Revista de Letras

Toronto, mapa de un delirio

11 Noviembre 2015 Crónicas, Portada, Viajes

I.

Hay dos cosas que suelen asombrar a los extranjeros que ponen pie en Toronto por primera vez. La primera es la excesiva regulación de la venta de alcohol; la segunda, la cantidad de locos que deambulan por sus calles. La tercera sería, quizá, la multiculturalidad o el alto costo de la vida, pero bajo la luz de la carestía de puntos de venta de alcohol y la sucesión de conciencias delirantes que flotan en la ciudad, la variedad de culturas y la desmesura de los precios pasan a un segundo plano.

Una búsqueda rápida en google revela que Toronto lidera en casi todos los rankings como una de las ciudades con mejor calidad de vida. En una encuesta reciente de The Economist, por citar un ejemplo, en la que se evaluaban factores como la habitabilidad, el costo de vida, el entorno empresarial, la seguridad, la democracia y la disponibilidad de alimentos, Toronto encabezó la lista, consagrándose, para sorpresa de sus habitantes, como la “mejor ciudad del mundo para vivir”. Situada al borde del lago Ontario, el más pequeño de los cinco Grandes Lagos de América del Norte, y con una población de dos y medio millones de habitantes —seis si incluimos los suburbios que componen el área metropolitana o el GTA (Greater Toronto Area)—, Toronto es la ciudad más poblada de Canadá y se erige hoy como su capital financiera; un ejemplo de modernidad, prosperidad económica, tolerancia y apertura al mundo. Pero no fue siempre así. En los años sesenta Canadá vivía un clima de inestabilidad política a causa de la Revolución Tranquila en Quebec. Las corporaciones y millares de anglófonos que poblaban la región de Montreal, no queriendo subordinarse a los cambios sociales que se imponían en la provincia, migraron hacia el sur y se afincaron en la provincia de Ontario, principalmente en su capital, Toronto. Este traslado relajó las costumbres de los locales y alteró para siempre la fisonomía de una ciudad que pocos años atrás se ufanaba de la rigidez de su moralidad. No en balde, a finales del siglo XIX, la habían apodado con sorna: Toronto the good. Toronto la buena. A esta ola de inmigración nacional hay que agregarle la política de apertura migratoria del gobierno de Pierre Elliot Trudeau, que en la década de los setenta atrajo a enormes corrientes de inmigrantes extranjeros, principalmente de Asia.

Antes de la década de los setenta, aun cuando la ciudad empezaba a insinuar un tímido interés en la relajación de su decoro, Toronto era todavía una urbe predominantemente protestante, industrial, opaca, cuyo desarrollo quedaba eclipsado por un exceso de temeridad o de cautela ante cualquier expresión de inmoderación en la conducta de sus ciudadanos. El hecho de que la venta de revistas eróticas estuviese prohibida hasta mediados de los ochenta refleja el pudor que regía las prácticas de la gente común en la ciudad. A pesar de que hoy en día Toronto presenta un mosaico heterogéneo de culturas, religiones y formas abiertas de pensamiento, y su desarrollo parece haberle vuelto la espalda al puritanismo que la dominó durante buena parte de los siglos XIX y XX, la mojigatería protestante todavía ronda la ciudad como un fantasma al que no se puede eliminar del todo. Su presencia es visible, sobre todo, en la primera de las cosas que impresiona a un extranjero que llega a la ciudad por primera vez: la actitud de la sociedad ante el consumo del alcohol.

II.

Es lunes de una noche calurosa de septiembre. Planeo pasar tres días en la ciudad antes de proseguir rumbo a Nueva York y posteriormente de regreso a México. Tengo un mapa, el ánimo aventurero y algunos contactos que me proporcionó un amigo canadiense al que conocí en el D.F. Me hospedo en el Hotel Victoria, un hotel boutique de la calle Yonge, gracias a la recomendación de otro amigo mexicano que vivió durante muchos años en la ciudad y que por motivos económicos decidió emigrar al oeste de Canadá, con la esperanza de enriquecerse en las plataformas petrolíferas de Alberta. Una práctica bastante extendida entre los canadienses, según me relataron, aunque a raíz de la caída de los precios del petróleo la industria entró en recesión, y cada vez son menos los intrépidos que ceden a la fiebre del oro negro. La calle Yonge es la calle principal de la ciudad, y supuestamente una de las más largas del mundo. Cruza la ciudad de sur a norte y es un mundo de luminarias: teatros, restaurantes y tiendas de todos tipos se intercalan en una sucesión infinita. No parece que la oscuridad avance jamás hasta aquí.

Después de sacudirme el vuelo de cinco horas y media desde la Ciudad de México con una ducha templada, bajo al lobby del hotel para pedirle a Farid, el recepcionista pakistaní que me atendió al llegar, que me recomiende un buen puesto de hot dogs. Me habían anticipado que los hot dogs de Toronto, o street meat, como le llaman los locales, son una cosa única. Farid me recibe con una sonrisa y suelta una carcajada cuando le anuncio mi antojo. Me menciona, sin borrar la sonrisa de su cara, que no le gustan los hot dogs, de modo que pese a que ha visto millones de puestos en casi cada esquina de la ciudad, no se atreve a recomendarme ninguno. Además, no es una comida que se suela cenar, me asegura, sino almorzar: “Pero siempre puedes buscarlo por internet. Busca best hot dogs Toronto”. En Toronto, esto lo aprendí rápido, preguntar no sirve de nada, todo se busca por internet. Hablamos de los diferentes tipos de comida que sí se pueden probar en la calle Yonge a esa hora y como ninguno me convence, ni quiero perder tiempo en internet, termino pidiéndole que me indique cómo llegar a la zona más poblada de puestos de hot dogs. Farid sugiere que me dirija a la calle Queen y pruebe mi suerte en cualquier puesto que esté abierto. Son fáciles de reconocer, asegura, y todos deben de tener, más o menos, la misma calidad. Abro el mapa y Farid, servicial, me señala la ruta que debo seguir: al norte por la calle Yonge, camino un par de cuadras y en la calle Queen, a la altura de una tienda departamental que se llama The Bay, doblo a la izquierda. Cuando me dispongo a doblar mi mapa, retomando una conversación que entablamos cuando hice el check-in, Farid me pregunta mi opinión sobre el fracaso del Chicharito Hernández en el Real Madrid. Le contesto que falla muchos goles. Goles, añado, que son más difíciles de fallar que de acertar. Farid asiente complacido, más por haber hablado de futbol que por mi comentario: “Aquí solo se habla de hockey, hockey, hockey, y últimamente, como a los Blue Jays les está yendo bien, de baseball”. Pero lo suyo es el futbol, soccer como lo llaman en Canadá, y el cricket. Farid es un buen ejemplo de la gente que uno se encuentra en la ciudad. Un inmigrante que llegó a Canadá como trabajador cualificado pero no encontró empleo dentro de su campo profesional (era médico en un hospital importante de Karachi) y se tuvo que conformar con aceptar el primer trabajo que le ofrecieron. Es padre de tres hijas y no se puede permitir pasar un mes sin trabajar para buscar otro trabajo. Pese a todo, esta semana está feliz porque tras mucha espera aprobaron su solicitud para obtener la ciudadanía canadiense. Como a los nuevos ciudadanos se les concede un paquete de regalos con descuentos para diversas atracciones del país, Farid, para celebrar, va a realizar un viaje de tren con su esposa y sus tres hijas desde Toronto hasta Vancouver. Dice con una sonrisa que no se va a sentir canadiense hasta no conocer su nuevo país de “costa a costa”. “Este está un caso típico” —me explica Jay, un estudiante de español con quien mi amigo canadiense me puso en contacto—, “muchos inmigrantes vienen atraídos por la promesa de dinero y better life. Tenés que saber que así venden Canadá en las embajadas, en las ferias, como un producto, Canada, a better life. Prosperidad, igualdad de derechos, toda esa bullshit que hablan los políticos”. Le intento hacer ver que mi impresión es diferente, que yo he visto a muchos inmigrantes en todo tipos de trabajos: “Hasta cierto punto estás cierto, amigo, pero no te dejes engañar. Los que ves trabajando en empleos más cualificados, en su mayoría, son inmigrantes de segunda generación. Excepto los ingenieros. Por algún motivo siempre dan trabajo a ingenieros. Pero los demás inmigrantes de primera generación, New Canadians, cuando llegan no aceptan sus diplomas y tienen que trabajar en trabajos que los canadienses locales no quieren hacer… En sus países son doctores, abogados, y acá son taxistas, recepcionistas, waiters. Está un gran problema en este país. El país necesita inmigrantes, necesita inmigrantes cualificados pero nadie confía en las credenciales de otros países. Está un gran problema que esperemos que el nuevo gobierno solucione”. Tiene esperanzas de que su partido, el NDP (un partido de izquierda), gane en las elecciones de octubre y cambie “el desastre que Stephen Harper ha hecho en su mandato”. Jay es profesor de primaria jubilado, vive seis meses del año en San Miguel de Allende y el resto del tiempo toma clases de español en una academia en Toronto. Parece haber adoptado el sentido del humor y los gestos de los latinoamericanos cuando habla. Tiene un tic chistoso en el ojo izquierdo: si presta atención al escuchar, su ojo izquierdo parpadea a intervalos precisos, de modo que, cuando guarda silencio, parece que te está guiñando un ojo con objeto de llamar tu atención. Sus ojos se llenan de brillo, de entusiasmo, al hablar de política, y el parpadeo desaparece. Es su pasión, me cuenta, sobre todo ahora, en época de elecciones, y al ser la primera vez en la historia que su partido puede llegar a gobernar el país. La política y el hockey son sus dos grandes pasiones. “Últimamente estoy siguiendo a los Blue Jays, también, porque ganan todo, pero la pelota no me gusta tanto como el hockey”, dice. Habla español bien, con un acento recargado que mezcla sin distinción modismos mexicanos, argentinos y cubanos, y a veces comete uno que otro error en la conjugación de ciertos verbos, sobre todo el “ser” y el “estar”. Si no encuentra la palabra que necesita para expresar su idea en español, la suelta en francés o en inglés. El español y América latina en general son su tercera pasión. “Todos mis profesores son de todos países, por eso no sé si hablo como colombiano, mexicano, argentino, o cubano, o como todos al mismo tiempo, no me importa, me gusta todo América latina”, dice sonriente.

III.

Deambulo por el distrito financiero sin saber con exactitud hacia dónde dirigirme. Son alrededor de las 10:30 p.m. y la ciudad parecería estar despoblada si no fuera por los coches que circulan en las calles, y por un gimnasio que flota en el segundo piso de un edificio en la calle Yonge y muestra a gente ejercitándose, la mayoría andando en bicicletas estáticas o en caminadoras. Una aglomeración de torres de cristal, con algunas de sus ventanas iluminadas, se agrupan en torno a las calles cuadriculadas con nombres que reflejan el vínculo que Canadá mantiene con la monarquía, como la calle King, la calle Queen, la calle Adelaide o la calle Victoria. Caminando hacia el oeste por la calle King constato lo que ya me habían advertido una y otra vez todas las personas a las que iba conociendo en la ciudad, incluso el señor del puesto de hot dogs donde cené: el distrito financiero de noche despliega un panorama desolado. Una suerte de delirio post-capitalista sin gente, agregaría yo. Y no es, en contra de lo que se pueda imaginar, a causa del invierno (las temperaturas en la ciudad llegan a descender los veinte grados bajo cero a partir de enero). Hoy es una noche calurosa de septiembre. Del invierno, en esta época, no hay rastro, pero se adivina en las estructuras de cristal que se emplean para protegerse del frío. Como las paradas de tranvía: son dispositivos de cristal cerrados para impedir que el viento helado se cuele mientras se espera. O las dobles ventanas, las dobles puertas y las dobles puertas giratorias que hay en cada edificio, en cada casa. Ante el frío la única arma de los canadienses parece ser la duplicación; la misma maña de cualquier otro país para expulsar la intemperie pero duplicada. Aun cuando esta noche la temperatura supera los veinticinco grados no hay gente en la calle. ¿Dónde está la gente en esta ciudad que parece un reino vacío de cristal duplicado, y por lo tanto, un reino de mi propio reflejo multiplicado?

A primera vista el distrito financiero de Toronto parece una versión limpia y deshabitada de Manhattan. Una especie de primer borrador de Nueva York. Una maqueta arquitectónica aguardando que llegue la gente, la pueble y así materialice el sueño de transformarse en una ciudad real. Pero a medida que uno ahonda en su recorrido por la ciudad las diferencias entre ésta y Manhattan saltan a la luz. Toronto es el reverso de Nueva York en muchas maneras. Es una ciudad más limpia, más organizada, cuyo ritmo está pautado por un orden preciso que tiene como objeto no caer en la inestabilidad o, peor aún, en el caos. Si Nueva York es el territorio del sí, un grito que afirma de todo lo que es humano, incluyendo el caos, Toronto entonces es el territorio del no, una negación llena de cordialidad, sutileza y distancia. En cierta medida, Toronto es todo lo que Nueva York no es.

Hablando con sus ciudadanos me di cuenta de que la manera más sencilla para describir la ciudad es enumerar todo lo que la ciudad no es: “Toronto no es como Nueva York”; “No es tan fría como Montreal”; “No es tan bonita como Vancouver”; “No tiene tan buen transporte público como las ciudades europeas”; “No es tan peligrosa como Chicago”; “No es sucia”; “No es muy grande”; “No es muy pequeña”: ¿Qué es, entonces, Toronto?

Torres de cristal semivacías se sostienen sobre la fluctuación invisible del capital en movimiento. A mi derecha e izquierda se elevan dos enormes conglomerados de edificios, uno blanco y el otro negro. Algunas lámparas alumbran el interior de oficinas genéricas. Sigue sin haber gente. Me fijo en mi mapa y aprendo que el edificio que se alza a mi derecha es el First Canadian Place, un descomunal rascacielos blanco, cuya fachada está construida con mármol y es el centro de operaciones del BMO, el Bank of Montreal, una de las tantas instituciones financieras que ante el temor al nacionalismo en Quebec se trasladaron a Toronto en los años setenta. El First Canadian Place es un palacio blanco, casi inmaterial, un monumento a la incorporeidad del dinero. En la esquina de un alero gigante que se extiende sobre la acera, cuelga una pantalla semicircular que emite cifras en constante oscilación, las subidas y bajadas de las tasas de cambio, las de la bolsa de valores y anuncios. Uno me llama especialmente la atención: Making money make sense. Un juego de palabras de difícil traducción que se podría interpretar como una mezcla entre: “hacer dinero tiene sentido” y “ haciendo que el dinero tenga sentido”. En el cristal que protege el atrio figura una estampa del skyline de la ciudad y encima, enmarcado por una franja azul, otro anuncio: Save. Earn. Repeat. “Ahorra. Gana. Repite.” Ahí está, otra vez, la estrategia de la duplicación para desplazar lo pernicioso. Todo en el edificio irradia elegancia y limpidez, con excepción de un grafiti que se inscribe en rojo en una de las columnas blancas que soportan el edificio: I hate Toronto. El conglomerado de edificios a mi izquierda es el Toronto Dominion Centre, una agrupación de rascacielos negros cuyo diseño lo atribuyen a Mies van der Rohe. TD, el Toronto Dominion Bank, fue el resultado de la fusión entre el Bank of Toronto y el Dominion Bank, y hoy constituye la mayor entidad financiera del país y una de las mayores del mundo. Los edificios que se construyeron para consolidar la reputación de esta fusión contrastan en diseño con el de la derecha, aunque la altura de ambos es más o menos pareja. Toda la estructura es de acero negro y parece guardar en su interior secretos indescifrables de las operaciones que tienen lugar en la sede que representa. En medio de los tres o cuatro edificios que configuran el conglomerado, aparece la Torre CN iluminada de morado, el emblema más celebre y pintoresco de la ciudad. No es bonita pero tampoco es demasiado fea. Hasta el 2007 fue la estructura más alta del mundo, pero, fiel a la máxima de que todo en Toronto se puede describir negando, ya no. No es la torre más alta del mundo.

Vine al distrito financiero para ver cómo funciona el motor que pone en marcha la maquinaria económica canadiense. Sólo encuentro vacío, estabilidad y un sobrio encanto. A la altura de University Avenue, una gran avenida que cruza la ciudad de sur a norte y tiene cuatro carriles en cada sentido, me tropiezo con algún que otro loco que, como yo, tuvo la idea de salir a pasear un lunes tarde por la noche. Un edificio anchísimo de aspecto pesado, construido en los años treinta siguiendo el estilo beaux-arts, se planta al otro lado de la avenida. En la torre que lo corona, resalta una inscripción luminosa que parece resumir mi experiencia en la ciudad: Canada Life. Sigo caminando y distingo otra vez las torres curvas del City hall, y Toronto me parece el paraíso terrenal de la sobriedad. No se siente peligro, ni riesgo. Solo la asepsia de la sobriedad.

El paisaje del centro de la ciudad lo dominan bancos, empresas de seguros, hospitales y universidades. Entidades que generan no solo bienestar, sino, sobre todo, estabilidad. En Toronto, el miedo a la inestabilidad viene a ser lo que el miedo a los terroristas es en Nueva York: una razón de destierro. Y mientras busco inútilmente una tienda para comprar una cerveza a buen precio (¡en un bar una cerveza estaba a nueve dólares!), noto que no hay nada que pueda trastocar esta inestabilidad con mayor brutalidad que el alcohol, o al menos esto es lo que parecen creer los habitantes de esta ciudad. Así es como aparece, de pronto, el espectro del puritanismo planeando sobre las modernas torres de cristal: al lado del lago Ontario el alcohol tienta con más ferocidad que el fruto a Eva. No hay duplicación que lo combata.

IV.

De las ciudades que rebasan los dos millones de habitantes Toronto es sin duda la que menos pedigrí literario tiene. Cada tanto la gente orienta su mirada hacia Canadá para indagar en su escena cultural y prescindiendo de Toronto, se fijan en Montreal. Esta es una regla sobreentendida que rara vez se infringe. No obstante, siempre hay marginales dispuestos a salirse de las normas. Este fue el caso de dos personajes literarios que, omitiendo el axioma de Montreal, cayeron en este paraíso de la sobriedad. El hecho es doblemente extraño considerando que ambos escritores le profesaban un amor inestimable al alcohol.

Ernest Hemingway llegó a la ciudad, como casi todos sus habitantes, de manera fortuita. Durante un verano de 1920, Hemingway estaba veraneando con su familia en Petoskey, un poblado al norte del estado de Michigan, cuando fue invitado a pronunciar un discurso en la biblioteca pública en torno a sus experiencias como soldado en la Primera Guerra Mundial. Como a Hemingway le gustaba darse aires de bravucón, mintió bastante y encandiló a la audiencia fingiendo haber combatido con el ejército italiano. A modo de prueba tenía su pierna lisiada. En realidad, durante la guerra, Hemingway había participado como voluntario y fue herido por el fuego de un mortero mientras repartía cigarros y chocolates a los soldados italianos, y no, como solía presumir, en combate. Pero esto no se supo hasta mucho después y las personas en la audiencia, al escuchar su relato, quedaron fascinadas. Entre estas personas estaba Harriet Connable, una mujer americana casada con uno de los ciudadanos más ilustres de Toronto. El discurso de Hemingway la conmovió a tal grado que ella, en un rapto de emoción, decidió invitarlo a que se mudara a su mansión de Toronto para que fuera el tutor de su hijo discapacitado y le inculcara el espíritu de valentía y superación que transmitían sus palabras. Hemingway accedió, pero, al cabo de poco tiempo, como se aburría en Toronto y deploraba al niño, persuadió a Harriet para que le ayudara a conseguir un empleo como escritor. A través de los contactos de su esposo, Harriet le granjeó un trabajo como periodista en el Toronto Star, el periódico con mayor tirada del país que además de seguir en activo, opera en una de las construcciones más feas de la ciudad. Fue en la redacción de ese periódico donde Hemingway comenzó su carrera literaria.

En una carta de 1923, Ernest Hemingway le escribe a Ezra Pound acerca de su estadía en Toronto: “No podría ser peor. No te lo puedes imaginar. No te lo voy a describir”. Y después de despotricar contra los canadienses durante un par de párrafos más, concluye: “No he tomado un solo trago en cinco días”. Tres años después publicaría The Sun Also Rises, conocida en español con un título más jocoso: Fiesta. Uno se pregunta si la gesta inconsciente de esa novela tan borracha no habrá surgido como un ingenio de la imaginación de Hemingway para soportar la sobriedad que lo oprimía en Toronto.

Las quejas de Hemingway estaban sustentadas sobre una base de realidad. En el Toronto de los años veinte el alcohol, aunque no escaseaba, tampoco fluía expeditamente. Después de varios intentos por parte de los protestantes piadosos que detentaban el poder económico y político de la ciudad, sobre todo de los metodistas, para prohibir la venta de alcohol (le atribuían la violencia, el abuso a las mujeres y la corrupción a los efectos nocivos de la bebida), en 1916 entró en vigor el Ontario Temperance Act, una ley seca que limitó el consumo del alcohol a propósitos religiosos y médicos. Durante once años el alcohol estuvo prohibido en la provincia. En 1927 la prohibición se revocó, pero como los protestantes todavía ejercían presión sobre el gobierno provincial para que vigilara la venta del alcohol, se creó la LCBO (Liquor Control Board of Ontario), una empresa estatal que perdura hasta nuestros días. Hoy en día, el consumo de alcohol en Toronto es legal, pero tan solo tres tipos de establecimientos tienen autorización para venderlo; las sucursales de la LCBO (el único establecimiento donde se puede comprar todo tipo de alcohol); The Beer Store (una corporación internacional que solo puede vender cerveza) y The Wine Rack (una empresa canadiense que surgió para fomentar la venta de productos locales y sólo está autorizada para vender vinos de Ontario). Un caso extremo que haría reír a Hemingway y que pone de manifiesto el terror al alcohol que hasta hace poco se palpaba en la ciudad es el de The Junction, un barrio al noroeste de la ciudad donde la venta de alcohol estuvo prohibida hasta 1997.

Fue en ese mismo barrio donde una tarde de 1918 unos conductores de trenes vieron que una avioneta se tambaleaba y daba piruetas en el cielo gris de noviembre. El piloto perdió el control de la avioneta y se estrelló, no muy lejos de la zona, contra un hangar. Por fortuna, aparte de una lesión en la pierna que lo haría cojear durante años, el piloto, borracho como una cuba, salió ileso de la cabina asegurándose de que nadie se robara las botellas de whisky que yacían en el asiento de copiloto.

Al igual que Hemingway, William Cuthbert Faulkner, llegó a Toronto por azar. En 1918, cuando tenía veintiún años, quiso enlistarse en el ejército americano para ser piloto en la Primera Guerra Mundial pero a causa de su baja estatura (medía 1.65 metros), fue rechazado. Un oficial canadiense al que conoció en una fiesta, le sugirió que intentara colarse en las fuerzas armadas británicas, las RAF, fingiendo ser inglés. Faulkner se tomó la sugerencia en serio: consiguió un tutor que le ayudó a suplantar su acento sureño por un perfecto acento londinense y le añadió la letra “u” a su apellido porque pensaba que “Faulkner” sonaría más británico que “Falkner”. Por entonces, también, se dejó crecer el bigote que nunca más se afeitaría: juzgaba que le daría un aire inglés. Así nació William Faulkner, el escritor de Absalón, Absalón. Cuando se sintió lo suficientemente cómodo para hacerse pasar por inglés se reunió con los oficiales de las RAF, lo entrevistaron y desempeñó su papel tan bien que nadie puso en duda su identidad británica. Como en la primera guerra mundial Canadá formaba parte del Reino Unido, lo enviaron a entrenarse en una base militar de Toronto. Faulkner siguió los entrenamientos con dedicación y ansiaba el día en que lo llamaran para combatir en Europa. No es que tuviera espíritu guerrero; lo que quería era volar. El 11 de noviembre de 1918, mientras aguardaba su llamado, la guerra terminó. La ciudad estalló de alegría, las celebraciones irrumpieron por todas sus calles y los contrabandistas se aseguraron de que no faltara el alcohol. Faulkner se acopló al ánimo festivo que lo rodeaba y, como era habitual en él, comenzó a beber. Compró unas cuantas botellas de whisky de los bootleggers, los contrabandistas, y una vez borracho, se filtró en la base de entrenamiento, se trepó en uno de los aviones que estaban disponibles, lo puso en marcha, despegó y comenzó a probar suerte con las maniobras que tanto había admirado en su juventud. Esta fue la primera vez que voló un avión solo. Cuando se dispuso a ejecutar el difícil giro Immelman, una verdadera proeza de la acrobática aérea, un hangar se atravesó en su camino y se estrelló. Salió de la cabina protegiendo todas las botellas de whisky que había comprado y se pasó el resto de la tarde bebiendo. A raíz de este incidente le quedaría la nariz torcida para siempre. Poco después, cojeando y con la nariz desviada, William Faulkner se marcharía de la ciudad y se convertiría en el escritor que todos conocemos hoy.

V.

Estoy en el Eaton Centre, un centro comercial que se ubica en el centro de la ciudad. Me quiero llevar un recuerdo de la ciudad. Son las diez de la mañana y espero a que una librería abra. Unas gaviotas de acero cuelgan del techo. Cuando la librería de dos pisos abre, me compro una copia de The Sun Also Rises y otra de Soldiers’ Play, las primeras novelas de Hemingway y Faulkner. Después me desplazo por una suerte de túneles hasta llegar a un atrio de mármol, rodeado de tiendas de lujo, en busca de la cerveza que no pude conseguir la noche anterior. Me percato de que me estoy acercando al mismo lugar de ayer, el First Canadian Place, pero esta vez estoy en el sótano. Esta mañana recordé que en Toronto no se debe preguntar nada. Cualquier información que haga falta se debe buscar por internet. Sucumbí a la tentación de buscar en mi computadora un lugar para comprar una cerveza y mi atención, como me suele ocurrir cuando entro a internet, se fragmentó en la búsqueda de pequeños trozos de información inútil durante un par de horas. No sé cómo llegué a una página que listaba las cosas que no me podía perder de la ciudad. Una de ellas era sencilla de realizar: consistía en ir a Tim Hortons, una cafetería famosa de la ciudad. La otra era un poco más complicada: requería subirme a un tranvía y luego a un barco para llegar a unas islas. Decidí hacer las dos.

La obsesión por la duplicidad de los canadienses fue lo que me arrastró a esta segunda ciudad que se extiende por debajo de la primera, la ciudad que vi ayer por la noche. El PATH, conocido en español como la ciudad subterránea (un espacio creado para resguardarse del frío en invierno), es un laberinto de túneles luminosos que conectan los atrios de diversos edificios, principalmente sedes de bancos, en cuyo sótano se concentran comercios, bancos, puestos de masajes, food courts, y, quién lo diría, dentistas. Las proporciones de estos túneles es descomunal. Según una página de internet, su extensión alcanza los 27 kilómetros. Sigamos fieles a la negación, tan útil para describir esta ciudad: no, la ciudad subterránea no es una ciudad. Y no, a pesar de su extensión, tampoco es la ciudad subterránea más grande del mundo.

Casi al llegar a la sucursal de la LCBO, la tienda que había encontrado en internet para comprar mi cerveza, me topo con un Tim Hortons. Mi apetito turístico por aventuras típicas me incita a entrar. El Tim Hortons es, en realidad, una cadena de cafeterías deslucidas que despiertan el orgullo canadiense porque fueron fundadas por un jugador de hockey de los Toronto Maple Leafs. Entro y sin saber qué pedir, incurro en el error de preguntarle al dependiente cuál es la bebida más popular: “Large double double. Double cream, double sugar”. Cómo dudarlo. La obstinación de los canadienses por la duplicidad no tiene límites. Lo bebo sin entusiasmo: la duplicidad de la crema y el azúcar suprimen cualquier rastro de sabor a café.

Un anacronismo rojo recorre la ciudad con chirridos desagradables. Cuando la gente me decía que el transporte público no es de lo mejor no bromeaban. Me subo a uno de esos tranvías que cruzan la ciudad. Son una suspensión de la modernidad que de otro modo recae sobre sus calles (sólo he visto tranvías tan viejos en películas soviéticas de los años setenta). Un loco entra y me saluda y al escuchar mi acento y descubrir que soy un visitante me recomienda diversas cosas para hacer en la ciudad. No podía faltar, por supuesto, el Tim Hortons, ni el large double-double. Prefiero ocultar que ya me tomé uno para no herir su sensibilidad. Se despide de mí con una sonrisa y empieza a hablar con el aire.

Me bajo con mi cerveza dentro de una bolsa de papel en los muelles de Toronto. Continúo hacia el sur para tomar el ferry que me llevará a esas islas tan bien puntuadas por la comunidad virtual (mantienen una sólida valoración de cuatro estrellas y media en todos los rankings). Las islas se sitúan delante del distrito financiero, a unos cinco minutos en ferry desde los muelles. En internet me sugerían Ward’s Island. Según informaban, hay tres puntos principales para ver en las islas: un aeropuerto, un parque de diversiones y una zona residencial con árboles y playas. Yo elegí la zona residencial. Quiero un lugar tranquilo para tomarme una cerveza sin que me llevaran preso. En Ward’s Island, aseguraban en internet, vas a ver las casas más hermosas que jamás has visto. No mentían.

El barco zarpa y la ciudad comienza a empequeñecerse. Sobresale la Torre CN, el distrito financiero, un enorme caparazón blanco (el estadio donde juegan los Blue Jays) y el monstruoso edificio del Toronto Star, la sede del periódico donde trabajó Hemingway. Conforme me acerco a las islas de Toronto, noto que me empiezo a adentrar un paraíso de sosiego donde prima la cadencia de la naturaleza. Su ritmo se acompasa al movimiento de los árboles, ajeno al tumulto que sacude al distrito financiero. Con todos sus contrastes, sus edificios en perpetua construcción, Toronto se pierde en el horizonte, como un delirio remoto. Atravieso las calles diminutas de la isla y miro perplejo las casas de colores que me rodean. La mayoría son casitas de madera con techos a dos aguas. Una suerte de marginalidad, de disparidad con el tiempo que corre en el resto de la ciudad, flota en el aire. Aquí no hay tiempo. Todo se sostiene sobre una pausa, sobre la placidez de la quietud. No hay bancos, ni tiendas, ni Tim Hortons. Aquí podría vivir. Me aproximo a la playa que da al sur y abro mi cerveza, la que tanto trabajo me costó adquirir. No hay nadie alrededor. Me empieza a embargar un extraña sensación de agrado hacia el vacío de la ciudad, hacia su sobriedad y me digo que pasado mañana, en Nueva York, la voy a extrañar.

Una avioneta en ascenso, contra el cielo azul, comienza a estremecerse. Da una pirueta y luego gira sobre mí. Falla. Está intentando ejecutar el giro Immelmam. Siento que se va a estrellar pero me equivoco. Vuelve a alzar el vuelo. Miro la ventana de la cabina y me parece distinguir a una persona riéndose. Es el piloto. Me sonríe. Una sonrisa delirante de alegría flota debajo de un bigote fino, antes de intentar otra vez el famoso giro. Esta vez lo consigue. El piloto ríe, exultante. No hay duda: es William Faulkner, que desde la distancia agita su mano, saludándome. Lo saludo de regreso y me pregunto si todo esto es real, o si, como tantos y tantos habitantes de esta ciudad, me estoy volviendo loco. Da igual. Le doy un trago a mi cerveza, abro la copia de The Sun Also Rises que recién compré y descubro que en medio de tanta sobriedad, a diferencia de Hemingway, encontré un lugar en la ciudad donde me gustaría quedarme.

Etiquetas: Canadá, Faulkner, Fiesta, Hemingway, Quebec, The Economist, Toronto

Sobre el autor

Laury Leite

Laury Leite (Ciudad de México, 1984). Es escritor. Ha publicado cuentos, artículos, ensayos, entrevistas y crónicas en diversas revistas literarias. Ha realizado traducciones y adaptaciones de obras de Frank Wedekind y Antón Chéjov, entre otros. Escribió la novela ‘En la soledad de un cielo muerto’ (Ediciones Carena, 2017). Actualmente está escribiendo su segunda novela con apoyo del Toronto Arts Council. Vive en Toronto, Canadá.

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3 Comentarios

  1. Marivi 12 Noviembre 2015 at 0:40

    Deliciosa forma de escribir nunca he visitado Toronto, pero con esta descripción tan maravillosa, me sentí acompañándote en este recorrido que de verdad disfrute muchísimo. Felicidades y gracias Laury por compartir este delirio. Por cierto la cerveza excelente

  2. Germán 13 Noviembre 2015 at 14:39

    Viví dos años en Toronto, este relato demuestra una comprensión profunda de la ciudad…
    Me encantó, me hizo sentir “homesick”, que es como llaman allí a la morriña.

  3. Yannis Lobaina 17 Noviembre 2015 at 2:43

    Felicidades Laury, para tan poco tiempo en la Ciudad creo que pudo captar el espíritu Toronteano y su multiculturalidad… Yo, estoy aqui hace ya cuatro meses, y coincido contigo en tu mirada, aunque te falto por ver mucho, Toronto es increíble de sorprendente!!!
    Cada dia, descubro nuevos lugares…personas..No paro de tomar fotos.

    Saludos,
    Yannis Lobaina(Cuba)

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