Revista de Letras

Soldaditos de plomo del nuevo milenio

11 diciembre 2015 Críticas, Portada
Christos Ikonomou | Foto: P. Petropoulos

Christos Ikonomou | Foto: P. Petropoulos

“Es muy raro ser pobre, me dijo Petros, es como si fuéramos uno de esos pingüinos que salen en la tele que ven cómo se derrite el hielo a su alrededor y no saben a dónde agarrarse ni cómo salvarse y de la locura y el miedo que les entra se lanzan a devorarse uno al otro.”

Christos Ikonomou (Atenas, 1970) se dio a conocer en Grecia con un conjunto de relatos que podría traducirse como La mujer en los raíles (2003) y ha consolidado su trayectoria con Algo va a pasar, ya lo verás, que obtuvo el Premio Nacional de Cuento y que ha sido recientemente traducido al español por Maila García Amorós y publicado por Valparaíso Ediciones.

Estos relatos, cosidos por la temática de la crisis, suceden en fábricas, hospitales, astilleros, tabernas, oficinas de contabilidad, hospitales y bloques de pisos del extrarradio. La crisis, más que ser escenario —como en las novelas policiacas de Petros Márkaris— es premisa y sustrato, aquello que acaba conformando a los personajes, instalándose en sus vidas y minando su identidad y autoconfianza.

Ikonomou muestra los estragos de la crisis en el paisaje humano de la Grecia actual, y lo hace a través de las dificultades materiales que atraviesan sus personajes, sí, pero sobre todo, a través de la figuración de su vida psíquica y sus mecanismos de evasión o compensación. Se parte de la cotidianidad de unos personajes al borde del colapso o del desahucio, víctimas de la actual situación socioeconómica —parados, pensionistas, obreros que llevan meses sin cobrar, inmigrantes repatriados, parejas carcomidas por la miseria y el rencor—, y se prioriza el viaje interior que nos muestra su profunda extrañeza y desasosiego. Lejos del melodrama y del costumbrismo, se focaliza en lo humano, en lo particular, en lo irreductible. Y aun así todas estas voces parecen fundirse en una sola, como si todos los personajes conformaran un coro disperso, una única voz deshilachada con distintos matices y tonalidades.

Algunos de los personajes tienen conciencia de clase y otros no, pero todos se sienten perdedores en una historia que alguien escribió hace mucho tiempo y que ellos no se ven capaces de cambiar. Están de vuelta de la esperanza y la fe en el cambio, si bien urden fantasías como incrédulos señuelos de supervivencia. Viven aterrorizados, vencidos por el estupor de saberse víctimas y no poder tomar las riendas de su vida. Aunque no aparecen idealizados, se les trata con respeto y ternura, como seres poliédricos y complejos, asaetados por mil miedos y paralizados por la tristeza y la vergüenza de ser pobres.

En el primer relato, Venga, Eli, dale de comer al cerdito, una mujer rememora la traición de su novio, que la abandonó llevándose consigo la hucha donde ella había ahorrado ochocientos euros para hacer un viaje. En El soldadito de plomo, un hombre conduce a toda prisa y sin querer recordar el pasado —“todo en la vida es como una uña metida en la carne, no puede hacer más que cortarla, pero no arrancarla, si quieres seguir viviendo, claro”—, hasta llegar a comisaría para recoger a su hermano, un trabajador de los astilleros que fue detenido en una manifestación y apaleado por la policía. Mao, título del tercer relato, es el apodo de un joven insomne y obsesivo que solo habla con los gatos y se erige en guardián nocturno de su edificio, en un barrio donde el miedo se extiende como una plaga y los vecinos se sienten aliviados al saber que alguien ha decidido por fin a hacerse con el control de la situación.

Valparaíso Ediciones

Valparaíso Ediciones

Estremecedora es la peripecia del protagonista de Y un huevo kínder para el niño, un padre que sale a la calle a buscar algo de comer antes de que su hijo despierte corroído por el hambre, y llega, tras mucho vagar, a una iglesia en que varias mujeres vestidas de negro y una niña adornan con flores el Epitafio. Esta representación simbólica del féretro sagrado, que se lleva en procesión el Viernes Santo de la Pascua ortodoxa, aparece en otro relato, Bigotito con carbón, donde Takis, un viudo con dos hijos y dos trabajos, y que se avergüenza de sí mismo por haberse convencido de que es débil, le habla a un amigo sobre hechos del pasado, de la Gran Catástrofe de 1922, que tanto ha marcado el imaginario griego, y también de los años de la ocupación por las fuerzas del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Takis alude a los años en que brotaron miles de amapolas y las chicas las recogieron para adornar el Epitafio, y también refiere la historia de una niña que se vistió de chico y se pintó un bigotito de carbón para burlar a la muerte. Su voz es un consuelo, la voz ronca de un amigo que, bajo la tenue luz de la lámpara de un bar, se empeña en soñar hacia atrás, hacia lo irreversible, y no puede dejar de herirse imaginando cómo habrían sido las cosas si las decisiones tomadas hubieran sido otras.

En Sangre de cebolla, un empleado de una fábrica de cubitos de hielo nos habla de su compañero, Mijalis, un repartidor que admira la poesía de Miguel Hernández, en especial las Nanas de la cebolla. También el protagonista de La unión de los cuerpos se avergüenza de su trabajo, que consiste en meter revistas, periódicos y propaganda en bolsas de plástico, y se deja ir en vanas ensoñaciones —“Quiere estar desnudo con ella en esa casa inmensa y hacer como que es suya, hacer como que son personas sin miedo y sin ansiedad por el dinero ni por el trabajo”— que se truncan con tanta facilidad como a Mijalis se le deshacen los cubitos entre los dedos. La vergüenza y la rabia posee también a los dos hombres de “Para las personas pobres”, a los que han echado del trabajo y que sienten esa pérdida como un traumatismo: “Al principio no sientes nada, dijo Aris, la rotura está todavía caliente y no duele. El dolor y el miedo llegan después”. A veces el dolor es tan insoportable que lleva a cometer actos extremos y desesperados, como en Pingüinos en la puerta de la oficina de contabilidad, donde un hombre se traga cinco tachuelas al ver que la policía ha arrestado a su hijo.

Las cosas que llevaban muestra cinco hombres que hacen cola toda una noche de enero ante las oficinas de la Seguridad Social y encienden un fuego en la acera para calentarse. No hacen siquiera el esfuerzo de presentarse, pues asumen que son meras cifras y se han convencido de que los nombres carecen de importancia. El narrador adopta el tono de quien hace un inventario para describirlos: los designa con números y acumula datos acerca de patologías, objetos que llevan encima, hábitos y costumbres, e incluso secretos o pecados ocultos, traiciones y promesas rotas. Llevan encima muchas imágenes y muchas voces, de vivos y también de muertos, pero, por encima de todo, cargan con un miedo callado y con el peso del tiempo y de la enfermedad.

Hay en estos relatos una buena cantidad de parejas destruidas, hombres y mujeres que se miran como extraños o como enemigos. En People are strange, una pareja vive aterrorizada por no poder realizar los pagos pendientes y no se atreve ni a soñar que las cosas mejoren, mientras en su barrio cae una lluvia como largas cuerdas negras que parecen unir el cielo con la tierra, y el viento desprende los adornos navideños de la calle y los balcones.

“La nostalgia es un perro sarnoso, con ojos legañosos que se lame las heridas y te engaña y cuando extiendes la mano para acariciarlo te muerde con todas sus fuerzas.”

En Ajenas. Lejanas, que tiene lugar en Haniá, en la isla de Creta, Vasilis le habla a Lena, su mujer, para que se duerma o para que se mantenga despierta. Le explica cuentos y cosas que no tienen nada que ver con su situación económica ni personal, con el fin de mantener lejos el dolor del recuerdo. Obviando la profunda extrañeza que le invade cuando de pronto mira el rostro de Lena y no lo reconoce, Vasilis alimenta la noche con cosas inútiles —hechos, datos, números— y no dice nada sobre la casa, el trabajo y la vida que perdieron. También en Sal y quémalas prevalece la voluntad de no dejar huellas ni el menor vestigio de un pasado que avergüenza.

El relato Algo va a pasar, ya lo verás está protagonizado por una pareja a punto de ser desahuciada. La mujer, Niki, se imagina despidiéndose del lugar donde ha crecido, de sus bancos, postes de luz y naranjos. Le cuenta a su marido, Aris, postrado en la cama, la historia de dos jóvenes que iban a ser separados por cuestiones de extranjería y se pegaron las manos con cola muy fuerte. Resulta difícil pasar por alto que los nombres de Aris y Niki remiten a los antiguos dioses de la guerra y de la victoria respectivamente, y ello produce una amarga ironía. También se llama Niki la protagonista del último relato, Me quitan mi mundo trozo a trozo, que, sentada junto a su compañero bajo un viejo olivo en el jardín de su casa en Salamina, y mientras aguarda el momento de la expropiación, mira cómo el sol dibuja una clepsidra llameante sobre las aguas marinas, llenas de algas, piñas, bidones, bolsas y maderas.

Los personajes que pueblan las páginas de Algo va a pasar, ya lo verás tienen a menudo la sensación de pulular como sombras, de no estar vivos del todo. No saben cuándo duermen y cuándo están despiertos. Uno sueña con un agua negra y espesa que se le pega como si estuviera viva y asustada; otro, con un árbol en cuyas ramas están posados pequeños pájaros negros que mueven las alas sin lograr alzar el vuelo. Uno parece reconocer su destino en las espinas de Jesucristo crucificado; otro intenta, como táctica, no despilfarrar sus fuerzas en el odio y guardarlas para el día de mañana, y también hay quien prefiere pensar que hay cosas verdaderas que no han ocurrido nunca. No creen en el apocalipsis sino en un fin de mundo exclusivo para las gentes pobres, y que consistiría acaso en perder la capacidad de soñar y las ganas de beber vino y de besarse. Sus ilusiones se derriten como cubitos —“como si en el mundo hubiera manos solo para eso, para coger los sueños de los hombres pobres y apretarlos hasta que se consuman como cubitos”— o se apagan como las sombras de las paredes cuando se extingue la turbia luz de la lámpara.

La voluntad de dar testimonio de la realidad actual, de recoger causas y consecuencias y de radiografiar el estado de ánimo del ciudadano griego contemporáneo, se compatibiliza con la belleza y el lirismo concedido a las palabras, que son cortantes pero fulguran. La épica de estos días es deslucida pero sus imágenes, aun forjadas para referir la polvorienta realidad de los nuevos héroes, se deben a una invención brillante. Así, el cielo gris y turbio es asimilado a la pantalla de una televisión encendida sin señal; el aire seco, a la boca de un hombre asustado, y las luces de los barcos, a las cuentas de un collar roto que se hubieran desparramado en la oscuridad. Las historias reales se redimensionan a través de estrategias —uso de varias personas narrativas; frases anticipatorias que se repiten como un mantra en algunos relatos; monólogos interiores y reflexiones en voz alta; mecanismos de zoom y, en el polo opuesto, ampliación de la profundidad de campo— que potencian distintos aspectos de la realidad y en muchos casos hacen emerger la vida interior de los personajes. Las referencias históricas y culturales y también algunos ecos homéricos remiten a una Grecia eterna, con una tradición poderosa y perdurable pero sometida a una acelerada degradación. Christos Ikonomou se propone, más que cantar, retratar a estos proletarios de hoy que, aunque se llamen como los antiguos dioses y héroes, no son capaces ya de librar batalla, pero que tal vez acabarán siendo criaturas mágicas en los cuentos del mañana:

“Puede que los obreros y los pobres de hoy sean los soldaditos de plomo del próximo milenio o los dragones y las brujas del próximo milenio.”

Etiquetas: Algo va a pasar ya lo verás, Atenas, Christos Ikonomou, Crisis, Grecia, Pascua, Seguridad Social, Valparaíso Ediciones

Sobre el autor

Ana Prieto Nadal

Ana Prieto Nadal es licenciada en Filología Clásica (UB) y Doctora en Filología Hispánica (UNED), y está especializada en el estudio del teatro contemporáneo. Como escritora, obtuvo el premio Ojo Crítico por su novela 'La matriz y la sombra' (Acantilado, 2002) y tiene relatos publicados en la revista 'Granta en español', 'El silencio en boca de todos' (Emecé Editores, 2004) y en la antología 'Todo un placer' (Berenice, 2005); también participó en el proyecto europeo Scritture Giovani 2006. En la actualidad, es miembro del Grupo de Investigación del SELITEN@T y compagina la investigación literaria y teatral con la docencia de lenguas clásicas. Ha colaborado en revistas especializadas como 'Acotaciones', 'Anagnórisis', 'Don Galán', 'Pasavento', 'Signa' y 'Tropelías', entre otras, y ejerce la crítica literaria en 'Quimera' y 'Revista de Letras'.

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1 Comentario

  1. Rubén 30 diciembre 2015 at 13:29

    Me ha gustado el libro. A veces con una sola frase alumbra. Y nos están llegando varios libros de autores griegos muy interesantes, especialmente, el de Tsircas, “Ciudades a la deriva”, un “ejercicio” de memoria histórica e imaginación poética. Es la leche.

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