Revista de Letras

… y “On the road” nos encontraremos

A Walter Salles le ha caído una obra demasiado importante en las manos y se nota que no da la talla. Parece que solo tiene un registro al que le añade algunas variaciones, y es precisamente el registro/estilo que no le sienta nada bien a On the Road, la mítica novela de Kerouac que funciona como pistoletazo de salida y como explicación general de la generación beat.

La película de Salles es incomprensiblemente fallida, teniendo en cuenta todas las posibilidades, los medios y el elenco de los que dispone; pero ni siquiera consigue interesar durante más de quince minutos. Un fiasco en toda regla. Los personajes están acartonados hasta la exageración, tanto que ni siquiera les dejan evolucionar y simplemente cambian bruscamente. Kristen Stewart (Marylou) y Tom Sturridge (Carlo Marx – Gingsberg) hacen todo lo que pueden, pero es imposible suplir las carencias de unos personajes tan rematadamente mal dibujados. Viggo Mortensen (Bull Lee – Burroughs) y Amy Adams (la mujer de Burroughs) solo son comprensibles habiendo leído la novela y/o sabiendo quiénes son y cómo acabaron, porque en el filme están metidos con calzador por el estúpido interés de no saltarse casi ningún capítulo y, además, añadir cosas que ni siquiera Kerouac consideró necesarias. Sam Riley (Sal Paradise – Kerouac) y Garrett Hedlund (Moriarty – Cassady) tienen la suerte de ser los protagonistas y gozar de algo más de desarrollo. Y a todo esto se suma Salles, que remata la faena haciendo un pésimo trabajo por no encontrar el tono adecuado para reflejar la peculiar atmósfera que desprende On the Road. Kerouac, guste más o menos, no se merecía esto.

Kristen Stewart y Garrett Hedlund (foto: IFC Films)

El exceso de planos cortos y medios hace que la película parezca una sitcom a propósito de un grupo de drogadictos: solamente vemos caras y cuerpos, como si Kerouac no supiese describir los paisajes. La cámara se mueve sin ninguna necesidad, o con la única necesidad de aparentar modernidad y dinamismo. Los ridículos bailes no hacen sino agudizar la sensación de total inoperancia de la película, que intenta transmitir las ansias de vivir emociones a base de espasmos -literales-. Y podríamos continuar, pero no merece la pena seguir haciendo leña del árbol caído. La espontaneidad del original queda sustituida por la frialdad de la planificación. Y es curioso que pueda decir eso de un estilo que, desde el punto de vista técnico, se supone que es el paradigma de la acción y el movimiento. Pero es tan impostado que resulta difícil tomárselo en serio. Impostado porque Salles abusa de la cámara al hombro, tanto que parece que ha añadido inestabilidad en la posproducción para que creamos que el cámara estaba borracho de tanto mimetizarse con los personajes. Ya sabemos que es una película -ficción, en este caso basada en hechos reales-, y por eso mismo esperamos ver una película y no un falso documental en el que la cámara es más furtiva que planificada. Digo esto por la misma razón por la que en un teatro solo es necesario poner ruido de lluvia para que el público “crea” que está lloviendo, y no hace ninguna falta salpicar la platea con agua fresca para que lo “atestigüen”. Abusar del recurso es tan ridículo como no usarlo (decirlo, solamente verbalizar). La realidad cinematográfica es un delicado equilibrio entre la credibilidad de la historia y el ajuste a las convenciones comunmente aceptadas por los espectadores. Exagerar y abusar de los recursos ofrecidos por dichas convenciones (en este caso la imitación del documental) es contraproducente porque los protagonistas pasan a ser dichos recursos (cámara inestable, zoom espontáneo previo desenfoque, primerísimos primeros planos, ausencia de panorámicas, aberraciones solares, esquinas difuminadas…) y todo eso da la impresión de que alguien se ha tomado el esfuerzo de darle ese concretísimo estilo al filme, justo lo contrario de la espontaneidad que busca Salles para imitar la visceralidad de Kerouac. Se pasa tanto de rosca que hasta da un poco de risa. O a lo mejor es que a mi no me gusta que me mareen.

Sam Riley en un fotograma de la película (foto: IFC Films)

Se ha escrito tanto sobre On the Road que no voy a intentar yo ahora descubrir nada nuevo, si bien estoy más de parte de los que opinan que su importancia radica más en la innovación y en la oportunidad que en la perfección. Es difícil leerla del tirón por culpa de su irregularidad (perfectamente achacable a lo arriesgado de la apuesta), pero es inevitable reconocer su carácter fundacional y básico para toda la literatura posterior. Y para los que le tenemos cierto cariño y respeto a la generación beat, el cacharro que se ha -mal- montado Salles roza el insulto. Al final sólo consigue realizar el retrato de un grupo de drogatas por el que es imposible sentir algún tipo de empatía. Si algo consigue la novela original es que queramos a personajes tan discutibles como Cassady, Burroughs o al propio Kerouac, porque más allá de sus barbaridades llegamos a entender sus motivos, la necesidad de no aburrirse, de tener algún significado, de ser amados, o la ausencia total de motivaciones y la desesperación que eso conlleva. Salles convierte a los protagonistas de On the Road en unos idiotas que se drogan porque sí y que cambian de opinión sin demasiadas explicaciones, cuando en el original son unos desesperados en busca de algo que dé sentido a sus vidas, que les quite el desasosiego de intuir que todo es un permanente sinsentido. A Salles le falta toda la atmósfera que Kerouac supo imprimir en la novela, porque no se entera de que en el cine la credibilidad no tiene mucha relación con la literalidad.

Jesús Díaz de Lope

Etiquetas: Amy Adams, Garrett Hedlund, Jack Kerouac, Kristen Stewart, On the Road, Sam Riley, Tom Sturridge, Viggo Mortensen, Walter Salles

Sobre el autor

Jesús Díaz de Lope

Nació en septiembre de 1984 de manera esperada, estudió desde chiquito con los salesianos, salió de allí y acabó licenciándose en Sociología, a la que no se dedica. Luego estudió otras cosas y ahora realiza trabajos de lo más variopintos, va complusivamente al cine y tiende a escribir por la noche.

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