Revista de Letras
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Todos somos el otro

Abdelá Taia | Foto: Cabaret Voltaire

En un pasaje de La vida lenta (Cabaret Voltaire, 2020), del escritor marroquí Abdelá Taia, su personaje principal, Munir, acompaña a Antoine, policía que ha encontrado en él, aparentemente, su vía para comenzar a aceptar su homosexualidad, al Museo del Louvre. Antoine, natural de Francia, no ha pisado el famoso museo parisino, mientras que Munir lo conoce bastante bien. A lo largo de varias páginas, Taia confronta las pulsiones emocionales de ambos personajes, así que apunta hacia el desconocimiento de uno, así como su desinterés, por la cultura que alberga el Louvre a pesar de tratarse de uno de los emblemas de su país, frente al interés del otro, nacido fuera, por aprehender como forma de integración. No se trata tan solo de que Munir, hombre de cuarenta años, con estudios, tenga más preparación que Antoine. Taia apunta hacia cuestiones más relevantes y hondas sobre qué define, en realidad, la permanencia y pertenencia a un país. Pero también abre un interrogante, ¿qué más da que uno, extranjero, sepa más de la nación de acogida que muchos de quienes han nacido en él? ¿Es relevante, en verdad, para definir la identidad y la clase? Munir, en el fondo, en esa búsqueda de ser aceptado, ha dejado de mirar en verdad a los demás, ha querido convertirse en otro y, en el proceso, ha sido domesticado por la sociedad.

“El mundo solo entiende la violencia, directa o indirecta. La gente disfruta cuando tiene ocasión de mostrar su superioridad, una y otra vez, su pequeño poder, su supuesta altura, y de paso aplastar al otro, a todos los demás. Sin compasión. Sin remordimientos”.

En su nueva novela, Taia, autor de otras obras tan destacables como Infieles (Cabaret Voltaire, 2014) o El que es digno de ser amado (Cabaret Voltaire, 2018), vuelve a hacer uso de un lenguaje conciso y milimétrico, con una fragmentación narrativa que fan forma a los diferentes capítulos de una novela que se abre del presente hacia el pasado para ahondar en temas muy diversos que tiene, finalmente, su centro en una profunda búsqueda acerca de la condición humana. Aunque raza, sexo y género hacen su aparición, Taia conduce su relato y su discurso hacia un sentido de la marginalidad de clase que recorre transversalmente a aquellos que, por un motivo o por otro, acaban chocando, y siendo expulsados, de lo establecido.

“Tu alma aspira a controlarlo todo. Y si para conseguirlo hay que mentir, mentirse, hacer ficción, deslizarse en la piel de un nuevo personaje, bueno o malvado, dócil o peligroso, no lo dudas. Te lanzas. Diriges. Seduces. Danzas. Amas. Dominas, a tu manera. Inventas lo que hay que inventar y te lo crees hasta el final. Hasta desfallecer”.

Cabaret Voltaire

Munir se enfrenta a su anciana vecina, Madame Marty, quien a sus ochenta años vive en una buhardilla de muy reducido tamaño en un edificio lleno de deficiencias. Sus pisadas, sus ruidos, molestan a Munir, quien no puede dormir. Una disputa con ella hará que Munir acaba en comisaría cuestionado por un inspector al que cree reconocer como un antiguo amante que llevaba una doble vida con su familia. Munir se confiesa ante él para, después, dar paso a otras voces y a otras historias -otras vidas lentas-, como la de Manon, la hermana de Madame Marty, quien tras la Segunda Guerra Mundial fue víctima de la venganza de sus propios vecinos al considerarla una colaboracionista, condenada a una vida de ostracismo; la vida de Madame Marty, una anciana que vive sus últimos años en una minúscula buhardilla, casi como excedente social; o una prima de Munir que vive en Bélgica y a quien su familia, desde Marruecos, exige que regrese para un matrimonio concertado. Todas estas vidas confluyen en la mente de Munir, quien también recuerda su juventud en Marruecos y el itinerario vital para llegar hasta Francia, estudiar e intentar, inocentemente, integrarse como un francés más. Un proceso que conduce a Munir hacia una suerte de paranoia y a percibir la realidad de manera distorsionada (algo que Madame Marty revelará al personaje). Una mirada al mundo, una forma de relacionarse con él, que Taia expone como consecuencia de una vida desclasada, de una identidad que va perdiéndose por el camino incapaz de ocupar el espacio que debe detentar. Y, sobre todo, la aceptación a lo largo de los años de una condición de víctima de algo, de alguien, que deviene, finalmente, en la transformación en una de ellas.

“No retornes al silencio. Cada mañana, al despertarte, no vuelvas a sumirte en el silencio. Conoces lo suficientemente bien ese silencio ahora, y sabes que en este silencio solo hay silencio”.

Con un estilo preciso, conciso y muy cuidado, Taia crea una prosa lindante con lo poético para mostrar a Munir a través de una gran complejidad. El escritor conforma un personaje que, en su enfrentamiento contra el mundo, acaba transformando la realidad en su mente hasta llegar, precisamente, a ser detenido en un contexto, el de la Francia ulterior a los atentados de 2015, en el que su figura, a poco que acomete algún acto fuera de lo común, deviene en sospechoso de algo. De lo que sea. Pero para entonces, Munir ya se encuentra mentalmente fuera de la realidad, absorbiendo las diferentes historias que ha conocido como propias para crear otro personaje, algo propio, por otro lado, de nuestro presente en el que las identidades se vuelven líquidas y moldeables, entre otros motivos, para transmitir a los otros una imagen muy precisa que pueda ayudar a establecerse en aquellos ámbitos en los que se quiera encajar.

La vida lenta narra, en definitiva, el proceso de borrado de una identidad por razones tanto externas como internas. Munir debe enfrentarse, primero en Marruecos, luego en Francia, a una otredad, por distintos motivos que, sin embargo, no evita que pueda seguir hacia delante con sus proyectos personales. Pero algo en su interior, algo autodestructivo, hace que poco a poco vaya dinamitando sus posibilidades hasta acabar anulándose como individuo. En este sentido, Taia ofrece en su novela un relato muy íntimo abierto a un análisis mucho más amplio de una sociedad herida, por su pasado y por su presente, y habitada por diferentes personas que viven en los márgenes, algunos creados por la propia dinámica social; en otros casos, por ellos mismos. En cualquier caso, unos individuos insatisfechos, desolados. Y Taia propone, no tanto como solución total, pero sí como comienzo para alcanzar algún tipo de convivencia, la posibilidad de un regreso a la aceptación del otro y a la comprensión de sus problemas. Anteponer la empatía y el humanismo al egoísmo y el onanismo que, cada vez más, organizan las vidas y la sociedad. La vida lenta, en este sentido, es una elegante y bella novela que invita al lector a que piense en los demás para, al final, conseguir pensar en la vida propia.

“¿Por qué, cuando apenas acabamos de vivir una gran tragedia, hay que inventar otra inmediatamente después? ¿Por qué?”

Etiquetas: Abdelá Taia, atentados, Bélgica, Francia, homosexualidad, Infieles, La vida lenta, Marruecos

Sobre el autor

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros Imágenes del cuerpo y John Cassavetes. Claroscuro Americano. Ha colaborado en más de una treintena de libros colectivos. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, y es coordinador de la sección de cine de Playtime, suplemento del periódico El Plural, y publicado en La Balsa de la Medusa, Clarín, Revista de Occidente y otros medios.

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