Revista de Letras

Sanz: “En este país la gente crítica parecía pejiguera”

Marta Sanz | Foto: María Teresa Slanzi

Marta Sanz | Foto: María Teresa Slanzi

Con Farándula (ed. Anagrama), novela que nace en parte del ensayo socio-cultural No tan incendiario, Marta Sanz ha conseguido el Premio Herralde. Autora reconocida por obras como Daniela Astor y la caja negra, La lección de anatomía o Amour Fou, Marta Sanz es hoy en día una de las voces literarias de más prestigio a la vez que una de las autoras de mayor compromiso social y político. Una narradora que hace de su obra su causa literaria y social.

Creo que en parte, la idea fundamental de Farándula la resumen perfectamente una de las frases clave de No tan incendiario: “juguemos al juego de una democracia que cuando posa es muy fotogénica”.
Creo que has dado en el clavo en un asunto fundamental y del que yo no he sido consciente más que a posterior: probablemente Farándula es una novela que nace al hilo de todo el pensamiento literario, político y social que yo tenía completamente desordenado en mi cabeza y que ordené en No tan incendiario. A la hora de hacer el esfuerzo de ordenar esas ideas dispersas y en el intento de convertirlas en un ensayo coherente, surgieron nuevos interrogantes y comencé a adquirir consciencia de nuevas cuestiones de las que me fui permeando y de las que posteriormente surgió precisamente Farándula. De hecho, retomando la frase que mencionas, Farándula habla del mundo de los actores, del mundo de la crisis, de la democracia… pero en el fondo y en paralelo a todo esto, habla de la actual situación cultural y del mundo literario de hoy.

En Farándula planteas el artificio que rodea el compromiso político que, muy frecuentemente, se convierte en pose o, incluso, en elemento de marketing.
Farándula indaga si en el mundo actual el compromiso, tal y como lo hemos entendido siempre, es posible y cuál es la legitimidad del compromiso por parte de un mundo de la cultura que a veces es premiado o, incluso, saca beneficio económico del mismo sistema que está censurando. Junto a este debate, que no es nuevo, más bien ha existido siempre, a mí me interesaba abordar, puesto que es algo que me preocupa particularmente, el compromiso en esta época de cambio del modelo cultural, vital y existencial que estamos viviendo a partir del tránsito de lo analógico a lo digital. Me preocupa mucho la llamada ideología de Silicon Valley, puesto que encuentro preocupante que se establezcan vínculos blandos, tal y como cuenta Cesar Rendueles en su ensayo Sociofobia.

¿A qué te refieres exactamente cuando hablas de los vínculos blandos teorizados por Rendueles?
Me refiero al hecho de que, por una parte, las redes propician y ayudan a que todos nosotros estemos más conectados, pero, por otra parte, los vínculos que se producen a través de las redes son mucho más débiles sea desde el punto de vista amoroso/afectivo sea desde el punto de vista del compromiso político. Por ejemplo: llega el día mundial en el que hay que reivindicar una determinada causa y, entonces, todas nosotros ponemos como imagen del whatsapp el logo reivindicativo correspondiente y con esto ya nos hemos lavado la consciencia por siempre jamás.

Anagrama

Anagrama

En cierta manera es lo que hace Daniel Valls, el protagonista de Farándula, cuyo compromiso se expresa a través de la firma de un manifiesto por internet.
Sí, y es verdad que firmar simplemente un manifiesto puede ser algo muy epidérmico, pero hay que tener en cuenta que en su caso, Daniel Valls se juega muchísimo al firmar ese manifiesto. Con Farándula quería observar precisamente este aspecto del compromiso de los artistas, quería observarlo desde su doble perspectiva, la de la conveniencia a nivel de imagen y la de las consecuencias negativas que también implica: por una parte, el compromiso puede ser algo muy frívolo, algo solamente útil para lavar la imagen del artista y hacerla más comercial y, por otra parte, el compromiso puede provocar al artista graves problemas para su trabajo. Hay artistas, como el protagonista de Farándula, que saben que por el hecho de firmar un manifiesto se les puede castigar desde el punto de vista laboral y saben que tras su explícita participación en el manifiesto dejarán de llegar a ese consumidor cultural que, en el fondo, es un cliente que va a perder la simpatía por él y va a dejar de comprar sus productos.

Esto obliga al artista a preguntarse si vale la pena jugársela en nombre de un principio ético o político o no y, por tanto, le obliga a preguntarse dónde está el límite ético entre el explícito compromiso y el silencio.
Efectivamente y, además, creo que es necesario tener en cuenta que, en el caso de los artistas y de todos aquellos que nos dedicamos a los oficios culturales, todos nosotros, por lo general, nos posicionamos a través de las cosas que escribimos, a través del tipo de proyectos en los que nos implicamos, sin embargo hay otras veces que estamos casi obligados por cuestiones de supervivencia a participar en proyectos artísticos y culturales que no coinciden exactamente con nuestra visión del mundo y con nuestras pretensiones ideológicas. Esto último es particularmente frecuente en el mundo de los actores, que a veces se ven obligados a trabajar en una serie que es una chorrada absoluta porque tienen que comer.

Y luego está el compromiso privado.
Efectivamente, el compromiso a través del propio trabajo y de la propia obra es solo un tipo de compromiso, pues hay otro que es externo al propio arte y que se lleva a cabo cuando el artista se convierte en un ciudadano y actúa como tal: firma un manifiesto, va a una manifestación, apoya a un determinados partido político… Este tipo de compromiso es aquel que, a veces, desde el punto de vista de la recepción puede ser malinterpretado.

En el fondo se trata de discernir entre el ciudadano y el artista, dos facetas de una misma persona, pero dos facetas.
En el caso de los artistas, el compromiso ciudadano puede ser malinterpretado, y así lo es en más de una ocasión, precisamente porque la persona que protesta es una persona que, en tanto que artista, tiene éxito en esa misma sociedad contra la que está protestando. En el resto de la sociedad, este hecho puede suscitar, y suscita, rabia y resentimiento, en especial en este mundo en el que vivimos que está marcado por la injusticia y la desigualdad. A esto hay que añadir que concretamente en este país los intelectuales, los artistas, los actores, los escritores… nos hemos ganado a pulso durante muchos años este resentimiento porque durante muchos años hemos jugado o a mantenernos al margen o a apoyar las opciones del poder y del discurso hegemónico o a jugar a que el arte y la política son compartimentos estancos, creyéndonos así esa especie de sacralización del arte y de la literatura que es absolutamente mentira.

Todo lo contrario de lo que representaban ciertos intelectuales franceses, pienso en Sartre que, independientemente de las críticas que hoy se le pueda hacer, era un intelectual que, desde una posición privilegiada, era respetado y considerado un referente durante las revueltas del ’68.
Ahora que mencionas a Sartre, creo que en nuestro mundo hemos negado un poco la posibilidad de hacer la crítica desde dentro, parece ser que la crítica siempre se debe hacer desde los márgenes y desde la periferia. Y, sin embargo, hay momentos y circunstancias en los que el modo más eficaz de hacer la crítica y de intentar que las cosas cambien de una manera sustancial es desde dentro. Al respecto, basta recordar que Constantino Bértolo tenía, dentro del gran grupo editorial Random House Mondadori, el sello literario Caballo de Troya, cuyo nombre era de por sí una explicitación de principios: reventar la ciudad y, por tanto, el sistema desde dentro y no desde los márgenes.

En este sentido, la figura de Sartre es ejemplificadora.
Me parece muy oportuno que saques la figura de Sartre porque creo que Sartre es un intelectual muy demonizado a posteriori pero que en su momento, como tú misma dices, era el intelectual de prestigio, era valorado y era una referencia. Y creo que su caso nos habla de un cambio del mundo donde el peso específico de los intelectuales y de la gente de la cultura se ha desinflado terriblemente para pasar, como ya lo decía en No tan incendiario, a una sociedad en lo que vale es el elogio de la ignorancia y una cantidad mentirosa frente a una calidad que siempre se considera elitista. De la figura de Sartre, de su demonización actual y de su prestigio anterior, se deducen todas estas ideas que yo ensayé en No tan incendiario y que cuajarón posteriormente en Farándula, donde se sumó a demás un estado de ánimo de mayor escepticismo y de mayor incertidumbre ante todo lo que ha sucedido.

La elección de Francia como lugar de residencia del protagonista puede interpretarse como una referencia a un modelo cultural y político completamente distinto al nuestro y que es o debe ser una referencia.
Efectivamente puede leerse así, sin embargo la elección de Francia no fue algo tan conscientemente intencional como otros temas y otros elementos de la novela. Pero me gusta la interpretación, te la compro.

A propósito de interpretación, el término farándula parece tener un punto despectivo en relación a la cultura
No eres la primera que me comenta el carácter despectivo del término farándula, pero yo creo que la palabra en sí misma no es despectiva, lo que sucede es que una moral nacional-católica, muy intolerante hacia el mundo de los cómicos y de las cómicas tacharon el mundo de arte y del espectáculo como un mundo de vicio y de actitudes prostibularias, de ahí que farándula se haya convertido para algunos en un término peyorativo. Sin embargo, para mí, farándula es una palabra hermosa, una palabra que, ante todo, suena maravillosamente bien, tiene una eufonía increíble. Además, para quienes no tenemos esa mirada conservadora, la farándula es una especie de cajón de sastre en el que se recoge el plano espectacular y el plano intelectual, lo espectacular y lo patético de la cultura. Pienso en la farándula y recuerdo a los cómicos, a las vedettes, a las actrices del destape, a los escritores de obras de teatro, a los artistas de cine, a los realizadores de televisión… todo esto es farándula e, insisto, para mí no es peyorativo, todo lo contrario.

Sin embargo, no sólo nunca hubiéramos utilizado el concepto de farándula para referirnos al mundo literario, sino que no creo que ningún intelectual hubiera aceptado ser incluido en la farándula.
En este sentido, por supuesto. Y este aspecto de la jerarquización cultural está intencionadamente abordado en la novela en la que se quiere proponer una reflexión entre los límites y la posibilidad de una cultura popular que no sea una cultura populachera, una cultura popular que no sea esta cultura mediático-televisiva horterizada a la que, sin embargo, estamos sometidos.

Una cultura a la que se lanza Natalia de Miguel, que no viendo una salida rápida en el mundo de la interpretación, entra en el espectáculo televisivo, participa en un reality show y consigue el éxito. La sociedad la premia por ello.
Natalia de Miguel es un personaje que va a ganar y esto es identificable ahora con muchas actitudes vitales y políticas: ir a ganar más allá de cualquier principio y más allá de cualquier coherencia. Asimismo, probablemente Natalia de Miguel es el personaje más ambiguo de toda la novela porque nunca se llega a saber, ni tan siquiera lo llega a saber su marido, Lorenzo Lucas, si es la mujer más lista o la mujer más tonta del mundo. Y el motivo por el cual nunca se llega a saber si Natalia es verdaderamente lista o no es porque todos funcionamos con un concepto de inteligencia que se identifica con la capacidad de adaptación al medio y a todos nosotros nos han vendido que ser inteligente es saberse defender muy bien y lograr el mayor éxito y reconocimiento social a base de tu capacidad camaleónica. En este sentido Natalia es muy inteligente, pues se adapta mejor que ninguno, pero la pregunta que nos tenemos que hacer los lectores es si verdaderamente ser inteligente es esto o si la inteligencia no es, por el contrario, resistirse a determinados cambios y a determinados modelos sociales que son los dominantes y que nos colocan en una posición en absoluto privilegiada

Es decir, cabe preguntarse si el fin justifica siempre todos los medios.
Por supuesto y en relación a esto es necesario interrogarse acerca de por qué uno es tachado inmediatamente de reaccionario si asume con carácter crítico y no con absoluto entusiasmo los avances tecnológicos, como si estos fueran buenos a priori. La tecnología está muy bien, pero tiene también aspectos altamente negativos, como por ejemplo la capacidad de vigilancia sobre los individuos, la capacidad de confundir la cantidad con la calidad, la democracia con la demagogia, la libertad con el control. Hay que decir estas cosas, pero cuando las dices de inmediato se te tacha de reaccionario y de no ser una persona de tu tiempo. Todo esto tiene que ver con la construcción del personaje de Natalia de Miguel frente a todos los demás: ella es una mujer de su tiempo, ella es definida desde el inicio como un ejemplo de prosumo, concepto muy actual y que tiene que ver con la posibilidad de ser completamente autónoma, de no necesitar a nadie, de poder comprar, gestionar las propias cosas, construir la propia imagen pública desde el ordenador y sin la ayuda de nadie. Esto, lo que implica, es la pérdida de puestos de trabajo que se convierten en innecesarios y uno debería preguntarse, ¿es esto el progreso? Yo echo de menos el Capitán Swing.

Natalia de Miguel es alguien que no se cuestiona, asume su tiempo, como asumimos nosotros la tecnología y la supuesta idea de progreso. ¿Nos dejamos llevar sin reflexión?
Para mí la asunción acrítica es terrible, sin embargo ese no plantearse las cosas, ese no hacerse preguntas acerca de las cosas que pasan, ese dejarse arrastrar por la corriente, ese estar en el grupo de la mayoría es aquello que hoy se vende como una manera para ser feliz. Otro tema fundamental de la novela es la felicidad de Natalia de Miguel y el cuidado que tiene Valeria para no destruirla, para no colocar a Natalia en una posición algo más resabiada, algo más cínica o crítica. De ahí que Valeria no quiera decir determinadas cosas a Natalia, no quiere abrirle los ojos ni ampliar su campo de visión para no convertirla en una persona infeliz.

En este sentido, en Farándula haces referencia a los libros de autoayuda como libros que endulzan la realidad y la enmascaran
Está muy bien que hables de los libros de autoayuda porque, desde luego, unas de las cosas que también vertebra Farándula es el tema del pensamiento positivo como parte fundamental de la ideología de Silicon Valley: ese pensamiento positivo que hace sentir culpables a todas las personas que padecen de este sistema de pobreza, de desigualdad, falta de vivienda, incluso de enfermedad porque se les recrimina indirectamente el no haber tenido la suficiente reacción buena y positiva para salir adelante y superar estas adversidades. Esta especie de buen rollismo colectivo me parece aterrador y me imagino este pensamiento positivo como un gran smaily que nos atraviesa por encima pero que, un día de estos, nos va a aplastar completamente.

Un gran smiley que no toma en consideración la injusticia propia del sistema y que olvida que el problema no es la falta de voluntad propia ni de pensamiento positivo, sino la existencia de una injusticia y de unas desigualdades de fondo.
Evidentemente, porque en esta ideología propia del neoliberalismo sigue funcionando el mito de la igualdad de oportunidades y sigue funcionando el mito del hombre y la mujer hechos a sí mismos. Y esto es una gran mentira y hasta los economistas moderados como Stieglitz dicen que la igualdad de oportunidades es falsa y que las grandes riquezas nacen del monopolio, de la especulación o de las herencias de las grandes familias seculares. No todos partimos de la misma base ni todos vamos a llegar al mismo nivel.

Esto me recuerda a la gran falacia norteamericana de que todo el mundo puede ser presidente de los estados Unidos.
Efectivamente. Precisamente, en Farándula quería hacer una crítica al pensamiento ganador y lo quería hacer desde la sátira y, paradójicamente, los dos referentes que yo tenía en la cabeza eran dos escritores estadounidenses: Vonnegut y Nathaniel West, que para mí fue un absoluto descubrimiento tras leer Miss lonelyhearts como A cool million, publicado recientemente en Gallo Nero. Yo tenía a estos dos autores satíricos en la cabeza y son autores estadounidenses.

La otra cara de la moneda de esta sátira es Valeria Falcone que es la víctima de su propia coherencia, es aquella que demuestra que la coherencia se paga.
La coherencia en este nuevo mundo que estamos construyendo de una manera acrítica naturalmente que se paga y se paga con la soledad y con la tristeza: la conciencia de las cosas, la capacidad para ver las cosas y la lucidez se pagan con la tristeza y esto es lo que encarna el personaje de Valeria Falcón que, sin embargo, trata la felicidad de Natalia como una preciosa flor. Natalia, al contrario de Valeria, no sabe si merece más la pena ser coherente y ser crítica con la realidad o ser un ser humano que feliz que prospera.

Sin embargo al final, cuando Valeria se descubre como narradora, hay un reconocimiento hacia su coherencia, ella misma parece decirse que sí es cierto que ha perdido muchas cosas, pero ha sido coherente con ella misma.
Valeria puede decir que ha sido coherente, que ha sido honesta con su trabajo, que ha hecho lo que quería sabiendo de sus límites y de sus puntos flacos. Sin embargo, esta toma de conciencia de Valeria la puedes interpretar como algo muy positivo, pero también como algo profundamente triste. Más allá de la soledad, la amargura y la tristeza de Valeria, a mí lo que me interesaba mucho desde el punto de vista literario era que el lector tuviera la sensación de estar leyendo una novela polifónica escrita en tercera persona con una voz omnisciente que juzga, que interviene, que puede confundirse con la voz de la autora, pero que al final sea verosímil que todas estas voces confluyan en la escritura de Valeria. Me interesaba mucho porque creo que esta confluencia de voces en una sola voz tiene mucho que ver con las máscaras del teatro.

En efecto, en un momento, Valeria dice que el teatro le da las máscaras necesarias para ser muchas personas.
Y junto a las máscaras del teatro está el interrogante, que yo ya he manejado en otras novelas y que enlaza con la idea de la pose y las apariencias que comentábamos al inicio, acerca de hasta qué punto se tú no eres más honesto a través de tus máscaras que no cuando te desnudas, que a veces puede ser lo más artificioso que uno puede hacer en la vida.

Y a la pregunta sobre la honestidad se suma la pregunta acerca de cómo juzgar al otro: Valeria se interroga a sí misma sobre cómo puede juzgar ella a Daniel.
En el fondo lo que le pasa a Valeria es que es una mujer compasiva, empática, una mujer con la capacidad de meterse en la piel de los otros, capacidad que creo que hemos perdido los seres humanos y actualmente estamos muy encasillados en nuestro punto de vista, en nuestras opiniones. Y aunque aparentemente somos una sociedad que valora mucho el diálogo, en el fondo no nos escuchamos, hemos perdido la capacidad de la escucha y hemos perdido mucho la capacidad de meternos en el pellejo del otro.

Esta falta de diálogo se ve mucho, en la omnipresente tertulia televisiva que nada tiene de conversación.
La tertulia no es en absoluto una conversación, en ella nadie se empapa ni por un minuto de lo que dice el otro porque de lo que se trata es de encontrar un espacio entre el ruido para emitir tu propio ruido consciente de que no va a llegar a los interlocutores. Y lo terrible es imaginar fenómeno de ausencia de diálogo en las tertulias se podría extrapolar al arte y la literatura: todos podríamos estar haciendo ruido pero sin establecer una red de voces a partir de la cual se pueda construir comunitariamente algo útil y provechoso.

A lo mejor no hace falta imaginar…
A lo mejor o a lo peor.

De hecho en una entrevista, decías: “la gran contradicción de escritores que queremos intervenir en el espacio público como Isaac Rosa o Belén Gopegui o yo es que nos gustaría que nuestros libros llegaran precisamente a la gente que no llega (…) lo que yo querría es llegar a los que ven Sálvame para que su mirada cambiara”.
Y este tema se engarza con esa idea de literatura popular y de pueblo que somos incapaces de forjar entre todos. En Farándula, hay un capítulo, que se titula Pureza, donde se dedican tres páginas para tratar de definir el concepto de gente, concepto que tenemos todo el día en la boca, lo utilizamos como si fuera un maravilloso valor, pero la gente son muchas cosas, en la gente encontramos cosas muy buenas, pero también muy malas. Esa imposibilidad de acotar qué es la gente, pero manipular publicitariamente el concepto para lograr los fines que nos interesan se relaciona con la imposibilidad de acuñar un nuevo concepto de pueblo y saber qué es la literatura popular, saber a qué tipo de interlocutores queremos llegar y darnos cuenta de que el tipo de receptor al que llegamos es, a lo mejor aquel que se sabe perfectamente lo que estamos contando.

Para ello hay que tener en cuenta el sustrato cultural, un sustrato que no sé hasta qué punto se tuvo en cuenta en este país y hasta qué punto la Transición no implicó también un movimiento de elitización de la cultura y de separación con respecto a la sociedad.
Yo no estoy tan segura de que el problema de la cultura de la Transición sea el hecho de que se haya elitizado, más bien creo que el problema es justo lo contrario, es decir, que se ha popularizado falsamente. Por ejemplo, los autores de la nueva narrativa española rescatan el concepto de novela clásico, el concepto de novela cervantino, es decir, el concepto de novela que la gente podía identificar y reconocer como novela. Y se produce el siguiente fenómeno literario que es también un fenómeno sociológico: después de muchos años de que la literatura hubiese estado apartada del pueblo o del público, la literatura se reconcilia con el público, las ventas suben y los escritores se convierten en individuos populares. La gente conoce a Marías, conoce a Muñoz Molina, a Eduardo Mendoza, a Rosa Montero… todos ellos tienen su columna en el periódico, todos ellos son muy conocidos. Por esto, yo no estoy segura de que la cultura de la Transición haya convertido en algo elitista a la literatura, sino que creo que la ha convertido el algo falsamente popular

¿En qué sentido falsamente?
En el sentido en que rescata algo reconocible para el público, algo que es vendible, coloca la literatura y la novela en un espacio donde sólo sirve para entretener y, por tanto, se intenta despojar la literatura de cualquier valor trascendental, de cualquier vínculo con el conocimiento, de cualquier posible repercusión social y simplemente se la asocia para el entretenimiento. Para mí era una literatura mucho más elitista el experimentalismo que se hacía en España en la época del franquismo.

Sin embargo tengo la impresión de que un determinado intelectualismo de izquierda ha mirado por encima del hombro a la denominada cultura popular o se ha desinteresado, cerrándose en sí mismo.
Desde el punto de vista literario, el problema de la Transición es que se perdió el concepto de intelectual de izquierda. En verdad no existía tal figura, lo que sucede es que la gente que se dedicaba a la cultura, a la literatura y al arte partió de la base de que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, partió de la base de que verdaderamente habíamos alcanzado una socialdemocracia que en realidad nunca llegamos alcanzar. Y entonces tomaron la decisión de que las cosas que se tenían que decir en el espacio público no tenían que ser en ninguna medida transformadoras de lo social. En este sentido, hubo muchos escritores que hicieron dejación de funciones de sus posibilidades de intervenir en lo real, así que ¿intelectuales de izquierdas? ¿Dónde estaban los intelectuales de izquierda en la época de la Transición? Había gente que hacía política desde partidos de izquierda, pero los intelectuales eran casi todos intelectuales que estaban cerca del poder, incluso aquellos que se llamaban supuestamente de izquierdas y que hoy se caen del guindo y dicen “yo no me daba cuenta de lo que sucedía”.

Hoy en la narrativa observamos dos polaridades: autores, como Isaac Rosa o tú misma, que desde la literatura cuestionan el relato de la transición, y otros autores, como puede ser Cercas, que al contrario ensalzan ese periodo o, por lo menos, responden críticamente a todo posible cuestionamiento.
Efectivamente existe esta doble tendencia. Ya en el año 2001, cuando escribí una novela que se llamaba Los mejores tiempos, quería contar por qué los hijos de los progres nos hicimos conservadores. Es una novela que estaba intentado formular preguntas y plantear algunas respuestas sobre una de las cuestiones esenciales de la Transición: el conservadurismo de los hijos de los progres. Nuestros padres lucharon mucho y hay que saber que luchar es muy incómodo, estar en una posición de permanente contestación, de permanente rebeldía es muy incómodo sobre todo cuando lo estás mamando desde pequeño. Entonces cuando llega la fantasía de la libertad que se nos plantea – y sí es cierto Franco se murió, pero se murió en la cama- resultó muy cómodo decir que todo iba bien y negar a todo aquel que intentaba ennegrecer esta fantasía de libertad. Durante mucho tiempo, en este país la gente crítica parecía pejiguera, cuando uno decía que en España se torturaba, que en España había mucha desigualdad, que los ordenadores estaban muy bien, pero un simple me gusta en una red social implicaba que la vigilancia por parte de un enorme panóptico…. La respuesta siempre era, “¡Pero qué barbaridad!” Hemos llegado a un momento en que todos los críticos hemos quedado reducidos a débiles mentales o a personas malintencionadas.

Supongo que este rechazo a ver, a reconocer aquello que no va bien, explica en parte las dificultades que tuviste para publicar Amour Fou, donde hablas precisamente de la tortura.
Partiendo de la idea de que lo que hacemos los escritores es sacar a la luz los elementos de la ideología invisible que termina siendo la ideología dominante porque es naturalizada completamente, yo en ese libro trataba de contar cuáles habían sido los fallos de una Transición que no había cuajado o, mejor dicho, que había cuajado en una democracia muy defectuosa en muchísimos sentidos. Yo tuve muchos problemas para publicar ese libro, pasó por muchas editoriales y la justificación por su no publicación, sin embargo, siempre era que Amour Fou era un libro muy difícil, un libro que “los lectores no iban a comprender”, un libro con muchas elipsis “que el lector no iba a poder rellenar”.

Lo que cuentas revela, además, que algunas editoriales tienen una ínfima consideración intelectual de sus lectores
Y es que hay editoriales que han jugado a esta imbecilización de lector y ha terminado siendo la pescadilla que se muerde la cola.

Y, retomando ya para terminar el tema del mostrar “la ideología invisible”, en Farándula el teatro es metáfora de la realidad y tú como autora buscas ir más allá de la representación, adentrarte en las bambalinas.
El teatro es, efectivamente una representación del gran teatro del mundo y es una representación de la España de la crisis y de un mundo globalizado. Elegí precisamente el teatro y elegí precisamente el oficio del actor porque para mí es el que mejor representa esa masa informe entre el glamour, el brillo, el espectáculo, esa costra de luminosidad de nuestras sociedades que está rellena de una gran podredumbre, violencia y corrupción sistémica.

Etiquetas: Farándula, gente, Marta Sanz, Premio Herralde, Sálvame, Silicon Valley

Sobre el autor

Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la UB. Es colaboradora habitaual de Panfleto Calidoscopio, ha publicado breves ensayos en la Revista Forma de la UPF y reseñas en 452f. También ha publicado artículos en El núvol o Barcelona Review.

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1 Comentario

  1. Jose Antonio Martínez Climent 30 diciembre 2015 at 8:46

    La fórmula “este país” resulta no sólo cansina sino sintomática de esa rancia pero efectiva enfermedad conocida como superioridad moral. Cada vez que la escucho no digo que me lleve la mano a la pistola como hiciera aquél alemán, pero sí que dejo de escuchar o de leer lo que siga. Los escritores españoles, enfermos de ideología y de utilitarismo, son por lo general adeptos a esa fórmula, que les sirve de pretexto para las reflexiones más generalistas y más inanes. Tal es el caso que nos ocupa.

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