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¿Es el suicidio el verdadero problema filosófico?

En España, el suicidio es la primera causa de muerte entre los jóvenes de 15 y 29 años. Cada 24 horas, se producen 10 suicidios a nuestro alrededor | Foto: Pexels/Moritz Böing

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Así comienza El mito de Sísifo, de Albert Camus. ¿Qué nos está queriendo decir, exactamente?

En España, el suicidio es la primera causa de muerte entre los jóvenes de 15 y 29 años. Cada 24 horas, se producen diez suicidios a nuestro alrededor.

¿Hay algún conflicto del presente que sea tan evidente, tan brutal, y a la vez tan silenciado como este?

Y, aún así, las cifras nos dicen muy poco de estas heridas abiertas de nuestro presente.

El pensador Santiago López Petit escribe El gesto absoluto tras el suicidio de su amigo Pablo Molano. Cuando alguien cercano decide quitarse la vida, de una manera más o menos inesperada para nosotros, siempre nos viene la misma pregunta. ¿Por qué, por qué lo ha hecho?

Seguramente es una pregunta que tiene todo el sentido para una sociedad atrapada en la lógica maquinal de las relaciones entre las causas y los efectos. Pero esta pregunta puede convertirse en un secuestro. Poco a poco hay que deshacerse de ella por no evocar únicamente al muerto, o sólo la última escena de su existencia, sino para recordar al vivo que fue, y cómo nos habla a los supervivientes que nosotros somos.

El mismo López Petit lo subraya: “Ser fiel a Pablo no es quedarse atado a la pregunta de por qué. Ser fiel a Pablo es preguntarse qué nos dice su muerte”.

En el juego tan humano como inhumano de vivir, el absurdo, la esperanza y la muerte se encuentran, a veces, de un modo abrupto e insoportablemente doloroso. Ahora que todo indica que, tras la pandemia y sus consecuencias, los índices de suicidio han aumentado, necesitamos preguntarnos qué nos dicen las muertes de nuestros amigos y familiares, de nuestros vecinos o compañeros que un día decidieron dejar de vivir.

Su ausencia, más o menos repentina, ¿cómo ha desplazado nuestra manera de mirar el mundo? ¿Qué escenarios de vida podemos representar si no somos capaces de interpretar lo que nos dice su gesto absoluto e irreversible?

Mientras el periodismo, y la sociedad en general, ha optado por el silencio (y por tanto, por extender el tabú), el teatro y la filosofía han abordado siempre el suicidio. También aquí hemos encontrado un terreno de libertad para hablar de lo que no se hablaba en la calle. Ofelia o Romeo, con Shakespeare, la tentativa de suicidio del dramaturgo experimental Tréplev, en La Gaviota de Chéjov. La niña de El pato salvaje, de Ibsen. Son tantos los ejemplos … Desde el pensamiento, la filosofía ha hablado, y mucho: desde Platón, Séneca, Montaigne, Kant, Durkheim, Cioran o, como hemos dicho, Albert Camus.

En catalán hay un libro que resulta una magnífica aproximación a lo que la filosofía se ha atrevido a preguntar a partir del suicidio. Se titula O no ser, y es una antología a cargo de Oriol Ponsatí-Murlà.

También la ficción (y la creación en general) nos sirve para poner nombre a lo que parecería innombrable. Mientras los periódicos han estado muchos años sin hablar del suicidio porque argumentaban que hacerlo podía provocar el Efecto Werther —como cuando muchos jóvenes se suicidaron reflejándose en la lectura de Goethe— ahora empieza a vislumbrarse una transformación en esa tendencia, a través de lo que se ha denominado Efecto Papageno, también un personaje de ficción, en este caso de La flauta mágica de Mozart, cuyo suicidio finalmente no llega a producirse porque su entorno es capaz de hablar de ello desde la empatía.

El suicidio de alguien conocido es una de las experiencias tras las que, más salvajemente, nos quedamos sin palabras. Por eso es tan sorprendente, y desafiante, la afirmación de Camus.

Santiago López Petit nos dice, recordando a Wittgenstein, que “de aquello de lo que no se puede hablar, es mejor callar”. Y, como sabemos, al suicidio difícilmente se le pueden poner palabras precisas, certeras. El mismo López Petit sostiene que “creer hoy en día que puede haber algo de romántico o heroico en el suicidio ya no es banal, es simplemente ridículo. Wittgenstein tiene razón. Antes de repetir esos tópicos desfasados, mejor callar”. Y, aún así, defiende que “hay momentos en que se debe hablar del suicidio». Por ejemplo, añade, “cuando un amigo se suicida. O cuando vemos cómo la sociedad se defiende con uñas y dientes para disimular los arañazos que la desgarran”.

Y aquí entramos de lleno en un tema fundamental, el papel que todos encarnamos en esta herida abierta.

Alguien que también ha sabido transitar desde el teatro a la filosofía, y al revés, como Artaud, escribe que es la propia sociedad quien ha matado a Van Gogh. “Nadie se suicida solo”, afirma.

Santiago López Petit nos comparte un matiz que, creo, sí es el verdadero problema filosófico que reclama Camus. Y es la diferencia entre culpa y responsabilidad. “Rechazar una y mil veces la palabra culpa por todo lo que implica y, sin embargo, admitir que entre todos hemos fabricado una máquina de matar”.

En el suicidio se mezcla la derrota y el desafío. La derrota, dirá López Petit, “porque existir es nuestra violencia contra esta sociedad». El desafío, añade, “porque la violencia que ejerciste sobre ti —sobre Pablo Molano— extirpa nuestras excusas y señala al enemigo”.

Una persona que intenta suicidarse —lo consiga o no— no quiere morir, “lo único que quiere es dejar de sufrir”, aseguran muchos de los expertos. Algo así ya decía Arthur Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación. “El suicida quiere la vida; simplemente está insatisfecho con las condiciones bajo las cuales se le presenta. Por tanto, destruyendo su cuerpo, de ninguna manera renuncia a la voluntad de vivir, únicamente lo hace a la vida”.

El teatro y la filosofía —y la cultura, en general— no van a solucionar el problema del suicidio. Pero deberían servirnos como cajas de herramientas para reclamarle al lenguaje algo más de ambición. ¿O no se están suicidando, lentamente, aquellos que no encuentran la manera de combatir una adicción o, simplemente, por la propia inanición? ¿Cuántos potenciales suicidas habitamos el mundo sin entrar, por ello, a ensanchar las siempre sordas estadísticas?

Lo dicen los supervivientes. Los familiares, y los amigos. “Lo más justo es recordarlos por cómo vivieron, no por cómo murieron”. Hablar del suicidio desde la filosofía debería significar hablar de la dignidad de quien ya no está aquí para defenderse de los rumores, las hipótesis escabrosas, o los intentos de deshonra de los que se consideran inmaculadamente honorables.

La estrategia del estigma y de la vergüenza no ha funcionado. El suicidio sigue siendo el problema filosófico verdaderamente serio. También Karl Marx, antes que Camus, nos lo pregunta: “Se ha creído que podríamos ser capaces de frenar los suicidios mediante castigos abusivos y con una especie de infamia sobre la memoria del culpable. ¿Qué diremos de la indignidad de un estigma lanzado sobre personas que ya no están aquí para defender sus causas?”.

Acabo con una escena protagonizada, también, por un hombre de teatro y pensamiento.

En enero de 1969, un estudiante de filosofía de Praga, Jan Palach, decide suicidarse quemándose vivo, en la plaza Wenceslao, para protestar contra una vida que era guiada por el autoritarismo. Se le conoce, desde entonces, como la Antorcha humana Número Uno.

En ese momento, Václav Havel sale en la televisión. Todo el mundo esperaba que el entonces famoso dramaturgo disidente se preguntara en público, gritando, “por qué lo ha hecho”. Havel, al contrario, precisamente compartió en abierto la pregunta a la que  nos invitaba López Petit, “qué nos dice su muerte”.

Havel dice literalmente en televisión: “El suicidio de Palach es un llamamiento contra la indiferencia, el escepticismo y la desesperación. Entiendo su muerte como una advertencia contra el suicidio moral de todos nosotros”.

La filosofía no puede ofrecer recetas, ni respuestas autocomplacientes. Pero aún es capaz de hacer visible el fuego que hay detrás del humo de estas antorchas. Un fuego que, de alguna manera u otra, aún sigue vivo.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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