Revista de Letras

Sergio Chejfec, “toda escritura es una combinación”

16 enero 2009 Entrevistas

Nacido en Buenos Aires en 1956, Sergio Chejfec Sergio es uno de los autores que más está sonando en el nuevo canon de la literatura argentina. Entre 1990 y 2005 vivió en Caracas y desde entonces reside en Nueva York. Ha publicado las novelas: Lenta biografía (1990), Moral (1990), El aire (1992), Cinco (1996), El llamado de la especie (1997), Los planetas (1999), Boca de lobo (2000), Los incompletos y Baroni: un viaje (2007).  Mis dos mundos ha sido elegida por la revista Quimera como una de las mejores novelas del 2008.

Le preguntamos:

¿Cómo surgió “Mis dos mundos”?

La revista Quimera ha elegido “Mis dos mundos” como una de las mejores novelas del 2008, ¿qué le supone dicha mención?

Se ha dicho de “Mis dos mundos” que es la crónica de un paseante comparándola con autores como Walser, Magris, Sebald ¿Está de acuerdo con la relación?

“Mis dos mundos” cuenta el desconcierto de un viajero extraviado, ¿somos ese viajero extraviado?

¿A qué certidumbres se aferra su poética?

¿Se pueden tener hoy certidumbres?

¿Cómo funciona su proceso creativo?

¿Cuáles son sus referentes?

¿Qué se encontrará el lector en “Mis dos mundos”?

Y nos respondió:

Como suele pasar, la novela tiene una historia más larga del tiempo que me llevó escribirla. El año anterior se me había ocurrido la idea de un ensayo sobre los libros de dos amigos, dedicados a sus propios cumpleaños. Uno se presentaba como una divagación interior y el otro era más parecido a un diario de viaje, aunque llamativamente había elementos muy mezclados en cada uno de ellos. Ambos esquivaban con elegancia la idea de balance y al mismo tiempo la asumían; balance como una elaboración más o menos trascendental sobre el tiempo vivido. En cualquier caso fui dejando pasar oportunidades, probablemente debido a que escribir sobre cumpleaños ajenos, así hayan sido cumpleaños llevados a libros, me pondría en un lugar acaso inconveniente, porque me explayaría sobre mí experiencia personal y en especial terminaría comparando mis opiniones y trances sobre el evento con las de estos autores. Tenía la sensación de que los iba a comparar innecesariamente, porque yo me vería obligado a asumir un papel que nadie me había otorgado. O sea, iba a resultar un despliegue un poco exagerado. Y por otro lado no me gustaba la idea de un ensayo crítico, porque a la vez el tema en este caso se descubriría demasiado insustancial. Mi escritura es por naturaleza, digamos, un poco abstracta; de modo que a veces debo evitar no rodearme de algunas cosas que me permitan asignarles la función de escenario. Por lo tanto casi abandoné aquella idea, y me fijé escribir algo breve sobre ambos libros en algún momento del futuro.

¿Cómo un escritor describe su cumpleaños? Esa era la pregunta que me resultaba más incitante. Imaginaba una antología de relatos sobre los cumpleaños propios. Flaubert alude a uno en sus cartas, hay menciones en gran número de diarios de escritores, pero pocos relatos alrededor de eso. Es fácil ver representaciones variadas de la subjetividad y de la primera persona, del pasado personal y de los avatares más o menos dichosos o traumáticos de la vida personal. Pero el cumpleaños como acontecimiento es la cristalización de secuencias contradictorias, pertenece a esas cosas de lo más comunes, porque a todos les ocurre sin admitir retrasos, y de lo más individuales, porque sentimos el cumpleaños propio de manera única y cada nuevo año llega diferente. Es decir, yo tenía una curiosidad casi antropológica, porque ambos amigos habían decidido prescindir de cualquier rito conmemorativo. Era curioso, uno de ellos jamás pierde oportunidad de contar la escena más lateral y aparentemente más trivial o arbitraria, tampoco tiene problemas en representarse a sí mismo en las escenas más equívocas y fantasiosas, y sin embargo la celebración del cumpleaños, en un relato dedicado a la fecha, la cosa más previsible en su caso, no aparece. Lo mismo podía decir del otro amigo, porque siempre escribe lo que se le ocurre y no se atiene a ninguna formalidad de géneros. Esas preguntas me resultaban relevantes porque no se respondían, habían quedado flotando y de ese modo veía desaparecer un tema que acaso habría sido atractivo.

Así estaban las cosas cuando regresé de un viaje a Brasil, a donde había ido por la aparición de una novela mía, Boca de lobo, en portugués. Estuve allí como 10 días, muchísimo tiempo para presentar un libro; por lo tanto había contado con una buena cantidad de tiempo libre. Y en efecto, al regresar me sentí que como si estuviera volviendo de unas vacaciones en territorio desconocido. Ese viaje había coincidido casi con mi cumpleaños, pocos días antes; y de hecho cuando lo advertí me vinieron a la memoria mis amigos, porque encontraba que de combinar ese viaje con mi cumpleaños y el influjo inspirador de sus libros, acaso encontraría la manera de “fijar mi posición” sobre el importantísimo tema del aniversario propio, o sea, una manera de actualizar mi diálogo con ellos. Y así fue. Me propuse extraer casi 24 horas de los días pasados en el Brasil y reflejar lo que me ocurrió en ese lapso. Lo que me ocurrió y lo que, en apariencia, se me ocurrió.

Digo lo que se me ocurrió porque, para mí, la narración está relacionada con el curso del pensamiento. Es la escena que me interesa poner en primer plano. No al modo de las asociaciones automáticas y las derivas de sentido o del non sense, sino como una tarea de especulación sobre la navegación mental que de por sí es la escritura, donde se mezclan recuerdos inmediatos, casuales, arbitrarios o lejanos, de cualquier tipo, observaciones intrascendentes y por supuesto infinita cantidad de valores, preocupaciones, prejuicios o manías. El marco resultaba para mí inmejorable, porque desde hace bastante tiempo tengo cierta inclinación por los parques extensos. En general son sitios que no se proponen como copia de la naturaleza, sino, dada su extensión imprecisa (no inmensos como lo verdaderamente abierto, tampoco acotados como las plazas o paseos más habituales), como lugares donde la vida vegetal se acomoda, a su modo, a las variables impuestas por la densidad, el cuidado intermitente y la escala en general. Eso los convierte en sitios sumamente extravagantes, porque tienden a proponer un aislamiento artificial respecto del entorno, lo que les permite un grado de fascinada autonomía, por lo menos para mí, porque tengo la impresión de que cada visitante se convierte al ingresar en ellos en un ser medio autista, agrega aislamiento al que de por sí ya debe rodearlo, al haber ingresado solitario a ese lugar.

La verdad es que buena parte de lo que consideramos espacio natural o naturaleza ya no merece ese nombre, yo prefiero llamarlo aire libre, y más bien lo que se ha producido a lo largo del tiempo es una metamorfosis de esa antigua naturaleza abierta en una suerte de parque extendido, casi del tamaño del mundo, con sus casi infinitas secciones temáticas. Por eso me quedo con los parques propiamente dichos, porque dan cuenta de una época de las ciudades cuando éstas legítimamente creían que podían encerrar un pedazo de tierra bruta y acomodarla y diseñarla según las metáforas paisajísticas al uso. Ahora esos motivos paisajísticos en general ya son mudos, y brindan una oferta de solaz ambiguo, porque en algunos casos la superficie de la que se trata es tan grande que pareciera que muchos son capaces de resistir infinitamente el sobreuso. En fin, me atrae de esos lugares la doble cara que poseen. Silenciosos como nunca la naturaleza lo es, y organizados como tampoco podría serlo nunca, y sin embargo se la pasan convocándola y predicándola.

Por lo tanto esa experiencia del parque brasileño ignoto y medio previsible fue para mí ideal, porque me podía sentir en el papel del explorador y del viajero anacrónico, que necesita confiar en su mirada pero advierte que ella, por ser un producto cultural ya adocenado, ve solamente lo que sus ojos están entrenados para ver, lo que le enseñaron. Entonces no hay impacto, o los impactos pertenecen al orden de la elaboración, digamos, mental. Tengo la impresión de que mi literatura encuentra a veces estímulos en la falta generalizada de sorpresas. El mundo ya no sorprende, ni en su supuesta majestuosidad como tampoco en sus equívocos avances, para no hablar de las verdades concretas, flagrantemente evidentes y escamoteadas con deliberación al mismo tiempo. Como el mundo ya no tiene sorpresas, creo que mi deber, modestamente, está en dificultar un poco las cosas. No para denunciar aquello que para todos es obvio y evidente, ya la literatura y el arte en general fueron dejados de lado como esclarecedores de conciencias, fuera de algunos mecanismos consoladores y tranquilizantes, que resultan muy productivos porque hacen creer que siendo correctos ya estamos en paz con nuestra conciencia, sino complejizar lo dado para que recuperemos la experiencia de no saber dónde estamos y qué preguntas debemos hacernos o responder. Como programa político puede ser muy difuso, pero considero que la literatura está en condiciones de plantearse ese tipo de desafíos éticos generales, digamos entre filosóficos y antropológicos, porque a la vez necesita alejarse de los otros discursos que establecen una relación más directamente estrecha con la llamada realidad y buscan proclamar una lectura de ella. No digo que la literatura no pueda hablar sobre la realidad, sino que tenemos derecho a sospechar de su supuesta clarividencia.

Es habitual escuchar que la literatura dialoga con la realidad. Puede ser cierto, pero es también demasiado vago. No hay cosa que no dialogue con la realidad. Si quiero ser más específico, digo que la literatura dialoga en primer lugar con la misma literatura. Creo que cada escritor dedica sus libros a los otros escritores; en primer lugar a los del pasado, a los libros que lo han marcado o con los cuales se ha formado, y en segundo lugar a sus pares, con quienes tiene una relación dinámica en la medida que actúan como vecinos, aunque obviamente no pueda conocer a todos. El punto es que esos diálogos no necesariamente son eruditos o librescos, y tienen tantos grados de deliberación y estrategias para encubrir o adornar sus claves que en eso va toda la literatura entendida como actividad discursiva. Quiero decir, la literatura es amorfa y sólida al mismo tiempo. Tiene la solidez de lo institucional y la falta de forma preestablecida de cualquier arte; y un escritor en algún momento debe optar entre lo institucionalizado como convención o tendencia, y lo lateral, que no necesariamente debe ser amorfo, y poco legible. A mi entender, la literatura lucha por preservar su ilegibilidad, porque si es completamente legible pierde su condición de eficacia.

Entonces vemos distintos niveles de relación. Por un lado está la biblioteca que cada autor tiene, me refiero a la biblioteca de lecturas, los libros con los que dialoga, aún sin saberlo, cuando escribe y publica. Y por otro el museo dinámico que es la vida en general, dentro del cual la literatura intenta conservar un espacio cada vez más reducido y por momentos especializado. En cuanto a la biblioteca, nunca fui demasiado atento como para establecer vínculos tangibles con los autores que admiro. Incluso diría que los escritores que me interesan no me impactan por lo verbal, sino por una mezcla que tiene como resultado lo emocional. Y la tensión emocional es algo que intento transmitir en mis libros.

En este sentido, puedo decir que varios de los relatos de los argentinos Juan José Saer o Antonio di Benedetto me conmueven en ese sentido, una mezcla de conmoción intelectual, estética y emocional, que creo que es en definitiva la experiencia de la belleza. De ambos admiro el control que ejercen sobre su punto de vista, y por supuesto admiro el punto de vista de ambos. Con Saer me siento más cercano, porque él entendía la narración también como divagación, aunque una divagación más controlada y menos derramada hacia su propio sinsentido, como puede ser mi caso.

Sobre Walser, mencionado en las preguntas, no puedo decir mucho, más allá de que para mí pertenece a esa gama de escritores cuyas vidas nos resultan más significativas que sus obras. Digamos que como escritor caminante, Walser viene a representar el agotamiento del paseo como experiencia cultural básica de la modernidad, porque es el caminante desaforado y sin control que escribe en los momentos de escritura desaforada y sin control. Escritura y caminata están disociadas; una y otra son parientes demasiado alejados, ambas han adquirido una economía más bien mecánica, con tan mala suerte que son las dos únicas actividades que Walser arrastra con intermitencia. La larga tradición de caminantes escritores ha dado lo mejor de sí, en el sentido de construir una experiencia cultural relevante. Desde Sterne hasta Borges, pasando por Rousseau, Kafka, Benjamín, Pessoa, Handke, Sebald, Joyce, etc. Ser caminante parece ser condición para ser un escritor superior. Se trata de un tópico moderno que como tal ha producido sus propios lugares comunes. Y me parece que es difícil predicar la caminata literaria si uno no trata de apartarse de ellos.

Hoy la primera experiencia de un paseante creo que se relaciona con el vacío y la repetición. Las ciudades ya no muestran en primer lugar lo particular y los matices, sino lo adocenado, lo generalizado y los contrastes. La segunda experiencia tiene que ver con las estrategias, porque la ciudad, cualquiera, es ya un mero escenario donde desarrollar un sentido generalmente prefijado, salvo que uno quiera escribir una guía para viajeros. Entonces nos enfrentamos, como caminantes escritores, a situaciones de distinto tipo, en primer lugar todo lo relacionado con la experiencia de la decepción.

Creo en este sentido que la literatura tendría mucho para decir sobre el espacio contemporáneo en las ciudades. Podría desmentir por ejemplo la abstrusa lógica de los no-lugares, una verdadera rémora del dadaísmo, que en su momento surgió como experiencia celebratoria de espacios urbanos vaciados de contenido social, sitios que no eran usados para nada, adonde los grupos dadaístas peregrinaban en una suerte de ritual estético, y terminó estableciendo un ambiguo culto a los sitios despersonalizados y de tránsito, eventualmente también los vacíos, olvidando que ahora son puntos donde la maquinaria mercantil se expresa sólo a través de la exageración, de ahí sus contrastes entre hiperfuncionalidad y desamparo y crueldad extremos. Pero siendo así, tanto unos territorios como otros tienen distinto tipo de actores y sobre todo tienen dolientes, por lo general invisibles para quienes celebran los no lugares en términos de utopías estéticas urbanas. De modo que la poetización de los espacios puede ser un arma de varios filos. En cualquier caso no es algo que me preocupe demasiado, más bien funciona como una advertencia latente.

Cuando comienzo una historia no tengo demasiadas cosas previstas, pero sí tengo, como digo, advertencias o prevenciones. Soy intuitivo, y las prevenciones se expresan alrededor de las cosas sobre las cuales creo o sé con distinto grado de conciencia que no puedo hacer del todo bien, digo, con resultados de los que no me arrepienta. Toda escritura es una combinación de lo que se quiere hacer y de lo que no se puede hacer, en términos de incapacidad. Cuando escribo me siento más atraído por las múltiples reverberaciones interna del relato que por un avance en términos de intriga convencional. Porque, como dije antes, me interesan las historias que se interrogan a sí mismas sobre su estatuto de verdad e incluso de utilidad. La utilidad es el límite de todo arte, y creo que la literatura es más plausible cuando se presenta a primera vista como engañosamente inútil, tanto en el sentido de poco utilitaria como de tendencialmente infructuosa.

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Sobre el autor

Diego Giménez

Diego Giménez, doctor en filosofía y pensamiento (UB) con una tesis sobre "El libro del desasosiego" de Fernando Pessoa, ha realizado diferentes actividades relacionadas con la literatura y el periodismo. Ha trabajado como redactor de LaVanguardia.com y en 2008 cofundó Revista de Letras. Actualmente está terminando un proyecto de investigación que prevé la publicación del libro "História do 'Livro do Desassossego'" en la editorial Angelus Novus con una beca financiada por la Fundación Calouste Gulbenkian.

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1 Comentario

  1. Guido Finzi 10 diciembre 2011 at 18:22

    Fue Graciela Borges quien dijo que los que pasean, no se suicidan. Al hilo de esto, me viene a la mente Elie Wiesel y su opinión, a través de un personaje, que las piernas son imprescindibles para llegar al conocimiento.
    Chejfec es un escritor complejo, dotado de una técnica y un talento descriptivo, que lo convierte en poco apto para la gran mayoría.

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