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¿Cuándo la política volverá a ser un ejercicio creativo?

La retórica de la gestión ha inundado la esfera pública hasta tal punto que cualquier mirada arriesgada sobre un problema es considerada como una peligrosa excentricidad | Foto: Pexels

Pasqual Maragall fue, seguramente, el último político creativo.

Eso no borra muchos de sus errores como alcalde de Barcelona ni como president de la Generalitat. Eso no lo hace inmune a una revisión crítica de sus mandatos. Pero sí que, con él, con el final de su vida política, de alguna manera se clausura una voluntad deliberadamente creativa en la forma de ejercer el liderazgo político. Algunos llamaban maragallades a esa tozudez en seguir una agenda propia. Otros, simplemente, decían que eran meras ocurrencias. Pero lo que todo el mundo reconoce ahora es que el político era capaz de transgredir la solución binaria a un problema. Ampliaba el foco, y cambiaba, así, la inercia de un punto de vista que estaba viciado por la costumbre o el interés de un determinado sector. Ser creativo no es más que eso. Poner en crisis el autómata que todos encarnamos.

Cuando un político únicamente reacciona puede convertirse, rápidamente, en un reaccionario.

Con los años, esa idea de que la política es el lugar para los buenos gestores —y sólo para eso, para administrar una ciudad o un país como si fuera una fábrica heredada— ha ido ganando peso en una sociedad que reduce la rendición de cuentas a si sus representantes han conseguido, o no, la lista de deseos con la que se presentaron a las elecciones. Es indispensable que lo hagan para garantizar cierta transparencia. Pero no es suficiente. La vida no responde a un plan de empresa. La vida se abre paso, a veces, de la manera más abrupta, e interrumpe nuestra mirada sobre la realidad para hacer saltar por los aires la cronología, las hipótesis y los planes de futuro.

La creatividad es la facultad de quien no teme la interrupción, sino que la acoge como parte del organismo vivo del que participa.

A toda esa burocratización de la política —consumada con un discurso que es, ya, la reproducción analógica de un argumentario previo—, se le ha sumado una concepción de la comunidad que es francamente pobre. Si nos fijamos en la formación académica de la mayoría de los líderes políticos encontramos, sobre todo, abogados y economistas.

¿Cómo vamos a pensar en los problemas que surgen de manera inesperada si sólo tenemos una visión punitiva o especulativa de la vida en común?

El político debe presentarse ante sus potenciales electores con un programa concreto, sí. Programa, programa, y programa. Pero también con una mirada sobre el mundo que sea imaginativa. Porque, en medio del Excel, de la suma y la resta de ingresos y gastos, llegará lo fortuito, lo inesperado. Y ahí podremos tener confianza en un político si, con una concepción abierta de sus atribuciones, es consciente de que no es un mero ejecutor de tareas.

A esa política administrativa —para gestionar con eficacia y solvencia  ya están los funcionarios, que muchas veces son mucho más creativos que los propios representantes públicos— hemos de añadirle la apología de la especialización en la que estamos sumergidos desde hace demasiado tiempo. Algunos critican a su adversario por dirigir un ministerio o una concejalía sin ser experto en aquello que coordina. Y una cosa es no tener ni idea de lo que tienes entre manos, y otra cosa es que confundamos a un político con un técnico.

No son pocos los que, sin sonrojarse, piden ya ser gobernados por tecnócratas.

¿Se imaginan un país administrado, únicamente, por fisioterapeutas? ¿Se imaginan un Estado gestionado, únicamente, por fontaneros? ¿Cómo sería una nación que únicamente fuera gobernada por físicos nucleares? ¿Por qué, entonces, debemos pensar que la política no debe ser una herramienta de creación que vaya más allá del Derecho y la Economía?

Es interesante cómo Gabi Martínez aborda el problema de la excesiva especialización en su último libro, Naturalmente urbano. El escritor nos explica cómo surge el concepto de supermanzana por parte de Salvador Rueda, una persona que se forma en Biología y Psicología y que, tras quedarse sin trabajo, emprende un proyecto pedagógico pionero en el Besós para, años después, preocuparse de la movilidad urbana. Atendiendo algo que ideó mucho antes Ildefons Cerdà, los chaflanes (“recortar las esquinas de los cruces para convertirlas en una especie de plazas”), desarrolla una manera relativamente sencilla y barata de pacificar una ciudad como Barcelona, que soporta más desplazamientos diarios (¡seis millones!) que Manhattan.

A Rueda le llaman de todo. Hasta que demuestra que su idea no tiene nada de disparatada. También a Cerdà lo ningunearon. Grandes próceres de la época, como Josep Puig i Cadafalch, desprecian su modelo de ciudad. De hecho, uno de sus libros más importantes, Teoría general de la urbanización, queda descatalogado hasta que Fabià Estapé pone remedio un siglo después.

En Naturalmente urbano, Gabi Martínez también nos habla de otro personaje fascinante, Ramon Margalef, el primer catedrático de Ecología en España que, superando cualquier tentación de superespecialización, aplica la teoría de la información a los estudios ecológicos, y la creación de modelos matemáticos al estudio de las poblaciones. Además de prestar especial atención a las algas y al plancton, Margalef, nos dice Martínez, “insistió en la necesidad de conectar disciplinas para operar eficazmente en red”.

Esa segmentación de la vida en casillas compactas, que en la política contemporánea se manifiesta como en ningún otro lugar (aunque la universidad y la medicina también llevan años padeciendo la lacra de la impermeabilización), se ha puesto de manifiesto con absoluta nitidez cuando han intentado resolver una falsa dicotomía. “¿Economía o salud?”, nos preguntan con la pandemia del coronavirus. Como si esa disyuntiva fuera real, como si pudiéramos posicionarnos en una de las opciones como quien escoge acompañar las patatas fritas con kétchup o mayonesa.

Es más difícil hacer bien la pregunta que elegir una respuesta con la que no nos comprometamos, precisamente, porque las opciones nos han sido dadas de antemano.

El conocimiento no puede conformarse con la acumulación de saberes. No es un muladar compuesto por teorías, datos, cifras, y fórmulas magistrales. El conocimiento es un músculo que se expande y se contrae según la capacidad creativa de conectar aprendizajes, experiencias, miradas. Hay estudios, sin duda, que pueden ayudarnos a anticipar problemas. Pero sólo la curiosidad que cultivamos durante toda la vida supone una herramienta válida cuando irrumpe lo súbito.

Cada vez que alguien nos ayuda a modificar conceptos o percepciones, está haciendo política. Política que necesitamos para no caminar por la ciudad como si fuera un tablero de Monopoly. Como en el juego de mesa, ya tenemos en cada rincón suficientes policías, coches y cárceles. Es hora, pues, de recortar las esquinas. Y mirar dentro de ese espacio que, de repente, ha quedado vacío. Un vacío que es todo menos ausencia.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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