Revista de Letras
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El síndrome del impostor

Joël Dicker | Foto: Patrick Fouque | Alfaguara

Debe admitirse que el tema latente en la última obra del escritor suizo Joël Dicker, El enigma de la habitación 622, constituye a priori todo un reto. Un atractivo desafío para una reflexión sobre las apariencias en el mundo actual dado que la condición humana ha sido siempre objeto de análisis en la narrativa universal, y lo seguirá siendo en busca de la contemporaneidad del término. Dicker resuelve este propósito en un baile de máscaras, prejuicios, envidias y traiciones mediante una teatralidad mezcla de suspense y humor, sin un claro mensaje de intencionalidad social para solaz del lector menos exigente.

Precedido de los anteriores triunfos, especialmente el de La verdad sobre el caso Harry Quebert (Alfaguara, 2013), la aparición de El enigma ha supuesto de nuevo un éxito de superventas que ha despertado el interés de millones de lectores. Llegar hasta el fondo de esta cuestión no es fácil, teniendo en cuenta la disparidad de criterios tanto de autores como de lectores. Porque dividir el mundo literario entre escritores serios o puristas para lectores avanzados, y narradores que generan best sellers en un afán de llegar al gran público no es la mejor manera de lograr una objetividad. En este caso sería menester discutir sobre los motivos por los que este tipo de narrativa tiene tanta aceptación en un mundo como el nuestro, y no digamos en España, un país que debe despertar más si cabe su conciencia lectora en plena decadencia de las Humanidades. A primera vista, la respuesta puede ser incluso ingenua. Es decir, un público poco iniciado en cuestiones literarias exige narrativas sencillas de leer, donde la aventura, el suspense, la investigación policiaca, espías y espiados, amor y negocios y personajes de época, se mueven dotados de una estética cinematográfica muy acorde con el mundo audiovisual de nuestros días. Pero al margen de todos estos aspectos, existe algo que determina el interés del lector y que no es solo ajeno a Dicker y a su obra. Se trata de la habilidad de ciertos novelistas, entre ellos el joven suizo, para gestionar la atención y la curiosidad del lector que navegando en un mar preñado de páginas se desliza sin percibirlo en una historia bien contada de principio a fin. Una aptitud por supuesto nada fácil de alcanzar.

Alfaguara

Ahora bien, a partir de la naturaleza fílmica que impregna las innumerables escenas de El enigma podemos decir, en términos cinematográficos, que se ha excedido en metraje. Una cuestión que no solo afecta al autor de El libro de los Baltimore, sino también a otros novelistas actuales, incluso consagrados y laureados que, aun deseando un reconocimiento más allá de lo popular y comercial, se empeñan en prolongar el relato a costa de capítulos prescindibles. Y en ese afán por dilatar sus historias y conseguir más y más lectores, reducen las virtudes de los recursos literarios en aras de conseguir un lenguaje sencillo, correcto, limpio, impecable en muchos casos, pero desprovisto de imágenes, atmósferas y símbolos donde suelen reposar los remansos líricos de ensueños y vivencias de los propios personajes. Una ocasión perdida en El Enigma, novela ambientada en la bella ciudad de Ginebra, cuyas descripciones, solo sugeridas, ¿una estrategia de Dicker para que el lector las construya a su manera? no pasan de un mero decorado anodino, sin afectación alguna entre la necesaria interrelación entre espacio y el personaje en una cosmogonía llena de sensaciones, pues como señala Claudio Guillén, es precisamente la mirada humana la que convierte cierto espacio en paisaje, consiguiendo que por medio del arte, una porción de tierra adquiera calidad de signo de cultura.

"El sábado 23 de junio de 2018, al alba, metí el equipaje en el maletero del coche y me puse en camino hacia Verbier. El sol asomaba sobre el horizonte, inundando las calles desiertas del centro de Ginebra con un intenso halo anaranjado. Crucé el puente del Mont-Blanc, recorrí los muelles floridos hasta el barrio de las Naciones Unidas y luego tomé la autopista, rumbo al Valais.
Todo me dejaba maravillado en esa mañana de verano: los colores del cielo me parecían nuevos, los paisajes que desfilaban a mi alrededor me resultaban aún más bucólicos que de costumbre, los pueblecitos desperdigados entre los viñedos con el lago Lemán a sus pies …, todo formaba un decorado de tarjeta postal. Salí de la autopista en Martingny y seguí por la carretera secundaria que, pasado Le Châble, se convertiría en una cinta que serpentea montaña arriba hasta Verbier."

El enigma muestra un original planteamiento. Un famoso escritor se inicia en labores detectivescas para esclarecer un crimen no resuelto mediante una estructura narrativa que contiene dos historias entrelazadas entre sí. Una de ellas, la que inicia la novela, es una narración en primera persona en un juego de espejos en el que el propio autor decide tomarse unas vacaciones en un pueblecito de los Alpes tras una ruptura amorosa. En realidad, se trata de una especie de autoficción con elementos biográficos entre ellos su admiración hacia la figura de Bernard de Fallois, su editor ya fallecido, así como sus convicciones como escritor. La otra estructura constituye en realidad el verdadero relato, el de la investigación de un crimen en el Hotel Palace de Verbier no resuelto en su día por la policía y que el novelista como tal se lanza a investigar incitado por Scarlett, la inquilina de su habitación contigua, la 621-bis, que huye de un matrimonio fracasado. Ambas tramas van interpolándose a lo largo de la obra y ambos, Dicker convertido en personaje y su vecina, se lanzan a la aventura de indagar un oscuro asesinato alrededor de una complicada y espesa constelación de situaciones, enredos y disparatados episodios que, aunque envueltos en misterio, distan del genuino thriller y la novela negra. El mérito del autor consiste en encajar magistralmente pieza a pieza todas las incógnitas de un vasto jeroglífico generado en constantes analepsis que pretenden reconstruir los acontecimientos previos a la noche del crimen.

En las continuas interpolaciones de ambos relatos, Dicker recurre en varias ocasiones a una atractiva estrategia anafórica muy del nouveau roman francesa que permite potenciar las emociones del texto. Una suerte de paralelismo muy fílmico que afecta al cronotopo y a la anécdota de algún modo. Así, entre otros hechos curiosos se encuentran los golpes escuchados al finalizar una escena en la historia ficcional de la investigación, repetidos en la otra real en la que el autor suizo se autorretrata inmerso en la propia redacción de la novela.

"Hubo un largo silencio durante el que los dos hombres se miraron. De repente empezó a llover a cántaros.
-Escúcheme atentamente … -dijo Wagner, a quien no parecía afectarle la lluvia.
Una serie de golpes lo interrumpieron de pronto a media frase. Hubo un breve silencio, luego los golpes se repitieron.
Scarlett estaba llamando a la puerta de mi despacho.
Alcé los ojos del ordenador y en el acto interrumpí mi novela, dejó de llover, el suelo nevado del parque Bertrand volvió a ser una moqueta, los árboles desnudos y amedrentadores desaparecieron y mi despacho recuperó su aspecto."

Y así, alternándose una historia con otra, el relato transcurre entre lo policiaco y lo absurdo a causa de los innumerables equívocos entre los protagonistas que arrastran el interés del lector, ávido de conocer el origen de las intrigas en la lucha por hacerse con el control del ficticio Banco Ebezner y descubrir el enigma de aquella habitación. Y es precisamente la atención del lector el mejor activo de Dicker, y que otros escritores anhelan poseer, inmersos en otro tipo de narrativa que con toda su calidad literaria no es capaz de llegar al gran público en esa desnivelada balanza entre lectores más avanzados y lenguajes más sencillos. Existen buenos escritores frustrados porque no tienen lectores. Es terrible escuchar “A nadie le interesa lo que escribo” como recientemente ha lamentado en una entrevista un gran escritor español poco reconocido. En realidad, al escritor vocacional no le debe importar el número de lectores. Si los tiene mejor, pero sin el objetivo de vivir de la literatura, claro. Lo cierto es que existe una clase de lector para un tipo de literatura y una narrativa que requiere de un momento anímico. Un día es apetecible Dostoievski y otro una novela de aventuras. Habría que preguntarse igualmente si hoy en día hay lectores dispuestos a fundirse en una narrativa de imágenes concertadas, de estímulos sensoriales con una deliberada voluntad de conseguir un efecto estético dentro de un estilo sin exigencias insalvables. Si existe público para ello, no intentarlo constituiría una impostura por parte del novelista, de algunos críticos y por tanto de ciertos medios.

El enigma de la habitación 622 se encuentra en los parámetros de la evasión, de la secuencia cinematográfica que descubre ambientes y situaciones comprometidas con la precisión de un reloj suizo y una intriga que tiene en vilo al lector hasta el final. En este caso, el novelista se ha vuelto también un impostor como todos sus personajes. Simplemente ha resuelto el caso.

Etiquetas: autoficción, best-seller, Crimen, El enigma de la habitación 622, Joël Dicker, metraje, Novela negra, novelistas, superventas, Thriller

Sobre el autor

Francisco López Porcal

Francisco López Porcal (Mislata, Valencia, 1957). Tras licenciarse en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia y doctorarse por la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia, con una investigación acerca de la noción de imaginarios en el espacio ciudadano y sus conexiones con el discurso ficcional de la novela, es colaborador en prensa diaria y en revistas especializadas. Ha publicado en 2019 el ensayo 'La Valencia literaria desde el espacio narrativo' (UNED Alzira-Valencia. Vol 47 colección interciencias) y su primera novela 'Atrapados en el umbral' (2019. Valencia, Ed. Sargantana Spain.

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