Revista de Letras

París bien vale un bis

24 septiembre 2014 Críticas, Portada
Joaquim Soler | Foto: Centre Quim Soler

Joaquim Soler | Foto: Centre Quim Soler

En el quiosco de enfrente de casa, donde hay unas cestas con libros de segunda mano a precio de antes del euro, me encontré, hará unos meses, la novela Camil i Adelf, de Joaquim Soler. Ese azar de las librerías de lance era, hasta hace poco tiempo, el único recurso para encontrar un libro de Soler, antes que una serie de circunstancias provocaran la aparición de París-Bis. No es la menos importante de ellas la atención crítica creciente hacia la narrativa experimental por parte de estudiosos como Margalida Pons (editora del volumen colectivo Textualisme i subversió), Maria Muntaner o Ricard Ripoll (editor del libro que nos ocupa, a parte de traductor de Lautréamont); y tampoco es casual que sea Lleonard Muntaner, una de las mejores editoriales ahora mismo en catalán (tan capaz de editar Barthes, Cixous, Bernhard o Roussel como de funcionar sin pagina web y no morir en el intento), quien se haya hecho cargo del asunto. Aunque detrás de la edición de París-Bis lo que realmente hay es el empeño de Roser Vernet, la patrona del Centre Quim Soler, una residencia del Priorat donde sucede prácticamente de todo y que, entre otras cosas, está dedicada a la memoria del escritor, muerto en 1993.

Editorial Lleonard Muntaner

Editorial Lleonard Muntaner

Resulta curioso que París-Bis haya sido la última novela de Soler en publicarse: es, en realidad, la primera, escrita a principios de los setenta. Por otro lado, en 1985 ya apareció un libro, París no existeix, que recoge una parte de ella (de hecho, “París n’existe pas” es la última frase de la novela), concretamente el dietario del autor. Porque París-Bis, en realidad, es la historia de la redacción de una novela titulada “París-Bis” por parte de un innominado escritor catalán que huye de un matrimonio infeliz al París real; novela en la cual un grupo de excéntricos compra un pueblo (HellsHells) para transformarlo en una réplica de París, un segundo París. Una copia que, a la vez que traslada París, le retira su aura; una arquitectura inútil. Y dentro de la novela sobre este proyecto aparece intercalado el diario del escritor que la escribe, el “Diari de campanya” de su estancia en París. El libro es a la vez un ejemplo y una parodia del tópico del nord enllà tan presente en la literatura de la época (por ejemplo en L’udol del griso al caire de les clavegueres, de Quim Monzó), esa literatura de jóvenes rebeldes que se iban a Francia, y que murió a la vez que el dictador; aunque un ejemplo póstumo bien pudiera ser París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas. Y es que la elección de París no es casual: cercana y a la vez lejana, vista de este país opresivo y cerril la capital francesa ejercía una fascinación irresistible y hoy posiblemente difícil de comprender. Una fascinación basada en su condición de cuna revolucionaria, de capital de la poesía de vanguardia, del existencialismo, de la Nouvelle Vague… Y, finalmente, de Tel Quel y todo lo que ello implicaba: una revuelta del significante contra el significado, de la forma contra el fondo, del lenguaje contra el relato, de la que se esperaban verdaderos prodigios emancipatorios (detalladamente explicados, por otro lado, en Por una estética egoísta, de Jordi Llovet).

Fue la época, también, de la entronización de Finnegan’s Wake como non plus ultra de eso que ya prácticamente nadie osaba llamar novela; y no es por casualidad que un extenso capítulo de París-Bis es un coloquio de lavanderas. Incluso el hecho de que a las lavanderas les cueste oírse cuando hablan por culpa del ruido del río deriva del capítulo octavo del libro de Joyce. En otro momento, por otro lado, aparece el inicio del Ulises, con Buck Mulligan remedando una misa; o se incluye una parodia (realmente salvaje, por cierto) de los versos de Espriu. Muy dado a los juegos de palabras, Soler no llega a los extremos lúdicos de Julián Ríos en Larva, ni al radicalismo de Carles Hac Mor en Agoc; su especialidad, que se consolidará en obras posteriores como Camil i Adelf o A una sola veu, es el de la fantasía verbal autónoma, creadora de universos imaginarios donde reina el ingenio y la libre asociación de conceptos, un poco a la manera de Boris Vian.

En París-Bis, a duras penas hay un avance argumental: el texto gira alrededor de unos pocos hechos (la oposición de los lugareños, un festival de música pop) pocas veces enfocados directamente. No hay tanto una narración sobre la construcción del París segundo como un revoloteo alrededor de la idea, deudor más bien de las digresiones de Tristram Shandy que del flujo de conciencia joyceano: el discurso se escapa hacia el pasado de los personajes, hacia sus relaciones sentimentales, hacia pequeños relatos secundarios. Y tampoco hay un narrador fijo: la voz narrativa fluye de personaje en personaje, en estilo indirecto libre, cambiando de conciencia sin previo aviso. O se encadenan largos diálogos donde no se sabe a ciencia cierta quién habla, ni importa demasiado. El escritor del París real, en cierto momento, llega a insinuar que todos los personajes forman una conciencia común, un macropersonaje. Son detalles que ya apuntan a lo que será Camil i Adelf, una narración que también funciona en círculos y en la que la identidad personal es vacilante (es la historia de dos gemelos).

Las digresiones, los diálogos desconcertantes, los retruécanos, las divagaciones sobre asuntos muy diversos (desde el Chile de Pinochet a la lucha de la raza negra) conforman uno de esos libros raros, de ambición desmedida, enciclopédica, en cierto modo típicos de su momento. También su lenguaje: Soler utiliza arcaísmos (por ejemplo, es sistemático el uso de “muscle” con el significado de “múscul”), creaciones propias (“mingitació”, “rimància”), palabras-maleta como “corintelladorafaelandesc” o préstamos como “envelop” (para referirse al sobre). Es un idioma ajeno a la ortodoxia prosística actualmente establecida (basada en el lenguaje periodístico, en la mímesis del catalán coloquial de Barcelona, en cuatro ideas recibidas de Pla y de Joan Sales): el catalán de Soler es un lenguaje artificioso, libresco, lleno de rimas internas, de cultismos, una mezcla imposible y libérrima de registros. Todo ello provoca un efecto distanciador: HellsHells parece siempre un escenario mental más que físico, una isla llena de voces pero de paisaje impreciso, neblinoso. Y sus personajes a duras penas adquieren una entidad real, creíble.

Pero París-Bis, al fin y al cabo, no pretende ser una obra realista: gran parte de su sentido se juega entre el París real del escritor y el París ficticio de sus personajes, entre la vida y la escritura, en esa historia de un relato que intenta construirse, de un sentido que lucha por salir a la luz. Y ese sentido es tal vez el de la posibilidad de una utopía: en cierto momento se dice que París-Bis es a la vez contracultural y kitsch, y tanto los entes ficticios que intentan levantarlo como el individuo real (no menos literario, en última instancia) que intenta escribir una gran novela se topan una y otra vez con los límites que la realidad impone a sus deseos, la resistencia de la realidad a convertirse en la patria de los sueños. O incluso con las carencias de raíz de su propio proyecto: al fin y al cabo, la construcción de París-Bis supone la destrucción de HellsHells y de sus formas de vida. Y Soler fue tal vez de los primeros en ver que la contracultura no era otra cosa que la continuación del capitalismo por otros medios.

Cuarenta años después de su redacción, pues, se ha publicado la primera novela de Quim Soler, un secreto hasta ahora muy bien guardado. Tal vez la dificultad de publicación pueda forma parte de su propia parábola sobre el escritor enfrentado al mundo. Leerla, en cualquier caso, es como asistir al descubrimiento de un fósil: una pieza de otro tiempo que puede explicarnos cosas sorprendentes sobre el lugar que creíamos conocer. Por ejemplo, que lo que ahora son montañas antes era el fondo del mar. O, por ejemplo, que la metaficción, el monólogo interior, la sustitución de la realidad por su simulacro, el apropiacionismo, todo ese montón de bagajes que llevamos años importando del extranjero porque alguien dijo que no eran de aquí, ya estaban entre nosotros hace mucho tiempo. Sólo que lo habíamos olvidado.

Etiquetas: Espriu, Joan Sales, Jordi Llovet, Joyce, Lleonard Muntaner Editor, metaficción, París-Bis, Pla, Quim Monzó, Quim Soler

Sobre el autor

Joan Todó

Joan Todó (La Sénia, 1977) es poeta y escritor. Ha publicado un libro de relatos 'A butxacades', dos libros de poesía 'Los fossils' y 'El fàstic que us cega' y una novela 'L'horitzó primer'. Ha colaborado en varias revistas literarias como 'Paper de vidre' o 'L'Avenç'.

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