Revista de Letras

“Providence”, de Juan Francisco Ferré

18 septiembre 2010 Críticas

Providence. Juan Francisco Ferré
Anagrama (Barcelona, 2009)

(Switch on).

Releo Providence, de Juan Francisco Ferré, pocos meses después de mi primera vez. No se trata de una relectura clásica, al uso. Hago una revisión de memoria, para comprobar cuánto la recuerdo y hasta qué grado ese recuerdo es fidedigno. También lo hago para comprobar si realmente la novela es memorable. Le doy vueltas al asunto y me parece que sí aunque ahora quiero contrastar también la potencia de mis recuerdos. Pero como mi ejemplar se lo presté a un amigo sevillano, decido llamarle por teléfono y preguntarle si ya la ha terminado. Me responde al segundo bip y afirmativamente. Hace escasamente tres días pasó el punto de lectura a otra novela por cuyo título eludo inquirirle porque ahora aparco la necesidad de testar la salud de mis conexiones sinápticas por un repentino interés sobre si le gustó o no Providence. Y mi amigo, que me conoce lo suficiente como para saber de sobra que no me gusta hablar por teléfono, anticipa un Sí rotundo antes de ofrecerme una explicación pausada y detallada de los motivos que le empujan a dar ese categórico y característico Ja bernhardiano.

En primer lugar, me cuenta, le ha parecido admirable la estructura formal de la novela. Su morfología, dice, ya de por sí es merecedora del encomio más entusiasta, puesto que, además de demostrativa de la valentía del autor (algo que, convenimos los dos, queda fuera de toda duda para quienes hayan leído previamente La fiesta del Asno y Metamorfosis®), ofrece al lector un aliciente lúdico extra, pues debe preguntarse a qué viene tal grado de fragmentación multinivel, los porqués de los títulos de cada parte de la obra, y si la numeración de las tomas aparentemente interrumpidas por insertos y disertos obedece a la aplicación de alguna serie matemática poco conocida por los no versados ─y nos reímos al admitir que ambos pensamos lo mismo en su momento: la de Fibonacci no, por favor─ o simplemente a los ordinales de los fragmentos no desechados en el borrador final. Coincidimos en que debemos interrogar al mismo texto sobre si estamos ante una novela formalmente posmoderna, o si la deconstrucción, que no es tal (porque la facilidad con que encajan las piezas del puzle invita a pensar que el autor ha preferido simplificarle esa tarea al lector para, a cambio, entregarle otro tipo de deberes mucho más estimulantes), no resulta más bien una alegoría del estado de diseminación de los materiales de la zona cero en un ínterin que ya es post-traumático. Advertimos juntos, en esta nuestra común lectura telefónica (con el único ejemplar de que disponemos a 220 kilómetros de mis ojos; a pocos metros de los suyos, pero cerrado), que el examen de las formas proteicas de Providence revela continuamente nuevas sorpresas, incluso meses después de haber sido leída: por ejemplo la conclusión de la relación epistolar del protagonista con Jack Daniels (“nada que ver, por cierto, con el bourbon del mismo nombre”) es de una brillantez asombrosa, pues su solidificación tiene lugar mediante causas ajenas a la misma, pero sin que la verosimilitud narrativa salga perjudicada sino con la naturalidad del devenir acontecimiento fundamental lo que, aparentemente, es anecdótico.

Conecto el manos libres y nos introducimos en el argumento. Mi amigo sevillano me dice que escucha algo así como interferencias. Esas encantadoras interferencias que hace años deleitaban a los conversadores telefónicos cuando, inopinadamente, hacían pop entre las parrafadas propias y las del interlocutor, estropeando el hilo comunicativo, pero también estimulando la curiosidad de los voyeurs interiores hasta el punto de pedir silencio al otro para posibilitar la comprensión del diálogo intruso. Le aclaro lo del gadget para vagos y entonces comprende que lo nuestro va para largo. Pues reconozco ─reconoce─ la dificultad de dar carpetazo con un par de risas y dos comentarios a la que quizá sea la mejor novela española de la década que (in)felizmente termina (los noughties) o empieza (los (un)happy twenty-ten). Y comenzamos a rememorar los hechos.

Cuenta mi amigo sevillano: en el Primer Nivel, un director español en el Festival de Cine de Cannes que presenta una cinta propia sin demasiado éxito. El director, tras una sesión de cama con una, en apariencia, benefactora de las artes, recibe el encargo de transformar un guión inicialmente construido al otro lado de la línea fantasma de Occidente. El borrador tiene título evocativo de videojuego iniciático: Providenz. La ciudad adonde debe ir para realizar su trabajo es Providence, cuna de H. P. Lovecraft. Además se le obliga a dar clases en la institución universitaria de allí, Brown. Clases de/sobre cine. Hay una serie de pruebas y escollos que salvar, y el protagonista pasa al Segundo Nivel. Ya en Providence, alquila un piso a un par de personajes trasunto de sendos characters de Star Trek, y es entonces cuando la realidad ─si no se esfumó mucho antes, si alguna vez llegó siquiera a manifestarse─ parece desaparecer por completo y lo que sucede a partir de ahora es la proyección vectorial de distintos puntos de fuga que convergen en varios posibles finales.

(…)

El paréntesis que antecede es una interferencia gigantesca. Un magma de estática llena los dos auriculares telefónicos durante más de 45 minutos; al parecer ése es el tiempo que tardamos en llegar, mediante la más ramplona linealidad, a los posibles finales de la novela. Ese paréntesis también funciona, en este (con)texto, como un gigantesco spoiler sobre el desarrollo de la novela. Algo que no se puede/debe contar. Algo que, en su momento, cuando le presté la novela a mi amigo sevillano, me negué a desvelar para no estropearle el principal atractivo de Providence: su lectura. Su descubrimiento personal e intransferible. La satisfacción de ir conociendo de primera mano, y no mediante vías alternativas y quizá interesadas, los distintos estratos narrativos, plásticos y simbólicos de Providence. Un camino cuyo recorrido debe hacerse, ineludiblemente, a solas. Porque al lector que busque una crítica de una novela cuyo título y circunstancias quizá le hayan llamado la atención, flaco favor le hacen los desvelamientos extemporáneos de su trama. Todo lo más, a ese lector podríamos darle, mi amigo sevillano y yo, en estos aquí y ahora gratuitos y desinteresados, una serie de consejos a modo de Guía de Lectura de Providence:

Providence es un juego. Por ello, tómalo como tal y disfruta de sus niveles. Piensa que cada acción que encuentres en ella es puntuable. Que la suma de sus partes otorga un sentido al todo cuyas últimas metas son el entretenimiento, la crítica del establishment cultural y la ruptura con el aburrimiento narrativo que a diario encuentras en las mesas de Novedades.

Providence no es un juego. Es una novela que desborda inteligencia, pensamiento, acción, misterio e incluso terror gótico ─no erótico─. Leerla, además de proporcionarte diversas tipologías de placer, pondrá a prueba tu propia condición de lector/a del siglo XXI. Pondrá a prueba tu inteligencia. Pondrá a prueba tu permeabilidad a esos cambios que los que nos dicen que se avecinan mienten, pues ya están aquí. Mira a tu alrededor. No te pierdas. No te los pierdas.

Providence se juega. Es la primera novela jugable. Puedes desarmarla y volverla a armar. Como un Lego cerebral, Providence se presta a todas las interpretaciones y posproducciones que se te ocurran, lo que le otorga esa dimensión expansiva en el sentido que cualquier Homo Ludens que se precie sabrá descubrir. (Sólo te pedimos que cuando la leas vuelvas por aquí y nos las cuentes, tus propias versiones ─las del espectador/a activo/a─, porque desde ya ─y sin conocerte─ sabemos que serán varias).

Providence no juega. No. Narra. Ensaya. Acierta. Descubre. Providence va en serio. Te/Nos abre los ojos. Hace que se te/nos suban los colores. Te/Nos muestra un Nuevo Mundo por colonizar. Sería una irresponsabilidad no asomarse a mirar. No por curiosidad. Sino por hambre de conocimiento.

Providence se la juega. En ella Juan Francisco Ferré demuestra que no es imposible apartar del camino literario los escollos que impiden la evolución y la mejora continua (Eliyahu M. Goldratt dixit, The goal. A process of on-going improvement. Creative Output BV, 1984). Providence es demostrativa de que hay vida después de lo muerto. Es perfecto ejemplo de resurrección de la narrativa española, a cargo de uno de sus más vivos representantes.

Providence es sólo una prueba. Es la última novela de un escritor experimentado puesto a prueba por Anagrama. Es la prueba de que hay vida narrativa más allá de las tendencias involutivas con que ese ente llamado Mercado nos acecha.

Providence no es una prueba. Es la construcción actual más sólida salida de un teclado y varios joysticks. Es la versión definitiva y estable de una narrativa 3.0 que ya no admite Beta Testers. No aceptes sucedáneos. No te conformes con alternativas. La alternativa es ésta, es Providence.

Providence te pone a prueba. Sí. Pocos han advertido que cruzar sus páginas tiene las mismas implicaciones que penetrar una Stargate narrativa. Una lectura iniciática que transporta a quien la cruza a uno de los posibles multiversos literarios que en breve será copado por imitadores emigrados de toda greña y filiación.

(Aquí, reproducido, pueden disponer del primer texto crítico
sobre Providence firmado por José Luis Amores)

Cerramos nuestra lista de consejos de lectura con la sensación de que lo más importante nos lo hemos ido dejando atrás. Siempre le digo a mi amigo sevillano que las mejores ideas son aquellas que no se dejan poner por escrito. Se nos olvidan antes de hacer clic con el ratón o el bolígrafo. Por eso es tan importante ir bien pertrechado con recado de escribir. Deberíamos haber grabado esta conversación, dice. Ya, le respondo, como la gente de American Express o los de Telefónica. Ja, replica (de nuevo Thomas Bernhard), o transcribirla, como Norman Mailer en El fantasma de Harlot.

Así llevamos más de una hora, hablando sobre la novela gracias a las virtudes de dos tipos diferentes de tarifa plana: la telefónica y la del préstamo de libros entre amigos. Hemos mencionado también varias críticas de Providence fácilmente localizables en la Red. Resulta revelador que estemos tratando de una novela que estimule ese impulso común a buscar información sobre ella. También es significativo que las mejores reseñas sobre ella (las mejor escritas) escamoteen sistemáticamente información sensible sobre su trama, prueba de la propia capacidad elíptica del crítico ─las peores, aquellas que, mediante el burdo desvelamiento y un cierre a modo de indicación de vuelta a las cavernas, manifiestan la incapacidad de hacer una lectura pura, desprovista de atavismos y/o envidias soterradas pero, ay, tan rizomáticas─. Pero también confirmación de la sensación que persiste tras su lectura: el deseo de compartirla sin perjudicar el disfrute de quienes se configuran como potenciales socios del Club. Un Club en el que, dice mi amigo sevillano, está permitida la entrada a todo aquel que sea puro HTML : Huesos, Tendones, Músculos y Líquidos. Humanos, en definitiva.

No se puede estar más de acuerdo, le digo. Y colgamos.

(Switch off).

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: Anagrama, Eliyahu M. Goldratt, H. P. Lovecraft, Jack Daniels, Juan Francisco Ferré, La fiesta del Asno, Metamorfosis®, Norman Mailer, Providence, Star Trek, Stargate

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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