, a pesar de ir pagando, solo pagan intereses. Y continuamente necesitan más dinero para seguir amortizando la deuda, de manera que se van endeudando cada vez más.

El FMI y el Banco Mundial imponen sus condiciones.
Dicen “Cuando lleguen los plazos de amortización te podemos prestar más, pero con una serie de condiciones”. Y sus condiciones no son otras que las políticas neoliberales vigentes en las instituciones de Washington sobre todo desde finales de la década de 1970 y principios de 1980, que es cuando aparecen personajes como Ronald Reagan y Margaret Thatcher y se imponen a escala mundial unas políticas neoliberales que básicamente vienen a decir que las empresas tienen que poder expandirse por el mundo, tienen que poder ganar dinero; que eso es bueno para todos porque así se desarrolla la economía; que las empresas no han de tener trabas para entrar en los países, no ha de haber aranceles y los impuestos tienen que ser los más bajos posibles. Desde la filosofía neoliberal se supone que si las empresas funcionan bien, se invierte, se crea empleo y todos salen beneficiados.

En la novela van apareciendo situaciones permiten apreciar lo que propician las políticas neoliberales.
Sí, por ejemplo: Níger tenía la Oficina Nacional Veterinaria, que era una oficina del estado que, en situaciones de dificultad, repartía vitaminas y antiparasitarios a los pastores y los ganaderos. Tenía también una reserva de cereales para ser repartidos en casos de sequía o dificultades y permitir a los agricultores hacer la siembra del año siguiente. El gobierno fue obligado por el FMI y el Banco Mundial a desmantelar todo eso, que se supone que ese tipo de iniciativas o mecanismos van contra el libre mercado. Y el libre mercado es el fundamentalismo de nuestro tiempo.

En este contexto, en que no hay ningún tipo de restricción, quienes pueden penetrar mejor en el libre mercado son precisamente las grandes multinacionales.
Y a partir de ahí, sucede que los agricultores se arruinan, los pastores pierden sus ganados y no pueden comprar antiparasitarios y vitaminas a los precios de mercado. Luego viene un proceso que se desarrolla un poco después, que es el acaparamiento de tierras por parte de las multinacionales. Este fenómeno ha sido bestial en África. Allí, a diferencia de lo que nosotros conocemos aquí, no hay títulos de propiedad sino que se rigen por un sistema consuetudinario en que los agricultores y los pastores tienen el uso de la tierra de generación en generación. ¿Y qué ha pasado? Que los gobiernos han dicho que la tierra es suya y han empezado a venderla a las multinacionales, cosa que ha acarreado la expulsión de los agricultores de esos terrenos. Todo esto es lo que ha provocado el hambre. La mayor parte de las personas que pasan hambre en África habían sido agricultores que hasta antes de que se impusieran las condiciones del FMI y el Banco Mundial tenían más o menos resueltos los medios de subsistencia.

Otro de los asuntos que trata en Crímenes de hambre es los asesinatos de activistas. En la trama aparecen varios de ellos.
Absolutamente. Hay una asociación llamada Global Witness que se dedica a documentar los asesinatos de activistas, de defensores y defensoras del medio ambiente y de los derechos humanos de las comunidades campesinas. El último informe, referido creo que al 2017, habla de 207 asesinatos, la mayoría en América Latina pero también en el sudeste asiático y África. Esta organización tiene el 60 por ciento de los asesinatos documentados y en cada caso sabe cuál ha sido la empresa multinacional que ha los ha ordenado. Muchos de estos activistas son mujeres. Aquí fue muy conocido el caso de la hondureña Berta Cáceres, pero en ese mismo año fueron asesinados más de 200 líderes parecidos a ella.

¿Todos y todas las activistas son plenamente conscientes del peligro que corren?
Por supuesto. Y ahora ya dejo de hablar como escritor y paso a hacerlo como presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado. Junto a otras organizaciones, tenemos un programa anual de defensores y defensoras de derechos humanos mediante el que traemos activistas durante algunas semanas y montamos un programa de actividades para que expliquen su trayectoria en colegios, institutos y demás. Claro, estas personas, que a menudo hablan de sus compañeros asesinados, saben que cuando vuelvan estarán amenazadas. También hemos vuelto a activar un Programa de Protección de Defensores de Derechos Humanos que consiste en traer a activistas amenazados durante periodos de seis meses para alejarlos del peligro de asesinato. Aunque nosotros somos una entidad que entre otras cosas tramita solicitudes de asilo, esta gente no quiere asilo. Lo que quieren es irse de nuevo para poder seguir luchando.

La novela nos acerca, mediante la ficción, a un tema que puede parecer a priori demasiado amplio e inabarcable. Y lo hace personificando el tema del hambre. No es lo mismo hablar de estadísticas que hablar, como hace en Crímenes de hambre, de niños con el rostro destruido por el noma. Esta es una de las grandes virtudes de la novela, que sensibiliza. ¿Era esa una de sus finalidades al escribirla?
La mayor parte de la gente se siente dolida cuando ve noticias trágicas, como por ejemplo cuando nos dicen que han muerto ahogadas quince personas en una patera en el Mediterráneo. Pero detrás de esa noticia en particular, viene otra que no tiene nada que ver, y después otra. Y así sucesivamente. En mi anterior novela, Aguas de venganza, por ejemplo, había una serie de personajes que intentaban cruzar la frontera sur. ¿Qué virtud tienen las novelas en este sentido? Pues que en ellas el lector se pasa días junto a las personajes y entonces vive de algún modo aquello que les sucede. No es lo mismo que ver una noticia en la que te dicen que ha muerto un determinado número de personas y ya está. En Crímenes de hambre, a lo largo del camino los personajes principales se van encontrando con la gente que está pasando hambre y que muere.

Y también hay reflejada una gente concreta que está en la élite mundial y es la que toma las decisiones que producen las muertes por hambre.
No olvidemos que estas muertes se deben a una desigualdad, a una acaparamiento de la riqueza y a unas decisiones que toman las élites. Lo que quise justamente al escribir esta novela es que se vieran los dos extremos: el de las élites que acaparan y deciden y el de la gente que sufre las consecuencias de esas decisiones. A veces se habla de los mercados si se tratara de entes impersonales, pero no, son personas concretas, son los dueños de determinados fondos de inversión que al mismo tiempo tienen parte de la propiedad de determinados bancos y que a su vez tienen paquetes de acciones muy importantes de empresas energéticas, de alimentación y/o farmacéuticas.

Etiquetas: activistas, África, Banco Mundial, Berta Cáceres, Crímenes del hambre, Crisis, derechos humanos, FMI, gobiernos, mercado, Miguel Pajares

Sobre el autor

Jordi Pacheco

Jordi Pacheco (Girona, 1980). Graduado en Comunicación. Periodista y crítico. Director adjunto en revista 'Foc Nou' y colaborador en diversos medios entre los que destacan 'La Marea', 'El Ciervo' y 'Revista de Letras'.

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