Revista de Letras

Una vuelta de tuerca más a la orfandad

Carlos Cortés | Foto: Beatriz Cortés

Carlos Cortés | Foto: Beatriz Cortés

¿Puede un hijo al cabo de los años, en su madurez, conseguir averiguar quién fue realmente su padre? ¿Puede la ausencia paterna ser calmada por el resultado de inquietantes indagaciones, partiendo del único dato de saberse hijo póstumo, de un padre asesinado con seis balazos meses antes de su nacimiento? ¿Cómo pudo ser que sus primeros e infantiles años de felicidad inconsciente se volvieran amargos para el resto de su vida? ¿Hay cura posible, paliativos auténticos que consigan cortar la hemorragia de la orfandad? ¿Cómo puede un hijo rellenar las lagunas informativas, enlazar los episodios desquiciados sobre su memoria familiar para acercarse a su propio origen, reconstruir todo su pasado? ¿Puede un hijo huérfano soportar tanta interrogación vital sobre sus costillas, aquellas que se formula con insistencia y que nadie tuvo la decencia de respondérselas, ni siquiera su propia madre? ¿Cómo será el rostro auténtico de ese padre al final de las pesquisas del hijo cuando se tope con la verdad jamás imaginada, tantas veces silenciada? ¿De alguna manera acabará fulminada también la identidad del hijo por las seis balas, las mismas que acabó con la vida de su padre? ¿Podría suceder esto, o de qué manera puede quedar a salvo un hijo, sobrevivir a una hecatombe familiar? Para responder a esto y otros muchos asuntos está la literatura. Para esto y para más ha sido escrita Larga noche hacia mi madre, la última novela de Carlos Cortés publicada por Alfaguara.

Su autor es uno de los más reputados y consolidados escritores centroamericanos (Costa Rica, 1962), con una escritura definida y una temática evolutiva propia, casi obsesiva. La novela, el cuento, los ensayos, la poesía, son teclas de un solo instrumento con las que Carlos Cortés ha ido componiendo, queriendo o sin querer, una melodía peculiar. Como escritor, a esta novela le anteceden otras como Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro, Cruz de olvido o Tanda de cuatro con Laura, libros de cuentos como La última aventura de Batman, ensayos como La invención de Costa Rica o La gran novela perdida. Historia personal de la literatura costarrisible. Luego están sus numerosos libros de poesía. Lo cierto es que toda la obra de Carlos Cortés aparenta, al menos, estar de acuerdo consigo misma, como retales de distinta procedencia que confeccionan una única prenda, múltiples pasadizos que llevan a la misma alcoba, plurales manifestaciones de fe que adoran en última instancia al mismo espejo. De otra manera lo expone el escritor en una entrevista:

“Mi universo personal está centrado en lo que Ernesto Sábato llamaba la orfandad metafísica y por un puñado de imágenes que, como buitres, me rondan desde la infancia: por un lado, la muerte –no podría ser de otro modo-, el paso del tiempo –los residuos de desechos sólidos- y la violencia extrema –en general, todas las emociones y sentimientos extremos me interesan-; y, por el otro, lo que está oculto y es imperativo conocer, la dualidad entre el día y la noche, la mentira y el secreto. El sentido de la escritura de ficción es transcribir en palabras audibles esos susurros, murmullos, ecos y gritos callados que emiten los fantasmas de nuestra insatisfacción. Es decir, la noche, los mundos subterráneos, los sótanos que gotean la mierda de la realidad, las paredes de doble fondo, los túneles carcomidos por la escoria de las pasiones humanas, los cajones desconocidos, los laberintos que se muerden la cola”

Alfaguara

Alfaguara

Larga noche hacia mi madre propone ya desde su título un regreso tortuosamente reflexivo hacia los orígenes mismos de su protagonista, casi un monólogo en modo rompecabezas que pretende remontarse hasta cinco meses antes de su nacimiento -envuelto todavía su futuro en líquido amniótico-, cuando acaece, según la más firme de todas las informaciones recibidas, la muerte por asesinato de su progenitor. Se trata de una indagación que parte de la vida para toparse con la muerte, un protagonista que intenta comprender, calmar su orfandad, salir al encuentro del padre que nunca conoció, amando y odiando a partes iguales a todos los familiares de los que dependió su desarrollo emocional, una historia difícil de afrontar, narrable con saltos en el tiempo y acumulación de datos e imágenes, aunándolo todo en torno a un único personaje, el de la madre:

“Mi madre no quiso ser otra cosa en la vida que una buena mujer. Y una buena madre. Yo la odiaba y no sé si aún la odio. Odiaba odiarla y odiaba saber que la odiaba. En algún lugar entre su locura y la mía odiarla me hizo bien, me fortaleció, me salvó de algo peor aunque me condenara por el resto de la eternidad. La odiaba como un cordón umbilical hacia lo peor de mí mismo, hacia mi padre, el horror de su muerte y el secreto que lo envolvió como una mortaja de silencio”.

El mismo dolor que desestabiliza su presente trufa el itinerario hacia su pasado, un camino de ida y sin vuelta en plena noche del alma, sin tablas de salvación y escasez de documentación, rebuscando entre sospechas vagas lo que nadie tuvo la valentía de aclararle. Su exceso de angustia sólo puede ser mitigado por la figura de la madre, su único asidero posible, personaje que sin embargo se va diluyendo en el silencio depresivo en pos de la locura hasta alcanzar la podredumbre internada en un hospital hasta sus últimos días. Los tíos y tías, los parientes que incluso sin serlo él consideró en algún momento que lo eran, su único hermano con quien apenas le une un hilo de fraternidad, todos esos personajes, absolutamente todos, que hacen acto de presencia en escenas dispersas ordenadas por la memoria y que desaparecen haciendo mutis por el foro a lo largo de la novela, de entes reales van mutando en seres fantasmales, feneciendo uno detrás del otro, enterrados bajo lápidas de silencio y traición. La cuestión esencial continúa flotando hasta el final del libro: soy hijo, ¿pero de quién? La madre, personaje irredimible en la novela, punto de diana del odio del hijo que nunca quiso odiarla, posibilita todo el despliegue narrativo:

“Mi odio no es contra ella sino con ella o contra los otros. Contra la sombra. Los huérfanos somos así. Hay odio dentro de nosotros”.

Al mismo tiempo que como lectores participamos de una historia personal, vamos descubriendo que lo que sabemos es porque quien lo cuenta lo escribe encerrado en un lugar privado, aislado, casi fuera del mundo, dentro de su locura particular, permitiéndonos en su compañía conocer el fruto de sus indagaciones, contemplando sus titubeos, y finalmente su descalabro. Como una especie de testigos paralelos. Su historia hace hincapié en la descripción del desmoronamiento de una familia, la suya, cómo cae, desplomándose lo que en un principio aparentaba estar bien cimentado. El secretismo sobre el que se sustenta es tan débil como una foto que con el paso del tiempo se va amarilleando, que si se toca hasta se deshace: lo idílico no coincide con lo real, los afectos con las muestras de cariño, la noche con las tinieblas.

La única verdad en este clan familiar es la mentira, con la que el hijo desde niño crece familiarizado, desgranada posteriormente a lo acontecido a través de un ejercicio de la memoria no exento de trauma. Pero como si volver hacia atrás conllevara una oportunidad de renacimiento, una necesidad de redención, una posibilidad de encuentro, un firmado de paz: poder escribir para poder borrar. La inquietud del protagonista por saber, conocer algo más de su padre, lo lleva a sacudir todo el polvo acumulado sobre el núcleo familiar. Insoportable sorpresa: todo es polvo, incluso su orfandad. Por eso el protagonista se dedica a reconstruir el pasado recolectando todos los detalles que vienen a su encuentro, que caen en sus manos o descubre por azar escondidos en cualquier rincón. Todo vale para su puzzle. Cada detalle, por inútil que parezca, suma para esclarecer esa oscuridad que lo circunda, su pasado, su propio pasado, para rellenar los vacíos, sus propios vacíos.

Cualquier indicio le resulta válido, pese al dolor, con tal de añadir un fragmento más de esclarecimiento, adivinar cómo es la verdadera historia que todos le ocultaron: una postal, una carta, un recorte de periódico, un mueble, una fotografía, unas ráfagas manuscritas, un cotilleo. Cualquier cosa: noticia, objeto o vivencia. Todo le ayuda a caminar hacia atrás, a entrometerse en los vericuetos sigilosos de su familia para intentarlos desentrañar, tal vez reintepretarlos, y así quebrar poco a poco el cascarón de un silencio que se prolongó más allá de la muerte de su madre, a cuyos pies regresa para presenciar su agonía y casi morir con ella. Porque casi morir con ella es una manera de perdonarla. Al fin y al cabo considera que todos somos víctimas de otras víctimas. En las relaciones conflictivas entre madre e hijo y viceversa está enquistada la veracidad de lo que intuye y que apenas vislumbra, desdibujada como una nube. Sabe que al fondo de ella está su padre. O tiene que estarlo. De ello está convencido el protagonista. Justo ahí, entre su presente y su pasado, en medio, yace el auténtico rostro de su padre esperándole:

“Hacía un intenso frío cuando llegamos a buscar lo que quedó de mamá. Pensé que este momento no llegaría nunca (…). Una semana después volví al apartamento de la rue de Latran sobresaltado por lo que sabía. La herencia de mamá. De golpe tuve todo lo que había querido saber. Algo más o menos parecido a la verdad. No sé muy bien lo que supe sin embargo creía saberlo. ‘Ahora que está muerta se pueden abrir las otras tumbas y saber lo que hay en ellas’, pensé al volver. Demasiados secretos para una mujer tan simple como mi madre. Sin embargo, aquellas tumbas que descubrí entonces no eran todas. La verdad definitiva vino trece años después con la muerte de tía Nena. Mi padre, en efecto, como yo sospechaba, estaba disperso en varias sepulturas. No su cuerpo físico, sino los que componían una memoria contradictoria que nos fue siendo revelada poco a poco, como si su cuerpo hubiera estado conformado en sucesivos cambios de piel a lo largo de sus escasos e infinitos treinta y cinco años. Los hombres de su generación habían vivido más a mi edad. Varias vidas. Y él tuvo varias vidas. Y mi madre solo estuvo en una de ellas. Y yo no estuve en ninguna”.

Llegados aquí, y entendiendo que esto al fin y al cabo no es más que una reseña, puede que alguien esté sospechando de mi capacidad para explicitar la trama de, como novela que es, Larga noche hacia mi madre. Entonces toca destacar uno de los logros de Carlos Cortés, su autor. Hay una sustancial diferencia entre un contador de historias y un singular o sutil contador de historias. En este caso, la fuerza de la novela no reside en ninguna trama, sino en el laberinto mismo de sentimientos contrapuestos en el que se siente atrapado el protagonista. Sus intentos de escapada a través de la escritura –una forma de hablar consigo mismo en alto– nos delinean una historia ausente, que no existe, o mejor, que solo existe en su desquiciamiento mental y cuyos ecos nos salpican. Carlos Cortés, obligando a éste a desvelarnos sus suposiciones en primera persona, consigue construir una novela donde en principio no hay nada, apenas una certeza, nada. De hecho, la escasez de noticias reales hace que el protagonista tenga que inventarse en gran parte su propia historia.

Quizá sea esta la trama: la de alguien que inventándoselo casi todo, forzado a ello, logre transmitirnos que la vida personal de cada uno, antes que otra cosa, no sea más que pura invención. Y tal vez la escritura de Carlos Cortés no sea más que esto: un modelo de escritura que reclama más atención sobre la reflexión misma de los hechos que sobre el conteo de sucesos extraordinarios y llamativos. En realidad no hay en ella nada extraordinario, a no ser que entendamos por tal lo que, a golpes de dolor, a duras penas se consigue contar si reparamos en el estado personal de quien lo cuenta: desorden mental y obsesión por ser otro. Lo más interesante en esta obra de Carlos Cortés es el cómo se cuenta que lo que se cuenta, cómo consigue universalizar lo particular y qué aportar de nuevo a uno de los temas mimados de la literatura de todos los tiempos. De alguna manera la forma de novelar de Carlos Cortés está emparentada con esa pedagogía o conformación del lenguaje hablado que a la vez que vehículo de la narración es narración misma:

“Mi vida es el intento por entender una irrealidad que, sin embargo, me vuelve real”.

No haya miedo: se trata de una vuelta más de tuerca, un modelo más de escritura latinoamericana que tan buenos resultados está últimamente aportando. Si para su protagonista Larga noche hacia mi madre viene a ser un retorno hacia sus orígenes, para Carlos Cortés –después del experimentalismo estilístico en su primera novela, el sesgo político en la segunda, la primacía de lo fantástico en la tercera- lo sea esta vez hacia los orígenes del arte mismo de relatar.

Etiquetas: Alfaguara, Carlos Cortés, Costa Rica, cuento, ensayos, Ernesto Sábato, hijo, La larga noche hacia mi madre, novela, padre, Poesía

Sobre el autor

Antonio Jiménez Paz

Antonio Jiménez Paz (Islas Canarias, 1961), licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna y Experto Universitario en Planificación y Gestión Cultural. Autor de los poemarios Los ciclos de la piel (Ed. La Palma, 1992); Tratado de ornitología (La Calle de La Costa, 1994)). Diario de la distancia (Huerga & Fierro, 1996) y Casi todo es mío (Baile del Sol, 2008). Ha participado en antologías y prologado libros. Su obra ha aparecido en diferentes revistas literarias y poéticas. También ejerce la crítica y publica reseñas literarias.

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1 Comentario

  1. Eduardo Leiton Rodriguez 2 abril 2014 at 0:21

    Fue una noche, allà por los años sesentas, llegaba a visitar a mi padre a la academia de judo de Don Orlando Madrigal. Yo era un chiquillo, rondaba los doce años.Mi padre no era tan buen judoka como Don Eddie Cortes, pero si grandes amigos. Me acerque al tatami y lo abrace por la espalda y le dije ¡ Idiay mi tata como va todo!. Para mi sorpresa le miro la cara y con gran vergüenza me doy cuenta que me había equivocado.Por detrás mi padre y Don Eddie Cortes eran muy parecidos, igual de robustos y con una calva incipiente muy similar. El muy amablemente me indico, con una sonrisa, “tu tata esta por allá”. Yo, bien colorado de la pena le dije gracias y me escurrí rápidamente. Tuve un gran aprecio por ese señor y por esto me atreví a escribir esta pequeña anécdota. Pido disculpas por si estoy, de alguna manera, incurriendo en una falta o irrespeto, pero es un recuerdo que nunca se borrò de mi memoria. Fue una persona muy querida en mi familia. Un saludo y admiración para nuestro escritor Carlos Cortes, gracias por su obra.

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