Revista de Letras

Viena, diario de viaje

Viena | Foto: Albert Lladó

Viena, en enero de 2015 | Foto: Albert Lladó

Llego a Viena de la mano de Stefan Zweig. Leo un texto de Jean-Jacques Lafaye, editado por Alrevés, en el que nos adentra en la idea de destino, y la particular manera de vivir el judaísmo del autor de El mundo de ayer. Zweig significa, en alemán, “ramo”, y como un ramo se expande su humanismo, su visión universalista, la premonición de las tinieblas entrando por la puerta grande en Europa, la nostalgia del imperio austrohúngaro. Y, finalmente, un ramo marchitado, exhausto, el suicidio en Brasil, entre la lucidez y desesperación. Su nota final reza: “¡Doy la bienvenida a todos mis amigos! ¡Ellos, que todavía son capaces de ver destellos de luz al alba tras la larga noche! ¡A mí me devora la impaciencia, y me anticipo!”.

Me acompaña en este viaje para cerrar el año un librito, publicado por Acantilado, necesario para todos aquellos que creemos que, a pesar de las pantallas y los turismos, el café sigue siendo epicentro del asombro. En Mendel el de los libros vemos una foto vieja, gastada pero viva, de lo que un día fue la vida en la urbe. Por fortuna, leemos, “en Viena le espera a uno en cada esquina un café”. Y a eso vamos.

Martes, 30 de diciembre

{15.15 horas}

Aeropuerto. Dos grados bajo cero. Casas llenas de la lengua blanca del año que, como un perro de Pavlov, se relame mientras espera las campanadas.

No encontramos el apartamento. Nos hemos equivocado en una letra -para quien piense que la letra ya no importa- al apuntar la calle. Es ese error, pese al frío, una bendición. Los viajes deberían comenzar equivocándonos. Siempre. El pulso de la ciudad es, así, diferente.

{18 horas}

Acantilado

Acantilado

Descansamos ya en un comedor europeo. Ikea, una cocina abierta, una pelota gigante –como el mundo de El gran dictador- para hacer Pilates, y la calefacción como si durmiéramos en una sauna. Ponemos las cervezas a enfriarse fuera, en la terraza, y volvemos a Zweig. Sobre su obra de teatro Jeremías, de 1916, afirma: “Quería describir quien en tiempos de entusiasmo es menospreciado por débil y pusilánime, en el momento de la derrota suele demostrar ser el único que no solo la soporta, sino que también la domina”.

La heterodoxia del escritor, y sus paradojas, ilumina esta noche cerrada de invierno: “El artista lleva siempre consigo una misteriosa contradicción. Cuando la vida lo sacude con brutalidad, suspira y reposa, pero cuando permanece en reposo, aspira a nuevas agitaciones”.

Miércoles, 31 de diciembre

{12 horas}

Naschmarkt es una fiesta. Se trata de un mercado al aire libre donde, sobre todo, encontramos comida para llevar. El pan negro, como un guardián imperial, mantiene su porte aristocrático ante la explosión de los rojos y verdes de unas olivas gigantes, rellenas de queso. Los turcos ponen la banda sonora a los pasillos de este laberinto al aire libre.

Después de pasear por la zona de los museos, a unos escasos diez minutos, donde las gentes hacen cola para ver los vestidos de Sisí, volveremos al mercado para comer en uno de sus restaurantes. Allí pedimos la típica Wiener Schnitzel, una empanada servida con limón. Alguien en la cocina, como en la fragua de Vulcano, comienza a golpear, sin compasión, el filete elegido.

Fuera, huele a la canela del vino caliente.

{16.45 horas}

Café Hawelka | Foto: Albert Lladó

Café Hawelka | Foto: Albert Lladó

En la calle las cariátides, cansadas, sostienen la memoria dorada de Viena. Llegamos al Café Hawelka, en el número seis de la Dorotheergasse, donde el Premio Nobel Elías Canetti solía mirar por la ventana. ¿En qué momento dejamos de mirar por la ventana?

Es un lugar poco ostentoso (aunque nos cobrarán casi cinco euros por taza) y extrañamente íntimo pese a los viajeros con cámara. Sirven el café como el viejo Hawelka, fundador del local, con bandeja de plaza y la cucharilla haciendo equilibrios con el vaso de agua. Esa cucharilla, que tiembla como el mercurio, es una bailarina en el circo de lo cotidiano. Van los camareros con su oficio a cuestas, con la semántica del terrón de azúcar, el chaleco y la pajarita, convertidos en unos maestros de la forma que sortean los curiosos. Hay un sofá de terciopelo roto, la cortina sucia, los taburetes bajos y destartalados y un reloj parado, como en el de Mendel de Zweig. Estamos, como en el librito, “a punto de caer en esa pasividad indolente que, como un narcótico, irradia todo auténtico café vienés”.

{23.45 horas}

Pasamos las últimas horas del año en un restaurante que alguien nos ha recomendado. Salimos a la calle cuando comienzan a sonar los fuegos artificiales. Dos viejos intentan encender, sin éxito, una bengala. Cuando lo consiguen, se besan, satisfechos. Al volver dentro, el comedor principal se ha convertido en un salón de baile. Todos sin excepción, cocinero incluido, entonan un largo vals.

En Herrengasse, en una esquina, asoma el imponente Café Central, un local demasiado elegante y demasiado reluciente para que guarde nada de la atmósfera que respiraron algunos de sus parroquianos más insignes, como Freud o Trotsky. Pero pasamos allí cuando se ha de pasar por esos sitios, cuando la jornada baja las persianas, los camareros recogen, y la figura de Altenberg observa su encierro exponencial.

Es entonces, creo, cuando pierdo el guante derecho. El resto de días pasearé por la ciudad con la mano metida en el abrigo, convertido en un Napoleón con aspiraciones de flaneur. Me iré encontrando guantes, también de la mano derecha, cada día, en cada rincón, de cada textura: lana, piel, algodón.

Lo hemos dicho ya aquí. Una ciudad, y un año, también se constituyen gracias a sus extravíos.

Jueves, 1 de enero de 2015

{13 horas}

En la televisión retumba el concierto de año nuevo. No importa si es en vivo o si la resaca nos ha llevado directamente a la primera reposición. Últimamente el alcohol -una vez superada la euforia nocturna- le hace a uno estar retraído, triste, espiritual. ¿Qué Europa es la que nos ha tocado vivir? “Solo la desdicha del exilio proporciona una profunda y amplia realidad de este mundo”, nos dice Zweig, que encuentra en el judaísmo heredado, “emancipado de la ortodoxia religiosa”,  una forma de pacifismo y compromiso. ¿Por qué el nacionalismo esencialista, y las proclamas que reclaman una identidad cerrada, vuelven con tanta fuerza? ¿Es esto un bumerán o sólo humo de una colina apagada?

Stefan Zweig escribe a Martin Buber: “Nunca pretendí un pueblo judío convertido en nación… La fluidez de la esencia, ser uno mismo, sin lengua específica, sin ataduras y sin patria”. “Sería un error conceder a los judíos la fuerza colonialista”, dice Stefan Zweig en 1936 al escritor Joseph Lefwich. El mismo año, en un discurso, apunta: “Nunca deberíamos considerar Palestina como la sola y única solución a nuestros conflictos… Esta tierra es demasiado pequeña para juntar a todo el pueblo judío… No deberíamos aceptar que nos tomen por una especie de aristocracia (pueblo elegido por Dios) ni tampoco consentir que nos traten como una raza inferior”.

Esas cosas leemos mientras suena en televisión Una mañana, una tarde y una noche en Viena, de Franz von Suppé, dirigida por Zubin Mehta. Me temo que este 2015, otra vez, nos quedará la soledad del “hombre sin patria”.

{18 horas}

Foto: Albert Lladó

Foto: Albert Lladó

Un local moderno este Café Espresso. Un disc-jockey pincha enganchado a un auricular en forma de teléfono de los ochenta. Las señoras que tenemos sentadas al lado podrían ilustrar cualquier enciclopedia de lo hipster. Pero, incluso aquí, en esta especie de Berlín joven y creativo, hay sitio para una estufa de leña y los sofás rojos, ahora de escay. La cerveza tostada nos lleva la madera a la boca. Una botellería con luz verde es el escenario, casi psicodélico, del próximo tema escogido. Un Bésame mucho para todos los públicos.

Viernes, 2 de enero

{12 horas}

Negociamos.  Acepto pasear por las inmediaciones del Palacio Schönbrunn, una suerte de Versalles, y por el zoo más antiguo del mundo, el Tiergarten, si a la tarde podemos visitar más cafés. Cuesta imaginarse el verano en una residencia imperial con este frío. Dentro del zoológico, tres hipopótamos, gigantes como les corresponde, comparten una minúscula bañera. Cada uno con el peso de su encierro.

{19 horas}

Lo prometido es deuda, y llegamos al Café Bräunerhof, en la Stallburggasse. Que era el refugio de Thomas Bernhard en Viena (y eso es decir mucho) lo demuestra una foto del autor en la cristalera. Otra vez Zweig habla por nosotros: “Vi la mesa de mármol, aquella fuente de oráculos, vacía como una losa sepulcral… Todo lo que es único resulta cada día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme… Todo lo que de extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra sólo a través de la concentración interior, a través de una monomanía sublime”.

Hay algo aún de guarida, pese al artificio de la urbe convertida en escaparate, en esta Viena del siglo XXI. Queda su música y sus textos. En Mendel, leemos que los libros sólo se escriben para “defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

En una vieja y minúscula bombonería, convertida en una tasca inmortal, el pianista sorbe su vaso de whisky. Quedan más flores blancas que público.

Sábado, 3 de enero

{12 horas}

Casa Hundertwasser | Foto: Albert Lladó

Casa Hundertwasser | Foto: Albert Lladó

A finales de los años setenta el pintor austríaco Friedensreich Hundertwasser y el arquitecto Josef Krawina fueron escogidos por el ayuntamiento de Viena para construir una casa ecológica. El resultado, muy aplaudido, es una fachada llena de colorines, plantas salvajes por todos lados, y alguna que otra cerámica, autónoma, que corona alguna ventana desigual. El engendro, fotografiado por japoneses y autóctonos, deviene un altar a lo kitsch. Una extraña mixtura entre un aprendiz de Gaudí y un okupa con demasiado tiempo libre.

Hay más belleza y delicadeza en las atracciones cerradas del Prater. Reclama protagonismo, en este centro de recreo abierto al público desde el siglo XVIII, la noria en la que intentaría ocultarse Orson Welles en El tercer hombre. Pero también la estatua de nueve metros de altura que recuerda al prestidigitador Basilio Calafati. En una de sus atracciones también viajan por Europa, en un tren lleno de ternura, Joan Fontaine y Louis Jordan, en la versión cinematográfica de Carta de una desconocida (otra vez, Zweig).

{15 horas}

'Judit', de Gustav Klimt

‘Judit’, de Klimt

Dejemos las descripciones de otros lugares emblemáticos de la ciudad –como la catedral de San Esteban, el museo de Historia Natural, el parlamento, o el Hofburg– para las guías turísticas. Pero detengámonos un momento en el Belvedere. Allí se firmó el Tratado de estado de Austria en mayo de 1955. Dividido en dos palacetes, en su galería encontraremos El beso de Klimt. Como es la obra que todo el mundo quiere decir que ha visto, y se concentra frente al cuadro, eso nos permite observar con cierta tranquilidad una pieza mucho más enigmática y oscura. Judit, una tela de apenas 42 centímetros de ancho, es la relectura del personaje bíblico. La mujer deja atrás el entorno bucólico y dorado para mostrarnos los peligros de su inconmensurable sexualidad, que supera la pompa canónica y esterilizada, y nos ofrece su pecho mortal y rosa. Abajo, a la derecha, casi fuera de plano vemos la cabeza del degollado Holofernes. Ahí está el Klimt más elevado y carnal que hemos conocido, escapando, desde el pasado, de las ñoñerías y la mercadotecnia al que lo hemos condenado.

En el mismo lugar nos toparemos con la turbulencia del cuerpo de Schiele, o  los abismos de Friedrich. Marina Abramovic, en una vídeo-instalación que titula Golden mask, va respirando las formas de la ocultación. Nos detiene, en seco, la mirada de las mujeres retratadas por Anton Romako.

{22 horas}

Visitamos velozmente la Ópera, donde te dejan presenciar una sesión, de pie, por tres euros. Nos escapamos del histrionismo grandilocuente para llegar al Burgtheater. Como el Brecht que programan, Mutter Courage und ihre Kinder, está representado íntegramente en alemán, pronto nos concentramos en el espectáculo del público, tan atento, tan emocionado, tan dispuesto a la cultura en mayúsculas. Pese a todos los derrumbamientos, propios y ajenos. Imaginamos a los actores en una de esas fiestas descritas por Thomas Bernhard. En una auténtica tala.

Salimos rápido y, sin buscarlo, tropezamos con el café que nos quedaba. Es el lujoso Landtmann, inaugurado en 1873, por el que han desfilado personajes tan dispares como Gustav Mahler o Marlene Dietrich.

La fina lluvia se ha convertido en una intensa nevada. Antes de entrar en el metro, me deshago del guante izquierdo. Ahora tocar volver a la rutina con las manos en los bolsillos. Aún se oyen los coches de caballos recorriendo la Ringstrasse.

Foto: Albert Lladó

Foto: Albert Lladó

Etiquetas: Belvedere, Burgtheater, Café Bräunerhof, Café Central, Café Hawelka, El tercer hombre, Elias Canetti, Hofburg, Holofernes, Hundertwasser, Jeremías, Judaísmo, Judit, Klimt, Krawina, Landtmann, Mendel el de los libros, Naschmarkt, Orson Welles, Palacio Schönbrunn, Ringstrasse, Sisí, Stefan Zweig, Thomas Bernhard, Viena, Wiener Schnitzel

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

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