Revista de Letras

Un mundo de paisajes interiores: “De atardecida, cielos”

19 marzo 2013 Reseñas

De atardecida, cielos. Fermín Herrero
Reino de Cordelia (Madrid, 2012)

Arrímate a los hondos /…/  busca en ellos / lo desasido, la bondad, el sustento / en la pausa /…/ En su plural, la belleza anonadada”, escribía en 2009 Fermín Herrero, soriano de la comarca de las Tierras Altas nacido en 1963 y residente en Valladolid, donde ejerce la enseñanza y la crítica literaria. Una de sus muchas poéticas -esta en concreto pertenece a De la letra menuda– que aquí y allá, en sus premiados libros preñados de contemplativa elegancia, nos ha ido dejando, balizando los lugares donde descansar de un mundo que ha dado la espalda al sosiego y a la templanza propios del ámbito rural, y dando pistas sobre el origen y recursos de su mirada. Como señales luminosas para pecios rescatados y para seres que desean tener una visión más vivaz, menos efímera, más deleitosa y más profunda, nuestro autor ha pergeñado todo un universo de celebración de la belleza natural y de reflexión acerca de los olvidados ámbitos rurales a través de la casi totalidad de su obra poética. No sólo el libro antes mencionado, editado por Cálamo, también otros títulos como Echarse al monte (1997), premio Hiperión, Tierras altas (2006), Tempero (2011, Premio Alfons el Magnanim de poesía) y, entre otros, el último que nos ocupa, De atardecida, cielos, publicado hace escasos meses tras recibir el Premio de Poesía Ciudad de Salamanca, dan fe de su constancia en traspasar los romos límites del mito del locus amoenus para propiciar una mirada reflexiva y cada vez más jubilosa, una mirada que impacta por su estilo impecable y bellísimo y por su arriesgada propuesta de  retorno a la esencialidad del léxico rural -depurado durante tantos siglos y apurado sin piedad en un instante-, al mismo tiempo que a una vida interior más rica y plena en contacto con la naturaleza. Al amparo de una meditación y una comprensión luminosas que con toda certeza agitarán los cimientos de cuantos lectores tengan el privilegio y la virtud de acercarse a esta obra total que es su poesía, sus visiones y sus símbolos caminan parejos a sus endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos, con un ritmo sacudido con frecuencia por osados encabalgamientos y, en la última entrega, cada vez más versos liberados de las pautas clásicas.

Debajo del idioma / está lo sustantivo, la trascendencia, / si la hubiere. Severa, sin ningún / alarde, con un vigor que deja / sin resuello”. A más abundamiento, Fermín Herrero deja  en esta otra poética -de De la letra menuda– constancia de las dos premisas sobre las que se asienta su poesía: por un lado la posibilidad de que lo nombrado -sus arboledas, sus pájaros, sus luces, los ciclos naturales, la memoria de sus padres y de un tiempo irremisiblemente perdido- sean emblemas del hombre trascendido a un plano de unidad con su entorno, de simbiosis íntima entre lo humano y lo natural y el propio cosmos; y por otro su poética de lo severo, donde la sobriedad se jacta de llegar a las fronteras de lo irreductible. Ello no obsta para que lo sustantivo hable con vigor en sus versos -“el vocerío de los pájaros”, las choperas, los alisos, el relente, “la holganza y el retozo”- ni para que su lenguaje -más allá de la sencillez de la que habla- sea extraordinariamente rico y mucho más elaborado de lo que a simple vista parece: “He de bajar la voz, bajarla / cuanto pueda. Y adelgazarla. /…/ porque toda palabra tiene / un amor en secreto” (De atardecida, cielos). Un amor en secreto que es su propia voz enunciándola, develando su íntima condición de reducto de la belleza.

En Tempero, escribe: “Entonces las palabras no estaban / lastimadas, no tanto, cuando tenía / toda la luz del campo, toda la luz / de la inocencia y era lo más sencillo / la libertad /…/ Y ahora / que la mirada hable, que nombre simplemente / lo que ve, me distancia, enjaula su belleza”. Luz e inocencia -aunque no nos engañemos, la inocencia, aquí y siempre, en sus versos, es sinónimo de intuición poética- son premisas indispensables para llegar a esa alegría de la libertad que dota al poeta del  mecanismo de la palabra poética, que es la que hace respirar a la tierra y a sus criaturas, pues todo está vivo aquí, sólo hay que saber escuchar: el sonido del viento y  las nevadas, los alisos y los mirlos, la luz de la atardecida y los pegujales. O, mejor aún, apropiándonos de los versos de Vicente Luis Mora, “No darle voz a las cosas: / ser las cosas / y luego hablar”. Así el poeta  desentraña el misterio y los secretos de la naturaleza a la par que los entraña para hacerlos suyos y comprenderse a sí mismo mediante el empleo de uno de los grandes símbolos de su poesía que llegará a hacerse libro –De atardecida, cielos-: la luz: “No es bueno / cavilar tanto, voy pisando las hojas / como si fuese a germinar la luz entera” (De la letra menuda), “Esta luz que aclara, como recién / hecha, donde por vez primera” (Tempero). Cercano en este sentido a poetas como Antonio Colinas -“Ya no hay luz en el mundo. / Toda la luz está en nuestro interior”; o “Todo ahora es unidad: hay una luz / en lo más interior y profundo de mí”-, a Claudio Rodríguez – “Y el resplandor se abre / dando vuelta a la sombra”- o a Basilio Sánchez – “Añoro la ceguera que es un punto de luz”, “Una luz tamizada ordena el mundo”-, por poner tres ejemplos cercanos a su visión del mundo. En todos ellos la luz se asocia al conocimiento esencial, al misterio, al gozo  y a la revelación, si bien en Fermín Herrero el misticismo -de Colinas, por ejemplo- tenga, al menos al principio, menos importancia que el peso directo de la naturaleza en los sentidos -y por tanto la emoción- y que la preocupación por la desaparición de un modo de vida rural con todo lo que ello comporta de olvido de saberes, de pérdida de contacto con lo natural y de pervivencia de algunas de sus criaturas.

Fermín Herrero (foto: Reino de Cordelia)

Escribía Alberto Manguel que “la fe, religiosa o poética, necesita un territorio en el que residir, ya se aloje en el País de las Maravillas o en el Más Allá”. Fermín Herrero ha hospedado  su acendrado oído poético en tierras castellanas, tan de estirpe machadiana, y en ellas ha dispuesto el mundo. El mundo como paisaje se extiende, así, a lo largo de estos cuatro poemarios, y la mirada que lo funda, pareciendo en ellos la misma, se transmuta de igual modo que los ciclos naturales y el paso del tiempo transforman un mismo lugar. Desde la posición primigenia de Tierras altas, memoria del país agrícola donde el poeta fue una vez niño, el llano numantino, en la que un sobrio canto elegíaco por el abandono de pueblos y sus tierras da voz a los que fueron sus protagonistas, describiendo con un rigor austero los trabajos, pobreza, penurias y esforzadas labores de ese  mundo ya periclitado -“La flor se desploma / en ruina al pasmo de las noches / en pueblos sin escuela ni tabernas /…/ Estos son los dominios del silencio. El tiempo / aquí se para. Y me traduce”-, Fermín Herrero va evolucionando hacia un mayor ensimismamiento, hacia una mayor carga meditativa, sosegada y gozosa, hacia un lenguaje más poetizado y hacia una progresiva búsqueda de la belleza y de la luz de estos territorios. Así ocurre con De la letra menuda, poemario en el que trasciende aún más la anécdota del anterior libro e interioriza la naturaleza extrayendo de ella sus emblemas -la luz, la calma, el gozo que dan sentido y riqueza a la vida-. El protagonista es ahora el yo sintiente que disfruta del regalo de este mundo escueto y rico, sobrio y sublime, y celebra lo efímero y su belleza. Ya no se deja vencer por el abandono de los pueblos –“No debo interpretar sus silencios”- sino que lo aprovecha para extraer de ello la percepción de un mundo feraz que causa asombro y maravilla: “Bajo el cielo / el asombro, sobre el pinar la luna”, y que es la expresión de la naturaleza sensitiva y bondadosa del hombre que la celebra. Estas características se acendran en Tempero, con más presencia del poeta ante el paisaje castellano, con más pasajes meditativos y una mayor depuración de sus símbolos. Se intensifican las expresiones coloquiales -“La helada es gorda”, “A callar se ha dicho, punto en boca”, “Hace un aire que pela”- que el poeta dispersa aquí y allá en medio de un lenguaje extraordinariamente poético y sugestivo, cuyos tonos y significado continúan en esta necesidad de expresar la belleza de la naturaleza con recursos formales ya completamente personalizados y una gran agudeza poética: “La soledad / sus ramas recortadas en un contraluz / que abruma”.

Llegados al último de sus libros, De atardecida, cielos, percibimos que esta progresión hacia lo que el poeta denomina de manera tan expresiva “entrañamiento” ha logrado su obra cimera. Este adentramiento en la emoción ante el esplendor de la tierra o ante sus señales, sus criaturas, sus silencios, rozan aquí el ámbito de la metafísica sin dejar la ética propia de los libros anteriores,  su ética de la nobleza, del cuidado de la tierra y de sus seres  y del disfrute en calma de todo ello como máximas en las que descansa la verdad del hombre y que dan sentido y autenticidad a su vida; si bien el cambio principal que se produce con respecto a los anteriores sea fundamentalmente rítmico, de métrica, pues los versos cobran una mayor libertad y sus alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos se alternan con versos de variada medida. Prosiguen, eso sí, como señas de identidad del poeta, hábiles y abundantes encabalgamientos. Numerosas poéticas cruzan, como en los libros anteriores, sus versos: “Así, / sin vehemencia, dejas a tu lado / las palabras”.

Como el propio título del libro indica, la mirada del poeta se centra en los cambios que el tiempo imprime en el paisaje, desde el otoño hasta el verano siguiente, certificando que la luz del cielo y, bajo ella, los seres que pueblan la tierra, se someten a estas variaciones imparables. El paso del tiempo cobra aquí una singular importancia -“Y del mañana, qué será, / y del ayer, sin nadie entonces, / sin memoria”- y con él el tema de la edad, pero sobre todo la naturaleza de la emoción, el disfrute sosegado y hondo de la vida en comunión con la naturaleza representada en los atardeceres, siempre distintos e irrepetibles, como la vida: “Canta el cuco, aquí y allí, me avengo / a su alegría”. La elevación del poeta llega en este libro a los mismos límites de esos cielos atardecidos, y las muestras de un singular desprendimiento que roza lo inefable, propios del misticismo: “Cómo no / haber sentido nunca el encuentro / del firmamento y lo mudable”. Una paciente construcción se erige desde la elegía hacia la salvación por el sentido de la unidad del hombre con las cosas, pues, como Spinoza, para Fermín Herrero lo espiritual y lo físico son inseparables y no existe la oposición entre el mundo material y el metafísico: “En un grano de trigo están también, y al mismo / tiempo, el surco, la soledad, la aguada / el rumor de la hierba cuando crece”. El poeta sabe que más allá del paisaje, más allá de la luz, hay algo más, inexplicable, secreto, “que escapa a lo que vemos” y la misión del poeta es tratar de hallar la palabra que lo desvele, que lo aliente, traerlo a la conciencia  -“para medir la nieve / haría falta toda la memoria de los almendros”-, ese “no entender entendiendo” de San Juan de la Cruz que no olvida citar en un poema de De la letra menuda, que es la cifra sobre la que se asienta la poesía verdadera, ese respirar en un mundo que está aquí y que sin embargo no pertenece a lo real, esa acendrada mirada sobre lo invisible que habita en lo visible: la transparencia de la luz, la claridad de la intuición que nos ayude a entender el misterio del ser humano. Una propuesta creativa que ha ido evolucionando y creciendo y adquiriendo altura hasta conformar esta cimera visión de la luz en la tarde. El boceto ha fructificado dentro de su alma con la revelación de la naturaleza al ser, de lo que hay en ella de ese otro lado que Antonio Colinas llama “la segunda realidad” y Wittgenstein el misterio de lo místico. De aquí que se trasluzca una sensación de llegada que tiene su reflejo en el gozo, en la satisfacción de ser pleno: la alegría del hombre sintiéndose útil a la memoria y al cuidado de las cosas de la naturaleza: “Con un contento grande vengo / aquí / todas las tardes / que puedo, como si cuidara / un hallazgo o atendiese la memoria / del agua”. La conciencia de ser en todo – “Se aligera de luz el campo y puedo / entrar despacio en mí”- llega a su máximo desprendimiento con una frase rotunda y visionaria: “Soy casi sin mí”.

Pero no olvidemos que el paisaje trasciende el mundo y al mismo tiempo el mundo es el paisaje. Fermín Herrero, preocupado por la soledad irremisible de los pueblos, y por su olvido, resucita en todos sus libros el léxico del mundo rural, la maravillosa precisión, variedad, complejidad y riqueza de la cultura agrícola y de los espacios naturales castellanos. Nada de la tierra le es ajeno, y conoce y escribe acerca de toda clase de árboles -álamos, alisos, sauces, fresnos, mimbreros, álamos, choperas, olmos- y de pájaros -mirlos, estorninos, garzas, gorriones, cuclillos, grajos, picazas, perdices, arrendajos-, y de las labores y construcciones campesinas, de las tierras y de los accidentes geográficos y meteorológicos -las trochas, chozos, los lansarones, la cinarra, el relente, el argayarse de la tierra. Lanchas, tórdigas, rozas, los bañales, la ceñisca, ablentar-.

Al mismo tiempo, diseña en sus libros, con oficio de entrenado y esforzado miniaturista, estructuras perfectamente estudiadas que a menudo tienen su concierto con los ciclos de la naturaleza:  Tierras altas consta de doce partes, correspondiendo cada una de ellas a un mes del año; De la letra menuda está dividido en seis temáticas: Lugar-Nieve-Lumbre-Ceniza-Mar-Hora; Tempero en cuatro partes, cada una compuesta de quince poemas; y en De atardecida, cielos, aunque no explicitado, se describe el paso del tiempo adecuándolo a los cambios de las estaciones.

Toda la precisión de este ámbito formal tiene su importancia, indudablemente, en el cuerpo de su poesía, que nada deja al azar: todo en ella respira trabajo esforzado, medida y  querencia de perfección, una denodada batalla contra lo efímero, lo insustancial, lo vehemente, lo arbitrario, la banalidad y las ocurrencias. Visiones y símbolos, metáforas y comparaciones, léxico y expresiones, citas, y acabadas, perfectas estructuras, tienen su lugar exacto y preciso,  irreemplazable e insustituible. Y lo más maravilloso de todo ello es que Fermín Herrero lo ha logrado con el orden escrupuloso y clarividente de su corazón, que ha tratado de “traducir, por las buenas, lo indecible”: la grandeza del hombre en su lucha contra el olvido; la grandeza del hombre en su deseo de hallar en su interior la juanramoniana exactitud del latido del mund0.

Yolanda Izard (texto y paisajes)

Etiquetas: De atardecida cielos, Fermín Herrero, Reino de Cordelia

Sobre el autor

Yolanda Izard

Yolanda Izard Anaya, (Béjar, 1959), escritora y crítica literaria. Licenciada en Filología Hispánica y estudios de Bellas Artes, en la Universidad de Salamanca. Ha publicado las novelas “La mirada atenta” (Premio Carolina Coronado) y “Paisajes para evitar la noche” (Premio Cáceres de Novela Corta), además de tres poemarios y una Selección de Poemas en la Transición. Colaboradora habitual del suplemento cultural de El Norte de Castilla, y de las revistas digitales Sigueleyendo, Granite&Rainbow y Subverso.

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