Revista de Letras

Las divinidades en su atardecer

La Historia, que está llena de lagunas, siempre ha sido terreno para la fantasía. Mientras más alejados estén los hechos de nuestros risibles cinco mil años de historia escrita, más extraordinaria se vuelve su naturaleza, que culmina siempre con la era dorada de dioses y héroes de la que tantas culturas hablan. Fueron los sumerios, con su listado de reyes antediluvianos, los primeros en dejar un registro mágico del pasado; ocho monarcas en cinco ciudades que gobernaron los valles entre el Tigris y el Éufrates por más de doscientos mil años. Solo el sentido común nos dice que aquello no pudo ser cierto, que no debe ser otra cosa más que mitopoesía. Aunque cabe recordar que el sentido común también aseguraba la centralidad de la Tierra respecto al Universo.

Incluso la existencia de fuentes históricas, sean o no fidedignas, no impide fantasear sobre qué formas hubiera tomado el mundo de haber ocurrido las cosas de diferente manera. ¿Qué se habría ganado si en lugar de la pintura, Velázquez se hubiera dedicado al diseño y cuidado de jardines? ¿O cuánta menos sangre se habría despilfarrado si Genghis Khan se hubiera contentado con permanecer en Mongolia, a gusto entre sus concubinas? Y aunque ellos no figuran en El crepúsculo de los dioses (Valdemar 2016), quienes aquí aparecen fueron personajes tan reales e insignes como los susodichos.

Estos 28 cuentos, fantásticos y ambientados en eras antiguas y medievales, solo pudieron ser escritos por esa clase de eruditos literarios que son una rareza entre las rarezas. El mismo clan enciclopédico al que perteneció Borges, que tuvo gran admiración por su autor, Richard Garnett, quien, junto a Marcel Schwob, fuera influencia en la composición de su Historia universal de la infamia.

Valdemar

De Garnett se puede decir que venía de una familia inglesa, culta y refinada como otras tantas del siglo diecinueve, tradición que continuaría con su hijo, Edward, y su nieto, David, ambos críticos y escritores. Su gusto por los libros quedó manifiesto a los dieciséis años, cuando se unió al Museo Británico en calidad de asistente bibliotecario, lo que dio inicio a una profesión que no solo le ganó la estima de amigos e intelectuales, sino también acceso a los más alto cargos de la institución, hasta su retiro de esta a los 64 años. También le permitió llevar en paralelo una carrera literaria que abarcó la poesía, la crítica y la ficción, además de traductor políglota. Durante toda su vida mantuvo un interés por el misticismo y un desprecio por toda religión organizada. Se inclinó por la astrología, y, con el seudónimo de A. G. Trent, escribió una monografía sobre el asunto; The soul and the stars, en la Dublin University Magazine. Hubiera continuado escribiendo sobre el alma y las estrellas de no ser porque una enfermedad terminó con él en 1906.

Aunque El crepúsculo de los dioses comparte el espíritu de las Vidas imaginarias de Schwob, los cuentos de Garnett son más historias que esbozos biográficos, y en ocasiones parecen material que podría leerse en una edición ampliada de El manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. Aquí desfilan filósofos, príncipes y emperadores, dioses caídos y herejes, envenenadoras, asesinos y fanáticos religiosos, bestias, engendros y teofanías, así como todos los avatares del diablo; astuto, intrépido, maligno, monstruoso, ingenuo e incluso papal.

Pues para Garnett lo malvado, junto a su hermana menor, la necedad, está en la cama con lo religioso. Desde curas que pactan con demonios hasta emires sanguinarios, pasando por faquires enloquecidos y el fantasma del papa Borgia, que se ha cansado ya de vivir en el infierno. El humor, ese que es muy propio de los ingleses, nunca está demasiado lejos en estas historias, y se le haya en la misma proporción con la que se encuentran todas las crueldades a las que somos tan aficionados los hombres.

Además de literatura, Garnett aprovechó su conocimiento de la antigüedad para hacer comentarios históricos y filosóficos. En El crepúsculo de los dioses, el cuento que abre la colección, además de titularla, Prometeo se vuelve un santo consagrado por la Iglesia, tal y como ocurrió con otros tantos dioses precristianos, algunos de los cuales corrieron con menos suerte y terminaron sus días como simples diablillos adorados en los bosques por brujas y hechiceros. En La vara de Pan, la mismísima deidad del desenfreno es incapaz de engañar a la muerte, que está por encima de todo, y en La ciudad de los filósofos un godo bárbaro y un cristiano mojigato son identificados como las semillas de las que germinará todo desprecio por la ciencia y la sabiduría.

Los cuentos están ambientados por las imágenes originales de Henry Keen, quien en vida fue conocido como ilustrador de El retrato de Dorian Grey. De él se sabe poco, además de que su carrera fue tan corta como su vida, que terminó a los 36 años tras un brote de tuberculosis.

Esta edición de Valdemar ha sido traducida y prologada por Juan Antonio Santos y, fiel a los estándares de la casa, presentada en un volumen más que elegante dentro de sus tapas duras. Cualquiera que esté interesado por una ficción erudita y culta para su biblioteca o la de alguien más, ya que no hay mejor regalo que un libro de cuentos, aquí hay una excelente oportunidad de recuperar a un autor que pasó desapercibido para muchos de nosotros.

Etiquetas: Borges, cuentos, El crepúsculo de los dioses, filósofos, Marcel Schwob, Potocki, Prometeo, Richard Garnett

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Actualmente vive en Barcelona y está trabajando en su primera novela.

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