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¿Cómo seguir queriendo a España?

Muchos de los artículos que Albert Camus publicó en 'Combat', entre 1944 y 1947, son una muestra de respeto y admiración a un país derrotado y humillado por la derecha más reaccionaria | Foto: Pexels

El amor por España de Albert Camus se forja, seguramente, con el estrecho vínculo que mantiene durante toda su infancia y adolescencia con su abuela materna, Catalina María Cardona, que había nacido en Sant Lluís, Menorca, antes de emigrar a Argelia. Pero su respeto al país, y sobre todo a su gente, no es una mera anécdota personal, un simple accidente biográfico. El autor de El estado de sitio (una obra que sitúa en Cádiz durante una pandemia) descubre en España las inercias y los silencios capaces de contaminar el resto de Europa. Pero también aprecia la obstinación de un pueblo organizado que, sin renunciar a sus muchas identidades, se conjura para combatir la derecha más reaccionaria y el autoritarismo más beligerante.

En La noche de la verdad leemos los artículos que Camus publicó (a veces con su nombre, a veces con pseudónimo) en Combat, donde fue redactor jefe (con apenas treinta años) durante la Resistencia, y que, pese a la precariedad de la empresa, convirtió la publicación en un referente del pensamiento y el periodismo crítico. El periódico pasó de tirar mil ejemplares a distribuir más de doscientas cincuenta mil copias en poco tiempo. El escritor invita a los lectores a que se pregunten sobre la necesaria relación entre justicia y libertad (algo que también hará en sus obras de ficción), y escribe sobre múltiples cuestiones, pero siempre con España en el retrovisor. En septiembre de 1944, por ejemplo, titula un breve artículo Nuestros hermanos de España, donde reconoce la vergüenza que siente por partida doble. Europa ha dejado sola a España, desangrándose, y, cuando los republicanos logran cruzar la frontera, son tratados como burdos delincuentes.

España es un país, dice Camus, “grande de corazón y de orgullo”, pero que se ha sentido solo en su desesperada derrota. “Ha pagado el precio de la libertad. Nadie puede dudar que ese pueblo indomable está dispuesto a volver a empezar”, subraya.

Esas palabras resuenan hoy con especial virulencia cuando Isabel Díaz Ayuso, la candidata del PP a la Asamblea de Madrid, ha ganado una campaña electoral confundiendo, deliberadamente, la “libertad” con la posibilidad de ir a tomar cañas en medio de una pandemia, una situación similar a la que el propio Camus describe en El estado de sitio. Los tiempos han cambiado, por supuesto, pero el bacilo del autoritarismo sigue más vivo que nunca. Lo comprobamos cuando los políticos de trayectoria democrática pactan, sin ruborizarse ya, con partidos especialmente retrógrados y xenófobos y, aún peor —eso es lo realmente peligroso—, cuando incorporan sus programas a una gestión de gobierno que aúna banalidad y discriminación.

Es difícil querer a España. Es difícil quererla así.

Sería tan absurdo confundir a los ciudadanos españoles con las estructuras del Estado (el gobierno, los altos tribunales o la monarquía) como tan absurdo sería no expresar la perplejidad que causa el hecho de que la mayoría de movimientos sociales no hayan salido a la calle para denunciar el esperpento que supone encarcelar a los políticos catalanes elegidos en las urnas (por no hablar de dos activistas claramente pacifistas, como Jordi Cuixart o Jordi Sànchez). Más allá de si algunos representantes cometieron un delito de desobediencia —que supondría su inhabilitación—, tratarlos como a terroristas es un insulto a la inteligencia. ¿Dónde estaba esa España “orgullosa” y “grande de corazón” cuando la policía y los militares gritaban “A por ellos”?

Seguramente, esos españoles, anónimos y normalmente comprometidos, estaban en sus casas intentando explicarse cómo alguien, desde las instituciones catalanas, con dinero público, les había llamado ladrones durante tantos años. La “España nos roba” siempre tuvo los bolsillos vacíos, sí, pero también es cierto que su silencio aún hoy es atronador. El desarraigo no significa tener diferencias en los anhelos o los objetivos, significa mostrarnos indiferentes ante las injusticias que sabemos que son injustas.

Esa España “muerta”, pero también esa España “viva”, es a la que cantaba Cecilia en el festival de Mallorca en 1975, intentando sortear la censura que habían impuesto a la letra de Mi querida España, y en la que la compositora se pregunta: “¿Dónde están tus ojos? / ¿Dónde están tus manos? / ¿Dónde tu cabeza?”. Una España, la de Cecilia, pero también la nuestra, “en dudas” y “ciega”, de “alas quietas” y con “vendas negras”, que ha querido recuperar Lídia Pujol en su nuevo disco Conversando con Cecilia, que también ha transformado en un espectáculo que recorre su discografía.

La cantante catalana explica que desde que era niña no había vuelto a escuchar a Cecilia —que murió a los 27 años en un accidente de tráfico—, pero que, tras ver en directo el durísimo discurso del Rey tras los hechos del 1 de Octubre en Catalunya, le regresó de una manera inesperada ese tema. Al buscarlo en Internet, fue consciente de que la versión que todos recordábamos era, en realidad, un fragmento censurado y edulcorado para explicar un país al que siempre habían conseguido dividir en bandos fratricidas.

España se ha transformado en múltiples planos, y existen innegables avances en derechos que eran impensables hace pocas décadas —el matrimonio homosexual, la renta mínima, la ley de igualdad, o la legalización de la eutanasia—. Y, aún así, siempre aparece ese fantasma que apela a lo ancestral, a frenar los anhelos de libertad individual y colectiva, desarticulando el significado profundo de la “libertad” desde una reivindicación fútil de la «libertad», creando una profunda escisión con la “justicia” reclamada por Camus, hasta diluir todo lo que de emancipación tienen ambos conceptos.

“No podemos ser ni felices ni libres mientras España esté dolorida”, dice Camus, atónito ante el trato que Francia le está dando a los “refugiados”. Y se pregunta, precisamente, cómo la prensa ha de tratar a los fascistas para no favorecer su propaganda. “No hay que construir la República española. Ya existe. Sobrevivió a la derrota puesto que tuvo la dignidad de no aceptarla nunca”, nos dirá.

Albert Camus sufre especialmente el asesinato de Lluís Companys. Sabe perfectamente que estamos ante la muerte de un hombre inocente, pero también ante una herida que seguirá abierta durante mucho tiempo, un cordón umbilical que parece haber sido cortado a pedazos, y que aún no hemos sabido recomponer. Quién sabe si todavía es posible.

El independentismo catalán más sólido, el más difícil de disolver por las fuerzas del Estado es, paradójicamente, el que respeta y admira lo que ha quedado enterrado de esa España a la que Albert Camus hace referencia. No se trata de poner la otra mejilla (¡es lo contrario!), se trata de demostrar lucidez cuando denuncias el abuso de poder señalando al poder, y no a quien lo padece como tú, aunque creas que sus circunstancias son incomparables. Únicamente lo son aparentemente.

Hay un independentismo muy poco nacionalista, pero también está perdiendo la batalla del relato. Es, sin embargo, el único que tiene alguna posibilidad de crear la red de complicidades que lo harían imbatible.

“¿Dónde están los asesinos de Companys?”, se pregunta Camus en un artículo que abre con la pregunta Por qué España. El también periodista invita a sus contemporáneos a seguir luchando, a no callar ante cualquier forma de autoritarismo, pero nos advierte: “Los cimientos de la tiranía totalitaria no son las virtudes de los totalitarios. Son los errores de los liberales”.

Es precisamente Camus quien le pone nombre, como editor, al manuscrito que escribe Simone Weil, en Londres, sobre cómo la sociedad francesa deberá recomponerse tras los años de sumisión a la que ha estado sometida gracias al régimen de Vichy (y al que tanta gente ha sabido adaptarse sin protestar excesivamente). La pensadora francesa escribe Echar raíces justo antes de morir, en 1943. Todo el texto —inacabado— es una invitación a trabajar, antes de que llegue la victoria, para que la reconstrucción del país se haga desde el cuidado de los vínculos rotos entre sus ciudadanos, un apoyo mutuo que vaya más allá de los partidos políticos, que rápidamente convertirán todo en una suerte de laboratorio. “Esto hay que hacerlo ahora. Después de la victoria, al desencadenarse irresistiblemente los apetitos individuales de bienestar o de poder, será absolutamente imposible iniciar nada”, subraya.

“Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana”, afirma Weil.

Quizás es mejor no comparar lo que nos ocurre ahora con lo que les ocurrió a nuestros abuelos hace un siglo. Quizás debemos encontrar otra forma de nombrar una pulsión autoritaria que, ciertamente, tiene muchas diferencias con el fascismo del siglo XX. Lo que sí podemos hacer hoy, aquí, es escuchar algunas de aquellas indiferencias del pasado para que nuestra indiferencia nos resulte insoportable. La indolencia se balancea como si fuera un animal de corral, aletargado, impasible ante las voces que llegan desde la cocina.

Antes de lamentar —sorprendentemente sorprendidos— el auge del populismo de ultraderecha, ¿qué han hecho los partidos políticos para combatir el racismo o la exclusión social? ¿De verdad creía alguien que saldría gratis seguir encerrando a personas inocentes en Centros de Internamiento para Extranjeros? ¿Que no detener a tiempo los bochornosos desahucios, que semana tras semana se han producido durante años,  no sería aprovechado por ciertas alimañas? ¿O no nos hemos dado cuenta ya de que el discurso del “ellos o nosotros” ya no es suficiente en una sociedad plural y compleja?

El miedo no se combate con miedo. Una disidencia castigada —una sola, sea afín a nuestra sensibilidad o no— es la impugnación de todo tipo de disidencia. El boomerang siempre acaba dándote en la cara.

Simone Weil sostiene que, para salir definitivamente de su derrota moral, su país debería ser más una inspiración que una nación, que mire a su pasado, sí, pero que no lo haga con un afán mitológico, o con la errónea tendencia a la nostalgia. Para amar a tu país, dice la filósofa, hay que sentir que tiene un pasado, pero sin idolatrar su “envoltorio histórico”. Hay que amar, insiste, “la parte muda, anónima, desaparecida”.

Tal vez es el momento de echar raíces. Para no estar, siempre, a la defensiva. Para no reaccionar como reaccionarios.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

2 Comentarios

  1. En un momento político y social tan visceral, que deja escapar tanto ruido y tanto enfrentamiento, se echa de menos textos como este: tan inteligentes, lúcidos y reposados. Este artículo invita a la reflexión al lector, sea cual sea su perspectiva ideológica. Y si puedo aportar un matiz más, a colación de ese concepto de raíz alejado de lo defensivo y reaccionario, se me ha venido a la cabeza Édouard Glissant. En su Tratado del todo-mundo afirma: » Pero, ¿no nos atreveremos acaso a proponer a la raíz única, que mata lo de alrededor, que se amplíe a raíz-rizoma, que abre las puertas de la Relación? Que no está desenraizada, pero no usurpa lo de alrededor. En la imaginería de la identidad raíz-única injertemos esta imaginería de la raíz-rizoma. Al Ser que se impone mostremos el siendo, que se yuxtapone». La identidad es un concepto dinámico , como las raíces que crecen y crecen y se van relacionando con su entorno. Busquemos entonces ese humus que nos permita crear, como decía Simone de Weil, una inspiración conjunta (por encima de una nación), la cual nos haga convivir de otra manera más justa, libre y respetuosa.
    Gracias Albert

  2. Que necesaria la disidencia, el evitar asumir como lógica una realidad solo porque tras el primer shock nada a cambiado… ¿Dónde quedó el Madrid del «no pasarán»? ¿Dónde quedó la Cataluña que era buque insignia y adalid de los movimientos sociales y las luchas obreras? ¿Dónde queda?
    España me dueles en las manos, en la memoria y en los días… ¿Qué vamos a hacer España?

    Gracias Albert y Revista de Letras, por el espacio y la reflexión… No claudiquéis… Quedan cada vez menos revistas de este tipo, menos medios libres… O necesitamos… Por favor…

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