Revista de Letras

Un mundo sin Kafka, por José Luis Amores

27 febrero 2012 Crónicas

John Carey es un crítico literario británico ex profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Oxford que se caracteriza por su capacidad para amar gran parte de la literatura de calidad —la, así llamada, Alta Literatura— a la par que, con un estilo sencillo e iconoclasta, desdeña públicamente las posturas elitistas en torno al arte. Su pensamiento ha sido muchas veces utilizado para aupar demagógicamente la cultura de baja calidad al mismo estatus, si no por encima, de la cultura cuya calidad, según ciertos sectores de la crítica académica y los cenáculos elitistas, está fuera de toda duda. Y sin embargo, si se echa un vistazo a la lista de obras que ha editado o ha contribuido a editar no nos topamos precisamente con nombres objeto de veneración masiva: John Donne, John Milton, Andrew Marvell, John Thackeray; y la lista de obras ofrecida en su libro Puro placer: Los 50 libros más apasionantes de la literatura extranjera del siglo XXI incluye una nada desdeñable nómina de obras y autores de… calidad indiscutible: Conrad, Joyce, Sartre, Grass, Updike, Mann, Amis (padre), etc. (aunque sólo cito los que me interesan, el conjunto restante no se caracteriza por escribir “libros” facilones: Seth, Auden, Naipaul, Fitzgerald, Hašek, Gide, etc. —tampoco voy a copiar los 50…).

Franz Kafka (foto: D.P.)

La repulsa de Carey se dirige más al esnobismo y al elitismo cuyo interés primordial reside en la elevación sobre los demás —la masa inculta y bruta— que hacia las obras en sí. Por ejemplo, recomienda la lectura del Retrato del artista adolescente en lugar de la de Ulises, y se hace el sueco a la hora de aclarar si disfruta o no leyendo esta última. Porque su discurso no le permite definirse hasta ese punto. Su objetivo es ganar adeptos (lectores) a la causa literaria, y sabe que si les endilga recomendaciones del orden de Ulises y similares cosechará un rechazo casi seguro. Así que va y se dice: bajemos el nivel hasta un punto del que no tengamos que avergonzarnos. Quedaremos como señores sin que se nos pueda tildar de elitistas ni tampoco de vendidos al poder tan atractivo del mercado de masas. Política sabia si se tiene en cuenta el objetivo, pero tibia si se consideran los resultados. (En el prólogo a Puro placer, Carey expone un panorama futurista aterrador en el que, dado el avance imparable del placer proporcionado por otros tipos de entretenimiento menos exigentes desde un punto de vista de esfuerzo cerebral, que le están ganando hectáreas de terreno al derivado de la lectura, extrapola que cada vez habrá/hay menos lectores hasta que no quede ninguno, devenir cuyas consecuencias para el progreso humano serán desastrosas desde una óptica meramente de entrenamiento neuronal, etc.). Carey no está solo en su empeño, pues este es, ni más ni menos, el trabajo que llevan haciendo desde hace décadas las editoriales —nuevamente, en general—: descender, para ganar clientes, hasta niveles de los que piensan que no tendrán que avergonzarse. La estrategia es similar, y perdonad la comparación, a la de las ofertas de telefonía móvil para nuevos abonados: el cliente más antiguo ha de soportar tarifas elevadas mientras que los nuevos se benefician de descuentos increíbles, aun cuando se sabe que la volatilidad de esas nuevas incorporaciones en cartera es tan alta que los esfuerzos caen en saco roto y que sería mucho mejor focalizar en la fidelización y no en la captación desaforada. Lo que equivaldría a no recomendar el Retrato de un artista adolescente para que la literatura ganara un cliente hipotético, sino ponderar todo Joyce y decir que Ulises es su obra maestra, que se puede disfrutar como un enano leyéndola y que es una lástima perderse obras así por miedo, pereza o ambas cosas (esto he llegado a leerlo en una revista de masas dirigida al público femenino —y que de vez en cuando leo y miro—, escrito por una periodista valiente que aún no ha perdido su puesto de trabajo). Lo que no excluye que se pueda disfrutar de obras menores — con el término “menor” no me refiero a ninguna de Joyce— e incluso muy menores y que de hecho se disfrute de ellas, pero estancarse en niveles bajos con la mala excusa del odio al elitismo de unos pocos tontos sería como preferir hacer botellón al mismo precio que disfrutar del interior de un pub agradable y exclusivo por el hecho de que dentro hay un grupo de gente que nos cae mal. Echémoslos al frío de la calle entonces. Y quedémonos el pub para nosotros, si lo único que queremos es bebernos unas copas sin vacilar de ropa absurdamente cara o de teorías ridículas, o ridículamente expresadas, acerca del arte.

Me parece que el problema real no radica en el elitismo o el esnobismo de un reducto de seres con olor a naftalina. Fue el propio Carey quien hace algún tiempo largó de esta forma:

La escena literaria británica es tan provinciana que hay virtualmente una conspiración para que los lectores no puedan experimentar lo mejor de la literatura mundial …  La literatura extranjera está descuidada en el Reino Unido, y a un extranjero la industria editorial británica podría parecerle un intento conspirativo de privar a los lectores de la mayoría de buenos libros escritos en otros idiomas que no sean el suyo propio … Si tal laxitud hubiera existido hace 50 o 60 años, para el lector en inglés habría supuesto nada de Kafka, ni de Camus, ni de Calvino, ni de Borges … Quien hable español o francés o alemán o cualquiera de una docena de otros idiomas, y entre en su librería local, descubrirá lo que se está ideando en China, qué historias se cuentan en Corea, cómo se está reinventando la novela en España y en los países escandinavos. Pero quien viva en Inglaterra no encontrará una abundancia similar. (The Guardian, 25 de junio de 2005).

En todos los sitios cuecen habas.

Es necesario aclarar que Carey presidió el jurado encargado de otorgar el Booker Prize en 1998 y en 2004 y el Man Booker International Prize (el megapremio) en 2005. Aun cuando como hemos visto establecía restricciones de lectura dentro de su idioma materno, ahora no se priva de señalar dónde está el problema —y parece que hablara Steven Moore—. Sube el listón y avisa del peligro de que los lectores británicos se estén perdiendo a los nuevos Kafka, Camus, Borges o Calvino. Asume de esta forma que la globalización es un concepto artístico recientemente exportado a la economía, y que difícilmente podrá entenderse bien al extranjero si no se lo lee —estas derivaciones son mías—. ¿Y qué mejor manera de leerlo que leerlo?

La industria editorial se defendió así del puyazo de Carey:

Culpar de esto exclusivamente a las editoriales es demostrar verdadera ingenuidad acerca de lo que hace que un libro sea publicado. No es justo ni exacto. La ausencia de literatura traducida tiene que ver también en parte con los libreros, y en parte con la resistencia de los lectores.

Imagen: waterstones.com

De acuerdo, los lectores forman parte de un sistema diseñado para procurar la relajación sistémica, han sido adocenados por una industria que desecha todo aquello cuyo pronóstico de ventas esté por debajo de un nivel previamente establecido por ventas históricas alimentadas a su vez por éxitos facilones… lo que, en efecto, devendrá cada vez menos lectores, pues una literatura cuyas miras están puestas en la cuota de atención que puede robarle al entretenimiento masivo acabará abandonando la letra impresa por cualquier tipo de espectáculo que proporcione más audiencia. Y entonces relajamiento neuronal, etc., avisa Carey.

¿Sería justo extrapolar las quejas anteriores al mercado español? ¿Precisamente ahora, cuando llevamos varios años inmersos en un boom editorial sin precedentes? Hoy en día da la impresión de que si los libros fueran viviendas, faltarían habitantes para llenarlos. ¿Cuál es el problema entonces, si es que hay alguno? Contrariamente a lo que es lógico y racional en cuanto a propiedad inmobiliaria, un lector puede habitar muchos libros a lo largo de su vida. Uno puede no sentirse totalmente a gusto con su casa, por los motivos que sean, y resultarle difícil o imposible cambiar de residencia. Pero cambiar de libro es tan fácil como desechar el que se esté leyendo y coger otro. Sin embargo el mercado editorial —editoriales, lectores— limita las oportunidades de elección hasta el punto de que obras extranjeras de una calidad indiscutiblemente superior a miles e incluso decenas de miles de las publicadas cada año en nuestro idioma oficial son obviadas por sistema. El lector español se está perdiendo a posibles Kafkas, Camus, Calvinos e incluso a algunos Borges. Que el tiempo dirá si esto es así o no es un consuelo barato y carente de fundamento práctico (cuando el nuevo Kafka muera y sea santificado mundialmente, nosotros ya no podremos leerlo porque también estaremos muertos). Otra cosa es si el tiempo de leer a Kafka, Camus, Calvino y Borges ya pasó y de lo que se trata ahora es de procurar, entre todos, que acabe dejándose de leer por completo. Porque si es así, no hay nada que hacer.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: Albert Camus, André Gide, Andrew Marvell, F. Scott Fitzgerald, Franz Kafka, Günter Grass, Italo Calvino, Jams Joyce, Jaroslav Hašek, Jean Paul Sartre, John Carey, John Donne, John Milton, John Thackeray, John Updike, Jordi Julià, Joseph Conrad, Kingsley Amis, Puro placer: Los 50 libros más apasionantes de la literatura extranjera del siglo XXI, Retrato del artista adolescente, Steven Moore, Thomas Mann, Ulises, V. S. Naipaul, Vikram Seth, W. H. Auden

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

¡Comparte este artículo!

1 Comentario

  1. Elena Varela 11 abril 2012 at 20:11

    Me ha parecido brillante y de acuerdo en su totalidad con el artículo
    Gracias por dejarnos disfrutar sus palabras

Envía tu comentario