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¿Podemos ser, aún, contemporáneos?

Mientras lo coetáneo señala una coincidencia cronológica, existe un vínculo temporal que va más allá de la edad o de la biografía | Foto: Pexels

¿Cuántas veces nos hemos dicho a nosotros mismos que no somos hijos de nuestro tiempo? Y, sin embargo, en la mayoría de ocasiones, no es una aseveración que pronunciamos con rabia o resentimiento. Sentimos que formamos parte de otra época —una época que ni siquiera hemos vivido— con cierto orgullo. Y es que sentimos, así, que somos parte de algo que va más allá del accidente cronológico que estamos protagonizando.

Ser contemporáneo no es lo mismo que ser coetáneo. El coaetaneus es, etimológicamente, aquel que tiene “la misma edad”. El contemporaneus indica que se comparte un tiempo. Podemos sentirnos absolutamente extraterrestres junto a alguien que nació el mismo día y el mismo año que nosotros, y, por el contrario, experimentar las mismas heridas, y los mismos miedos, que alguien que vivió hace dos mil años. Compartimos un tiempo que no está fragmentado por la coincidencia del instante o por la simultaneidad física.

Una persona contemporánea es aquella que es capaz de convocar, desde el presente, las grandes preguntas del pasado y del futuro. No como un trabajo arqueológico, no desde una pulsión nostálgica o distópica, sino desde un conjuro que es el que supone estar vivos. ¿Cómo no vamos a ser contemporáneos de Shakespeare o Mozart, si nos están interpelando aquí y ahora? ¿Cómo no vamos a ser contemporáneos de Simone Weil o María Zambrano, si muchas de sus frases aún nos desplazan y ponen en crisis nuestra apariencia de identidad?

El culto a la tendencia, esa fiebre enfermiza por la actualidad —por lo que ha sido ya actualizado y, por lo tanto, que impide el desarrollo, o no, del resto de potencias—, es lo que nos hace confundir el paisaje del presente con una isla. Y el presente es todo menos una isla.

Si hacemos caso a esa idea de André Malraux que defiende que “la tradición no se hereda, se conquista”, podemos explorar la tradición como un cordón umbilical que nos vehicula con un tiempo que va más allá de la cronología. Una forma de relación con los muertos, y, a la vez, con las huellas y las cicatrices de los que no han sido incluidos en el canon de la Historia. Pero, también, con aquellas personas de las que nos han segregado por ese muro invisible al que llamamos generación.

La brecha generacional es una pared resquebrajada. Y tenemos que ayudar a que caiga de una vez. Démosle entre todos la patada definitiva.

Cada vez que vamos a un bar, a un restaurante, a un teatro, y nos encontramos únicamente con personas de una misma franja de edad, estamos visualizando la escenografía de una derrota. Resignarse a pasar por la vida como un coetáneo reconocido y reconocible —por muchas pirotecnias que uno logre incendiar— no tiene nada de radical. El contemporáneo escucha, toma la palabra, la vacía, y congrega a los mitos ancestrales para ponerlos a prueba en el ring de lo real.

“Es contemporáneo quien acepta el propio tiempo pero a la vez es capaz de distanciarse de él”, señala Carles Batlle en El drama intempestiu. El subtítulo del ensayo, escrito en catalán, va en esa dirección: “Para una escritura dramática contemporánea”. ¿Cómo ser contemporáneos sin renunciar a ser intempestivos? ¿De qué manera podemos “comprometernos” con el mundo que nos hemos encontrado si, antes, no somos capaces de desenmascarar y resignificar todos sus simulacros?

“Una lectura contemporánea de la tradición” es lo que propone, a su vez, Lluís Calvo en su último libro, Els llegats (Los legados). El poeta pone el acento en la importancia de la transmisión, en el reconocimiento de todo aquello que ha quedado oculto a lo largo de los años, para intentar hacer frente a este tiempo roto que es el de la inmediatez absoluta. El sentido de la continuidad tal vez no es una conquista, como quiere Malraux, pero seguro que no es un acto reflejo, o el resultado de una actitud pasiva ante el código que se nos presenta como algo cerrado, como un cordaje cortado en mil pedazos inconexos.

Ha creado una cierta sorpresa mediática Niadela, un libro de la ex presentadora de televisión Beatriz Montañez, que, tras experimentar el éxito, tras ser siempre la cara amable de la información y el entretenimiento, decide dejarlo todo e irse a vivir a la vieja y abandonada casa de un pastor, alejada de cualquier población, sin agua ni luz. Su escritura recorre los últimos cinco años que ha pasado allí, donde aún vive, y que le han permitido reconectarse con la soledad y la naturaleza. Cada cinco o seis meses, deja el bosque y vuelve unos días a la ciudad. Visita a sus amigos, va al cine o el teatro, y de nuevo regresa a la vida que ha decidido vivir. Pero lo sorprendente del libro —de una escritura cristalina— no es esa pulsión por encontrar un refugio, un cordón umbilical que ha sido cercenado en algún momento (¿Quién de nosotros no ha sentido esa necesidad?), sino lo que le lleva a regresar a ese lugar. “Siempre he sido una persona visceral. La vida me ha castigado por ello a veces, pero no las suficientes, porque aún siento los rescoldos de ese ímpetu contemporáneo. Siguiendo uno de esos impulsos he cogido el último tren del día”, narra, en uno de esos viajes de vuelta.  Lo hace porque sigue y persigue ese ímpetu al que ella misma denomina “contemporáneo”. La suya es una toma de consciencia del tiempo, de un tiempo pasado que mira a los ojos al tiempo en que, cuando era niña, murió de una accidente su padre. A un tiempo que será futuro, y que se esfumará como se esfuma el agua del río que observa cada mañana.

Todos somos contemporáneos para estar menos solos en la soledad. Para invocar lo real del pasado, para expulsar los fantasmas de lo inmediato.

Pero la tradición, insistirá Calvo, no puede basarse en un sistema jerárquico y vertical. Tampoco puede ser un mecanismo hecho a medida. Unir y recoser los fragmentos, sin caer en la idolatría ni en la veneración acrítica, es la tarea del contemporáneo. Leer e interpretar las ruinas para construir un lugar —que no es otro que el de aquí y ahora— que nos permita mirar con cierta perspectiva.

La ceguera no es tanto ausencia de luz como falta de perspectiva. Hay una ceguera blanca que se alimenta de una pared blanca. Interminablemente blanca. La que vemos una y otra vez cuando confundimos el presente con un tiempo monolítico. Un tiempo muerto que está muerto, precisamente, porque no sabe que un día morirá a consecuencia de que un día ha nacido. Que no es producto, en definitiva, del naufragio de los días.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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