Revista de Letras

Saunders frente a sus traductores

George Saunders | Foto: Paula Redick

George Saunders | Foto: Paula Redick

“Sus cuentos son excesivos, raros, violentos, divertidos y alucinados. Por eso mismo resultan iluminadores de este delirio colectivo al que llamamos normalidad”.

Edicions de 1984

Edicions de 1984

Con estas palabras César Rendueles comenzaba su artículo dedicado a George Saunders en ocasión de la publicación, por parte de Alfabia, de Diez de Diciembre, en una magnífica traducción de Ben Clark. Hace ya un año que Alfabia volvió a poner sobre los estantes de las librerías un autor todavía desconocido para el gran público; en esta aventura, la editorial de Diana Zaforteza no estaba sola: Edicions de 1984 propuso de la misma obra una traducción al catalán –magnífica, dicho sea de paso- de Yannick García. Saunders abandonaba la reclusión –metafórica, se entiende, se dice que vive en una comunidad budista de estricto régimen de visitas- para convertirse en un fenómeno literario que, sin embargo, contradiciendo a los inestables y fugaces fenómenos literarios que acaparan portadas, estaba llamado a perdurar: la narrativa de Saunders había llegado para quedarse. Junto a David Foster Wallace, Thomas Pynchon – de quienes ha recibido efusivos elogios- o Kurt Vonnegut, Saunders se ha convertido ya, para lectores y autores, en un referente imprescindible de la nueva narrativa norteamericana. La reciente publicación de Pastoralia –en castellano por Alfabia y en catalán por Ediciones 1984-, nos permite descubrir al Saunders anterior a Diez de Diciembre, nos permite ahondar en la narrativa de un autor que en más de una ocasión ha sido víctima de las etiquetas que lo enmarcan en la mera experimentación:

“no creo que sea adecuado hablar de relato experimental”, comenta su traductor al castellano Ben Clark, “no opino que Saunders experimente, Saunders hace, crea”.

Edicions de 1984 y Alfabia

Edicions de 1984 y Alfabia

En su itinerario creativo, Pastoralia puede considerarse un proto ejercicio literario de lo que luego fue Diez de diciembre, un ejercicio que, al menos en apariencia, resulta más accesible para la lectura, pero que, sin duda, sigue siendo un reto para sus traductores. Ellos, Ben Clark y Yannick García, mejor que nadie han penetrado en el universo saunderiano que no empieza ni termina en una única obra, un universo en el que la novela ahora publicada ocupa un lugar imprescindible:

“Es cierto que Pastoralia fue un terreno de experimentación para Saunders, donde empezó a forjar un surtido de temas, estilos, a explorar un terreno ficcional, que ha ido prosperando estos años hasta llegar a Diez de diciembre. Sin embargo, yo no lo llamaría jamás un mero ejercicio literario. Es una obra en sí misma, que en su día supuso una ruptura atrevida, una apuesta por el feísmo literario, bastante insólito en la narrativa generalista”, comenta García, en consonancia con Clark, ambos reniegan de toda reducción de Pastoralia a un mero ejercicio literario, a una mera experimentación.

Aquí, una vez más, Saunders recurre a los idiolectos y a los usos lingüísticos propios de la lengua y la cultura, diversa y plural, de Norte-américa para describir una realidad desigual, marcada por las diferencias –y distancias- sociales; la violencia, el odio, la infelicidad anunciada por el golpeteo del martillo se hace presente a través del lenguaje, de su modelación. Con respecto a su traducción de Pastoralia (Ed. Mondadori), Juan Gabriel López Guix, comentaba que había tenido que desechar “la búsqueda de un anclaje con la realidad lingüística de la cultura de llegada”, es decir, había tratado de “no imitar formas de hablar existentes en castellano para injertarlas en lugares y situaciones que no pertenecen al ámbito cultural de esa lengua, sino utilizar rasgos lingüísticos autónomos que se sostienen dentro de la ficción”. Sobre las palabras de Guix, sobre la idea de que ante el lenguaje saunderiano la única solución es desprenderse del contexto original, un contexto, paradójicamente, tan cercano por sus connotaciones socio-políticas y, a la vez, miméticamente poco referencial, Clark y García discrepan entre sí:

Yannick García | Foto: Noemí Fluixà

Yannick García | Foto: Noemí Fluixà

“Para mí todo se reduce a contestar a la siguiente pregunta: ¿Cómo decimos esto aquí? Y, en el caso de Saunders se añade, forzosamente: ¿Cómo podríamos decir esto en castellano? En este sentido y, si he entendido bien lo que plantea el profesor López Guix, no soy partidario de los rasgos lingüísticos autónomos ya que no acabo de creer que existan”, comenta Ben Clark, mientras que el traductor al catalán, no sólo entiende “el concepto de rasgos lingüísticos autónomos”, sino que se confiesa “muy partidario de este enfoque, siempre que sea posible, en mis traducciones”, puesto que, añade, “aporta longevidad a tu traducción”. Para Yannick García, “los idiolectos que aparecen en los relatos de Saunders rara vez tienen una base geográfica, sino que la distinción es más bien diastrática, de clase social y formativa. Es factible su correlación con equivalencias idiomáticas propias, pero requiere el esfuerzo que, por otro lado, cualquier traducción rica exige: buscar, excavar, cotejar, reflexionar”.

La matización de Yannick García sólo es posible entenderla enmarcando a García, así como a Clark, en una nueva generación de traductores que, lejos ya de seguir el modelo de traducción que se impuso a finales del siglo XIX e inicios del XX, ya no buscan las equivalencias lingüísticas así como tampoco, en el proceso de adaptación, convierten las variaciones diatópicas en diastráticas, reconversión que, como puede verse en las primeras traducciones de Dickens -en las que el cockney era sustituido por andaluz- rompe la lógica original a la vez que falsea el contexto ficcional de la obra. Ante este cambio en el modus operandi y ante la disyuntiva de recurrir a una equivalencia del referente lingüístico original o, por el contrario, en concordancia con lo que afirma López Guix, de huir de las equivalencias en busca de una valor significativo dentro de la ficción, los dos traductores parecen converger en su elección:

“ese valor significativo intraficcional no lo logras por el hecho de rehuir una equivalencia, sino en la medida en la que sepas encontrar las que tengan un menor arraigo, las que estén menos localizadas”, comenta Yannick García para quien el texto de Saunders “exige un análisis previo y luego un trabajo transversal de traducción”, puesto que “aunque el texto parezca muy experimental, lo que hace Saunders es no ceder al preciosismo, ser extremamente económico y combinar registros divulgativos, científicos, técnicos —proletarios, en definitiva— con una importante, pero contenida, riqueza léxica y semántica”.

Ben Clark | Foto: Sophie Kandaouroff

Ben Clark | Foto: Sophie Kandaouroff

Ben Clark es más contundente, su rechazo de los paralelismos es radical “las equivalencias no existen, sólo existen las aproximaciones”, sentencia de inmediato, para posteriormente añadir: “no busco equivalencias, pero busco lo que podría parecerse y, sobre todo en el caso de Saunders, he buscado conservar a toda costa el humor, la extrañeza que provoca su lenguaje y su gusto por las expresiones curiosas. En ese sentido mi yonki del cuento Pastoralia habla como un macarra ochentero de El Raval y mis padres adinerados del cuento A casa hablan como ciertos pijos de Madrid que veranean en Ibiza”. A fin de cuentas, como dice Clark, se trata –y en esto los dos traductores parecen coincidir- de “intentar conservar el tono de Saunders, costase lo que costase”.

“La literatura no es un espejo de la vida. Si lo fuera, estaría lleno de grietas y la imagen que devolvería seria inestable, como una gota que hace ondear el agua de un lago” le dijo en una ocasión Saunders a Jordi Nopca, a lo largo de la entrevista que el periodista y escritor catalán le realizó. La literatura, como dice el propio autor de Pastoralia, nunca fue un espejo –Stendhal lo sabía bien-, el reflejo literario es inevitableblemente un reflejo distorsionado, es el reflejo de una realidad captada desde la mirada subjetiva, manierística, del autor, de una realidad reconstruida; sin embargo, cuando el reflejo literario pierde su referente, cuando se convierte en un significante aparentemente hueco de un significado referencial, como es el caso de Saunders y, más en general, de la literatura distópica –ésta construye espacios físico-temporales en cordenadas físico-temporales independientes de toda relación referencia con la realidad espacio-temporal del lector- el traductor se encuentra ante un reto y, a la vez ante una disyuntiva:

“No es que carezcamos de referente claro, es que Saunders multiplica los referentes, se contaminan entre sí, procrean y generan referentes nuevos. Por lo tanto, tú como su traductor ante todo debes olvidarte de corsés lingüísticos y autocensuras de estilo. Todo es posible en tu traducción, tabula rasa. ¡Bueno, eso asumiendo que tus editores lo vean con buenos ojos, claro!”, comenta Yannick García, consciente de la libertad de la que ha gozado al trabajar “con el equipo de Edicions de 1984, que me dan mucha cancha y con los que compartimos una concepción de la traducción”.

Ben Clark comparte la misma idea de García, “no creo que los relatos de Saunders carezcan de referencia. Ni siquiera los relatos de ciencia ficción más extremos —como Escapar de la Cabeza de Araña— carecen de referencias”, sin embargo la dificultad es innegable: si por un lado, Clark hace hincapié en el hecho de que, en verdad, “traducir lo que dice Saunders no es difícil, lo complicado es traducir su forma de decirlo. Pero si uno confía en él, por muy sinuoso que sea el camino, te guía sin problemas. O casi sin problemas…”, por el otro lado, García se detiene en las problemáticas a las que tuvo que enfrentarse en su traducción al catalán: “en catalán, el trabajo sobre todo consiste en recrear el lenguaje de la calle, no específicamente vulgar, sino popular en el mejor sentido, entreverado de lenguaje periodístico, empresarial, histórico, poético e industrial, en Saunders, en un mismo contexto y con la máxima naturalidad”.

En su ensayo La tarea del traductor, Walter Benjamin afirmaba que “la verdadera traducción es transparente, no cubre el original, no le hace sombra, sino que deja caer en toda su plenitud sobre éste el lenguaje puro, como fortalecido por su mediación”; Ben Clark y Yannick García responden a la tarea que el filósofo les asigna, consiguen que la vida de Saunders alcance “en ellas su expansión póstuma más vasta y siempre renovada”. Y en este logro, no basta solamente la maestría traductora, pues, de la misma manera que Saunders sostiene que si él es un buen escritor era porque ante todo era un buen lector, Clark y García son ante todo lectores atentos, conocedores de la propia tradición lingüística-literaria y de la tradición de la que proviene Saunders:

“La biblioteca del traductor debe ser dos veces más grande que la biblioteca del creador que lee en un solo idioma. Debe contener los originales y sus correspondientes traducciones. En este sentido ser traductor es carísimo”, comenta Ben Clark, cuyas palabras son suscritas por Yannick García, para quien “es imposible traducir bien sin ser un lector ávido, curioso, diversificado y más o menos al día”, puesto que, continua, “metes mano del recurso que en ese momento tengas presente y creas que mejor desencadena la sensación lectora original en tu traducción”.

Sin embargo no basta con hablar de lecturas con Ben Clark y Yannick García, a su tarea de traductores se suma su faceta creativa: Clark es autor del poemario La fiera, premio Ciutat de Palma, mientras que Yannick ganó el premio Documenta 2013 por su libro de relatos La nostra vida vertical. Para gran parte de la crítica no hay duda posible, su trayectoria en cuanto creadores aporta un plus a la traducción, aunque ellos dos parecen recelar de dicha afirmación:

“Aunque suene un poco extraño, no puedo responderte. No puedo decirte si es un plus o no porque parto de mi propia experiencia, donde no puedo desligarme de mi faceta creadora”, responde dubitativo Clark, “puedo decirte que he leído grandes traducciones de personas que, hasta donde yo sé — ¿pero quién sabe?— no son ni han sido creadores. Sospecho que debe tener sus ventajas y desventajas, como todo, pero creo que una mente creativa —seas o no creador— es fundamental a la hora de traducir”.

Por su parte, García subraya el aspecto negativo, “creo que, en muchos casos, tener un estilo propio muy marcado puede incluso ser un obstáculo para la traducción, en caso de que te sientas tentado a imponerle al autor tus elecciones, tus giros”, aunque no tarda en matizar: “si sabes contrarrestar ese impulso, toda la exposición a la lengua que hayas acumulado, en cualquiera de sus vivencias —lectora, escritora, traductora— acaba revirtiendo en la calidad de tu producción. O al menos eso es lo que esperas”.

Más allá de la posible influencia positiva que su actividad creadora pueda haber tenido en la traducción de Pastoralia de Saunders, no hay duda de que el regreso del autor norteamericano viene respaldado por dos extraordinarias traducciones que, en palabras de Miguel Morey parafraseando a Benjamin, consiguen “plasmar en la lengua de destino el pulso que late en el original”. Si la lectura de Georges Saunders es siempre recomendable –casi prescriptiva-, si es de manos de Ben Clark y de Yannick García se hace ineludible.

Etiquetas: Alfabia, Ben Clark, David Foster Wallace, Dickens, Diez de Diciembre, Edicions de 1984, George Saunders, Jordi Nopca, Kurt Vonnegut, Pastoralia, Thomas Pynchon, Yannick Garcia

Sobre el autor

Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la UB. Es colaboradora habitaual de Panfleto Calidoscopio, ha publicado breves ensayos en la Revista Forma de la UPF y reseñas en 452f. También ha publicado artículos en El núvol o Barcelona Review.

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2 Comentarios

  1. rolando denver 8 agosto 2014 at 9:50

    No te tortures George. Hoy no he dormido. Jamás subiré al Metro. Su velocidad estorba mi decadencia. Todo está bien, por ahora. Trataré de enderezar mi espalda y dormir. Ya te escribiré. Es un compromiso, casi un dogma. Así me refiero a mis manifiestos fuera de época. Esto que hago, es poco razonable. Sin embargo, lo asumo. Habrá tiempo para improvisaciones. No lo dudes.

  2. Jose 25 septiembre 2014 at 9:48

    Yannick García es, precisamente, el autor de la traducción al catalán del poemario La fiera, con el que como bien dices, Ben Clark ganó el premio Ciutat de Palma. Ambas versiones están publicadas por la mallorquina Sloper.

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