Revista de Letras
10 años de Periodismo Cultural

Un enigma ancestral

12 febrero 2019 Críticas, Portada

L'Enigma di Lea | Foto: Liceu, Bofill

Ciegos entre ciegos. La sangre brota desde el vientre en un lienzo blanco, el del cuerpo, que se despide de una inocencia irrecuperable. El enigma de Lea, la primera ópera del compositor Benet Casablancas, escrita por el pensador Rafael Argullol, se ha podido ver en el Liceu durante cuatro sesiones que han conectado al público con los principales arquetipos del mito ancestral.

La ópera, divida en tres partes, arranca con el grito y la danza dionisíaca de Lea, que habita una palabra adámica, aparentemente indescifrable, que podemos traducir por Abboeh. La virtuosa mezzosoprano Allison Cook encarna el tránsito del mundo profano al sagrado, convirtiéndose, víctima del estupro divino, en aquella que posee el secreto. El conocimiento lleva, irremediablemente, al castigo por parte del poder. Y por eso Dios encarga a dos vigilantes, Milleocchi y Millebocche, que no se separen ni un segundo de la portadora del fin del mundo, de ese Finisterre en el que la frontera, el límite sin límites, acontece nube e intemperie.

¿Es ese Abboeh, salmo y susurro, una suerte de Rosebud? ¿Qué trineo de nieve esconde esa clave? ¿Qué infancia perdida hay en ese cuerpo que arde ante el panóptico que le han asignado?

Pocos como Casablancas pueden abordar un reto así con tanta libertad creativa. Es capaz de construir un andamiaje musical que no se convierte en una mera ilustración de la narración. El diálogo entre partitura, imagen y texto es pura alquimia. Aunque es cierto que nunca antes había compuesto ópera, su desafíos a partir de lo literario van desde hilvanar la música de orquesta de cámara para Hamlet, o para la pintura de Mark Rothko, hasta glosar el universo de Cees Nooteboom, además de ser el autor de un excelente ensayo sobre el humor en la música. La transgresión que produce en algunas notas sólo puede ser la señal de respeto a un público que, necesariamente, comparte código y sentido de la ironía dramática.

Acantilado

En la puesta en escena de Carme Portaceli, con dirección musical de Josep Pons, la lírica se relaciona con la épica en un juego de osmosis. Lea, “a quien le será negada la intimidad”, se encuentra con las tres damas de la frontera, que nos recuerdan a las brujas de Macbeth, capaces de proporcionar el peor de los oráculos. Pero otro encuentro inesperado, fortuito, tiene lugar cuando el mundo se convierte en sombra sobre sombra. Allí le espera el Sonámbulo Ram (magnífico trabajo del barítono José Antonio López), quien comparte con ella un sueño que le ha llevado, como a Prometeo, a conocer demasiados secretos de lo hermético, de lo inefable. También él será castigado, con la condena que supone la dictadura de la razón y el hielo, y que sólo podrá ser combatido con el fuego fatuo de Lea.

Es en la segunda parte, ahora situada ya en la actualidad, cuando aparece el contratenor Xavier Sabata en la piel del Doctor Schicksal, psicólogo y antiguo dueño de un circo. Las batas blancas de su ejército, formado por médicos o soldados, muestran a los autómatas de una institución que, como en 1984 o en La naranja mecánica, convierte a sus pacientes (o ciudadanos anestesiados) en una sociedad terapéutica. Aquí la distopía resuena con todas las fuerzas. Tres artistas buscarán desvelar el enigma de Lea, desde la pulsión virginal, mística, o sexual. Pero, ¿cuál es el secreto que puede revelar el arte? ¿Por qué el escultor, que trata de fijar la belleza y el dolor, no es capaz de entender que la musa no es un ser pasivo, sino aquella que, como cuenta Sófocles, es capaz de formular enigmas desde el más cruel de sus cantos?

¿No es el enigma de Lea el mismo que el enigma atávico de la esfinge? ¿Qué ser provisto de voz es de cuatro patas, de dos y de tres? ¿Cómo caminas, en cada momento, desde el nacimiento hacia la vejez?

No será hasta la tercera parte cuando Ram, el Sonámbulo, aprenda a mirar de nuevo. “Hemos perdido el hábito de mirar”, ése es el desvelamiento. Y quien mira, sea Ram ante Lea, o Edipo ante la esfinge, es el único capaz de sacar luz de una ceguera, una fragilidad que muta en fortaleza.

Es especialmente bella la escena en la que Lea y Ram, apartados de la espesura que todo lo tapa y confunde, encuentran una claro del bosque (de gran sutileza gracias a la escenografía de Paco Azorín y a la iluminación de Ignasi Camprodon). Lichtung, le llamará Heidegger a ese espacio metafórico. Los cuerpos, que serpentean entre ellos, ocultan y desvelan. El goce será breve, y la libertad un combate. Sí. Pero los espectadores, sin embargo, solo pueden entrever las tinieblas de la caverna, el simulacro de un látigo que jamás ha existido de verdad. Y por eso aún produce tanto miedo en cada uno de nosotros.

L'Enigma di Lea | Foto: Liceu, Bofill

Etiquetas: ópera, Benet Casablancas, El enigma de Lea, Liceu, Rafael Argullol

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Su último libro publicado es 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019)

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario