Revista de Letras

Sergi Pàmies es un viejo gilipollas

Su biografía resumida destaca la fecha de nacimiento (1960) y la ciudad del parto (París). Se da cuenta del pluriempleo derivado de la condición escritora y seguidamente se ofrece la lista de sus obras y de los premios obtenidos. Todo ello encabezado por la foto en blanco y negro de un tipo con gafas. Dependiendo del libro que uno tenga entre manos, esa foto será de un joven o de un sujeto ya entrado en años.

Sergi Pàmies (Foto: © Lisbeth Salas)

Bien. Ahora que estamos en el segundo párrafo, libres ya de las ataduras del reclamo publicitario (en un momento explico qué significa esto), podemos libremente decir que Sergi Pàmies no es un gilipollas y pedir perdón por haber utilizado esa palabra con él precisamente, ni tampoco un viejo, por más que confiese en abierto haber nacido hace 51 años (más adelante aclaro qué quiero decir con esto). El motivo del título no es otro que someter este texto sobre La bicicleta estática de Sergi Pàmies a un test de difusión. Decir de alguien conocido en los ambientes literarios que es un gilipollas, habiéndole previamente llamado viejo, dicen que es garantía de cierta cantidad de clics. Podríamos haber utilizado un segundo adjetivo más insultante, pero se ve que no servimos para según qué cosas. Yo no conozco a Pàmies (aunque igual vosotros sí), pero por su escritura intuyo que pasará olímpicamente de nuestro (mi) atrevimiento. Si hubiéramos sometido a la misma técnica estadística (porque todo esto no descansa, en definitiva, más que en fines numéricos, acumulativos) a un escritor más joven y menos conocido en los canales masivos, seguro tendríamos mayor audiencia (porque al fin y al cabo se reclamaría la atención sobre un semejante, habitante del mismo tipo de subsuelo), pero también habríamos concedido publicidad gratuita a una marca dependiente de aquélla para su subsistencia, lo que hoy no nos apetecía. Y lo de viejo hubiera estado de más… Terminamos este inciso con la advertencia de que no vamos a ofrecer ejemplos.

A Pàmies lo he leído poco y rápido. Probablemente en esto último influya la escasa envergadura de los libros que le he consumido: leo sus relatos como quien come frutos secos. Lo que no quita para que su literatura adquiera en bastantes ocasiones la cualidad de memorable. No es complejo, ni forzadamente raro o necesitadamente experimental, los riesgos formales que corre son mínimos y las neuronas del lector trabajan, mientras asumen sus frases, a un inusitado ritmo normal. Lo que equivale a decir que, hoy día, Pàmies es un escritor anormal. ¿Por qué? Me baso en sensaciones, la única información válida puesto que toda posible distorsión la emano yo mismo y no gente de afuera que acabaría, conscientemente o no, deformando la verdad. Una de esas sensaciones la provoca la rara soledad a que veo sometido a Sergi Pàmies. Soledad brutal por más que en sus relatos, es posible que en gran parte autobiográficos, acostumbre a rodearse de gente que las circunstancias termina expulsando: comienza solo, atrae secundarios, éstos desaparecen y fundido a negro. O, si no expulsados, funcionando como satélites de un protagonista que a ratos se observa a sí mismo a través de sus reacciones y comportamiento frente a ellos. Pàmies entonces inmerso en su solitude, enamorado sin ser correspondido, o abandonado sin previo acuerdo (y sentimiento) mutuo, o solo consigo mismo, autoexplorándose (de barbilla para arriba), o practicando el qué pasaría si con esta o con aquella o qué si decidiera hacerme esto o lo otro, etc. Hasta las enfermedades graves, los momentos luctuosos y los tragos difíciles los narra encajado en un ambiente exento de calor, un entorno mental con un atrezzo compuesto de una otredad como meros dibujos olvidados en el zócalo de una pared. Es decir, hace literatura con lo que viene a ser la mierda de vida media de la mierda de clase media, ¿no?

Sí, Pàmies conoce la soledad porque se la han contado y él ha sabido tomar unas inmejorables notas, o porque la ha vivido (o la vive, o la experimenta, o la imagina con una lucidez horrorosa) en primera persona.

Luego está la temática. Si uno es biológicamente joven y aspirante a literato escribirá sobre viajes, fiestas, familia, noviazgos, espectáculos, tecnología, universidades y masturbaciones varias. Uno será más o menos incomprendido y más o menos exótico, tendrá éxito o será un falso fracaso con un diamante en bruto asomando bajo finas capas de pelos, escoria y acné. El escritor joven está programado para ejecutar una reducida escala de temáticas en un variado y amplio registro de estrategias miméticas. Acaso aparecerá alguno (o alguna) capaz de tatuar una mixtura de las apuntadas sobre una o dos visiones filosóficas cuya erótica sea capaz de seducir a los más incautos, pero aun así será posible entrever la velocidad de reemplazo celular de quien escribe, y por tanto ubicar su edad se convertirá en (adecuadamente) un juego de niños.

Así también Pàmies, en apariencia. Ha crecido, siendo desacertado decir que ha envejecido. Del relato sobre encuentros homosexuales, espontáneos e inopinados, ha mutado al rol de hombre casado o divorciado, padre de familia, con responsabilidades y también con pérdidas. En los relatos reproduce una metafísica de la cotidianidad que sólo adquiere tintes heroicos mediante su escritura milimetrada y cuidadosa que, al mismo tiempo, consigue realzar el ingenio a que sus lectores están acostumbrados. Decía (equivocadamente) Max Brod de su amigo Kafka que al trasunto de Fausto encarnado en el K. de El castillo lo substanciaba la necesidad de conseguir un equilibrio vital: un hogar y una ocupación estables, incardinarse en la sociedad. Elementos que para Kafka, siempre según Brod, poseían un significado religioso. Esto, así dicho e interpretado, es la materialización del “sentar la cabeza” de toda la vida, lo que viene a suceder cuando las ilusiones se muestran como lo que son, ilusiones, y la esperanza es trasladada a un discreto segundo plano para hacer sitio a demandas prosaicas. Pero Pàmies demuestra, con su runrún escrito, que posicionarse dentro de la pirámide de Maslow, acatando así la conversión en unidad estadística, no implica la pérdida del ser y estar pretérito, acaso antes oscurecido por el deslumbrante brillo de un futuro inabarcable e infinito.

Quizá ganar edad sea perder amor y acumular recuerdos para, de vez en cuando, entretenerse en quitarles el polvo. También deshacerse de ilusiones vanas y dejar de mirar al futuro para centrarse en el aquí y ahora, pensar más en primera persona, alienarse de la segunda y acostumbrarse poco a poco a que la tercera se olvide de ti como segunda. Lo que nos hace diferentes son las fórmulas de reflexión y los diversos niveles de rebelión: Pàmies re rebela poco o nada, pero reflexiona mucho.

En La bicicleta estática Pàmies ha dejado de pasear por la calle, ahora mira por la ventana. Ha dejado de contar a otros para contarse a sí mismo. Y en lugar de recurrir a la queja, al énfasis y/o al histrionismo, ha preferido abrir las manos y decir esto es lo que hubo, esto es lo que hay. Lo que le honra y le quita diez, veinte años de encima, de delante. Otros en su lugar se tiñen el pelo (o se lo implantan ya full-equipe, con color integrado), van al gimnasio (a sudar, a mirar y ser mirados), sustituyen la comida por la bebida (xº) y se convierten en aprendices de pederastas. Con semejante velocidad (al igual que los escritores jóvenes) aceleran la irreversibilidad de la muerte, se acercan más ella porque dedican esa ya estrecha franja de vida a deseos, planes, futuro, desmenuzando unos días en los que no podrán estar nunca.

Sergi Pàmies no, él se ha situado a un lado de la vorágine y, aunque parezca lo contrario, ha decidido actuar no representando. De esta forma, al dejar de pensarlo, de construir hipótesis de mañana o pasado mañana basadas en deseos o ilusiones mentales, el futuro se aleja hasta convertirse en espejismo tembloroso en la línea del horizonte. Se permite entonces mirar el presente y, sobre todo, el pasado; jugar con los recuerdos como si fuesen recortables a los que coloque diferentes vestiduras. Un álbum de fotos dinámico en cuyas instantáneas los retratados no miran a la cámara sino que se mueven, borrosos, entre verbos. El único totalmente quieto es el fotógrafo, Pàmies, que incluso llega a ocupar la mayor parte de las imágenes.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: Anagrama, La bicicleta estática, Sergi Pàmies

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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