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¿Cuántos observadores hay en el mundo?

La ficción no se ocupa de visibilizar lo invisible, sino de compartir la perplejidad que esa invisibilidad produce en todos nosotros | Imagen: 'The Invisible Man', Universal Pictures

Hay dos juegos infantiles que nos han enseñado a mirar de una determinada manera desde que somos muy pequeños. En el ¿Quién es quién? cada jugador elige un misterioso personaje e intenta adivinar, a través de preguntas concretas, la identidad que esconde su adversario en su correspondiente tablero. ¿Eres una mujer? ¿Eres calvo? ¿Llevas sombrero? En ¿Dónde está Wally?, el protagonista de la historia, creado por el dibujante británico Martin Handford en 1987, se difumina entre la multitud. Y además lo hace vistiendo siempre de la misma manera, con un jersey de rayas horizontales rojas y blancas. La mirada ahora no se centra en desvelar lo velado, sino en discernir entre la muchedumbre lo que debería ser evidente, y no lo es.

La primera es una mirada de policía. La segunda, de detective. Esa doble pulsión la arrastraremos durante toda la vida.

Cuando acudimos al Tinder, y aceptamos o rechazamos una potencial cita deslizando un dedo por la pantalla del móvil, estamos reproduciendo el gesto infantil que hacíamos cuando exigíamos a nuestro contrincante que derrumbara las fichas tras las cuales escondía la identidad oculta. Las dos, la del Tinder y la del ¿Quién es Quién?, son formas de un interrogatorio. Inocente o culpable. Verdadero o falso. Apto o censurado.

La mirada del policía siempre viene antes que la del juez y, por lo tanto, es la mirada de prejuicio.  Miramos lo que el otro esconde antes de lo que nos muestra abiertamente. La mirada del detective, por el contrario, es la que empatiza con el que mantiene su invisibilidad justo en el epicentro de lo más manifiesto. Es el flâneur que, para seguir siendo un hombre anónimo, recorre las galerías comerciales más concurridas.

El policía busca intrusos. El detective, infiltrados.

“La ficción consiste no en hacer ver lo invisible sino en hacer ver hasta qué punto es invisible la invisibilidad de lo invisible”, sostiene Foucault en El pensamiento del afuera. Parece un trabalenguas, pero no lo es. Lo que intenta decirnos el pensador francés es que la literatura —y cualquier narrativa mínimamente ambiciosa— intenta compartir la perplejidad que esa invisibilidad produce en todos nosotros. No se trata de dar voz a los sinvoz. Se trata de escuchar su silencio.

En realidad, mostrarnos la invisibilidad de lo invisible es lo que hace Edgar Allan Poe en La carta robada, un relato publicado en 1844. Alguien ha hurtado un documento que tiene una gran importancia política. La policía busca y rebusca en todos los rincones del apartamento donde saben, con total seguridad, que el ladrón ha depositado esos papeles. Ponen patas arriba el inmueble, sin éxito. No hay manera de encontrar la carta. Hasta que acuden, pidiendo ayuda, al detective Auguste Dupin. Éste ya la había localizado. ¿Cómo? ¿Dónde? El ladrón la había colocado en el lugar más visible de todos, encima de la chimenea.

El lugar más visible suele ser el más invisible para la mirada de un autómata. El algoritmo lo ve todo, por eso padece de una ceguera incorregible. A veces no hace falta mirar en las profundidades para distinguir lo esencial. Tal vez por eso decía José Bergamín que buscar las raíces es una forma como otra cualquiera de irse por las ramas.

¿Quién mira y quién es mirado? ¿Cuántos observadores hay en el mundo? Estas son algunas de las preguntas que se hace Agustín Fernández Mallo en La mirada imposible, su último ensayo. El escritor nos avisa de que hay dos clases de poblaciones invisibles: la de los muertos y de las personas que aún no existen. La primera se refiere “a esa humanidad que no vemos y que hemos olvidado voluntariamente, pero cuya presencia es constante en nuestro despliegue vital”. La segunda, apunta el autor, es más siniestra aún porque, aunque ambas son hipotéticas, a la que llamamos descendencia le suponemos un prestigio del que no tenemos ninguna evidencia.

¿Cómo mirar lo que siempre ha estado ante nosotros? ¿De qué manera podríamos observar el mundo, nuestro mundo, sin estar atravesados inmediatamente por la red de prejuicios e hipótesis que constituyen el imaginario que hemos ido solidificando?

En The Invisible Man, el filme dirigido por James Whale en 1933, el  protagonista, el científico Jack Griffin, logra hacerse invisible gracias a un experimento secreto. Ataviado con un vendaje y unas gafas de sol, se refugia en un hostal hasta que es descubierto. Cuando llega la policía, y él reconoce su invisibilidad ante los agentes, es tratado como un monstruo. Y aquí comienza una persecución que se convierte, desde ese momento, en una espiral de violencia. Finalmente será abatido cuando la policía —una vez más— dispare al aire, con la única pista que le proporcionan las huellas que el personaje ha dejado en la nieve. Lo trasladan al hospital, y no se convierte otra vez en visible para todos hasta después de su muerte.

Cuando un policía dispara al aire es que quiere dejarnos ciegos. Está intentando mutilar una invisibilidad que se le hace insoportable.

Y es que hay tanta invisibilidad alrededor nuestro que nos refugiamos en las conjeturas más trilladas. Lo hacemos desde la infancia, desde esa necesidad de cosificar cuerpos e identidades hasta hacerlas caer como una tarjeta de cartón. ¿Cómo hacer posible la mirada imposible? La ciudad arde, y nos preguntamos —una vez más— si el fuego habrá sido obra de unos supuestos anarquistas italianos. Una banda perfectamente organizada y especialmente sádica. Siempre los anarquistas italianos… Entonces, el hombre al que nadie ve, pese a sus múltiples huellas, pese a sus muchos vendajes, decide, al otro lado de las Ramblas, cerrar por dentro la sucursal bancaria. El humo está por todas partes. Un cajero automático se parece demasiado a una chimenea. Nadie se detiene a mirar allí, en el centro del centro de la ciudad en llamas.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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