Revista de Letras

Xavier Rubert de Ventós: “Para mí la filosofía es, necesariamente, orgánica”

27 mayo 2013 Entrevistas

En Demonios íntimos (Anagrama), el filósofo y ensayista Xavier Rubert de Ventós recupera parte de las anotaciones esparcidas durante cuarenta años en sus cuadernos personales para explicar (y explicarse) mediante una suerte de memorias literarias con las que, según afirmó en su presentación, “me he redescubierto a mí mismo”.

Xavier Rubert de Ventós (foto:Anagrama)

Xavier Rubert de Ventós (foto:Anagrama)

¿Qué es lo que le ha llevado a escribir estas memorias?

Yo suelo escribir las cosas que me pasan, no pensamientos, sino más bien sensaciones, y encontré cinco libretas de épocas anteriores. De ellas extraje, casi literalmente, lo que se puede leer ahora en este libro. El motivo supongo que tiene que ver con el hecho de que siempre me ha molestado un poco que la gente que me lee se quede con mi faceta teórica y no con lo que para mí siempre ha vehiculado esa teoría, a saber, las emociones, las anécdotas que a uno le pasan, etc. Quería por lo tanto, alejarme de esa imagen, un tanto rígida quizás, de filósofo, de profesor.

De algún modo se puede decir que el libro incurre en una suerte de pornografía sentimental. De hecho estuve cerca de seis o siete años decidiendo si publicarlo o no, debido a que me incomodaba el hecho de que en él yo hablase de bastante gente que aún está viva y de la que desconocía sus posibles reacciones. En ese sentido, ese lapso de tiempo que transcurrió hasta su publicación puede considerarse a su vez como una especie de coitus interruptus.

Uno de los aspectos más interesantes a la hora de abordar estas memorias es el hecho de que haya decidido dividirla en partes temáticas y no respetando una linealidad cronológica. En cierto modo, el resultado acaba siendo algo como un cubismo biográfico. ¿Es intencionado?

Sí, es interesante lo que comentas. Sin embargo, no fue una decisión tan intencionada; surgió así. No lo pensé tanto. De haber encontrado una razón exacta que justificase la estructura del libro probablemente no lo hubiese escrito. Montaigne hubiese explicado su biografía a través del diario, otro a partir de aforismos y a mi me salió este aiguabarreig. Pero en todo caso, así es como surgió todo de manera orgánica.

A excepción quizás de la parte dedicada al encuentro con Borges.

Sí, bueno, esa es la parte más añadida, menos orgánica con el conjunto del libro. Encontré algunas de las notas que había tomado tras mi encuentro con Borges, algunas de ellas ya habían sido publicadas en alguna revista, y decidí añadirlo a lo que ya tenía. Además, el libro acababa con esas historias un poco “fuertes” y no me acababa de gustar la sensación de cerrar el libro con eso. Me resultaba, a decir verdad, un poco extraño e incómodo, así que añadí también lo de Borges.

En Contra la modernidad, usted escribe que el acto de conceptualizar, es decir, de filosofar, surge siempre del miedo ante lo desconocido, ante aquello que se nos escapa. ¿Ha sido siempre así?

Sí. Conceptualizar, filosofar, ha sido para mí el mejor remedio contra la angustia. Es algo completamente homeopático. Todo lo melodramático, al escribirlo se vuelve trivial. Al verlo escrito me curo. De algún modo le quito importancia. Se vuelve poco peligroso, menos inquietante. Y entonces es cuando me descubro exagerando y me siento un poco paternalista conmigo mismo.

Algo que reafirmaría lo de que la Teoría no surge por sí sola sino de los hechos más cotidianos que le suceden a uno, tal como comentaba antes. Es decir que la reflexión sobre el amor probablemente surja del pánico ante una ruptura que del simple prurito intelectual.

Exactamente. Soy un neurótico intelectual. Vivo en la incertidumbre constante que causa todo lo que me rodea. Eso es una fuente de angustia.

Demonios íntimosSi asumimos que la mayor parte de las veces la teoría surge de la práctica, como método de conocimiento y de protección, ¿hasta qué punto ésta, la teoría, debe vehicular también nuestras coordenadas morales o éticas en la vida?

Siempre he estado a favor de una filosofía que esté estrechamente vinculada a la cotidianidad de la vida. Para explicarlo mejor siempre cuento la siguiente anécdota: una vez encontré un pájaro que se había caído al jardín de mi casa, y lo cogí en la mano. Entonces vino mi hermano a decirme algo y tuve que prestarle atención. Cuando volví a mirar el pájaro estaba muerto. Había apretado, sin darme cuenta, un poco más de lo normal. Para mí la filosofía es necesariamente ese punto medio entre la fascinación ante lo desconocido y el intentar no ahogarlo en abstracciones demasiado complejas, manteniendo siempre a nuestro objeto de estudio en vida. Una filosofía, en cierto modo, orgánica. Consciente de ser parte de un Todo que la rebasa.

¿Los grandes sistemas conceptuales del siglo XIX vendrían a ser justamente ese “apretar demasiado el pájaro”?

Completamente. En el siglo XIX la filosofía vino a convertirse prácticamente en una teología. Por eso en mi caso trato más bien de asociar la filosofía con la fisiología, o la metafísica con el urbanismo, cosas así.

Ser mente y cuerpo a la vez, teoría y práctica, nos hace desgraciados, es ésta una de las razones de la infelicidad y de la derrota de la filosofía como praxis?

Hegel hablaba de la “consciencia desgraciada”, de esa escisión entre el pensamiento y la praxis. De allí surge la idea del hombre escindido. Venimos de una cultura que viene a ser una mezcla de las tradiciones griegas y romanas, en la que el precio de llegar al cielo es pasar forzosamente por el infierno de aquí abajo. Esa condición escindida comporta aspectos positivos y aspectos negativos. De hecho, es justamente gracias a la escisión que somos capaces de concebir lo sublime. En el caso del sexo, por ejemplo, se ve claro; a diferencia de una vaca, o de cualquier otro animal, nuestra condición escindida nos permite ser voyeurs de nuestro propio cuerpo manteniendo el acto sexual, y por lo tanto, acceder al goce. Si no fuera por esto, el acto sexual no sería más que un aburrido acto, desprovisto de valor más allá del estrictamente reproductivo.

En una sociedad supuestamente liberada sexualmente y en la que la sexualidad funciona como reclamo publicitario o como excusa para vender cualquier producto, se sigue hablando más del amor que del deseo. ¿Somos pese a todo, como decía Foucault, unos victorianos?

Abordé esa cuestión entre el amor y el deseo precisamente en el libro Crítica contra la modernidad. Yo pienso, a diferencia de Baudrillard por ejemplo, que el Amor es la gran fuerza positiva. Él decía lo contrario, que el Amor fragmentaba y anulaba la subjetividad. En ese sentido me considero más optimista. Después está también esa teoría de Lévi-Strauss en la que dice que en la ciudad, el amor gana siempre al deseo. Por una cuestión puramente demográfica, en la ciudad uno puede enamorarse viendo solamente una cara. En los pueblos, el sistema de emparejamiento funciona por rotación o contratación. Pero los hombres siguen deseando y encontrando bellas a las muchachas del pueblo de al lado.

Para terminar, ¿qué opina sobre el tema de la independencia de Cataluña?

Me considero un “hispano”, como un colombiano o un puertorriqueño; deseoso de dejar de ser español como hasta ahora. Pienso que el tema de la independencia tiene que ver también con otros aspectos; mi experiencia como político me hizo dar cuenta de que no puedo ser de un Estado en el que soy objeto y no sujeto, que me trata como parte del problema y no como agente de una eventual solución.

Àlex Reig

Etiquetas: Anagrama, Demonios íntimos, Xavier Rubert de Ventós

Sobre el autor

Àlex Reig

Àlex Reig (Barcelona, 1989). Es poeta y vive en Barcelona.

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2 Comentarios

  1. Teodoro Bustillo Vicario 28 mayo 2013 at 10:43

    Calificarse como filósofo de profesión, es decir, explicador, argumentador académico muestra cómo se analiza.

    “En el siglo XIX la filosofía vino a convertirse prácticamente en una teología.” Ascendió en el escalafón taxonómico de la epistemología al expulsar por lógica, por racionalismo, por pura consecuencia, por el sentido común. El lugar de la teología lo ocupó la filosofía. Y a lo largo de los dos últimos siglos ha ejercido la función adecuada a tal lugar en la cartografía sistémica.

    No es novedad afirmar que las religiones terciarias y cuaternarias han sido/son producto de esa evolución. Pocos dudan de tal afirmación entre otros de Nietzsche, o de Unamuno que el socialismo ocupa en el consciente colectivo el papel que en antes/ahora ocupa la religión, sea la que sea. Parece que todos estamos hechos con el mismo molde donde sólo algunas diferencias de fábrica hacen que parezcamos diferentes. La socialista aún tiene numerosos adeptos aunque menos que hace 50 años. Era un chiste de algunos occidentales cuando iban a la URSS decir que habían tenido que hacer cola para ver a San Vladimiro en la Plaza Roja.

    Estar adaptado a lo que hay. Y hoy lo que hay es que el progreso o la crítica es consustancial a la cultura que compartimos. Esto es ser conservador; conservar lo que hay tal cual es. ¿Criticar? Una vulgaridad. Tengo en mi consciente cuando en el medio en el que me desenvolvía en la infancia se decía:

    – Fulano de tal critica a Fulana de cual por …

    – Siempre está criticando

    Tales aplicaciones tenían el marchamo de hablar demasiado, de modo inconveniente y casi siempre para denigrar a otra persona. Quien era reservado o no criticaba aludía a una persona sensata, tranquila, observadora.

    Crítica. Aludir a un tema que en la actualidad casi es obligatorio definirse, tomar posición, aclarar posturas. El posicionamiento ante el tema sexual. Tal narcisismo pornografiante es habitual; un autodefinición de puertas afuera sobre este tema. Y es que tal tema es uno de los que ocupa el campo dejado por otros temas que antes estaban más en el candelero de la superestructura, como la economía, aunque puede que esto sea una consecuencia de que jugar a ser rico, parvenu, ha estado muy de moda en esta suciedad.

    Mas como lector y seguidor decadal de su producción bíblica digo más. La del sexo es la opción de lo políticamente correcto para deambular fuera de los lares de un filósofo inorgánico. Que usted haya formado parte de la clase política es un lastre más que evidente para un “intelectual” si por tal entendemos objetividad, neutralidad analítica, tanto en la descripción como en la explicación de cualquier referente. O nunca ha dejado a la clase política que automáticamente posiciona, se posiciona no sólo en una praxis y no sólo antes. Ese posicionarse con claridad, quizás no sólo para ser intelectual orgánico sino para más. Porque la clase política parece que no es concepto adecuado para encuadrar a los carteristas de corbata, profesionales no de quitar la cartera que es lo que hace un carterista, sino quitar sólo el dinero de su cartera, de la mía y de cada uno que lea esto. Tales profesionales ya no son clase, son casta. Casta agrupada no en partidos, en partidas que se dividen subdividen y subsubdividen porciones de miles y millones de unidades votantes a los que parasitan como cabarras. Es lo que hay.

    La adscripción a cualquier club es opcional. Pero cuando tal opción desaparece y se convierte en adscripción obligatoria parece que es modo de acción más típica del complejo R; el intelecto ya no ejerce su papel; ha sido suplantado por profundas corrientes telúricas que no suelen ser racionales aunque se disfracen de tales. Que hoy los mismos que se llenan la boca diciendo 1 y 1.000 veces que el español es la segunda lengua materna más importante del mundo y a la vez intenten imponerla, imponen, por la fuerza de cualquier tipo de fuerza, muestra de la racionalidad contrareformista; nada de pedagogía, sólo propaganda. Pero es que lo mismo ocurre con otros lenguajes cuyos administradores milít-icos expanden sus tentáculos fuera de la subdivisión que como casta les corresponde. Lapa

  2. Salvador 29 mayo 2013 at 21:44

    Rubert , com Ramoneda o Arnau Puig han operat un gir filosòfic cap a la independència de Catalunya. És estimulant de comprovar com pensadors provinents de l’esquerra la veuen clara i necessàriai l’argumenten amb vehenència.

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