¿Cómo defender la soledad sin miedo a quedarnos solos?

La escritura permite transformarnos en médiums y chamanes que convocan y viajan a otras realidades posibles | Foto: Cottonbro, Pexels

“Escribir es defender la soledad en que se está”, dice María Zambrano.

Después del aislamiento que hemos sufrido tras la pandemia del coronavirus, en la que hemos ido perdiendo el cuerpo a cuerpo, sea a través de burbujas de convivencia o de búnkeres del afecto, añadir voluntariamente soledad a estos meses puede parecernos de una crueldad inexplicable. Algunos le han llamado a esa doble necesidad de reclusión —la impuesta y la buscada— el “síndrome de la cabaña”, un especial miedo a salir de casa y relacionarnos mínimamente justo cuando nos han dado permiso para ello.

La soledad de la que habla Zambrano es otra cosa. ¿Hemos sabido defender nuestra soledad antes de que nos obligaran a estar solos?

La pensadora española explica que esa soledad de la escritura consiste en “una acción que brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas”.

Por eso era imposible escribir una sola línea durante los primeros días del confinamiento. Estar solos no significa estar en soledad. Hace demasiado tiempo que hemos confundido los dos términos, condenando a generaciones enteras al encierro incomunicable (el de la senectud), y condenando, también, a la juventud a una sobreexposición que, paradójicamente, ya era antes una forma de clausura. Cerrar mundos en una única pantalla, en las sombras que proyecta, es volver a las apariencias que Platón distinguía en el mito de la caverna. El streaming no es más que un cine al aire libre que ha renunciado al pacto de ficción. No es un simulacro. Es la realidad del simulacro. Una realidad que, sin deseo ni riesgo, nos convierte en seres más solos, con menos coraje para la aventura de la soledad.

Hay cosas que no pueden decirse, es cierto. Pero eso que no puede decirse, precisamente, es de lo que se tiene que escribir, nos recuerda Zambrano en Hacia un saber sobre el alma.

Escribimos porque respetamos lo salvaje de las palabras. Lo que tiene de indomesticable aún el lenguaje, que se retuerce como una serpiente herida cuando alguien la acaricia como a un animal doméstico. Las palabras no pueden ser únicamente información. La información —y su abuso, en el que llevamos tanto naufragando— nos reclama que estemos solos ante el código cerrado que nos ofrece. Al escribir sin saber qué estamos escribiendo estamos defendiendo una soledad que dilata el corsé de la identidad, de la moral y de las costumbres.

La escritura es adentrarse en lo desconocido, defiende Marguerite Duras. Por eso la soledad nos aterra. Porque en su escritura nunca estamos solos. Hay la presencia de cada una de nuestras ausencias. Presencias que no son fantasmas, que no son espectros que se presentan bajo una sábana blanca. Se sientan junto a nosotros en el banquete de la memoria. Y en un almuerzo de ese tipo puede pasar cualquier cosa.

“Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por su propio quehacer, está en peligro”, apunta Duras en Escribir, ese texto bellísimo en el que reconoce que la escritura es para ella una suerte de hechizo.

Un hechizo, y una forma de escuchar el mundo que se nos escapa.

“Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría”, asegura Marguerite Duras. Por eso María Zambrano sostiene que la escritura es “puro acto de fe”, porque “el secreto revelado no deja de serlo para quien lo comunica escribiéndolo”.

No sabemos de qué vamos a escribir, y por eso necesitamos darle forma antes de la escritura misma. Ordenamos lo que aún no ha ocurrido para que ocurra. Ésa es la razón de ser de toda liturgia. En la soledad del ritual nos encontramos con quienes han decidido dejar de estar solos. Hay una comunión de los que escriben, de los que leen, de los que defienden su soledad más allá del ruido de los hombres y mujeres que gritan, solos, en medio de la marabunta.

“La soledad no se encuentra, se hace”. Otra vez Duras.

El escritor Albert Sánchez Piñol se ha querido acercar a ese orden y sentido de la escritura, que efectivamente es previo, que a veces es inconsciente, y que sin embargo hace posible esa extraña alquimia que vendrá después, cuando la facultad simbólica cubra y descubra la arquitectura del relato. Lo ha hecho en un libro divulgativo, Las estructuras elementales de la narrativa. Si es verdad que Sánchez Piñol no se inventa nada —la narratología lleva décadas estudiando el conjunto de elementos que articulan lógicamente su composición, como ha explicado muy bien Melcior Comes en un reciente artículo—, lo que consigue el autor de La piel fría, además de simplificar decenas de manuales tan crípticos como academicistas, es ofrecer una mirada sobre el mismo fenómeno, pero ahora desde la antropología.

Sánchez Piñol explica que los seres humanos han ideado, desde nuestros ancestros, dos mecanismos para entrar en contacto con otras realidades: el chamanismo y la mediumnidad. Mientras el chamán (“el primer narrador de nuestra especie”, afirma el también antropólogo) facilita el tránsito, y tiene la capacidad de evadirse de su cuerpo, el médium acoge entidades de otras dimensiones. El primero es un viajero. El segundo, un receptáculo. Y ahí, más allá de los puntos de giro o los conflictos de una trama,  sí que el autor resume de manera muy lúcida las dos grandes trayectorias de la narrativa.

En el chamanismo alguien va. En la mediumnidad, alguien viene. No hay historia con voluntad narrativa —la poesía es otra cosa— que no responda a una de esas dos facultades, o a la combinación de ambas. ¿Qué es, sino un chamán, Jasón cuando emprende junto a los argonautas su accidentado viaje? ¿Qué es, sino un médium, Luke Skywalker cuando, en Star Wars, es adoptado pese a su incierto origen?

“Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor”, añade Zambrano.

El chamán y el médium no son más que esa posibilidad de acoger la polifonía que encarnamos, y que podemos llegar a interpretar cuando estamos en soledad. Descubrir que no estamos solos —incluso cuando no hay nadie a nuestro alrededor— es la pulsión de esa escritura tan desesperada, tan llena de esperanza. Esa forma de perder el tiempo porque, en ello, no hay nada que perder.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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