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¿Todo pensamiento es una forma de correspondencia?

Ingrid Guardiola y Marta Segarra publican 'Fils', las cartas que comenzaron a enviarse justo antes del confinamiento | Foto: 'Her', de Warner Bros

Justo antes del confinamiento, Ingrid Guardiola y Marta Segarra, tras un encargo televisivo, comienzan a compartir una correspondencia que no saben muy bien hacia donde las llevará. Aparece la pandemia, y lo que tenía que ser un intercambio de referentes culturales, y de experiencias de vida, se convierte en una reflexión a cuatro manos sobre la anormalidad, la vigilancia y los mecanismos del deseo. Fils es un ensayo en el sentido más íntimo, más radical, en el que dos pensadoras muestran sus cajas de herramientas para, así, invitarnos a caminar sin el trayecto trazado milimétricamente de antemano. Hay un vaivén en sus voces, una celebración de la duda, que supone una invitación para el lector, que cruza sus lecturas y sus filias con las lecturas y las filias de las autoras.

Dice Guardiola que ella «piensa de forma asociativa, por montaje». Es consecuencia, sin duda, de su formación audiovisual. La misma formación que le ha permitido leer las imágenes como una suerte de constelación en la que la creación no constituye una tabula rasa, sino un bricolaje de escenas que, una vez puestas en relación, abren espacios para la metáfora, el pensamiento e incluso la antropología. En su anterior ensayo, L’ull i la navalla, nos recuerda que el montaje «fabrica heterogeneidades» para disponer la verdad «en un orden que no es precisamente el orden de las razones». Es lo que hace, nos advierte la autora, Goethe con las «afinidades electivas», Bataille con los «desgarros», Eisenstein con las «atracciones» y, cómo no, a lo que nos convoca Baudelaire con las «correspondencias».

«El montaje es conflicto entre planos, pero también entre ideas; pone a prueba el pensamiento  a través de la dinámica de la forma. Genera relaciones y asociaciones, pero también intervalos, y confronta las diferencias». ¿No es eso, más allá de la parafernalia retórica tras la que a veces nos escondemos, lo que estamos haciendo cuando nos atrevemos a pensar? ¿No es ese el lugar —de tensión, e incluso de titubeo— desde el que logramos escapar de la cárcel del dogma y de la propaganda? ¿No estamos, siempre, inaugurando una especie de correspondencia cuando tomamos la palabra?

Es así, incluso cuando el remitente somos nosotros mismos, incluso cuando esa palabra deviene pausa y silencio. Es la correspondencia entre personas que se admiran —y tantas veces se desean— donde vemos, con más lucidez, esa osmosis entre intimidad y discurso, entre pulsiones, paradojas y anhelos. Claro que la escritura —y la epistolar, también— es un artificio. Se trata de una tecnología que, además de buscar la comunicación, muchas veces busca lo incomunicable, lo inefable. Busca hablar de lo que no se puede hablar. Dejamos de ser considerados como autómatas, como robots de lo cotidiano, cuando escapamos de las redes de lo únicamente eficaz, de lo simplemente resolutivo. Una de esas correspondencias, tan bellas como estremecedoras, es la que mantuvieron Albert Camus y Maria Casares durante años. En Correspondance, 1944-1959 (Gallimard, 2017) —aún no publicada en castellano—, la actriz explica el tiempo que le dedica a cocinar, cómo es su relación con los vecinos, pero también habla de la «conciencia del amor». El escritor le envía una carta en la que le pide que «viva animalmente» mientras, al mismo tiempo, se pregunta por las tipologías de la libertad.

La distancia entre Casares y Camus es un obstáculo entre los cuerpos, pero esa distancia mantiene el vínculo como un auténtico cordón umbilical. La dramaturgia de la espera es más necesaria que nunca cuando uno aguarda la siguiente carta.

Guardiola y Segarra citan varias veces a Simone Weil. La pensadora francesa nos dice que, cuando dos presos en celdas vecinas se comunican dando golpes en la pared, la pared es aquello que los separa, pero también aquello que les permite comunicarse. ¿No es eso, también, el lenguaje?

Y es que el montaje, el pensar de manera asociativa, es lo que ya hace Ramon Llull en el siglo XIII, cuando, tras crear el Ars combinatoria, inventa un método en el que las figuras geométricas se entremezclan con las letras, los conceptos y los símbolos para invocar un tipo de saber que va más allá del simple utilitarismo al que tantas veces nos han querido adherir.

Cuando inauguramos una correspondencia —si se mantiene desde la honestidad y el coraje— estamos, de algún modo, activando ese mecanismo. El mecanismo de Llull. Ponemos en orden el caos de nuestra mente y, lateralmente, desordenamos todo aquello que parecía inmutable en nosotros.

La correspondencia supone un desplazamiento. Pero el pensar no puede traducirse por un simple movimiento. Es vibración, perplejidad. Es lo que siente Theodore Twombly, el personaje interpretado por Joaquin Phoenix en Her. Se trata de un hombre solitario que, en un futuro cada vez más presente,  se dedica profesionalmente a escribir cartas personales por encargo. Es cuando tiene que mantener un diálogo con su sistema operativo (Samantha, en voz de Scarlett Johansson) —una «correspondencia» que ninguno de los dos puede domesticar a través de trucos narrativos—, cuando de verdad ocurre el desplazamiento. El deseo entre ambos crece rápidamente, y rápidamente se topa con todos los obstáculos para materializarse. Pero ya han comenzado a pensar juntos. Incluso el dolor o la nostalgia desprenden, ahora, una electricidad inimaginable durante la anterior relación burocrática. La escritura se ha hecho cuerpo. Porosa, frágil, e inestable como un cuerpo vivo.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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