Revista de Letras

Tristán o el pesimismo

13 abril 2009 Críticas

Armando Palacio Valdés

Armando Palacio Valdés

Tristán o el pesimismo, Armando Palacio Valdés

“Vivir tranquilo, leer mucho, escribir de cuando en cuando lo que cruzaba por mi imaginación, tales han sido mis aspiraciones durante casi toda mi vida”, fue la vida deseada y conseguida por un escritor que tuvo mucha fama en vida, y muy poca una vez muerto, me refiero a un escritor de carácter y estilo decimonónico, Armando Palacio Valdés, publicado recientemente por Velecío Editores, de cuyo reencuentro mirando al pasado podemos congratularnos. Porque difícil es posar nuestra mirada ansiosamente hambrienta en lecturas sólidas que posean un lenguaje y un estilo trabajados y sustanciosos, que luzcan giros que están ya sepultados por la vida apresurada, práctica y técnica que hoy llevamos.

Formando parte del grupo de intelectuales como Leopoldo Alas y Tomás Tuero, el asturiano Armando Palacio Valdés entró en la Real Academia Española en 1906, además de haber estado nominado para el Premio Nobel de literatura en los años veinte. Le recordamos como el autor de “La hermana San Sulpicio”, aunque hubo mucho más en el menú. Hablaba el autor por entonces de la ilusión óptica de la literatura, en función de la experiencia del presente, debido a que al gozar él mismo de mucho reconocimiento en el extranjero, (William D. Howells, reconocido crítico, le propuso entre sus escritores favoritos junto a Zola, Turgueniev, Trollope o Hardy, además de convertirse en uno de los autores españoles más traducidos) ilusionó una larga inmortalidad en lectores, sin embargo tras su muerte, acaecida en Madrid durante la guerra civil, y en un estado de semipobreza y soledad, se le exilió de la memoria literaria de este país, como a muchos valiosos intelectuales.

Tristán o el pesimismo

Tristán o el pesimismo

Tristán o el pesimismo fue escrita en 1906, 1ª edición perteneciente a la librería de Victoriano Suárez, en cuya portada consta, junto a la firma del autor, la descripción “novela de costumbres”. Diestro en esto, los retratos y escenarios costumbristas, Palacio Valdés era un arquitecto de novelas naturalista, estilo derivada del realismo literario de finales del siglo XIX, en el que desarrolla la formación de carácter del hombre a través de planteamientos filosóficos y cristianos, mostrando una mano certera en la creación de personajes femeninos, algo así como Flauvert con Bovary, perteneciente también al realismo. Al igual que ocurre con la famosa obra francesa, Palacio Valdés utiliza con Tristán el estilo indirecto libre, consistente en que, sin abandonar la tercera persona, focaliza sobre el pensamiento de un personaje de tal manera que el lector no sabe si está hablando el narrador o el personaje.

Para el estudio de caracteres y situaciones, Palacio Valdés coloca frente a frente a dos hombres, Reynoso y Tristán de naturaleza tan distinta como el agua y la gasolina. Dos contrastes rodeados de secundarios (muy estupendamente trazados) que crean una trama de enredos sociales, caricaturas o retratos de fina y sutil ironía sobre la “alta” sociedad ( y burguesía) del cambio de siglo anterior, en la España de los intelectuales de cafés y cafetines, de la Restauración, y la corrupción del régimen parlamentario que la caracterizó, algo de lo que el autor rasca migajas en este historial folletinesco. “Dudo que exista en el mundo-prosiguió Tristán-, una ciudad más aburrida, más prosaica y cominera que la capital de España. Aquí la gente se vuelve para mirarse por la espalda, como si todos fuesen seres raros o admirables; delante de cada ciego que toca la guitarra hay una muchedumbre apiñada; las señoras pasan la vida averiguando lo que comen sus vecinas, y los caballeros cuanto ganan sus amigos; la juventud se ocupa en descifrar las charadas o en contestar a las preguntas que proponen los periodioquillos ilustrados. ¿Cuál es el mejor literato? ¿Cuál es el torero más bruto? Etcétera. Y contestan siempre los que no han leído un libro ni han asistido a una corrida…Los generales discuten la separación de la Iglesia y del Estado, y los obispos se preguntan si estamos preparados para una guerra en el extranjero. Y en las calles y en los paseos, en los teatros y en las iglesias, se observa en las fisonomías la misma vulgaridad, el signo indeleble de cursilería y de ignorancia…”. Leyendo este párrafo del libro no podemos evitar pensar que la vida social no cambia tanto como parece en mil años, solo en su manera y forma de manifestarse.

Tristán o el pesimismo era la obra preferida de Palacio Valdés, según sus manifestaciones. En ella podemos deleitarnos de buenas dosis de humor que se manifiestan a través de personajes como Gustavo Núñez o el feo Barragán, por no hablar de la ridícula prima de Tristán, Araceli, adolescente aspirante a marquesa de pitiminí, orgásmica con el postín de las habituales reuniones de saloncitos particulares, “Aquel día rebosaba de distinción y de elegancia el gabinete y el saloncito contiguo de la bella esposa de Reynoso. Una duquesa, tres condesas, una marquesa, y dos vizcondesas; además, las de Domínguez y las de Mínguez, emparentadas con lo más elevado e inaccesible de la aristocracia española. Araceli estaba en sus glorias. Empezaba a perdonar a Elena su oscura estirpe en gracia a los muchos títulos que ya acudían a sus martes”.

Con un pulcro, variado y acertado uso del lenguaje, leer a Palacio Valdés es volver a usar vocablos que teníamos olvidados, y que, sinceramente, son un regalo para nuestro idioma cada vez más empobrecido por los tecnicismos periodísticos a los que gran cantidad de lectores solo alcanzan. Por eso es bueno y saludable volver a clásicos como el que me ocupa, donde podemos apreciar esa elegante manera de hilar fino en costuras literarias, el virtuosismo de mezclar filosofía y enredos novelísticos, ironía y ficción, el mundo de las ideas entre la frivolidad y la profundidad. Una pequeña novela de 350 páginas que es el aliento y el espejo de una sociedad no tan lejana como pensamos, con una prosa valiosa. Se comprende que fuera una de los autores españoles más traducidos.

“La ironía, querido Núñez, es la flor que brota siempre del conocimiento adecuado de las cosas y muestra la imposibilidad de reducir el conocimiento intuitivo al conocimiento abstracto…”

Clara y Elena son dos mujeres Austenianas cuyo decoro y virginal comportamiento era una cuestión de honor. Ante cualquier desliz de una mujer caída en pasiones frívolas y mundanas, la elección de armas y padrinos para el subsiguiente duelo entre caballeros era menester obligado.

Tertulias literarias, literatura teatralizada, haciendas en parajes campestres, saloncitos aristocráticos, caza, pastoreo, arte y sobre todo malos y desconfiados pensamientos y conclusiones, las de un pesimista incorregible como es Tristán, cuya desconfianza en los demás le llevará a dramáticas consecuencias. Ironía a raudales no falta, con la que nos reímos a gusto: “La ironía, querido Núñez, es la flor que brota siempre del conocimiento adecuado de las cosas y muestra la imposibilidad de reducir el conocimiento intuitivo al conocimiento abstracto…”

Una lectura sólida.

Blanca Vázquez
El gusanillo de los libros
http://elgusanillo.blogspot.com

Etiquetas: Armando Palacio Valdés, Blanca Vázquez, El gusanillo de los libros, Hardy, Leopoldo Alas, Tomás Tuero, Tristán o el pesimismo, Trollope, Turgueniev, Velecío Editores, Zola

Sobre el autor

Blanca Vázquez

Blanca Vázquez Fernández (Euskadi, 1962), formación en economicas, empresariales y contabilidad. Colabora con revistas digitales de cine y literatura (larepublicacultural.es, miradasdecine.net, judexfanzine.net, cinencuentro.com). Ha colaborado en el ensayo de cine "Ellos y ellas", junto a Hilario J. Rodríguez y otros autores, de próxima publicación.

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