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Las estructuras de lo silvestre

Weaver bird nest | Foto: WikiMedia Commons

En los últimos cien años la arquitectura ha incurrido en unas cuantas desventuras. Brutalismos en serie, máquinas de vivir sin alma, funcionalismos muertos y otras ofensas que resultan de un tiempo y condiciones específicas, de la mezcla de la ideología con lo fantástico, y las buenas intenciones que chocan con las realidades de la economía. También ha logrado muchos aciertos, ya sea en vanguardias que embellecen la ciudad o en la obra de creadores puntuales, gente toda ella de genio que logra plasmar la sensibilidad personal sobre los cimientos del diseño, la lógica espacial y la construcción. Al igual que en la literatura, la buena arquitectura es producto de una interioridad rica y cultivada capaz de vincular el fondo más secreto de la persona creativa con el contexto social a su alrededor. No por nada en algunas universidades la arquitectura encuentra casa en los departamentos de humanidades.

Para algunos arquitectos es tierra común encontrar inspiración, un poco de aprendizaje y sustancia, en las estructuras naturales. Desde las mallas, capilares y tallos de elegancia simple en las plantas, hasta los nidos, madrigueras y montículo a cargo de aves, mamíferos e insectos, cada uno es ejemplo de la diversidad ingenieril a la que ha llegado la vida en este planeta. La Naturaleza, en todos sus teatros, se presenta a quien la disfruta como un gabinete de las curiosidades más hermosas, y el ojo del buen diseñador encuentra ahí las claves estéticas y utilitarias que servirán a sus intenciones.

Juhani Pallasmaa | WikiMedia Commons

Juhani Pallasmaa llevó su infancia entre el aislamiento y terrenos salvajes. Pasó la Segunda Guerra Mundial en la granja de su abuelo, en medio de campos por los que caminó durante horas largas y silenciosas en las que espió las moradas de vencejos y golondrinas, abejas y peces, encuentros que cimentaron lo que más tarde sería su profesión. Como arquitecto, Pallasmaa se ha interesado por la psicología y fenomenología del espacio, la experiencia del entorno que envuelve a quienes lo observan y viven. Esto lo acerca más a un filósofo constructor, incluso a un místico, que a un mero proyectista. La suya ha sido una práctica de corte intelectual enfocada en los asuntos de la estética, y fue el descubrimiento de la obra de Karl von Frish, etólogo y premio Nobel, lo que le trajo recuerdos de las andanzas silvestres por los bosques de la niñez. El encuentro renovó su apreciación por la complejidad oculta tras las viviendas sencillas, pero refinadas, a crédito de todo el dominio zoológico. La estética matemática que gobierna la posición de cada ramita, cata piedra o miligramo de cera, la climatización pasiva de los termiteros, la super materialidad de la telaraña. Esta revelación le animó a montar en 1995 una exposición sobre las construcciones animales en el Museo de Arquitectura Finlandesa en Helsinki. El proyecto resultó en la escritura de Animales Arquitectos (Gustavo Gili, 2020), un texto breve pero denso que sirve de introducción a lo que, en nuestra ignorancia, podríamos tachar como mera curiosidad biológica.

En nuestra ignorancia, pues vamos por ahí creyendo que somos la medida de todas las cosas. Pero Ambroise Paré, quien se asoma en estas páginas, ya bien apuntó hace siglos que "los humanos lo podemos hacer todo, menos construir un buen nido". Qué desgracia para nuestra vanidad y genio, con lo orgullosos que estamos de nuestros rascacielos y estaciones espaciales. Pero la opinión del francés no es un grosero llamado a la humildad; tampoco misantropía velada. Nace de una observación precisa de las viviendas animales: sencillas y a la medida, productos del equilibrio entre el ambiente y la necesidad de techo, calor y sustento. En ellas no hay excesos ni antojos, menos aún emisiones contaminantes; su pauta es la fisiología del individuo y la densidad del grupo. No se conoce un cuervo que construya piscinas en su nido, ni reina hormiga que exija a las obreras jardines suntuosos para celebrar banquetes y bailes en palacio.

Gustavo Gili

Obvios son los contrastes entre ellos y nosotros. La pretensión faraónica del sentir humano, no importa si somos personas de calle o líderes magnánimos, gusta imponer la huella de la grandeza personal. De ahí los caprichos en la búsqueda por el estilo propio en nuestras casas y lugares de trabajo, en el vestir y manera de ser. A nuestras edificaciones se les puede tachar de todo, menos de ser naturales. Cargan con varios crímenes contra la ecología, la sociedad y la persona: hogares mal ventilados y orientados, edificios macizos y de altos costes que pierden toda dimensión social y particular, espacios que exudan pobreza de espíritu y juegan con las condiciones mentales y estados de ánimos. ¿Cuándo se ha escuchado hablar de una alondra suicida, o de un saltamontes depresivo?

Comparada con la nuestra, la construcción animal es una suerte de sencillez y eficacia energética que crece en sofisticación mientras menor es el orden cognitivo de quienes la edifican. "No deja de sorprender y de ser motivo de especulación", escribe Pallasmaa, "el hecho de que las construcciones de los animales de especies superiores se encuentran entre las menos ingeniosas de todo el reino animal". En su mentecatez individual, la hormiga es mejor ingeniera que el oso hormiguero. La araña, una diseñadora más sagaz que el orangután. Mientras que el insecto y el arácnido tienen a su haber estructuras de gran belleza y misterio simbólico, el par de mamíferos se echan en cualquier madriguera o montón de hojas para pasar la noche. Los insectos en particular destacan sobre el resto de la fauna por sus proezas. Más viejos y numerosos que nosotros, durante millones de años han perfeccionado sus hogares. Se sabe de termiteros antiguos como las pirámides en Egipto, tan masivos que se pueden ver desde el espacio, y las abejas dominan la ingeniería, los costos y los presupuestos al utilizar menos de 50 gramos de cera para construir panales que pueden almacenar más de un kilo y medio de miel. Este éxito se encuentra en el vínculo que une a las especies con los ritmos del planeta y las estrellas. Sus moradas se orientan para captar el mayor sol o luz de la luna, absorben y desalojan el calor de sus propios cuerpos y los movimientos internos de la Tierra. Se ubican en el espacio siguiendo a la Vía Láctea, como los escarabajos peloteros, o con las líneas del campo magnético, igual que los cetáceos y algunas aves. En sus representaciones más extraordinarias, la arquitectura animal es un reflejo físico de la íntima relación que existe entre la vida y el universo.

Pallasmaa apunta que para construir se necesita una serie de miembros finos y especializados. Picos fuertes vinculados a cuellos versátiles en los pájaros, mandíbulas y patas flexibles en insectos y arácnidos, manos con pulgares en la humanidad. Este abanico de herramientas permite diversificar soluciones a los mismos problemas que atañen a todo el árbol de la vida, pero tampoco es de extrañar que en el vasto camino de la evolución distintas especies lleguen a respuestas similares. Como nosotros, las avispas también han desarrollado un material parecido al papel, que lo usan para proteger sus avisperos. Los pinzones y los cuervos fabrican ganchos para alcanzar la comida y las nutrias de mar utilizan piedras para abrir conchas, entre otros tantos ejemplos.

En el corazón de estas invenciones existe un gran misterio. Pallasmaa no es el primero en observarlo: mientras nosotros tenemos que aprender a levantar un edificio, asistir a la universidad y ganarnos el título para tramitar la licencia, los animales nacen dueños de este conocimiento. ¿Cómo pueden lo genes codificar el conocimiento técnico detrás de la fabricación de un termitero, con sus complejas redes de ventilación, su perfecta orientación con el sol, la inclinación y porosidad necesarias para preservar la humedad óptima? Sería como saber las cantidades de grava, arena, agua y varilla de acero necesarias para fabricar la estructura de hormigón armado con la que se levantará un rascacielos sin tener experiencia de ningún tipo. No existen academias zoológicas, tampoco hay noticias de métodos con los que sus sociedades transfieran y preserven cultura y técnica, ya sea por estímulos eléctricos o químicos. El instinto, esa respuesta misteriosa con la que racionalizamos toda clase de conductas automáticas y corporales, por sí mismo hace poco en iluminar esta incógnita de la información. Por el momento, la genética convencional parece insuficiente para explicarlo.

Rupert Sheldrake | WikiMedia Commons

El biólogo Rupert Sheldrake, elegante y controvertido como todo buen inglés, ha sugerido que la Naturaleza es una madre de memoria prodigiosa. No se refiere a la genética, sujeta a mutaciones y fallos de copiado, sino a una membrana mucho más elástica e inmaterial; el campo mórfico, que como el gravitatorio y electromagnético, se expande por el espacio y el tiempo. Afirma que cada individuo animal, y eso nos incluye, está vinculado al campo mórfico de su especie, compuesto de información conductual compilada y reforzada gracias a la repetición y aprendizaje exitoso de tareas hechas por diversos miembros a lo largo de la historia de la especie. Si, por ejemplo, un ratón en Suffolk aprende un truco novedoso que incrementa sus posibilidades de sobrevivir y tener descendencia, los ratones de la misma variedad en Norfolk, y en el resto del planeta, lo aprenderán sin siquiera haber tenido la experiencia práctica, gracias a que estas poblaciones están unidas por el mismo campo mórfico, el cual conservará la nueva información como conocimiento innato para la siguiente generación. La hipótesis sigue siendo problemática entre los expertos, y aunque Sheldrake asegura que existe evidencia al respecto, se pueden encontrar argumentos en su contra. Con todo, sigue siendo una idea original y fresca que nos da pistas para entender la maravilla ingenieril que hay detrás de la arquitectura de muchos animales.

Pallasmaa no se incumbe demasiado en estos asuntos, pero eso no le impide hacer preguntas puntuales sobre el fenómeno. Su labor aquí más bien es la del documentalista; recoge casos de la creatividad animal aplicada a la fabricación de hogares y herramientas, los ordena por clases, presenta de manera sencilla y explica sus métodos constructivos. Apunta hacia las casas de saliva donde viven las ranitas voladoras de Java, los nidos eróticos de los pájaros pergoleros y los estuches de piedrecillas con los que se recubren las frigáneas.

Una posible crítica se encuentra en la manera en que parece estar mostrando un escaparate; los ejemplos se acumulan unos detrás de otros y ciertos lectores podrían llegar a pensar que en sus manos tienen un muestrario de datos y menos un análisis profundo. Pero hay que recordar que ese tampoco es el propósito del autor. Los nombres de von Frish y Mike Hansell, autoridades en la materia, se encuentran por estas páginas, y los interesados pueden ir tras su rastro para sumergirse en mayor detalle. Built by animals, de Hansell, es un buen lugar donde continuar la lectura.

Esta edición de Animales arquitectos viene ilustrada con láminas en las que se aprecia el romanticismo de la historia natural del siglo diecinueve. La traducción quedó a cargo de Pilar Vázquez y, según intención de quien la lea, puede concluirse en unas horas o extenderse por días. Gustavo Gili ha publicado otros títulos de Juhani Pallasmaa, entre ellos Los ojos de la piel, que es un ensayo indispensable en la nueva teoría arquitectónica, lectura obligada en algunos currículos. Tampoco estaría mal que este libro se incluyera entre las lecturas de futuros estudiantes de la disciplina. Nunca está mal armonizar el entorno humano con los ambientes del mundo.

Etiquetas: Animales arquitectos, arquitectura, biólogo, Campos, etólogo, golondrinas, Juhani Pallasmaa, Karl von Frish, psicología, Tierra, Universo

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

J. Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Su libro 'Historias naturales' ganó el premio único, en el género de cuento, de X Certamen Internacional de Literatura 'Sor Juana Inés de la Cruz', 2018. Vive en Barcelona y trabaja en su primera novela.

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