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¿El siglo XXI será el siglo de la ternura?

El sentimentalismo parece haber ganado la batalla a la crueldad en la imagen pública que proyectamos, pero también hay violencia en esa forma de imponer una bondad sin fisuras | Imagen: 'Of Mice and Men', de Lewis Milestone

“El siglo XXI es el siglo de la ternura”, nos dice David Trueba en La tiranía sin tiranos, un breve ensayo que publicó en Anagrama y en el que reflexiona sobre cómo utilizamos las redes sociales para sentirnos mejores personas. Dice el escritor y director de cine que, de hecho, la ternura ya se ha impuesto a la crueldad y a la maldad, y que un cierto sentimentalismo se ha apoderado de nuestra manera de relacionarnos con nuestra imagen pública y con nuestros mundos compartidos.

Lo cierto es que la ternura lleva años, décadas, siendo confundida con la capacidad de demostrar y compartir los afectos. “Tener buenos sentimientos” ha sido una forma de chantaje que ha funcionado en las relaciones de pareja, en la familia, e incluso en el entorno laboral. Ahora te pueden echar del trabajo y, en vez de discutir sobre los derechos que te corresponden, el representante de Recursos Humanos —qué expresión tan atroz— dedicará parte de su exposición a decirte lo mal que se siente, lo difícil que es para él una situación como ésa.

La ternura y la violencia pueden convivir, y lo llevan haciendo desde hace mucho tiempo.

Eso lo supo ver con especial lucidez John Steinbeck cuando escribió De ratones y hombres, una novela corta, de 1937, que luego sería llevada al cine dos años después por Lewis Milestone, y, mucho más tarde, por Gary Sinise. El libro nos narra el deambular de dos vagabundos, Lennie y George, que buscan ganarse la vida en los campos de cultivo californianos. Los dos amigos son inseparables, pero George siempre tiene que proteger a Lennie, alguien con un especial talento para meterse en líos. Es un tipo corpulento, de una ternura que pocos cuestionan (“No se necesitan sesos para ser bueno”, dice uno de los personajes), pero con una fuerza bruta capaz de la peor de las violencias. Tiene hambre de amor. Lo demuestra cuando pide cuidar los conejos y los cachorros de perro que malviven en un granero. Esconde ratones en su bolsillo, a los que asfixia sin querer cuando los está acariciando. Le pasa lo mismo con las mujeres, a las que asusta —e incluso agrede— cuando únicamente pretende acercarse a ellas para tocar el bonito vestido que llevan.

¿De verdad la ternura de Lennie es una forma de inocencia y de pureza? ¿O la inocencia en realidad es, como defendía el poeta Jesús Lizano, la suma de la consciencia y la libertad entregadas a la plenitud de una vida de insubordinación? ¿Cuándo dejaremos de asociar inocencia y docilidad?

“Ya somos personajes más que personas”, dice Trueba cuando habla de la “cosmética de la ternura”, y del pánico a la mala reputación. “Los nuevos ciudadanos necesitan considerarse al lado del bien”, algo que les lleva a no cuestionarse nada de lo que consideren producto de la bondad. Y sin embargo, añade, “todas las tiranías fueron derrotadas tarde o temprano por el ansia de las personas de ser contradictorias”.

Esa ternura que es carcasa y modus operandi está impregnando lo que algunos insisten en llamar “polarización” —ojalá ése fuera el problema, que existieran realmente los extremos—, y que no es más que el estancamiento en un punto de vista, en una perspectiva, en una visión cerrada sobre un mundo que es, necesariamente, complejo. Ahí la filosofía sí que ha sido una buena caja de herramientas porque, a partir de la paradoja, sabemos que el encuentro de dos ideas opuestas, y que aparentemente parecen contradictorias, puede estar encerrando una verdad oculta.

Abrir la pregunta sobre la relación —tan velada culturalmente— entre la ternura y la violencia no desarticula la capacidad para relacionarnos con el otro, con los otros, desde una amabilidad radical, comprometida. Significa beber de los vasos comunicantes que siempre han existido entre lo delicado y lo abrupto, entre lo sutil y lo excesivo. Construir las reglas de juego para saber qué teclas activar en cada momento es lo que nos hace animales críticos, con pulsiones e instintos, pero también con la capacidad de discernir la naturaleza de cada instante.

No es nada nuevo esa ternura artificial, ese simulacro de complicidades. Lo hemos visto desde siempre en la fotografía del político que se acerca a un niño, lo coge en brazos, y le regala un globo o un caramelo. Lo vemos en esa falsa cordialidad de quien te está apuñalando por la espalda. Lo veremos cada vez que intentemos estropear la sonrisa perfecta de un cartel pintando alguno de los dientes con un rotulador negro.

“Tener tacto” no debería ser sinónimo de comportarse como un hipócrita. El tacto entre cuerpos extraños —ahora lo sabemos mejor que nunca— es el desencadenante de un peligro. Desdibujamos un espacio, a veces con la tenacidad de la hospitalidad. A veces, con el sigiloso anhelo de la colonización. Cuando la ternura es epidérmica, cuando la caricia es sólo exterior, no es otra cosa que una caridad tan autocomplaciente como repulsiva. Cuando la caricia pierde el mapa, el horizonte de resultados, comienza algo realmente inesperado. Una ternura que nos violenta porque nos sitúa en un lugar que ya no es mera representación. Como polizones, navegamos clandestinamente. Quién sabe si eso es una salvación o una condena. O las dos cosas al mismo tiempo.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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