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¿Cómo actualizar el mundo?

Frente al historicismo, que vacía de experiencia lo comprendido, y ante el vitalismo, que no aprende de lo muerto, Benjamin propone acercarnos al pasado como un tiempo que, a la vez, nos constituye y nos sobrepasa | Foto: Pexels

Aristóteles define el movimiento como el paso de la potencia al acto. Sabemos, pues, que actualizar significa atender las posibilidades de aquello que estaba ya en potencia y que, bajo determinadas circunstancias, puede transformarse en una sustancia concreta.

Una semilla es una semilla en acto, pero es, también, una planta en potencia. Cuando la semilla se transforma en planta, cuando ese determinado movimiento tiene lugar, la sustancia muta y se convierte en algo diferente a lo que era con anterioridad. Nosotros vemos la planta, pero deberíamos recordar que antes era una semilla. Y que no todo lo que el mundo tiene de potencialidad acabará mostrándose ante nosotros como algo dado, con una forma reconocible.

Si pensamos así la historia, o incluso el presente, podemos afirmar que la actualidad no es otra cosa que un movimiento que ya ha tenido lugar, y que ha aprovechado la capacidad de una potencia. Pero, ¿cuántas potencias hemos obviado? ¿No hubiera sido la actualidad muy distinta si en vez de enfocar una potencia hubiéramos atendido otras? ¿Cuántos silencios hemos provocado por observar, únicamente, los actos, y desatender las potencias? ¿No es ése, el detectar e interpretar lo que aún no se ha manifestado de forma evidente, un trabajo creativo? ¿Por qué miramos el ahora como si fuera un decorado en el que no podemos cambiar nada de sitio? ¿Por qué hemos rechazado desplazar, de una manera sumisa, el foco cuando éste nos viene dado desde una contemplación que es infértil, y aparentemente inamovible?

Atender lo que tiene de potencia las cosas, los gestos y las palabras no quiere decir enunciar diagnósticos sobre todo, y en todo momento. No se trata de aplicar el método hipotético deductivo a cualquier experiencia para encerrar el mundo, nuestro mundo, en una colección de teorías especulativas. Es más bien tomar consciencia de que el mundo, nuestro mundo, se constituye a través de un juego de relaciones, de vínculos, y que con nuestra mirada, y con nuestra capacidad de escuchar el silencio y las sombras, podemos ser partícipes de ese flujo constante que constituye eso a lo que llamamos realidad. La realidad no necesita realismo. La realidad no cabe en un escáner. A la realidad no se la captura como si fuera la morralla que queda en el fondo de la red de un pescador sin suerte.

Walter Benjamin nos ayuda a diferenciar la actualidad del actualizar. Y, de algún modo, está recogiendo esa idea contenida en la teoría del movimiento de Aristóteles. En Experiencia y pobreza, el pensador alemán nos dice que “hemos ido perdiendo uno tras otro pedazos de la herencia de la humanidad; a menudo hemos tenido que empeñarlos a cambio de la calderilla de lo actual por la centésima parte de su valor”. Tal vez por eso, en la revista Angelus Novus, sostiene que “el criterio de verdadera actualidad no se encuentra en el público”. Uno no puede reproducir lo actual como si fuera una mercancía bajo demanda. Un lector consumidor será aquel que se acerque a la columna de opinión, al reportaje o a la crónica, e incluso al ensayo filosófico, para satisfacer, con cierta sofisticación estilística, sus prejuicios más arraigados.

Hay que excavar en lo contemporáneo para percibir que el mundo no es que pueda ser otro, sino que ya lo es potencialmente. El mundo es múltiple, y nuestra visión reduccionista del presente no se entiende si no es por el miedo que solemos tenerle a la complejidad. Pero lo sencillo y lo simple no son la misma cosa, y algo puede ser radicalmente certero, preciso y claro, sin tener que someterse al dictado de la pereza de pensamiento.

La “calderilla de lo actual” resuena a menudo en los medios de comunicación, pero también en la universidad, que enfocan los mismos temas, no para ofrecer otros encuadres (algo que abriría nuevos campos de preguntas sobre un mismo problema), sino para aprovechar la inercia de determinadas tendencias que, como las estrellas, cuando las observamos ya hace tiempo que están muertas.

Antonio Aguilera, en Paisajes benjaminianos, nos habla de la dificultad para actualizar. Y es que Benjamin sentencia la idea de progreso para, en su lugar, invocar la actualización, entendida como una apertura a la experiencia con la cosa pensada, y no a una transmisión que la mantiene como fuera del tiempo del intérprete. Aguilera, gran conocedor de la obra del filósofo alemán, nos dice que la actualización es la clave para evitar la vaciedad del conocimiento. Y nos recuerda que la noción de historia en Benjamin se opone a grandes alternativas como el historicismo (“que vacía de experiencia lo comprendido”) pero también del vitalismo (“que no sabe aprender a vivir de lo muerto”). A lo que el pensador nos invita es a encarnar el impulso que viene del pasado para dibujar en el presente trayectorias hacia el futuro.

En cada huella, en cada ruina, está también lo que un día fue actualidad, y ahora es olvido. La memoria es una herramienta fundamental, una palanca de cambio, para leer el ahora como un palimpsesto, como un manuscrito en el que aún hay muchas frases por leer, muchos relatos por actualizar.

Vivir el presente no puede reducirse al consumo de las imágenes que se nos ofrecen como síntesis del deseo, el anhelo o el temor que no sentimos como propios, que no sabemos de dónde provienen, que obvian cualquier suerte de trayectoria pasada y futura. El presente es el tiempo que mantiene abierta la herida que todo cordón umbilical provoca. La actualidad es una estación de servicio, aislada en su propio vacío, sin carretera de llegada ni de destino.

Esa mirada hacia el presente, que ya no es mera actualidad, sino un tiempo otro que puede ser siempre actualizado, nos permite interpretar el mundo como un engranaje de potencialidades cuya combinatoria depende de nuestra voluntad de desplazamiento. El algoritmo —tan tenaz como frío— se sabe desnudo cuando el pasado irrumpe sin avisar, cuando el futuro se hace impredecible, cuando el ahora es, ya, un caballo salvaje que dibuja a cada paso un nuevo mapa de vida. El presente es, entonces, perplejidad y perspectiva.

Un presente, en castellano, es un regalo. Y un regalo no acaba de serlo hasta que alguien lo recibe, lo abre, y se hace cargo de él.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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