Revista de Letras

Qué será el 15M, por Gonzalo Torné

24 junio 2011 Crónicas

Desde el pitido inicial, una de las exigencias recurrentes de los medios y de los comentaristas politizados a los movimientos populares que han acampado, visitado, debatido y protestado en la calle ha sido que se apresurasen a explicar por qué estaban allí, qué querían, deprisa, deprisa, por qué habéis salido de casa, de qué estamos hablando.

Imagen: rizomatica.net

Parte de este movimiento popular (que mientras no dilucidemos su naturaleza me sumo a llamarlo 15M en reconocimiento al corte temporal de cuya profundidad ya no vale dudar) ha sido sensible a la razonable presión, y se han elaborado varios decálogos, paquetes de ideas, listas de propuestas y conatos de análisis. Como era de esperar buena parte de las concreciones que se han hecho públicas son bien intencionadas pero ingenuas, formuladas con un idealismo tan general que se resuelven en un terreno inofensivo. Con actitudes que van desde la palmada paternalista hasta el zarpazo se ha intentado desactivar el 15M denunciando la escasez de propuestas viables, y encerrando el movimiento en la trampa verbal de los “indignados”, una emoción que tiene demasiado de básica e infantil para invitar a los protagonistas a sentarse en la mesa de los adultos.

Se podría argumentar en contra de la premura de la prensa por reducir a lemas, apodos y argumentos de superproducción fallida movimientos tan complejos como las revueltas populares de Egipto o la consunción de un reactor nuclear, pero esta manera de proceder ya la conocemos demasiado bien. También sería oportuno recordar lo poco que pueden presumir de reacciones rápidas políticos profesionales a los que una legislatura no les ha bastado para renovar el tribunal constitucional, pero tampoco se trata de eso. Lo verdaderamente novedoso del 15M es que ha generado su propio sistema inmunitario: tras el vaciado de propuestas, más o menos improvisadas, el movimiento no ha sido barrido por nuevas oleadas de información, sino que ha mutado en manifestaciones más contundentes como la del 19J, ha calibrado mejor el punto de mira de sus rechazos (el pacto del euro), y ha arrancado acciones concretas inimaginables antes del 15M, como la oposición pacífica a los desalojos (El País: Así paraliza un desalojo Barcelona).

Esta reticencia a dejarse absorber por los cauces habituales de emisión y destrucción de noticias exige un análisis del movimiento desligado de la calidad de sus propuestas más incipientes, y que incardine el 15M en el campo de juego que su actividad está redefiniendo: la política.

Entendida como una lucha de fuerzas colectivas con intereses difíciles de conciliar, la dinámica política se sostiene en la oposición entre los “amigos” y los “enemigos”, es decir, entre el conjunto de individuos que persiguen lo mismo que yo, y el conjunto de individuos que persiguen algo distinto. Esta oposición, además de permeable, se reconfigura en función de la magnitud y la urgencia de las amenazas. Como no deja de recordarnos el historiador Livio en su espléndida historia de Roma basta con apuntar a un enemigo exterior a la tribu para que se desdibujen las tensiones internas entre patricios y plebeyos.

Desde 1989 la política occidental no dispone de otros enemigos externos que países lejanos como China e Irán, que desprenden el tufillo mítico que asociamos al hombre del saco. En Europa la política de los últimos veinte años se ha concentrado en el sistema de partidos de cada Estado. Una serie de procesos entre los que se encuentran la claudicación de la izquierda, la apoteosis funcionarial de la UE o la cesión de poderes a organismos internaciones ha provocado una asombrosa homogeneización entre “amigos” y “enemigos”. Si prescindimos de los adherentes debates nacionalistas (de cuyo irresponsable papel de placebo político tendremos algún día que pedir responsabilidades) la política se está evaporando, y las distintas convocatorias electorales cada vez se parecen más (aunque no del todo) a la tenebrosa profecía de Coetzee: el tiro de una moneda al aire.

Acusar en este ambiente a los ciudadanos de desinterés por la política se parece bastante a denunciar el mal gusto de los jóvenes que viven en pisos de 40m² por renunciar a los placeres de mantener la biblioteca separada del comedor. Una explicación plausible al 15M pasa por suponer que la política cívica ha seguido su curso lejos de los debates entre partidos gestionados por los medios, y que se han ido reconfigurando las coordenadas de la línea que separa al amigo del enemigo. Mi impresión es que muchos ciudadanos sienten como una amenaza creciente el aumento de materias (y algunas de ellas suponen importantes sacrificios económicos y recortes de libertades) en las que los partidos mayoritarios han alcanzado un consenso impenetrable al diálogo. ¿Por qué seguir considerando como “amigos” a una clase política que entrega parte del bienestar del que son custodios, que se desmantela a sí misma, que renuncia a pulsar las propuestas cívicas, y se enroca en su obsesión gestora, como si en lugar de “representarnos” su razón de ser fuese actuar como barrera o parapeto de decisiones lejanas?

La contrapartida ha sido el espontáneo reconocimiento de “amistad” de muchos ciudadanos que consideran que hay otras medidas, planteamientos no atendidos, un juego de intereses comunes y distintos a las sensibilidades que atiende el actual marco  político. Examinado bajo esta luz el movimiento del 15M ya no admite que se lo confunda (como se ha propuesto con malicia, y repetido con sumisa bobería) con un ataque a la democracia, sino como una primera tentativa de recuperación cívica de la política: la apertura de espacios donde intercambiar ideas y organizarse.

El ejercicio democrático no consiste en acatar con mansedumbre lo que nos dicten nuestros representantes transitorios en el poder, sino la renovada posibilidad de desmantelar sus estructuras por el higiénico procedimiento de no votarles, o de votar a otros. Ese mismo espíritu de abertura y construcción continua del presente es el que ampara, durante el interregno entre elecciones, la formación de plataformas de debate, de nuevos sindicatos y partidos políticos que podrían llegar a vertebrarse ideológicamente en un programa capaz de convencer a unos ciudadanos a quienes se les ve más descontentos que indignados.

En sus ensayos sobre los episodios en que la historia se desborda en acción Hanna Arendt señala que uno de los rasgos psicológicos comunes de la participación espontánea en la vida pública es que después cuesta mucho volver a meter a la gente en casa: la participación es vivificadora. Es posible que el gran mérito del 15M haya sido abrir espacios que están subiendo la temperatura política del país, espacios que costará cerrar, que no tienen porque cerrarse. Visto así los silencios o la demora en concretar acciones no sólo no debería considerarse un signo de debilidad, sino de prudencia, porque lo importante no es formular un conjunto de palabras y medidas que puedan rebatirse, ridiculizarse o dejar que se pudran en su propia salsa de buenas intenciones, sino la consolidación de un nuevo espacio político que hoy puede dejarse sentir contra los desalojos, y mañana sobre lo que traiga el mañana.

En uno de los pasajes más estremecedores de Shakespeare, Macduff recibe la noticia de que el rebelde Macbeth ha asesinado a su mujer y a sus hijos. Malcolm le pide que lo afronte como un hombre, y Macduff le asegurá que así lo hará, pero que antes de responder debe sentirlo también como un hombre. En un contexto menos truculento (pero ciertamente turbio) lo que los ciudadanos han hecho estos dos meses, de manera exaltada, ingenua, entusiasta, responsable, curiosa o activa, en Madrid, Barcelona o Valencia, se parece bastante a la reacción de Macduff: sentir la política como hombres.

Gonzalo Torné

Etiquetas: 15M, 19J, Hanna Arendt, indignados, J. M. Coetzee, Tito Livio, William Shakespeare

Sobre el autor

Gonzalo Torné

Gonzalo Torné nació en 1976 en Barcelona. Ha publicado la novela "Lo inhóspito" (Elipsis, Círculo de Lectores, 2007; Debolsillo, 2008), un extenso prólogo novelado a la correspondencia de Jack el Destripador (Obra selecta, Elipsis, 2008), y la novela gráfica "Tannhäuser" (Planeta DeAgostini, 1999; Premio Viñetas 2000 al mejor cómic y al mejor guionista). Ha traducido a William Wordsworth, John Ashbery y al filósofo Roger Scruton. Con "Hilos de sangre" (Mondadori, 2010) obtuvo el Premio Jaén de Novela

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